Ye Olde Pub


A Charles Brown le prohibieron hablar de aquella misión. Mantuvo su silencio hasta que cuarenta años más tarde se decidió a poner un anuncio en un periódico. Fueron años de dolor e inquietud. La adrenalina empapaba la almohada en cada pesadilla. Las escenas se repetían, vívidas, trágicas y estremecedoras. Y en el fondo de todo aquello residía un eterno porqué, una vieja ausencia incrustada en su memoria como un trozo de metralla.  

Tenía que encontrar a aquel hombre. 

Aquel veinte de diciembre de 1.943 el cielo amaneció cubierto en toda Inglaterra. Era el día que esperaban. Charlie estrenaba tripulación a bordo del “Ye Olde Pub”, su B-17. El enorme pájaro era una auténtica fortaleza volante, armado con trece ametralladoras y con capacidad para más de 8.000 kilos de destrucción en su vientre. Una gran arma para matar. Un mal lugar para morir. 

El briefing de la misión fue, como siempre, conciso y realista. El objetivo, una fábrica de aviones en Bremen. Destruirla tenía tanto interés estratégico para los aliados como mantenerla en producción para el Reich. Estaba endiabladamente bien defendida. Allí les esperaba un infierno de artillería antiaérea y cientos de cazas de la Luftwaffe. Los pilotos dejaron la tienda en silencio; sabían que aquellas despedidas solían contener demasiadas últimas palabras. 

Mientras cruzaban sobre el Mar del Norte algunos B-17 tuvieron problemas mecánicos y Charlie tuvo que avanzar al frente de la formación. En el exterior había sesenta grados bajo cero. Los sistemas funcionaban a la perfección, salvo el motor número 4 que daba algunos problemas.  

Aunque volaban a más de 8.000 metros de altura, su presencia sobre el continente no podía pasar desapercibida. Cuando Bremen se anunciaba ya como un punto en la distancia, de pronto el cielo se sembró de flores negras. Mas de doscientos cañones Flak de 88 mm escupían sin cesar contra aquellos aviones, obligados a mantener la formación para poder realizar el bombardeo con precisión. Demasiados cañones. Demasiado precisos. 

Charlie vio caer algunos aparatos antes de que un fuerte estruendo estremeciera el fuselaje y la radio interna se inundara de malas noticias. Hemos perdido el motor número dos. Hay daños en el número cuatro. Perdemos potencia.  

Las órdenes brotaban de la nada a través de aquellos cables, y de algunos dejaron de llegar respuestas.  

Una fuerte detonación acabó con el morro de plexiglás del avión. Pudieron extinguir las llamas, pero el aire helado inundó el aparato. El B-17 tuvo que dejar la formación y quedó rezagado. Solo, lento y agónico, logró soltar sus bombas. Porque tenía unas órdenes que cumplir, y porque ahora se habían convertido en un gran peligro. Pero el avión ahora era una presa fácil. Tras dejar fuera de alcance a los antiaéreos, no menos de doce cazas de la Luftwaffe acudieron en su persecución ávidos de victoria. La situación se volvió desesperada. 

Algunos kilómetros más abajo, Franz Stigler acababa de aterrizar de vuelta de una misión para repostar su Messerschmitt. Los primeros ecos del bombardeo hicieron que apresurara a los mecánicos para que recargaran sus armas. Pese a que su último encuentro le había dejado de recuerdo un proyectil Browning del cincuenta incrustado en el radiador, no tenía ninguna duda sobre lo que tenía que hacer. Es la lógica del deber. 

Su padre pilotó uno de aquellos biplanos en la primera guerra mundial. En el periodo entreguerras Franz se hizo piloto comercial de la Lufthansa, hasta que fue movilizado. Veinticuatro enemigos derribados desde que hiciera sus primeras misiones de apoyo aéreo del Africa Corps le dejaban a solo uno más de ganarse la Cruz de Hierro. Un selecto club al que ya pertenecía Gustav Rödel, quien fuera su referente, además de su oficial al mando, en las operaciones del desierto. 

El objetivo pasó pronto sobre su vertical. Un B-17 muy tocado que volaba lento y a baja altura.  

El ataque de los cazas había sido intenso y despiadado. Pese a su escasa maniobrabilidad, el B-17 trató de enfrentar sus acometidas y ofrecer resistencia con su mermada artillería. Pero a cada pasada de aquellos aparatos tan pequeños y rápidos se registraban nuevos impactos. Los artilleros, escogidos por su pequeño tamaño, como los jockeys, para poder alojarse en postura fetal en los arneses de las reducidas torretas, eran los primeros objetivos, y sufrieron los primeros daños. Para derribar aquella fortaleza primero había que desarmarla. Perdieron a Eckenrode en la torreta de cola. Yelesenko resultó con una pierna acribillada de metralla. Pechout resultó alcanzado en un ojo, Brown en un hombro.  

A medida que el gran pájaro perdía sus garras se volvía más y más vulnerable. Recibió impactos en el motor número tres, daños en la radio, en los sistemas hidráulicos y en los de soporte vital. Alcanzado de nuevo por otra ráfaga, perdió parte del timón de cola y el cono del morro. Al cabo de diez eternos minutos Charlie salió finalmente del radio de acción de aquella oleada de cazas. Los daños eran de tal importancia que luchaba desesperadamente por mantener el pájaro en el aire cuando sobrevoló el aeródromo. 

Stigler despegó, ganó altura y alcanzó rápidamente su estela. Entonces pudo ver el estado de destrucción de aquel ataúd volante. Vio la carnicería que contenían sus torretas destrozadas. A través de los agujeros en el fuselaje observó los rostros congestionados, los cuerpos mutilados, los esfuerzos imposibles por atender a los heridos y por mantener en el aire aquel amasijo de hierro y cables quemados. 

Charlie no podía permitirse el lujo de que le desbordaran los problemas. No podía perder más altura, pero sin sistemas de oxígeno y a aquellas temperaturas bajo cero los chicos no podrían durar mucho tiempo. Hasta la morfina se había congelado. De momento solo había perdido a uno de sus muchachos, pero al menos otros cuatro tenían que ser atendidos con urgencia. Y para colmo aparecía en cola otro de aquellos malditos cazas alemanes. A veces la duda no es si vas a morir, sino cómo vas a hacerlo. 

Carta de Canadá. Inesperada. Insólita. Charlie soñó de nuevo con él, con verle, con conocer aquella cara de hace cuarenta años que nunca pudo ver en la distancia. No había sido nada fácil dar con él, pero ahora había una posibilidad. Tal vez era aquel hombre. Las semanas siguientes le dominó la obsesión de encontrarse con aquella mano que había contestado a su anuncio. Y saber, de una vez por todas, porqué. En las guerras solo importan las órdenes, a veces se comprenden las razones, raramente se entienden las causas. Pero nunca, jamás, se llegan a saber los porqués. 

Por qué, después de sembrar aquella destrucción. Por qué, siendo enemigos. Por qué, estando a tiro. Por qué, si era su deber, si no hacerlo le podía costar un consejo de guerra y, seguramente, el pelotón de fusilamiento. 

Por qué, cuando habría sido tan sencillo. Con una sola ráfaga podía mandar a tierra aquel artefacto. Stigler viró, aceleró y se colocó a babor. Charlie podía verle maniobrar a través de la ventanilla. Demasiado cerca. Aquel bastardo le estaba haciendo señales con la mano, moviéndola de arriba abajo. Pero no, no podía aterrizar y entregarse. Acabar en un campo de concentración. Dejar que la Gestapo escudriñara por todos los rincones del aparato. No, no iba a entregarse. No podía dispararle, solo le quedaban dos ametralladoras y estaba fuera de su alcance. Solo podía mantener el rumbo, si los motores aguantaban y no se estrellaba antes. Desde hacía bastantes minutos Charles Brown no decidía, solo hacía lo que podía. 

Perdía altura, perdía potencia y si no llevaba pronto a esos chicos a casa, seguramente los perdería también. El Messerschmidtt seguía a babor, a tiro de piedra, y el maldito alemán seguía haciendo señales. Nadie podía entender lo que quería. Y tenían otras preocupaciones. Demasiadas preocupaciones. Se acercaban ya a la costa y a esa altura serían carne de cañón para las baterías antiaéreas. 

A veces la realidad se deslizaba por entre los recuerdos. Una llamada. Una cita. Se acercaba ya el momento del encuentro. Charlie releía una y otra vez aquella escueta respuesta que había recibido: “Yo era él”. Y un nombre, Fran Stigler. Por lo visto tenía negocios en Canadá. Pronto hablarían. Pronto sabría que quería decir con aquellas jodidas señales. Y por fin sabría. Tendría su porqué. 

El Mar del Norte se avistaba ya en el horizonte. El Messerschimitt seguía pegado a su ala y el B17 seguía aguantando a duras penas. Charlie recordó una frase de su niñez en la granja de Virginia, aquello era engordar para morir: El Ye Olde Pub no sería capaz de resistir ni uno solo de esos proyectiles antiaéreos. Pero ya solo había un camino. Y solo quedaba un destino. Tal vez tocaba ya poner algunas cosas en orden. Pero Pinky, el copiloto, rompió el silencio. “Si tan solo aguantara ahí al lado unas cuantas millas más…”.  

Y entonces Charlie lo vio con total claridad. Más allá de toda esperanza aquel aviador nazi los estaba escoltando. Los antiaéreos no dispararían mientras ese caza estuviera tan cerca. Aquel hombre que los podría haber mandado al infierno con solo pulsar un botón, ese tipo que no paraba de hacerles señales que nadie podía comprender, en realidad les estaba salvando la vida. 

La insólita formación pasó volando sobre las baterías sin novedad. Juntos se adentraron en el mar. Aún les esperaban doscientas millas de vuelo sobre un océano furioso y atormentado, pero lo peor ya había pasado. Charlie comprobó la posición y dio orden al artillero de la torreta dorsal de que apuntara al caza, pero sin hacer disparos de advertencia. Stigler comprendió, seguro de que ya estaban fuera del espacio aéreo alemán, saludó con la mano y partió de vuelta a su base. 

El B-17 logró llegar a Seething tras volar 250 millas sobre el mar. Solo habían perdido a uno de los chicos, Ecky, el artillero de cola. Los otros diez fueron atendidos y lograron sobrevivir. Cuando Charles Brown presentó el informe de la misión se le dijo que era materia reservada: No se podía generar ningún sentimiento positivo sobre los pilotos enemigos. 

-Alguien decidió que no puedes ser humano y volar en una cabina de mando alemana- comentaría años después. 

Stigler y Brown murieron en 2008 con pocos meses de diferencia. Ambos mencionaron en sus obituarios a su “hermano especial”. Antes de esto Stigler recibió varios reconocimientos de instituciones de distintos países por su acción. Sin embargo el heroico regreso de Brown y su tripulación permaneció silenciado. Pero durante sus años de amistad Brown supo por boca de Stigler la razón de su acción, ese porqué que tanto ansiaba y que siempre había sabido que estaba profundamente enraizado en esto que llamamos dignidad humana. Rödel, durante sus años de combate en África, le dijo una vez “si alguna vez veo o escucho que disparas a un hombre en paracaídas, te dispararé yo mismo”. El honor no entiende de colores ni banderas.  

Los hechos pesan tanto que en muchas ocasiones los veteranos son hombres de pocas palabras. Stigler solo necesitó un par de frases para explicárselo a Brown. 

-Para mí es como si estuvieran en un paracaídas. Los vi y no pude derribarlos. 

Esta es una historia real. Espero, sobre todo, haber sabido tratar con respeto y dignidad la memoria de las personas que formaron parte de ella.

Los nombres y hechos citados son asimismo reales, tan sólo me he tomado la licencia de dramatizar las situaciones.

Escrita para el vadereto de septiembre

14 Comentarios

  1. ¡Hola, Isra! Magnífica historia. Además siempre me han llamado la atención las historias basadas en hechos reales o reales directamente, y no es morbo, es una necesidad imperiosa de aprender.
    Una historia que te hace seguir creyendo en la humanidad lejos de normas establecidas. Un vuelo, sin lugar a dudas, memorable. Como bien dices de los que merecen la pena.
    Un abrazo.

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  2. Vaya, te has pasado al periodismo haciendo de cronista de guerra. A mi tanto en las historias como las películas prefiero la ficción porque la realidad ya es bastante dramática. En tu caso hago la excepción por el trasfondo de la misma y esa lealtad a la persona antes que a cualquier país o bandera. Has cumplido de sobra este reto de aviones con tan emotiva historia en un ambiente hostil. El cine sale a colación y me recuerda dos películas con estos mismos valores: Infierno en el Pacífico y Enemigo mío, ya ves que cuando menos con tus historias consigues hacer pensar.
    Saludos 🥂🖐🏼

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    1. Muchas gracias, también por encontrar referencias cinéfilas aunque yo no las incluyera.. al menos de forma consciente. Yo también prefiero la ficción, por ese mismo argumento y además porque atenerse a una historia real impone demasiadas ataduras: ser fiel a los hechos, documentarse… ufff… la imaginación protestaba todo el rato, de hecho le he prometido sacarla a paseo (en detrimento de mi perrete, me falta tiempo para tanto tirano).
      Aun así, creo que ha merecido la pena, un ejercicio que me ha hecho esforzarme y pisar otros terrenos.
      Un abrazo!

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      1. Hola, entiendo tu postura y que quisieras afrontar este particular desafío. Para mi escribir es una distracción; así que la imaginación, en mi caso, es quien lleva las riendas.
        Las referencias cinéfilas que he encontrado son por simpatía. Al tener tú que recurrir a documentación verídica difícilmente podrías incluir algún guiño a producción cinematográfica. Yo yendo por libre si incluí en mi VadeReto unas cuantas, algunas totalmente evidentes y otras algo más disimuladas.
        No tendrás queja de tu trabajo ha dado el fruto deseado y no lo digo yo solo, relee los comentarios. 🥂 Saludos 🖐🏻

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  3. Como ya te han dicho parte de lo que quería comentarte, más arriba, me iré por lo que me queda. Primero te diré que el primer párrafo me ha gustado mucho, tiene expresiones fantásticas. Después sigo leyendo, atrapada por la trama, y me encuentro imágenes, más gráficas que un dibujo, en una frase: “aviones escupiendo… el cielo se sembró de flores negras” o esta otra, “El gran pájaro perdía sus garras”. me han parecido geniales.
    Y no puedo dejarme atrás una frase que me ha ayudado a expresar lo que a veces también me pasa: “La realidad se desliza entre los recuerdos”. Vamos, en resumen, personalmente me ha parecido un muy buen relato.
    La historia real no la conocía, pero es de esas que merecen la pena por los valores humanos que refleja. Buena aprotación.
    Saludos

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    1. Muchas gracias, el género belico es complicado, es decir, querer salir del corsé y buscar algo de lírica entre tanta épica. Había espacio para la prosopopeya y la metáfora. Pero esta es una historia esencialmente humana, o así la veo yo, y ese es el mensaje que quería dejar.
      No sabéis el animo que transmiten vuestros comentarios; a veces siente uno que escribe un diario, algo que nadie lee y a nadie parece importarle. Y saber que alguien se toma la molestia de leer y después contarte su opinión es para mi un mensaje que viene a decir aprende, insiste, mejora, esfuérzate… tiene un gran valor.
      Abrazos!!

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  4. Hola Isra, genial narración, no solo por los detalle:s (mecánicos, aeronáuticos etc, que de por sí son difíciles de entender, mucho más de narrar), sino por la historia en sí, que además es real. Lo engloba muy bien esta frase de tu relato: “El honor no entiende de colores ni banderas”. A veces el hombre trasciende a las reglas y limitaciones sociales y se proyecta como las águilas, en este caso en un vuelo glorioso, humano, lleno de algo intangible pero que nos hace ser mejores. Saludos.

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  5. Sin palabras. Voy a coger un poquito de aire para bajar las palpitaciones.

    Tienes una habilidad y un talento muy grande, muy especial, para mantener la atención y la tensión sobre la narración (valga la rima consonante). Además de hacer que el lector se meta dentro de la trama y viva lo que escribes. Me has cortado la respiración y me has emocionado. Te lo digo de corazón.
    Esa forma de mezclar la acción pasada cuarenta años antes, con la incertidumbre del protagonista por dilucidar los porqués, además de crear un tensión e interés maravilloso, es una genialidad creativa bestial. No me canso de aplaudirte y me quito el sombrero. Mi enhorabuena.

    Es evidente que las guerras contienen muchas historias, pero la mayoría están lejos de los héroes y sus felicitados éxitos. Están ocultas porque fueron vividas por los vencidos, o porque son historias que reblandecen los corazones de los rudos combatientes. Demasiada gente busca la sangre de la contienda, la rivalidad y el odio de los oponentes y la culminación de las venganzas creadas por los gobernantes y sus políticas.
    Esta historia que has contado/narrado demuestra que muchos de los que participan en las guerras siguen siendo hombres con honor y corazón, obligados a luchar, pero que saben mirar a la cara al “enemigo” y comportarse con respeto y compasión. Creo que es demasiado fácil quitar una vida, sin embargo, salvar, perdonar otra es de verdadera gallardía.

    Me ha encantado tu narración, cosa que no dudaba, pero el saber que está basada en una historia real me ha reconfortado y alegrado esta mañana de domingo. Historias como esta permiten seguir creyendo en la Humanidad, a pesar de lo que escuchamos a diario.

    Gracias, Isra, por esta magnífico y maravillosamente escrito regalo. Gracias por transmitir tantas emociones y hacer tan inmensamente rico el VadeReto, el Acervo, con joyas como esta. Ojalá te decidas algún día a publicar tus escritos, ya sean novela o relatos, insistiré en ser el primero en comprártelos y llevármelos a casa dedicados.

    Leerte es todo un placer.
    Un Abrazo.

    Le gusta a 2 personas

    1. Es culpa tuya. Tu me has empujado. Me has hecho volver a creer que puedo. Es mucho más tuyo de lo que crees.

      Hablamos de la forma. La historia está en Wikipedia y en algunos diarios, lineal, periodística, plagada de detalles y quizá carente de emociones. En realidad son dos historias: lo que ocurrió aquel día, y la búsqueda de Brown. Dos conflictos (y algunos mas). Dos desenlaces. Tenia que engarzarlos en otro orden, mezclar dos tiempos narrativos en una sola secuencia temporal, la de la lectura. Y dosificar la tensión. Si te fijas, el tiempo narrativo del acontecimiento se mantiene, salvo un pequeño salto cuando Stigler estaba en el aerodromo: necesitaba presentarlo, que no fuera un piloto más, y aparte de darle nombre y una historia, pensé que romper el tiempo le situaba en escena.
      Sin embargo el tiempo narrativo de la búsqueda lo quise romper con otra intención. Hablo de su muerte antes de su amistad, antes de los porqués. No podía reunir el climax (creo que el tirón emocional esta en la frase de los “hermanos especiales”) con el mensaje de fondo, para el que tenia claro desde el primer momento que la última frase de Stigler, literal y totalmente auténtica, era una de las mejores definiciones del honor que he leído nunca.

      Explico esto porque me gusta mostrar el proceso creativo, sin ser un ejemplo de nada puede que a alguien le sirva de ayuda saber como me funcionan las ruedecillas…

      Un abrazo, y de nuevo muchísimas gracias por tu aliento, tu motivación y la dedicación que le pones a este gran empeño, Vadereto.

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      1. Bueno, siempre digo que en una historia no es solo importante lo que se cuenta, que puede ser muy significativo, sino cómo se cuenta. En mi caso es más valioso, porque es aquí dónde se impone toda la emoción del escritor. Todo lo que él quiere transmitir al lector. Es evidente que un relato puede tener una sola escritura y pero permite muchas lecturas. Independientemente de malas interpretaciones, es aquí donde se desarrolla la conversación entre los dos.
        La idea de los dos tiempos narrativos me parece sensacional, porque controlas perfectamente la velocidad de la lectura de la historia. Y estoy totalmente de acuerdo en lo que comentas. Aunque el ritmo de la acción va disminuyendo, el clímax emocional va in crescendo hasta la culminación en la frase del honor. Que me parece también maravillosa.
        Me encanta que expliques el proceso creativo. Esto es algo muy íntimo y personal. Al hacerlo nos estás regalando una parte muy importante de tu creación y nos permites entender todavía más el sentido de tu escritura y compararlo con el nuestro al leerlo.
        Con respecto al VadeReto, ya lo he comentario en alguna ocasión: una parte muy importante es motivarme y obligarme a escribir, sin embargo, tengo que confesar que, si no contara con vuestra complicidad para participar, hace ya tiempo que lo habría abandonado. Así que mientras sigáis divirtiéndoos y motivándoos con él pondré todo el empeño en continuar dando la tabarra todos los meses. 😉
        Un abrazo.

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