¡Parajodas a mi!


-Cariño, que voy a bajar un momento a viajar al futuro. 
-Vaaale. ¿Te dejo cena? 
Matías salió del piso y cogió el ascensor para bajar al sótano. Recorrió el aparcamiento en silencio hasta llegar a su plaza, la 87, donde le aguardaba su viejo Peugeot 505. Revisó con el hábito de la costumbre los controles del salpicadero.  
-Cuentakilómetros, correcto. Ya va tocando cambio de aceite. Mando del limpiaparabrisas, correcto. Indicador de gasoil, correcto, queda como para viajar unos tres siglos. Cartelito de “papá no corras” con fotos de tres niños rubios como las candelas, correcto. 
(Manuela le había dicho mil veces que cambiara esas fotos pero Matías se resistía a hacerlo. Los niños que venían con el cartel eran más guapos que los suyos). 
-Acelerador. Embrague. Freno. Correctos. Todo en orden. Vamos allá. 
Matías giró la varilla de paraguas con la que había trucado el cuentakilómetros hasta que el indicador marcó el año 2001. Se ajustó el cinturón de seguridad y dijo con entusiasmo: ¡Ignición! 
Ir a 2001 suponía un salto de diez años al futuro. Era una idea fija que tenía desde que vio aquel tostón de película de naves espaciales con valses de Straus. En ese año podría ver a los niños casados y con sus carreras terminadas. Podría saber si entrábamos finalmente en el mercado común, si España ganaba algo en sus olimpiadas y, con suerte, enterarse del final de Falcon Crest. No era mala elección. Giró el contacto con decisión. 
El Peugeot respondió con su habitual carraspera, se bamboleó un poco, tosió, jadeó y se quedó en el más absoluto silencio.  
-Ya estamos otra vez. 
Matías era hombre de recursos. Tras varios intentos infructuosos decidió pasar al plan B: Se bajó del coche y se puso a empujarlo hasta la rampa de bajada a la siguiente planta para tratar de arrancarlo.  
-Poca rampa pa tanto coche, pero es lo que hay. 
Empujó aferrado al volante hasta que el coche empezó a rodar por sí mismo, y entonces saltó con decisión al asiento del conductor y dejó que fuera cogiendo más velocidad. Tenía que apurar al máximo. La rampa era corta. Si metía la segunda antes de tiempo el coche no tendría impulso suficiente y se calaría. Y esa era la última rampa de bajada. Los segundos pasaban. El coche caía. Matías aguantaba. Cada vez veía más cerca la furgoneta de Abelardo el electricista, aparcada justo donde terminaba la rampa. Si aquello no salía bien… En ese momento recordó que el banco había devuelto el recibo del seguro.  
-Joder, no puedo fallar ahora, se dijo mientras recorría los últimos metros de la rampa.  
Era ahora o nunca. Metió segunda, empezó a levantar el embrague y exclamó las palabras mágicas, esas que aprendió de pequeño y hasta entonces nunca le habían fallado.  
-“Arranca cabróoooon”. 
El Peugeot petardeó un par de veces, renqueó y se encabritó al entrar la velocidad, pero arrancó. Matías aceleró para que no se calara y acto seguido dio un volantazo como si estuviera en los coches de choque. Pasó a milímetros del parachoques de la furgoneta.  
-Joder, ha faltado un pelo. Ahora solo tengo que frenar y… 
El Peugeot no frenaba. El acelerador se había quedado pillado. El embrague no respondía. Tiró del freno de mano con tal desesperación que se quedó con la palanca en la mano. El Peugeot circulaba cada vez a más velocidad por la calle central del parking. A menos de cincuenta metros estaba el muro de hormigón. Había coches aparcados en los dos lados. Supo que se iba a meter tal ostia que tener el seguro vencido ya no importaba. Solo quedaba una solución. 
Y decidió agarrarse a ese clavo ardiendo. Pisó el acelerador a tope, abrió el cenicero y puso su dedo pulgar sobre el mechero. Si ganaba la velocidad suficiente y pulsaba en ese mismo momento saltaría al futuro justo antes de estrellarse. Solo tenía una oportunidad. Nunca había saltado al futuro dentro del parking, pero sabía que podía funcionar. 
Se acercaba al final sin remedio, cada vez mas y mas rápido. Cuando ya tenia el muro tan cerca que podía ver el polvo, las manchas y las grietas, pensó de forma instantánea que al parking le estaba faltando ya una manita de pintura, que para cobrar los recibos no esperan ni un día pero después lo tienen todo más abandonado que… plas… shuuuunmmm… fiuuuu…. 
Zooooommmm… 
Cuando abrió los ojos no sabía si estaba en el cielo, en el infierno o en un desguace. Miró a su alrededor. Las caras de aquellos tres niños (que no eran suyos pero ahí estaban los jodidos) le demostraron que seguía vivo. No se había estampado contra el muro. Estaba en el futuro. Si, lo había conseguido. Miro de inmediato al cuentakilómetros. 
2021. 
-Joder, se conoce que he acelerado más de la cuenta y he viajado veinte años más de la cuenta. Bueno, ya que estamos aquí, vamos a ver como está la cosa. 
Matías salió despacio de su coche. Lo primero que le sorprendió es que el muro seguía sin pintar. De hecho, volvió a entrar en el Peugeot para asegurarse de que realmente habían pasado treinta años.  
-Malditos sinvergüenzas, ya no pago ni un recibo más. 
Los coches que había aparcados eran distintos. Bastante extraños. Todos muy redondeaditos, sin cromados y con unos diseños bastante moñas. Más raras aún eran las matrículas 
-Vaya, vaya ¿De qué provincia será “CRD”? A ver si va a ser que en estos treinta años hemos conquistado Cerdeña… 
Miró su reloj y pensó en el tiempo que le quedaba, si le merecía la pena darse una vuelta o buscaba ya la forma de regresar a 1.991.  
-Manda huevos que pueda uno viajar treinta años al futuro y sin embargo no sea capaz de saber lo que me ha dejado mi Manuela de cena.  
Ante la duda decidió echarse a la calle. Siempre podía encontrar algún Continente donde comprarse un bocadillo. 
Para su asombro, el mando del garaje seguía funcionando treinta años más tarde.  
-Treinta años sin cambiar el motor de la puerta… estos ladrones se están guardando el dinero de la comunidad, ¡como si lo viera, vamos! 
La calle, en cambio, había cambiado bastante. Los coches eran igual de moñas que los del garaje, pero había más árboles, farolas nuevas y unos cuantos semáforos que antes no estaban. Lo que no había era gente. Debe ser tarde, pensó. 
Echó a andar hacia el cruce cuando al volver una esquina vio una figura que se acercaba andando. Un médico, pensó, y no le dio importancia. Siguió caminando y a medida que se acercaba al centro empezó a ver más gente que, para su sorpresa, eran todos médicos. 
No se atrevió a preguntar. Hasta que uno de los médicos, que llevaba uniforme, gorra y pistola, se acercó, le hizo el saludo, y le preguntó: 
-¿Se puede saber a dónde va usted sin mascarilla? 
-Es que… es que yo no soy médico, mire usted. 
-¿Cómo que…? Ahora mismo se me pone usted una mascarilla o le llevamos detenido. 
Al ver la cara de perplejidad de Matías el policía le tuvo que dar una de sus mascarillas, que este se puso de cualquier manera. Transigió porque no quería liarla: Si aquello seguía y le pedían el DNI seguramente le caería un paquete por llevarlo treinta años caducado. 
Harto de ver a tanto medico por las calles optó por buscar un bar, consciente de que lo que le hubiera dejado Manuela estaría ya como la suela de un zapato. Recordó que el bar del Avelino quedaba por allí cerca y a esas horas estaría abierto, seguro. 
-Oiga. ¿Oiga? Camarero, ¿Es que no está el Avelino? 
-Tiene usted que hacer esa cola y sacar su ticket en los expendedores.  
-Eh, ya. Pero, ¿no está el Avelino? 
-No sé de qué me habla.  
-Esto… da igual, ponme un quinto y una de callos. 
-Oiga, aquí no servimos ese tipo de cosas, esto es un Starbucks. 
-Y yo soy Dar Beider, no te jode. Anda, dile al Avelino que salga, espabilao. 
Minutos más tarde Matías volvía a encontrarse ante aquel médico con uniforme, gorra y pistola. 
-¿Otra vez usted? ¿Qué ha hecho ahora? 
-¿Yo? Nada, hombre ¿Es que no puede uno ya ni tomarse una caña? 
-Aquí solo sirven cafés, ¿es que no lo ve? Es un Starbucks. 
-Ya decía yo que era mucho cambio de decoración pal Avelino. En fin, ¿sabe usted donde puede tomar uno algo de picar? 
-A estas horas, en su casa. Faltan diez minutos para el toque de queda, así que vaya cogiendo el camino, y para casa. 
-¿Toque de queda? Madre mía, ¿Es que han vuelto a sacar los tanques a la calle o qué?  
-¿Qué tanques ni que niño muerto? Es por el confinamiento, oiga. ¿En qué mundo vive usted? A las once todo el mundo tiene que estar en casa, y usted ya está tardando. 
Matías recordó su DNI caducado y no quiso entrar en más polémicas con el policía. Salió del local sin mediar palabra y cogió el camino de vuelta. Con suerte Manuela le habría dejado un poco de tortilla y con un par de vueltas en la sartén tampoco estaba mala.   
Por el camino de vuelta se encontró a menos gente aún que antes. Todos médicos, eso sí. Confinamiento… toque de queda… Aquello no cuadraba. A lo mejor es que esta vez habían dado el golpe de estado los de la Seguridad Social. 
-Ándate con ojo, Matías, que en este año hay mucha tontería, se dijo a sí mismo.  
Al cabo de unos minutos estaba de nuevo al volante de su Peugeot, allí donde lo había dejado, justo delante del muro sin pintar, en la última planta del parking de su edificio. Y el jodido coche se negaba a arrancar otra vez. 
-Lo que faltaba. ¿Y ahora qué hago? A lo mejor si me espero a que aparezca alguien y le enganchamos los cables a la batería consigo que arranque. Pero… el municipal raro ese ha dicho que a las once había toque de queda… así que por aquí no va a aparecer nadie. Ni siquiera un médico. Y yo mañana tengo que abrir el taller a las ocho. A ver que hago ahora… piensa, Matías, piensa… 
Un pitido le sacó del séptimo sueño, y unos golpes en el cristal ayudaron a despertarle del todo. Levantó la cabeza del volante y miró su reloj de pulsera. 
-¡Coño!, ¡Las siete y media! ¡Y yo aquí en el futuro, perdiendo el tiempo! Me va a caer una buena… 
Entre el vecino que le había despertado, otro médico, y Matías consiguieron empujar el Peugeot para dejarle salida al Toyota y que el hombre se fuera a su trabajo.  
-Oiga, vecino, pues si que va fino el coche ese. No hace ni un ruido. 
-Es que es eléctrico. 
-Ya, ¿y el cable? 
Matías llegó a la conclusión de que los del futuro eran unos espabilados que no tenían nada mejor que hacer que tomarle el pelo. Malamente iba a conseguir que le ayudaran a arrancar el coche. La situación no era buena, nada buena, y desde el hemisferio austral le empezaban a llegar mensajes urgentes: era su hora de ir al baño.  
-Joder, joder, joder, y ahora ¿qué hago? Mira que dije en unas cuantas reuniones de vecinos que había que poner un baño en los aparcamientos. Ni una cuota más, joder, no pago ni una cuota más. 
Supo que no le quedaba otra opción que subir a su piso a plantar el pino. Pero aquello era peligroso: si se encontraba con su yo del futuro podía ocurrir una para… ¿Cómo era?  
-Eso, una parajoda. Hay que ver lo que ayuda ver películas. 
Miró el reloj de nuevo, y trató de pensar. 
-A ver, yo entro al taller a las ocho, ósea, mi yo del futuro ahora mismo debe estar saliendo para tomarse un carajillo en el Avelino. La Manuela se viene levantando a las ocho y cuarto para llevar a los niños al colegio… ¿qué digo? Eso era hace treinta años. Los niños ya sabrán ir en metro al… leche, a donde quiera que vayan. En cualquier caso, de ocho a ocho y cuarto no tengo peligro de encontrarme con nadie en la casa. Si prescindo del periódico, me da tiempo a hacer lo mío y volver a bajar. ¡Vaaamonos! 
A las ocho y un minuto Matías llegó frente a la puerta de su piso. Al menos allí no había cambiado nada. De hecho, tampoco habían pintado los rellanos. 
-Menuda partida de hijos de puta… 
A las ocho y dos minutos Matías sacó su llave, la metió en la cerradura y descubrió que ahí si había cambiado algo. 
A las ocho y tres minutos tocó el timbre. 
-¿Quién es? 
-Soy yo, Manuela. 
-¿Tú?¿Quién eres tú? 
-Pues yo, Matías. Abre, cariño, que me estoy cagando. 
Se oyeron unos pasos, una cerradura que giraba y como alguien descolgaba de la pared el bate de beisbol que llevaba escrito en letras góticas “el cobrador del crac”. La puerta se entreabrió y unos ojos en la oscuridad se quedaron mirando fijamente a Matías. 
-¿Eres tú? ¿Matías? ¡Si, eres tú! ¡Maldito sinvergüenza! Y apareces ahora, como si nada, después de treinta años… 
-Pero, pero… mi yo del futuro… ¿Es que te dejó o qué? ¡Claro! ¡Por eso estaba vacía la plaza 87! ¡Se largó! ¡Ese canalla! Uno aquí, confiado en que uno seguía al cuidado de todo y resulta que uno es un malnacido y desaparece y ahora llega uno tan tranquilo a ver como os van las cosas en el futuro y… ¿Parajodas? Ahora lo entiendo: ¡como me pille, me mato! 
-Pero ¿qué tonterías estas diciendo? ¡Te fuiste aquella noche con tus manías esas de encerrarte en el coche y jugar a las películas y ya no apareciste más! ¡Si hasta me dejaste tirado un plato de callos, que me tiré toda la tarde para darte el gusto y al día siguiente fueron a la basura! ¡Canalla! ¡Sinvergüenza! 
-Pero… yo como iba a saber… ¡Perdóname, Manuela, por lo que valga! 
-No, no y no. ¿Cómo te voy a perdonar, so asqueroso? Mira. Lo de que te fueras tiene un pase, ¡pero lo de los callos no te lo perdono! 
-Déjame que entre al baño por lo menos, cari. 
Al fondo sonó una voz adormilada. 
-Mamá… ¿qué son esas voces? Me habéis despertado. ¿Quién es? 
-Tu padre, que ha aparecido. 
-Pues… -bostezando- dile cualquier cosa y que se vaya… que tenemos permanencia con Movistar o algo…  
-Manuela, ¿ese es Manolito? ¿Es que todavía vive en casa? 
-Viven, hijo mío, aquí siguen los tres… 
-Pero si pasan ya de los cuarenta.  
-Claro, como no tuvieron un padre que les dijera que estudiaran… aquí los tengo, pegados como lapas… 
-Oye, oye, las culpas a mi yo del futuro… 
Al cabo de unos minutos, una vez que Matías había perdido algo de peso y Manuela había dejado a regañadientes al cobrador del crac colgado de su puntilla, la familia en pleno estaba tomando café con magdalenas en la mesa camilla. Matías iba despejando poco a poco sus incógnitas. 
-¿Coronavirus? ¿Y eso que es, hijo? ¿Qué al rey le da sarpullido la corona o qué? 
De las incógnitas pasaron a las anécdotas, y de estas a los problemas. Matías tomó plena consciencia del mundo que le esperaba en 2021 y, pese a todo, al cariño, a la familia, a los años perdidos y al emotivo reencuentro, encontró que tenía más motivos que nunca para arrancar el puñetero Peugeot 505 y volverse al año del que procedía.  
Tal vez así tendría la oportunidad de hacer mejor las cosas. Para empezar, volver a tiempo de comerse aquellos callos. 
Así que convenció como pudo a aquellos tres vagos de que le acompañaran al sótano, con la excusa de dejar el coche bien aparcado. Mientras empujaban rampa arriba Marías no quitaba ojo a los niños del papá no corras, que ahora serían seguramente ingenieros aeronáuticos, se habrían casado con la chica de las páginas centrales y pasarían los veranos en Ibiza.  
-Y aquí la señora quería que cambiara las fotos, ya te digo. 
Una vez que subieron el coche a su planta, Matías les pidió que siguieran empujando más fuerte, amenazándolos con quitarles el wifi (efectivamente, Matías había tomado consciencia del mundo de 2021), y cuando el coche cogió algo de velocidad, metió segunda, soltó el embrague y por primera vez en toda esta historia el Peugeot hizo lo que se esperaba de él: arrancó. 
Era su oportunidad de volver, de dejar atrás aquella pesadilla y regresar al mundo que conocía, a la familia que una vez tuvo, a su taller, al bar del Avelino y a piratear el canal plus para poder ver el fútbol.  
Aquel era su mundo. Giró la varilla del paraguas hasta que el indicador marcó la ansiada cifra, 1.991, se puso el cinturón, aceleró un par de veces y mientras abría la ventanilla para tirar la jodida mascarilla (había papeleras, sí, pero que se jodiera la maldita comunidad de vecinos), vió por el rabillo del ojo a sus tres hijos, ya cuarentones, sentados en el asiento de atrás con la misma cara de buenos que cuando los llevaba los domingos a ver a la abuela. 
-No preguntes, nos vamos contigo. 
-Pero, no podéis, ¡como os encontréis con vosotros mismos en el pasado se puede producir una parajoda del quince! 
-Para jodida la vida que llevamos ahora… -dijo el mayor 
-En el 91 se vivía infintamente mejor, aunque no hubiera wifi… -respondió el segundo. 
-A mi despertadme cuando lleguemos, si eso. -sentenció el tercero. 
Matías los miró por el retrovisor, abrió el cenicero y dijo: “Allá vosotros”. La decisión estaba tomada: siempre podrían echar una mano en el taller. Aceleró, metió primera y justo cuando iba a soltar el embrague apareció por la puerta lateral Manuela, cargada con un par de bolsas. Se acercó, se montó en el asiento del copiloto y se puso el cinturón de seguridad. 
Matías se quedó mirándola fijamente hasta que Manuela le miró a su vez, sacó una tartera de una de las bolsa y le enseñó a Matías su contenido: un espectacular plato de callos a la madrileña. Se miraron de nuevo y ella, por toda explicación, le dijo a su marido: 
-Pal camino. 

4 Comentarios

  1. Genial, Fantástico, Maravilloso.
    Me he jartao de reír, Isra.
    ¡Qué derroche de imaginación! Y qué trabajazo y buen hacer para hilarlo todo de forma que cuadre en el tiempo.
    Si fuera productor, te compraba los derechos para hacer una peli, pero como solo soy lector, pues me contento, que no es poco, con disfrutarlo.
    Enhorabuena y un millón de gracias, me has sacado una risas que me hacían mucha falta en estos momentos.
    👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻
    Un abrazo, amigo.

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