Cada detalle de Annabel.


Cada detalle de Annabel.

Sepan que he llegado a considerar la cordura como un velo que oculta cuanto de hermoso y extraordinario existe en el mundo. Cuando veo a esos carniceros destripar los cuerpos sólo para averiguar de qué murieron, sin importarles cómo fueron sus existencias, qué les hacía reír o llorar, con qué soñaban o qué amaban o temían, cuando miro a esos estudiantes contener las arcadas desdeñando los misterios que se desvelan ante ellos y, cual atolondrados matarifes, desgarran y siegan, y abren y suturan, con sus ojos a medio cerrar, diciéndose que solo es un mal trago, que solo es carne y nada más, entonces me pregunto si no serán todos ellos los perturbados mientras uno no es más que un tuerto entre los ciegos. Les confieso que no lo sé de cierto y, aun así, espero de ustedes la gracia de escucharme antes de formar su propio

Empecé de ayudante en la morgue porque nadie más quería hacerlo. Apenas había faena en la granja y aquellas libras podían contribuir a ahuyentar el hambre. Al principio me manejé con ciertos remilgos; hasta entonces no había visto otra sangre que la de los cerdos en las matanzas. Mas poco a poco, mientras contemplaba el proceder de aquella mano curtida escudriñando los cadáveres, me fui interesando por todas esas vísceras y materias que conforman la más íntima esencia de nuestro ser. Al cabo, por encima de cualquier reparo, empecé a apreciar en ellas la obra del altísimo, ya fuera en un hígado hinchado por la cirrosis, ya fuera en un pulmón corroído por los vahídos sulfurosos de las minas o ya fuera en el níveo rostro de una joven aprisionado para siempre en el rictus de su postrer instante. De entre todas esas imágenes, estas últimas eran las más exiguas y sublimes, las que llegaron a conmoverme hasta el dolor.

Pues nada más cautivador tengo visto que una tez tan blanca como la de aquella Mary Rogers, o el perfil tallado en ébano de la esclava fugada del pasado invierno, o la expresión hierática y sublime de la joven sin nombre que tanto se parecía a mi hermosa Annabel. ¿Creen por ello que estoy loco? ¡No consientan que les ciegue el escrúpulo! Todas esas muchachas me llegaban despreciadas, abandonadas como una carga de la que procuraban deshacerse quienes tanto decían haberlas querido. Y yo lavaba sus heridas, y las amortajaba de lino y organza, y les calzaba zapatillas blancas, y las peinaba, y les restituía la hermosura perdida. Sólo yo las quería más allá de la vida pues siempre, en todas ellas, lograba encontrar algo de mi adorada Annabel.

Años hace ya de su muerte y todavía atesoro aquella imagen intacta. Mi querida Annabel, tendida sobre el mármol inhóspito, excelsa en la quietud, serena y durmiente como en cualquiera de aquellas tardes bajo el roble de la colina. Del templo sin mácula de su cuerpo solo quise borrar, cosida y maquillada, la certera herida que le diera fin. Largas horas estuve contemplando a mi bella Annabel, grabando cada rasgo suyo en mi memoria, mientras el reloj de la morgue me recordaba su irrefrenable poder para convertir toda aquella belleza, toda aquella perfección, en un miserable puñado de despojos. ¿Acaso estoy loco por resistirme a perderla? ¿Por perseguir como Orfeo a mi perdida Eurídice en cada gesto de todas esas muchachas, en unas pestañas rizadas como las que me parpadeaban, en unas manos delicadas como aquellas que me cubrían de caricias, en un pelo lacio y sumiso como el que tremolaba sobre sus hombros, en una boca de labios gráciles y tersos como aquella que me susurraba como las olas al abandonar la playa?

Pues desde aquel día me dediqué a buscar los ojos de mi preciosa Annabel en otras jóvenes, y sus labios, y cualquier atisbo de su belleza. Mas no era común que llegaran muchachas a la morgue; solo a veces, la mayoría desfiguradas por la enfermedad o mutiladas por un accidente. Poco podía hacer ya por ellas. Pero algo me impedía desistir, una necesidad irrefrenable que me arrojó a los salones más elegantes y a los más lóbregos establecimientos, allí donde pudiera encontrar juventud y belleza. No fue difícil hallarlas. Después, me procuraba un rincón apartado y, valiéndome de cuanto había aprendido de aquellos fisiólogos, hundía mi cuchillo en el lugar preciso donde la muerte apenas deja señales. Más tarde, cuando me las traían, yo las devolvía a su esplendor.

Puede que mi locura sea ver lo que nadie más ve, o puede que solo forme parte de nuestra condición destruir aquello que se ama. Puede incluso que cualquier esfuerzo resultara inútil en realidad, pues nada podrá devolverme a mi amada Annabel. ¡Llámenme loco si es preciso, que nada me importa ya! Quiera el verdugo abreviar mi sufrimiento, quiera la mazmorra sellar mi redención, que magras condenas serían comparadas con esta de tener que vivir sin ella.

Pueden ustedes juzgarme ahora, aunque me sé perdido. El reloj de esa pared ya descuenta ansioso mis latidos, pero nada más diré en mi descargo. Mas si en algo me han de aprovechar estas últimas horas, será en recordar una vez más cada detalle de Annabel, su figura, grácil y desenvuelta, las pecas que salpicaban el rubor de sus mejillas, esa graciosa cicatriz que tenía en la rodilla o la que le hice con mi cuchillo en la yugular.


Este relato es mi participación en el concurso de relatos de El Tintero de Oro dedicado a Edgar Allan Poe.


Conforme a las bases del concurso, en este relato, de 900 palabras de extensión incluyendo el título, se utiliza el nombre de Annabel, tomado del poema Annabel Lee de dicho autor. 

Comentarios del autor.

Los que estamos en este mundillo somos escritores que escriben para escritores, pues la mayoría de quienes nos leen y, seguramente, aquellos cuya opinión más nos importa, son a su vez escritores. Pienso que una buena forma de colaborar unos con otros en nuestro camino de aprendizaje es mostrar nuestro proceso creativo; así, unos podemos aprender de otros, ya sea de los aciertos, de los fallos, o de la intención con que se intentaron. 

A riesgo de parecer pretencioso, me permito pues comentar mi propio relato, no porque piense que sea un modelo de nada, sino solo para mostraros mis intenciones y daros la oportunidad de aprender de mis propios errores.

Poe.

Para mi era un reto dentro del reto. No quería limitarme a escoger un elemento de alguno de sus relatos y montar mi historia sobre él. Quería acercarme a su lenguaje, a su forma de narrar, incluso a sus intenciones si era posible, y para ello el paso previo era tratar de conocerlo. De la lectura de sus relatos extraje estos elementos que he intentado integrar en mi relato.

Annabel Lee.

Huyendo de los clichés del género me dí de bruces con Annabel Lee, y en ese momento me di cuenta de que, más que un cliché, era un arquetipo. Escoger ese nombre para mi difunta protagonista podía resultar tremendamente evocador, por mucho que mi relato fuera por otros derroteros.

El corazón delator.

Por mucho que se nombre ocho veces a Annabel en el relato, el verdadero referente ha sido otra historia de Poe: «El corazón delator». Me cautivó en cuanto lo leí. Aunque la historia parezca sencilla en apariencia, y los motivos queden difusos como veo que es común en Poe, la narración desde el punto de vista de un perturbado me pareció magistral. Es muy común en Poe la narración en primera persona, como lo es presentar la historia desde un plano más bien filosófico, pero en este caso me atrajeron de tal manera que opté por seguir el modelo.

Poe, Cortázar.

Para utilizar un lenguaje como el de Poe tendría que haber escrito en el idioma de Poe; afortunadamente, la mano de Cortázar no baja el listón, sino que lo sube. Confieso un punto de impostura al utilizar un pretendido lenguaje decimonónico o recurrir a expresiones del tipo «ya fuera en un hígado hinchado por la cirrosis, ya fuera en un pulmón corroído por los vahídos sulfurosos de las minas o ya fuera«, pero creo que en este asunto reside gran parte del peso de la ambientación que quería darle al relato. 

Más de Poe.

Hay más referencias a Poe en el relato, desde el propio tema de la necrofilia a esa «Mary Rogers» que es el verdadero nombre de la víctima en «El misterio de Mary Rogêt», basada en un caso real. Está también el reloj, una referencia muy presente en la obra de Poe, ese guiño a Orfeo y Eurídice que retrotrae al romanticismo, está también la morgue, por supuesto, y no sé si de alguna forma no consciente pueda haber incluido de forma implícita alguna referencia más, lo que no sería extraño porque he leído mucho Poe estos últimos días.

Las descripciones.

Normalmente las dosifico hasta lo mínimo imprescindible. En mis inicios solía recrearme con descripciones que no aportaban absolutamente nada a la historia. Aprendí a prescindir de ellas, y a cambiar el peso desde el adjetivo al verbo siempre que era posible. Usar Annabel ya me ahorraba un montón de descripciones, pero aún así las incluí para reforzar ese aspecto, digamos, poético, del personaje. De hecho, en un párrafo experimento con la comparación de las mujeres asesinadas con Annabel asignando a aquellas los sustantivos y a ésta los verbos («en unas pestañas rizadas como las que me parpadeaban, en unas manos delicadas como aquellas que me cubrían de caricias…»), creo que esto ha funcionado bien, me gusta como ha quedado ese párrafo, no sé como lo veréis vosotros.

La trama.

He tratado de que la trama funcione a dos niveles. 

Uno de ellos, el más evidente, presentar la necrofilia del narrador / protagonista como una perversión propiciada (en parte) por la muerte de un ser querido, para después convertirla en el motivo por el que se cometen una serie de crímenes para, con el giro final, destruir todo ese esquema argumental y obligar a que el lector (vaya, he sido un chico malo) no encuentre más motivo para los actos de este ser perturbado que la propia maldad. 

Eso me parece muy de Poe, aunque no sabría explicarlo bien. No buscar tanto la secuencia lógica de hechos, ni profundizar en las causas aparentes (en «el barril de amontillado» no le veo mucho motivo al crimen, y en «el corazón delator» ese tipo se carga al viejo solo porque el pobre hombre tiene una catarata), quizás porque quiere presentar la maldad en estado puro, sin ambages. Tal vez como vendetta contra esa vida que le ha tratado tan mal… 

Otro nivel, que me interesa bastante, es el de la Voz. Nuestro narrador comienza con un  «Sepan que he llegado a considerar…», frase que en ningún momento aclara a quién se dirige y por qué. De hecho, he tratado de mantener esa incertidumbre durante todo el relato hasta que, al final, un simple reloj (Hola, Edgar) reubica toda la acción. Me gusta este efecto, hacer que la propia narración participe de la trama, o viceversa.

El giro final.

Hay veces en que construyes una historia como un campo de minas, hay otras en que te guardas toda la artillería para el final. Este es el caso. Dejar un cabo suelto que, al final, lo pone todo patas arriba. ¿Lo he logrado? No lo sé. La medida del resultado de un final de este tipo, que apuntaba a final cerrado y, de repente, acaba en abierto y te deja descolocado, es que lo cambie todo de tal manera que te hace volver a leer el relato, porque ya es otro. ¿Lo he conseguido? No lo espero, eso es muy, muy complicado de lograr, pero ahí queda el intento…

Conclusión.

Lo más importante para mí es que me he divertido mucho haciendo esto. Si no, no merecería la pena. Espero que os haya gustado el relato y, sobre todo, que estas explicaciones os sirvan para entender cuales eran mis intenciones… A vosotros os corresponde decidir si las he llevado a cabo con un mínimo de dignidad. 

Muchas gracias por vuestro tiempo, un abrazo.

4 Comentarios

  1. Buenos días, Isra.
    Afortunadamente, mis despistes, mi desorganización, mi falta de tiempo o, simplemente, mi torpeza no hace que se pierdan las notificaciones que permanecen ocultas entre tantos mensajes en mi buzón. Aunque a veces son tantas que no doy abasto. Gracias a ello, aunque tarde, puedo disfrutar de relatos como el tuyo. Porque por encima de todo, lo mejor de una lectura es su disfrute, más allá de otras cuestiones. Y tú sabes hacer disfrutar con tus historias, será, como bien dices, porque también las disfrutas escribiendo.

    El relato engancha desde la primera frase: «Sepan que…». La voz en primera persona te hace cómplice y partícipe de la historia. A partir de aquí, no lees, escuchas. Esto lo convierte en un diálogo, aunque el plural invite a otros lectores, y la confesión pasa a ser más íntima, personal y emotiva.

    Conforme he ido avanzando en la narración me ha recordado muchísimo a una historia que me encantó y creo que es de las pocas que he leído más de una vez: «El Perfume», de Patrick Süskind. Por un lado, la voz que acabo de comentar; por otro, el protagonista que busca «algo» a través de la muerte; además, ese nivel de emotividad que resalta lo que hace más allá de la crueldad de sus actos.
    No sé si se puede catalogar como crítica, pero a mí no me suenas a Poe. Este destila en cada relato un dramatismo oscuro y desesperante que te acongoja y hace sufrir mientras lees. Tú causas lo contrario, como Süskind, deleitas con lo que cuenta el protagonista, apartándote de su crueldad y maldad y dotándolo hasta de poesía. No lo he leído mucho, pero, tal vez suene más a Cortázar.

    Con respecto a las descripciones, me parece muy acertado y conseguido. Estoy un poco cansado de esas narraciones que no te dejan margen a la imaginación para inventar tus propios personajes. Te dan hasta el más íntimo de los detalles, la mayoría de las veces innecesario, obligándote a un esfuerzo máximo para confeccionar el puzle en tu mente. De hecho, si obviamos que está escrito por ti y evitamos los pensamientos puritanos y retrógrados, podemos jugar hasta con el género de tu protagonista. El amor y el deleite por la belleza no tiene sexo. Con ello consigues que todos se pueden identificar con el/la protagonista.

    Con respecto a la trama, lo que más me gusta es el ritmo de la narración. A pesar de que al final se descubre que un reloj le está marcando su efímera existencia, (en un tribunal, el más evidente, en la celda, en el cadalso, todo encaja perfectamente), el relato de lo acontecido se va ofreciendo con el mismo embeleso que tu protagonista ejecuta con cada víctima.
    Sí, es verdad que durante toda la narración se demuestra que es pura maldad lo que hace, pero ¿es un atenuante lo que lo ha llevado a ello? Y, ¿su locura confesa lo hace más o menos enajenado? Dejas la sentencia a juicio del que lee, más allá del posible tribunal que lo juzga.

    El párrafo final: «Annabel, su figura, grácil y desenvuelta, las pecas que salpicaban el rubor de sus mejillas, esa graciosa cicatriz que tenía en la rodilla o la que le hice con mi cuchillo en la yugular», más que un giro narrativo me parece mostrar la ambigüedad del protagonista. Primero vuelve a mostrarse sutil y poético en la descripción de su amada para, luego, cerrar con un drástico y cruel movimiento su narración (creo que todos vemos ese asesinato en nuestras mentes). De esta forma, hace que nos decantemos por su solemne culpabilidad. De alguna forma, es como si el monstruo exigiera justicia.

    Sí, lo he releído varias veces. Merece mucho la pena y se disfruta mucho más. Creo que ilustras magistralmente la dualidad hombre-monstruo que habita en todos nosotros. De hecho, lo más acertado del relato es como comienza mostrando su humanidad, eximiendo sus actos en el amor y excusándose en la locura, para terminar dejando salir al monstruo que se despide con esa frase tan contundente.

    Gracias a ti, Isra. Gracias dobles. Porque no solo nos haces disfrutar con tu relato sino que además nos permites conocer tu proceso creativo, las intenciones y las emociones que pones al escribir. Esto último no tiene precio para los que intentamos mejorar en la escritura.
    Un fortísimo abrazo.

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    1. Muchas gracias a ti, ¡por favor! Si he vuelto a escribir es en parte gracias a ti. Y si eso da algún fruto, también es tuyo en parte.
      Muchas gracias también por comentar así el relato, mostrándome aspectos que no había sabido ver. Es verdad, no es tan Poe como yo mismo creía. No recuerdo bien El Perfume, hace demasiados años que lo leí (debería volver), fio en tu criterio.

      Pero hay algo más en este relato. Me ha dejado arrasado. No tanto por el texto en si como en por qué lo escribí. Ya dije que los concursos sacan lo peor de mi mismo, y este no iba a ser una excepción. He ganado, y eso me ha hecho sentir mal. Creo que este no es mi camino, por mucho que el deseo de competir me obligue a esforzarme y mejorar. Pero me ha dejado reflexiones que me traen a mal traer sobre la autoestima, la vanidad, la hipocresia y otras lindezas similares.

      Yo en realidad no quiero ganar nada, porque ganar me hace perder. Solo quiero aprender. Soy un tipo extraño, de confianzas y cercanías, no de masas. No se tratar con mucha gente, no correspondo como debería, no sé decir algo cuando es mejor callar, ni se siquiera ser humilde sin parecer pretencioso.

      He decidido que estaba mejor antes, que me importa un bledo todo eso, porque yo soy de callejones, no de bulevares.
      No hay satisfacción que compense todo esto. De hecho, le cogido manía a ese relato: no vale lo que me ha costado.
      Y a todo esto, el mes se acaba, mi texto a medio hacer y me ha caído trabajo como para inventar los días de cien horas… igual es eso lo que me tiene tan quemado, no lo se.

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      1. Buenas tardes, Isra.
        Pues no sé si felicitarte por haber ganado, dado que te ha sentado tan mal. 😅😝
        No te conozco tanto como quisiera, pero estoy totalmente seguro que ningún premio te va a hacer cambiar, al menos para mal. Además, no creo que te hayan dado tantos millones como para convertirte en todo eso que dices. ¿Tan suculento es el premio y yo sin enterarme? 😝🤣
        No, en serio. Es verdad que con los errores y fallos se aprende más que con los premios, pero nunca viene mal que te den un pequeño empujonsito de reconocimiento. Seguro que serás capaz de racionalizarlo y usarlo como aprendizaje.
        Somos muy parecidos y también ando como tú, aunque sin trabajo remunerado. Echémosle la culpa del cansancio y el atraso a la caló. Y si no podemos entregar dentro del mes, le llamamos a Agosto, Juliosto y arreglao. 😜👌🏼
        Un abrazo y diez cervezas 🤗🍻🍻🍻🍻🍻

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