La justicia por su manita. (juicio en tres actos)


El texto a continuación está basado en hecho reales, por insólito que pueda parecer. He alterado los nombres y dramatizado alguna de las situaciones, bueno, las he dramatizado todas, pero el fondo de la cuestión es que sé de alguien que hizo eso con un bombón y este solo hecho, aunque haya prescrito hace tiempo, no ha impedido que le tenga el mayor de los afectos. Eso sí, jamás le acepto regalos.

Ahora en serio, este texto tiene un destino fundamental, el vadereto del mes de Noviembre de 2021, que tiene por tema la sonrisa y en el que espero al menos poder robar también alguna carcajada. Muchas gracias a JA, de acervo de letras, por esta iniciativa que nos ayuda a muchos a tener cada mes un motivo por el que escribir. Dedicada pues a él, a todos los que también están atrapados en este reto y, como quiera que se trata de una historia de humor, a mi querida Sadire que sabe cuando yo soy más yo, a veces mejor que yo.

La justicia por su manita.

(Juicio en tres actos)

Primer acto.

-Una vez concluida la instrucción del caso y recibida por este tribunal la instancia de habeas corpus, pasamos a considerar…

Leo se rebulló en su asiento y levantó el brazo muy despacio. El juez le miró por encima de las gafas.

-¿El acusado tiene algo que decir?

Leo no se dio por aludido. Su brazo continuó alzado unos instantes, hasta que se dio cuenta de las señas que le hacía su madre de forma insistente para que hablara.

-¿Qué es eso del… aves corpus?

-Es una institución jurídica que obliga a que el detenido sea llevado a juicio sin prolongar la detención preventiva.

-Ya, pero… ¿que es la detención preventiva?

-¡Tu cuarto! – repuso mamá.

-Bien. Y ahora que ya hemos aclarado los preliminares -el juez se quitó las gafas y señaló a Leo con ellas-, si el acusado no tiene nada más que decir procederemos a constituir el jurado.

Leo asintió con la cabeza, miró a su madre y levantó los hombros. Ella se llevó el índice a los labios, componiendo el rictus más serio de que era capaz y devolvió toda su atención de nuevo en el juez.

-Señores del jurado, ¿han elegido ustedes ya a un portavoz?

El jurado dominaba toda la escena desde su ubicación en un lateral de la sala, junto a una de las ventanas. El juez fue mirándolos uno a uno con detenimiento. Max le devolvió la mirada y empezó a rascarse una oreja, Pavarotti se puso a girar el cuello en movimientos bruscos en una y otra dirección pero no dijo ni pío, y el playmobil bombero, de quien no se conocía nombre ni filiación, permaneció estático y absorto contemplando los acontecimientos.

-Señoría -intervino la fiscal- creo entender que Max hablará en nombre del jurado. ¿No es así, Max, ricura? ¿Quién es el portavoz más bonito?

Max, que no era inmune a tales muestras de cariño, se irguió sobre las patas traseras y empezó a lamerle la cara a la fiscal, mientras el juez gritaba “¡Orden! ¡Orden en la sala!” y golpeaba la mesa con su martillito de feria, atronándoles los oídos con el chiflido del chillador. Pavarotti, estimulado por aquel guirigay, se arrancó entonces por la serenata del macho canario en celo, sin temor alguno a que lo encerraran por desacato: total, él ya vivía en una jaula.

La cuestión era que el juicio se iba al garete. El juez le imploró a la fiscal con un «cariño, por favor, seamos serios», y gracias a su ayuda pronto todos recuperaron la compostura.

-Pese a que entre los señores del jurado el único que no se ha inmutado ha sido el señor playmobil, este tribunal confirma como portavoz a Max.

-¡No se vale! -intervino Leo.

-No se dice «no se vale» -le cortó Jaime- se dice «protesto».

-¡Pues potresto! ¡Max va con la acusación! ¡Esto no es justo!

-No se admite. Este tribunal está aquí para decir lo que es justo y lo que no, y el acusado se limitará a defenderse, si no quiere que le condene por desacato a otra hora encerrado en su cuarto. 

Dicho esto, Jaime, el juez, se dedicó a poner orden en su mesa, apilando las piezas del sumario con esmero para que no se viera que en realidad eran folletos de un supermercado del barrio, poniendo el martillo en el lateral derecho, paralelo al borde de la mesa, y ajustándose al cuello la toalla de playa que hacía las veces de toga. Tras esta pausa, y considerando que en breve al portavoz del jurado le tocaría darle otro repaso a las farolas de su calle, retomó la causa con displicencia.

-Tiene la palabra el ministerio fiscal.

Los niños se miraron extrañados hasta que su madre se levantó, carraspeó un par de veces y se puso a hablar.

-Esta acusación se propone demostrar que el acusado, don Leo Villegas, se apropió de un alijo de material orgánico con el que, valiéndose de medios ilícitos, se proponía intoxicar a su hermana, doña Cati Villegas, momento en el que fue sorprendido por la autoridad competente, a la que presentó resistencia, dándose entonces a la fuga y causando daños a la propiedad.

-¡Eso no es verdad! -grito Leo.

-¡Si es verdad!- contestó Cati- ¡No entiendo lo que ha dicho mami, pero es verdad!

-¡Orden!

-¡Mentira!

-¡Guau! – Intervino Max para sumarse a la refriega.

-¡Verdad!

-¡Orden! ¡Orden! ¡ORDEN!

El martillo botaba y chillaba como las ruedas de una bicicleta vieja, hasta que de tanto golpe llegó al límite de su resistencia y se partió en dos piezas. Las risas llegaron entonces a tal extremo que el propio playmobil bombero se permitió una sutil sonrisilla de plástico.

-Si los presentes no son capaces de mantener un mínimo de orden tendré que desalojar la sala. Señor Pavarotti, esto también va por usted.

El canario se bajó obediente de su palo y metió la cabeza en el bebedero.

-Bien, ahora es el turno de la defensa.

Se hizo el silencio. Leo miró a un lado y a otro esperando acontecimientos hasta que su madre le indicó que hablara. El se señaló el pecho y se encogió de hombros. Su madre le asintió con la cabeza una y otra vez, pero Leo no se decidía.

-Leo, que te toca.-dijo la fiscal.

-Pero ha dicho defensa.

-Siiii, claaaaro, ese eres túuuu.

-Nooo. ¡Yooooo soy delantero ceeeentro!

Esta vez hasta el playmobil se estremecía entre espasmos por la risa. Jaime esgrimía impotente los restos del martillo mientras se debatía entre poner orden o secarse las lágrimas con la toga.

Tras una sencilla explicación, Leo se puso finalmente en pie. Aguardó en silencio hasta que su padre le preguntó de nuevo.

-¿Tendría el acusado a bien en exponernos su versión de los hechos?

-Papá…

-Señoría, tienes que decir señoría.

-Pues eso, señoría: que yo no fui.

-Le recuerdo al acusado que mentir al tribunal constituye delito de perjurio, que en esta casa está penado con tres a siete días sin postre. ¿Insiste el acusado en su declaración?

-¡No es pecunio!, además, ¡no hemos hecho lo del libro!

Jaime reparó en ese momento en que, como afirmaba Leo, no le había tomado juramento, lo que solventó al instante tomándole los votos sobre el DVD de El Rey León.

-Y ahora que ya hemos jurado decir la verdad, ¿que tiene el acusado que declarar?

-Pues que… que… ¡que ya es la hora de la merienda!

Segundo acto.

Ante lo irrefutable del argumento, y tras un breve receso en el que los niños merendaron, Jaime se hizo con un mazo de madera de la cocina, la fiscal sacó a pasear a Max que se hizo por fin sus farolas, Pavarotti aprovecho para leerse el periódico que le habían puesto en el fondo en la jaula y el playmobil bombero permaneció bastante apagado, como era su costumbre, el juez tomó asiento y abrió de nuevo la sesión con las declaraciones de los testigos.

-El ministerio fiscal llama a declarar a doña Catalina Villegas.

Cati se levantó de la alfombra y su padre la ayudó a encaramarse al taburete para que le tomaran declaración.

-Señorita Villegas -le dijo mami-, ¿puede contar lo que pasó esta mañana?

-¡Potresto! -dijo Leo.

-¿Por qué? – dijo papi.

-Cati todavía no sabe contar.

-¡Si sé! ¡Si sé! ¡Uno! ¡Dos! ¡Diciocho!

-Se admite – concedió el juez, mirando al techo con desdén -. Reformule.

-Cati, ¿Puedes re-la-tar lo de esta mañana.

-No.

-¿por qué no, hija?

-Poque relatar esta feo. La tata relata mucho. Relata y relata y relata todo el tiempo. No me guta. Yo no relato. No, no y no.

-No eso. Cati, hija, ¿que te hizo tu hermano esta mañana?

-Me dio una chocolatina. Sabía raro. Depué la ecupí y la tata me lavó los dientes… -empezó a hacer pucheros- y Leo lo sabía -aquí empezó a hipar- y Leo salió (hip) corriendo y (hip) Leo..

-Tranquila, cariño, que ya pasó. Ya pasó.

-Y… y… y Leo fue ma (hip) lo y la cho… colatina… cho… colatina… (hip)

-Si, cosita, si la chocolatina, ¿qué?

-La cho… co… latina, la cho… colatina

-Si cariño, si, ¿que pasaba con la chocolatina?

De pronto doña Catalina Villegas sacó a relucir sus excelsas dotes de actriz, abriendo los ojos como dos espuertas, arrugando un poco la barbilla y mostrando a la vez la mas inocente de sus sonrisas.

-Olía a caca.

-¡Potresto! – grito Leo.

-¿por qué potresta… quiero decir, por qué protesta el acusado?

-Cati está comiendo pecunio.

-¿Que esta qué?

-Que…. ¡que tampoco ha hecho lo del libro!

-Siiii, -exclamo la niña emocionada- ¡lo del libro! Yo quiero, yo quiero, yo quiero. Mami-mami-mami quiero-quiero-quiero, pero no rey león, ¿eh? ¡yo quiero jurar por la sirenita!

Tras un nuevo ritual de juramentos que ya empezaba a poner en riesgo a la colección Disney de la familia, llegó el interrogatorio de la defensa.

-Es el turno de la defensa. Alguacil, léanos las ultimas palabras, justo antes de la protesta del acusado.

Jaime cambió entonces la voz y declamó “Olía a caca” en voz de falsete. Recuperó al instante su voz natural para darse las gracias a si mismo e invitó a Leo a continuar con el interrogatorio.

-Cati -dijo Leo-. ¿A que saben las espinacas?

-A caca.

-Y ¿a que saben las zanahorias?

-A caca.

-Y ¿a que huele el tabaco de mami?

– A caca.

Leo se volvió triunfante al juez y dijo.

-Este def… delantero centro no tiene más preguntas.

Jaime, después de tomar nota mental de esconder el mando a distancia de la tele en el altillo del armario, se dirigió de nuevo a su querida, y también alucinada, esposa.

-¿Algún testigo más?

-El ministerio fiscal llama a declarar, mejor dicho, lleva en brazos a declarar, a don Manuel Villegas.

Y al momento saco al bebé de su cochecito y lo colocó sobre el taburete, sujetándolo por detrás como solo una madre sabe sujetar a un testigo de cargo.

-Lolo –le inquirió- , es decir, señor Manuel Villegas, ¿es capaz usted de reconocer entre los presentes al individuo que esta mañana le abrió los pañales y le sustrajo un poquito de caca para envolverla en papel de aluminio y dársela después a su hermana diciendo que era una chocolatina?

Ante la mirada expectante de toda la sala, Lolo se mostró realmente dubitativo e indeciso. Los segundos pasaban y el testigo no mostraba indicio alguno de respuesta, a no ser que un hilo de baba se pueda considerar indicio de algo en estos casos. Pero, de forma inexplicable, el bebé de diez meses alzó lentamente su brazo derecho y lo giró de derecha a izquierda, de manera que fue apuntando a los rostros de todos los presentes. Primero a Pavarotti, después al señor playmobil, a quien le rodó una gota de sudor por la frente, para girar aún mas y señalar sin piedad a Max, después a Cati,  luego otra vez a Max, que ya no aguantaba más aquel juicio y no paraba de un sitio para otro y, finalmente, a Leo, momento en el que el dedo acusador quedó parado, fijo en la cara del acusado, delatando su culpabilidad más allá de toda duda.

La tensión duró justo hasta que Don Manuel sintió un malestar y levantó aún más el brazo para tratar de arrancarse la cadena del chupete, instante en el que se pudo ver claramente bajo su bracito la mano de la fiscal, esa mano que lo había estado dirigiendo todo el tiempo.

-¡Potresto! ¡Potresto! ¡Tramposa!

El juez la miró con expresión divertida.

-Se admite. -dijo mientras su cabeza giraba lentamente a un lado y a otro- ¿Tiene el ministerio fiscal algún otro truco de magia o podemos llamar ya a los testigos de la defensa?

-No tenemos más testigos, pero presentamos como prueba número uno la declaración de doña Jessica Maria Revuelta, quien presenció todos los hechos e intervino en uso de la autoridad que tiene delegada.

La fiscal le pasó su teléfono móvil al juez quien procedió a examinar la prueba.

-Esta declaración escrita por WhatsApp se admite como prueba. El tribunal aprovecha para recordarle a la fiscal que tiene ochocientos treinta y siete mensajes sin leer del grupo de WhatsApp de las madres de la guardería.

-Gracias, Señoría, esos mensajes son solo de esta última hora, hoy se deciden los disfraces para la fiesta de fin de curso, y entre una cosa y otra han empezado a discutir, la gente se ha venido arriba y… ahora mismo hay padres que ya han metido en el grupo a sus abogados. ¿Podemos volver a la causa?

-Desde luego. Señores del jurado, procedo a leer la declaración de la yesi, esto es, doña Jessica María Revuelta. Dice así: «Señora, estoy hasta er papo del niño este, hoy me encuentro a la peque llorando y a lo que parece se ve que le a cogío un pegote de mierda del pañal al hermano y se l’a dao a la niña envuerto como si fuera una chocolatina. Cdo lo e cogío ma dao una patá en la canilla y a echao a correr x toda la casa liando tal estropicio q llevo to la mañana recogiendo. O mete en cintura al niño este o me voy buscando otra casa.”

-¿Tiene la defensa algo que alegar?

Tercer acto.

Leo estaba pálido y gimoteante. Diríase que en cualquier momento rompería a llorar y terminaría confesando su culpa. Esta vez no encontró ningún tipo de complicidad en la mirada de la fiscal, ni en la del juez, ni en la de sus hermanos, ni tan siquiera en los ojos inmóviles del playmobil bombero, quien tenía tal cara de pocos amigos que más bien pareciera que le picara el culo y estuviera acordándose del maldito bastardo que se olvidó de incluir codos al diseñarle.

-Yo… no me alegro – dijo Leo con poca convicción.

-Eso se supone –intervino la fiscal-, porque si encima te ríes de tu hermana, es pa matarte.

-Noooo, pero como papá, quiero decir, como la señoría ha preguntado si tengo que algo que me haga alegrar, pues eso, que no. Y yo no soy defensa, ¿eh? ¡Que soy delanteeeero ceeentro, jolines!

-Prosigan con el careo –dispuso el juez-, tal vez sea la mejor forma de aclarar este entuerto.

-Leo, hijo, a lo mejor Cati no se ha enterado bien de todo, pero el mensaje de Jesica no deja ninguna duda. ¿Todavía niegas que fuiste tú? ¿Qué contestas?

-¡Si! ¡No! Que la yesi miente, y que todo es culpa del hombre que le vende la ropa. Ea, ya está.

Jaime y María se miraron extrañados, pero Jaime enarcó las cejas como diciendo que seguramente ahora vendría otra de las mentiras fantasiosas del niño y María alzó las pupilas significando que había recibido el mensaje y que le seguiría la corriente hasta que el acusado entrara en alguna contradicción y no tuviera más salida que desembuchar toda la verdad.

-Leo, ¿quién es ese hombre?

-El Guille -saltó Cati de repente-. Viene siempre a verme. No riñe. Me guta.

El juez y la fiscal se quedaron atónitos. Max se alzó sobre sus patas y puso su cola recta e inmóvil como un mástil. Pavarotti dejó de lado el periódico –eran noticias atrasadas, al fin y al cabo- y el playmobil se quedó tieso como una estaca, cosa nada rara en él, pero en este punto llamaba bastante la atención..

-Leonardo Villegas Perez, ¿Me vas a decir ahora mismo quién es ese tal Guille? –Gritó la fiscal.

Hay preguntas que no parecen preguntas, pero cuando antes de formularlas tu madre pronuncia tu nombre completo y tus dos apellidos, entonces ya puedes estar seguro de que no eran preguntas.

-Ehhh… -Balbuceó Leo, mirando al suelo- pues… es un tío que viene por las mañanas a venderle ropa a la Yesi.

-¿Qué es, un sastre, un modisto, un representante, que demonios es ese Guille?

-Yo… no lo sé.

-¿Pero entonces por qué dices que le vende ropa? ¡Contesta! – Insistió la fiscal, a la que ya se le estaba yendo la mano con el interrogatorio.

-Pues… porque un día… entré en vuestro cuarto… y estaba allí el Guille con la Yesi… y la Yesi no llevaba ropa… y entonces me vieron… y el Guille se acercó y me dijo que le había vendido una falda a la Yesi y, eso, que se la estaba probando.

-Pero –intervino Jaime- ¿Cuánto hace de eso?

-Diciocho faldas. –respondió Cati.

-¡Ahí va! –exclamó Leo-, ¡Cati ya sabe contar!

Hay ocasiones en que la tensión acumulada rompe de forma estrepitosa en una algarabía de risas espontáneas e incontrolables. Esta no fue una de ellas. Lo que parecía un caso menor, algo que se solventaría fácilmente con una pena de privación de libertad, no más de un par de horas en su cuarto, conmutable por un fin de semana sin paga, se revelaba ahora como un turbio entramado de relaciones furtivas, allanamientos, apropiamientos indebidos y quien sabe que otras indignidades por parte de la yesi y el presunto modisto. Pero lo primero era lo primero y Jaime, juez de circunstancia, no podía dejar aquel juicio a medias.

-Esta bien, hay un tal Guille que viene –intervino de nuevo, quitando leña a las profundidades de un asunto que ya discutiría con la fiscal en la intimidad-, pero no veo que relación puede tener con el asunto de la chocolatina. Si la defensa fuera tan amable de explicarnos.

Leo miró a su padre, luego a su madre, se levantó del taburete y se fue corriendo a la cocina. La sala permaneció en un silencio tenso y expectante. No pasaron ni dos minutos cuando volvió con una caja en las manos.

-Señoría, tengo una prueba.

El juez le hizo señas para que se acercara y le entregara la caja. La analizó con mirada experta.

-Admitimos como prueba número dos esta caja roja de bombones de Nestlé. – Al tiempo que hablaba se la ofreció a la fiscal por si quería examinarla, lo que ella declinó con cortesía-. La defensa nos explicará que papel tienen estos bombones en el caso.

-Pues… unos tienen papel rojo, otros marrón, otros no me acuerdo…

-Hijo –repuso la fiscal-, el juez se refiere a qué tiene que ver esta caja con lo que hiciste esta mañana.

-Ah, vale –se dirigió a su hermana-. Cati, ¿A que tú cogiste esta mañana el bombón de esta caja?

-Si.

-¿Y por qué dijiste que te lo había dado yo?

-Porque… porque… para que la tata no me relatara. –mirando a su madre-. Es mala. Si cojo un bombón, me relata. Y la caja nos lo regaló la abuela.

-Y ahora dime cuántos bombones te has comido de la caja que nos regalo la abuela.

-Diciocho.

-Así no, Cati, dilo con los dedos.

Cati levantó tres deditos.

-Protesto –dijo la fiscal-. Estas disquisiciones no afectan al caso.

-No se admite –repuso el juez-. Quiero saber a dónde quiere llegar la defensa. Prosiga el acusado.

-¿Véis? Cati se ha comido solo tres bombones, y yo cuatro. Ahora, ¿podría la señoría decirme cuantos bombones faltan en la caja?

-No lo váis a creer –repuso el juez después de contar-. ¡Faltan “diciocho”! Ya veo a donde quiere llegar la defensa. ¿Quién se habrá comido los otros once bombones? Porque este tribunal no ha sido.

-El ministerio fiscal no ha tocado esa caja. –repuso María.

-Y dudo mucho que los miembros del jurado se hayan atrevido… aunque… -el juez miró fijamente al playmobil- Señor bombero, ¿no habrá usted…?

El playmobil bombero, que no bombonero, lamentó en ese momento más que en toda su vida de muñeco su incapacidad para hacer un buen corte de mangas. En su defecto, giró la cabeza airado, alzó la barbilla y se quedó mirando a la ventana. ¡Faltaría más!

-No, no veo como podría quitarle el papel a los bombones. -razonó el juez- Puede que fuera la yesi.

-Ya te digo yo que no -repuso la fiscal- la pobre lleva a dieta desde que hizo la primera comunión.

-Entonces no nos queda mas que el sastrecillo ese. ¿Fue el Guille, no es así, señor acusado?

-Ajá.-Confirmó Leo entusiasmado, poniéndose de pié-. Cada vez que terminaba de venderle la ropa a la tata, venía y se comía unas chocolatinas. Eso de vender tiene que dar hambre, ¿no?

-Ni te imaginas, hijo –se le escapó a la fiscal-. Pero, ejem, volviendo al caso… ¿no se te ocurriría a ti alguna idea para que ese ladronzuelo escarmentara y dejara de comerse tus bombones?

-¡Siiii! ¡Y era genial! Pero Cati se adelantó y… lo fastidió todo.

-Bueno -sentenció Jaime-, creo que ya podemos cerrar el caso. ¿Tiene el jurado su veredicto?

Max seguía tan disperso como había estado toda la tarde, y Pavarotti no quería abrir el pico en temor de alguna represalia, así que al final tuvo que intervenir el playmobil bombero, quien con más voluntad que medios intentó varias veces declarar al acusado inocente al modo en que lo hacían los césares, alzando los pulgares pero, claro, el juez solo le veía girar las manos, un gesto que claramente invita a colocar unas buenas esposas.

Por suerte, Max intervino a tiempo al saltar sobre Leo y empezar a lamerle la cara con fruición, dejando a las claras que se le declaraba inocente. Años más tarde Leo confesaría que se había untado mermelada en la mejilla cuando fue a la cocina a por la caja de bombones, pero en aquel momento le seguía interesando que le tomaran por lo que parecía.

Tras el veredicto, el juez se puso en pie, se alisó con prestancia su toga de algodón egipcio con el rostro impreso de hello kitty y se dispuso a dirigirse a la sala.

-Este tribunal declara a Leonado Villegas inocente de los cargos de agresión a la autoridad, fuga y daños a la propiedad. Con respecto a los cargos de sustracción de caca de pañal, adulteración de bombón crocanti e intento de intoxicación alimentaria, le condenamos a… ¡dar cuenta de los bombones que quedan!

Y al punto bajó del imaginario estrado, abrió la caja y comenzó a ofrecer bombones a todos los asistentes, incluso a los que no tenían codos. Comenzaron a abrazarse, a reir y a saltar mientras se servían de la caja, y se felicitaban unos a otros por el buen juicio del juez. La algarabía se prolongó durante largos minutos, hasta que Jaime tuvo que ir a por agua para todos; como los bombones ya se habían volatilizado trajo también unas galletas.

Su madre, ahora bastante menos fiscal, le dio un tremendo abrazo a Leo que valía más que cualquier reconciliación y, tras dejarlo de nuevo en el suelo, se dirigió a él muy ceremoniosa, en presencia de todos.

-Mi querido abogadito, ahora hablando entre colegas, enhorabuena por tu defensa, ¡esa prueba de la caja ha sido fulminante! Pero, ahora que lo pienso, tu plan tenía un fallo. Era muy complicado que Guille cogiera precisamente Esa chocolatina… -la cara se le fue cambiando de color- … ¿te importaría decirme cuántos bombones rellenaste?

En ese momento todos se dieron cuenta de que de alguna manera se habían estado haciendo esa misma pregunta todo el tiempo.

-Pues… yo… ¿Es que no habéis visto Forrest Gump?

Y el pequeño abogado en ciernes saltó como un resorte para salir corriendo de aquella sala mientras gritaba “la vida es una caja de bombones, jajajajaa… nunca sabes lo que te va a tocar jajajajaaaaa…

Telón.

8 Comentarios

  1. Estoy llorando de la risa, esto es empezar estupendamente el domingo.
    Buenísimo, con diálogos que te ayudan a meterte en la piel de cada uno de los personajes, tan personales, y divertidos y sobre todo tan niños.
    Promete Leo como abogado.
    El final muy ingenioso para poner la guinda a esta maravilla que has creado.
    Un fuerte abrazo.

    Le gusta a 1 persona

  2. Hola Isra, nos has regalado un relato lleno de humor, fácil de leer y que por supuesto cumple con todos los requisitos del reto porque desborda de «niñez» (por decirlo de algún modo). Me han encantado los personajes y la trama. Por supuesto que Leo será un gran abogado, no me queda la menor duda. Saludos.

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias Ana, y de nuevo disculpas por el retraso en responder. El «Leo» autor de la travesura que me sirvió de inspiración para esta historia no acabó estudiando leyes, pero terminó triunfando en otro campo. Un abrazo!

      Le gusta a 1 persona

  3. La leche que mamaste, Isra. ¿Una sonrisa? Ha sido una carcajada detrás de otra. No sabes lo que me has alegrado un día que amenazaba con cerrarse de manera bastante shunga.
    ¡¡QUÉ AUTÉNTICA MARAVILLA!! O como decimos en mi tierra ¡¡¡Qué BASTINAZO!!!
    ¡Qué peshá de reír me he dao! 😂😂😂😂
    Al principio, has ido desgranando pequeños retazos y tenues pinceladas que nos han metido, poco a poco, en situación para «ver» perfectamente la escena real del juicio: Gran genialidad en la elección de los miembros del jurado; un acusado y defensa (perdón, delantero centro), que tiene tol arte del mundo; una mami-fiscal en la que creo vemos perfectamente a nuestras madres; y ese juez al que has ido vistiendo con todo el ingenio típico de nuestros Carnavales. Te aseguro que han ido apareciendo, poquito a poco, cada uno de los detalles en mi mente hasta formar el cuadro completo. Ya esto de por sí te da merecimiento de una gran andanada de aplausos.
    Luego, has ido aclarándonos la trama gradualmente, con grandísimas dosis de buen humor. Iba a destacar alguna, como lo del guasa o los gestos del playmobil bombero, pero es que son tantas y tan geniales que me niego a elegir solo unas pocas.
    Los diálogos, no solo son divertidísimos sino que, ayudan a describir cada uno de los personajes. Un ingenio increíble para dotar a cada uno de ellos de su propia personalidad. ¡Hasta le has dao vida al playmóvil!
    Hay tantas cosas que comentar y aplaudir que este comentario se alargaría más que mi propio relato. Así que voy a concluirlo haciendo mención de ese impresionante, original e ingenioso final, provocando una gran carcajada, tanto por lo inesperado como por lo ocurrente. Esa alusión a la frase de Forrest Gump es de antología.
    Solo me queda decirte que este relato es para que todo el público del Falla se ponga en pie aplaudiendo y cante eso de: «¡Qué Bonito…!» o el «Esto sí que es… una maravilla».
    Muchísimas gracias por este regalazo, Isra.
    Un abrazo.

    P.D. Parece que os habéis puesto de acuerdo, Lola y tú, en nombrar a vuestro protagonista de forma tan significativa para mí. Por un lado, es una maravillosa metáfora de una de mis pasiones, la lectura, por otro, es el nombre de mi queridísimo, y de momento, único sobrino. Mi pasión y mi terror, porque me da un palizón cada vez que lo veo. 😅😍 Ahora tengo la duda de mantener o no el nombre del protagonista de mi relato. 🤔

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias, y muchas disculpas porque otras ocupaciones me han mantenido alejado de este mundillo. Ni tiempo para peinarme. Y un buen proyecto entre manos, ya te contaré… si madura. Para quienes sabemos lo que significa el Falla, aunque sea de lejos… eso son palabras mayores, que a mi me vienen enormes, la verdad. Que mas quisiera uno. Pero te lo agradezco porque viniendo de donde viene, de la tacita, como cumplido es para sacarme muchos rubores.
      Y ahora te cuento que una buena amiga (de otros mundillos parecidos a estos) con la que estuve hace unos días despues de un año sin vernos, y que también había leído este relato, me apareció con una sorpresa: Va y saca del bolso… ¡el playmobil bombero, en su cajita y todo! Me quedé a cuadritos. Un detallazo que me llegó a lo más hondo.
      Ya ves, este relato que era para dar alegría a los demás, me trae alegrías a mi, demostrando que la alegría, cuanto más se da, más se tiene. Y en tu tierra de eso sabéis mucho…
      Un abrazo, y te prometo no escoger más Leos para mis historias… jejejejee

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