La flor guerrillera.


En la primavera del año de nuestro señor de mil ochocientos ocho una compañía de soldados franceses se hizo con la aldea. Las gentes del lugar les vieron llegar por el camino. Corrieron asustados entre las mieses, pues nada tenían para oponer a sus fusiles. Nada, más allá del valor suicida de los pocos que murieron en la cuneta.

De entre los que decidieron vivir, muchos se echaron al campo o huyeron a las aldeas vecinas. Algunos bajaron la cabeza con resignación mientras los invasores se daban al pillaje y se hacían con sus casas y con sus escasas pertenencias. Otros, los menos conformistas, buscaron refugio en el viejo castillo abandonado. Allí se ocultaron guiados por el viejo Andrés para buscar el modo de defender sus tierras.

Eran hombres valientes con las manos vacías. Hombres desesperados que no tenían medios para luchar. Ocultos en aquellas viejas piedras gritaban, se lamentaban y debatían inútilmente, hasta que el viejo pudo hacer oír su voz débil, tan ajada por los años como el castillo. Les dijo que sabía que de batallas que se ganaban por la fuerza de las manos, pero también de otras donde triunfaba el poder de la cabeza. Les calmó. Les contó que había pensado en un plan y logró ponerles de acuerdo para llevarlo a término.

Una lengua traidora delató su escondite al capitán Daumerre. Este decidió enviar un destacamento al castillo con órdenes de no dejar piedra sobre piedra hasta capturar a todos los insurgentes. Al cabo, esa misma tarde inició la ascensión de la colina el sargento Lamaître acompañado de diez jóvenes soldados.

Pronto llegaron a las cercanías. Una muralla medio derruida rodeaba lo que un día fue el edificio principal, del que solo quedaban en pié un par de torres y un laberinto de muros cubiertos de musgo, restos de lo que un día fueron salones, estancias o caballerizas. El peso insoportable de los siglos había derruido las techumbres y carcomido los sillares, convirtiendo el lugar en una sombra de su antiguo esplendor.

Los soldados entraron al recinto agrupados, explorando con precaución cada piedra y cada rincón, pues temían encontrar a los malditos españoles al volver el próximo recodo. Pero no encontraron a nadie. No estaban allí, o tal vez era que les eludían o que estaban muy bien escondidos.

Lamaître dividió a su hueste en binomes, parejas formadas por un viejo soldado y otro inexperto, y los dispersó por entre los muros. Les ordenó que buscaran el menor indicio de aquellos hombres escurridizos. Les dijo que podrían estar moviéndose con sigilo por aquel laberinto para esconderse de ellos. El experimentado sargento tenía la certeza de que estaban allí y se había propuesto apresarles a toda costa.

La tarde transcurrió sin novedad hasta que, al caer el sol, Lamaître mandó parar y acampar; se disponía a pasar allí aquella noche, y todas las que fuera menester hasta cumplir con sus órdenes. Algunos de los soldados hicieron hogueras para asar la caza que, a juzgar por los disparos de fusil que pudieron escuchar, traerían sus compañeros.

Cuando estos aparecieron con algunos conejos ya era noche cerrada. Se repartieron las tareas: mientras unos los desollaban, otros avivaban el fuego y un par de ellos salieron a buscar algunos palos para ensartarlos y asarlos al fuego. No era fácil tarea en aquella oscuridad, pero uno de ellos tuvo la suerte de tropezar con unas varas rectas y largas, perfectas para su cometido, que alguien había cortado y dejado junto a los muros con algún fin.

Horas más tarde, el soldado que estaba de guardia empezó a sentirse mal y fue a despertar a su relevo. No pudo hacerlo. Lo intentó con otro de sus compañeros que sólo pudo contestar con un débil gemido. Sintió de pronto una fuerte punzada en el estómago y aulló de dolor. Nadie reaccionó a sus quejas y gritos. Trató de despertarles, uno por uno, y descubrió que algunos estaban inconscientes, y el resto era incapaz ya de moverse o articular palabra.

Arrastrándose de dolor consiguió llegar al lugar donde yacía el sargento Lamaître, solo para descubrir que éste ya nunca volvería a despertar. El dolor le atravesaba el estómago. Su último pensamiento fue una maldición para quien, de alguna extraña manera, les había envenenado a todos.

Por la mañana aparecieron de entre los muros algunos hombres vestidos de harapos. Remataron con decisión a los franceses que aún tenían aliento y se hicieron con un valioso botín de armas, munición, uniformes y botas. Fueron los mismos hombres en que, más tarde, la comarca reconocería a los héroes que iniciaron la revuelta.

Y detrás de ellos llegó renqueante el viejo Andrés, el mismo que había cortado una a una aquellas varas de adelfa, el arma poderosa que había logrado aniquilar a toda una escuadra invasora.

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Nota: El tallo de la adelfa contiene sustancias tóxicas; existe la leyenda, no sé si sustentada en hechos reales, de que durante la guerra de la independencia se utilizó para envenenar con ella a los soldados franceses, agasajándolos con piezas de caza ensartadas en sus tallos para que transmitieran las toxinas a la carne, causando graves intoxicaciones e incluso la muerte. ¡Tened cuidado con esta planta, tan común en nuestros jardines y carreteras!

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