La declaración del bibliotecario.


Este texto es la continuación de esta historia que publiqué recientemente. Si quieres retomar el hilo solo tienes que hacer click en el enlace.

El comisario Gastón no podía evitar mover los labios cuando leía. Cristine se distrajo contemplando al bibliotecario a través de los cristales de su despacho mientras el comisario le pasaba la declaración. El hombre no paraba de remover la infusión con la cucharilla. Pelo negro escrupulosamente peinado, gafas, corbata negra, cara de funcionario. Ademanes de funcionario. Llevaba la ropa tan pulcra como su despacho. Un escritorio casi sin papeles con un monitor y un teclado. Una percha con un abrigo, un paraguas colgado de la silla y un manojo de llaves sobre la mesa. Si aquel hombre pensaba irse pronto estaba listo.

-Ese tipo es el que descubrió el cadáver – dijo Gastón, sin levantar la vista del papel.

Al fondo se oían los sollozos de un joven, seguramente un familiar de la chica. Mal asunto. Todavía le esperaba el mal trago de reconocer el cuerpo. Deberían haberlo hecho antes que esto para sacarlo de allí cuanto antes, pero Gastón se había empeñado en interrogar primero al bibliotecario. No era un desalmado, simplemente no reparaba en estos detalles. Nunca tenia un detalle en realidad. Pero era su jefe, no podía hacer nada.

-Vamos, sargento.

Cristine cogío la declaración de manos del comisario y entró tras el al despacho, leyendo a toda prisa para no perderse la cara del biblitecario cuando su jefe le hiciera la gran pregunta. Gastón confiaba demasiado en su propio instinto. Le gustaba sorprender, abrumar, descolocar a la gente. A veces parecía despiadado. Solo era su método, nada más.

-Buenas noches, soy el comisario a cargo de la investigación. Ya he leido su declaración. Coherente. Pero me queda una duda. ¿Que le indujo a usted a acuchillar de esa manera a una criatura de diecisiete años?

El bibliotecario se quedó blanco como el papel. No pudo articular palabra. Eso le ayudó a pasar la prueba.

-Póngase en mi lugar. Me encuentro un cuerpo en los aseos, todavía caliente, y solo ha habido una persona más en este sitio en todo ese tiempo. La han acuchillado con un arma que no dudo encontraremos tirada en cualquier papelera. Así que tenemos la oportunidad, tenemos el medio y solo me falta el móvil. Nos ahorraríamos todos muchas molestias si usted me lo explicara aquí, y ahora.

Cristine ya conocía esa parte, cuando Gastón sabía que había errado el tiro y en vez de recular metía todavía más presión. Se concentró en leer la declaración. Era extraño lo de aquel teléfono olvidado que sonaba justo cuando aquel pobre hombre iba a salir. Cristine no creía en las casualidades. Allí había algo. Pero Gastón era el jefe, tenía que esperar para preguntar a que se batiera en retirada.

-Créame que no sé de qué me está hablando. Ya les he dicho que no se ni quién es esa joven. ¡Tiene que creerme!

-Armand, a mí me pagan para que no crea en lo que me dicen en los interrogatorios. Es mi trabajo. Es una putada de trabajo, pero es el que tengo. Y trato de hacerlo lo mejor que se. Dígame, ¿Donde ha escondido ese cuchillo?

-¿Cuchillo? ¿De qué me habla? No se nada de eso. ¡Nada!

El comisario continuó apretando las tuercas hasta que el hombre dió por casualidad con su kriptonita: Bastó con que hablara de llamar a un abogado para que Gastón bajara el tono y empezara a preguntarle sobre las minucias que ya había leído en la declaración. Era el momento.

-Armand -intervino Cristine-, dice usted que no vió ni oyó nada hasta que no empezó a caminar hacía la puerta, vió ese resplandor y encontró el teléfono. ¿No lo oyó antes?

-No… no se bien a qué se refiere.

-Le pregunto si no oyó el teléfono antes, cuando estaba aquí. Estaban buscando a la chica, es lógico que hubieran llamado varias veces. ¿No oyó usted esas llamadas?

-No. El teléfono estaba en silencio. Es norma de la biblioteca, ¿sabe? Lo descubrí por el resplandor.

-¿Y no vio antes ese resplandor?

-Imposible, estaban las luces encendidas. Pero solo tiene usted que mirar las llamadas perdidas…

-Pronto lo sabremos. Estamos tratando de desbloquearlo. Pero me intriga que usted no lo viera antes. ¿Esta seguro de que no se movió de aquí en los últimos minutos?

-No. Todas las tardes dedico la última hora a organizar las fichas y archivar las devoluciones. Es cuando puedo hacerlo, hay menos gente y no me interrumpen, ¿sabe?

-Comprendo. Pero, ¿Ni siquiera pudo oir usted como vibraba el teléfono?

-No. No oí nada.

El comisario, ahora todo amabilidad, finalizó el interrogatorio y le pidió que informara en todo momento de su paradero si tenía que salir de la ciudad. Salío tras él y le siguió hasta uno de los pasillos.

-Parece que está limpio. -le dijo con suficiencia.

-Parece. ¿Te has fijado que es zurdo? -contestó Cristine.

-No. Vaya. ¿Como lo has descubierto?

-Por el ratón del ordenador.

-Bueno, hay millones de zurdos en este país. En fin, ¿qué tenemos ahora? Ah, sí, ese chico. Es el hermano, ¿no? Joder, espero que le hayan dado algún sedante.

Un comentario

  1. Bien, Isra.
    Sigues manteniendo en alto la intriga.
    Me gusta Cristine, la mantienes en un segundo plano entre los personajes, pero con un par de frases se hace dueña de la escena. Será interesante ver cómo interroga al chavea.
    Dale caña!!!
    Un abrazo.

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