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La extraña vida de las palabras (3)

3. Respuestas.

Más allá de toda esperanza había sucedido lo que yo tanto podía haber deseado en los últimos días.

Esta vez no hubo frases correteando ni otros efectos, sino que de repente se encontraba ante mí un señor alto, muy alto, vestido con pantalón, chaleco y levita, prendas todas de un negro intenso que resaltaban sobre una camisa blanca, sin otro adorno que unos botones negros muy brillantes. Tenía un rostro hermoso, bien proporcionado, de facciones muy marcadas y de una palidez extrema, un rostro en el que destacaban unos ojos vivos de mirada antigua y profunda que te hacían sentir que podrían leer hasta el fondo de tu alma. Surcaban aquel rostro sin edad unas pocas arrugas profundas y bien trazadas por el tiempo y las pasiones.

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La extraña vida de las palabras (2)

2. Penumbras.

No es fácil acostumbrarse a vivir con el recuerdo de un hecho tan asombroso. De la misma manera que la retina tarda en reponerse cuando miras al sol o a una luz deslumbrante, y durante algún tiempo continuas viendo esa luz aún con los ojos cerrados, así quedaron impresas en mí las imágenes de los pasados acontecimientos, nítidas y claras, casi molestas.

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La extraña vida de las palabras. (1)

1. Un arañazo en la pared.

No puedo recordar cómo me dí cuenta del primer arañazo en la pared de mi pequeño despacho del sótano, junto a la estantería. Simplemente estaba allí, quién sabe desde hace cuánto, y no le concedí mucha importancia.

Poco a poco fui descubriendo otra serie de pequeños desperfectos que hicieron que, lejos de olvidarlo, aquel arañazo se fijara en mi memoria como el principio de un problema: La aparición durante los días siguientes de otros arañazos en aquella misma pared y también pequeñas manchas, restos de pintura, grietas e incluso polvo en el suelo indicaban claramente que allí estaba pasando algo.

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