Todo lo que no hay que hacer para escribir un relato de misterio.


1.

Armand tenía la sensación de que el mundo era cada vez más pequeño. Todos esos libros a su alrededor hablaban de largos viajes, de distancias insalvables, de especies ignotas o territorios desconocidos. Un mundo que ya no existía: Su salvapantallas conocía más lugares exóticos que todos los personajes de Verne.

Se obligó a clasificar un par de fichas más antes de irse. Buscó las gafas. Las tenia puestas. Mal asunto. Derrotado por la presbicia. Miró su reloj. Miró su móvil. Sin noticias de nadie. Hora de cerrar.

Echó un último vistazo a las estanterías. Recogió su escritorio. Apagó las luces. Como era su costumbre, mientras recorría el pasillo central le dio las buenas noches a los miles de criaturas que vivían en aquellos libros. Se encaminó a la puerta, quebrando el silencio con el tintineo de las llaves, poderoso a ratos como un carcelero. Pero algo le hizo volverse a mirar, por mucho que ese gesto no formara parte de su rutina. ¿Que sería ese resplandor azul?

Volvió sobre sus pasos. Comprobó que no se había dejado encendido el ordenador. ¿De donde venia entonces aquella luz? Empezó a recorrer los pasillos. Dejó de agitar las llaves para hacer del silencio un aliado. Un leve zumbido le hizo detenerse ante el pasillo de narrativa universal. Allí estaba la fuente de luz, oculta entre los Balzac y los Dumas.

Alguien se había olvidado su móvil. Seguramente estaba llamando para recuperarlo. Se acercó y pulsó indeciso el círculo verde para atender la llamada.

—Dígame.

—Marie. ¿Es Marie? ¡Por fin!

—No, disculpe, soy Armand Lemaitre, de la biblioteca. Alguien se ha dejado olvidado aquí este móvil.

—¿Está Marie ahí?

—Eh. No. Aquí ya no queda nadie. Estaba a punto de cerrar.

—¿Está seguro? Es importante. Llevamos varias horas buscando a mi hermana. ¿La vio usted? ¿Podría mirar de nuevo, por favor?

—Ya le digo que no queda nadie.

Armand miró la pantalla del móvil. Luis. Sin foto. Por su voz era joven, sin duda. Una voz joven y angustiada.

—Por favor, mire de nuevo. ¿Ha dicho que esta cerrando? ¿Podría esperar unos minutos? Por favor. Tardaré muy poco en llegar.

—Espere, hombre, espere. Echaré otro vistazo, aunque ya le digo que es imposible que quede nadie. ¿Como es la tal Marie?

—Rubia, diecisiete años, mediana estatura, ojos marrones, vestía unos vaqueros y camiseta blanca. Lleva siempre un bolso enorme cargado de libros. Tiene que haberla visto.

—Entra mucha gente así al cabo del día. Estudiantes, ya sabe. Con el tiempo los ves a todos iguales. Pero voy a mirar de nuevo, por si acaso. Llámeme en unos minutos.

—Muchas gracias. De todas formas me pongo en camino. ¿Podría esperar a que llegue para cerrar? Se lo pido por favor.

—Mire, esta noche tengo… Eh. Esta bien, le esperaré, pero no tarde mucho.

Armand colgó la llamada y maldijo su suerte. Precisamente esa noche. Encendió las luces y empezó a recorrer los pasillos con esa prisa parsimoniosa que empuja a los divorciados en los supermercados. Miró en el inmenso vestibulo lleno de mesas, en las salas climatizadas donde se guardaban los legajos mas valiosos, en los pasillos de servicio y hasta en los archivos. Reparó en los baños, alguna vez se había quedado alguien encerrado en los cubículos de los retretes. Estaba cansado de pedir que cambiaran esos pestillos.

A aquellas horas no era un sacrilegio entrar en los aseos femeninos. Una de esas puertas estaba cerrada. Cuando se disponía a abrirla reparó en la mancha del suelo. Un pequeño charco en realidad, rojo, oscuro e inquietante. Una mancha agorera e inspiradora de pensamientos que le erizaron el vello. Empujó la puerta. Se entreabrió al primer intento, pero algo la bloqueaba. Se agachó entonces para asomarse por la parte inferior.

Sus ojos le hablaron de una forma confusa e incierta, pero al instante su cerebro le hizo retroceder de forma instintiva con tal impulso que resbaló y se golpeó la cabeza con los lavabos. Un instante más tarde pudo procesar la información: Marie sobre un charco de sangre.

La llamó por su nombre sin resultado. No podía abrir la puerta. Decidió tirar de ella hacia arriba para sacarla de las bisagras. Uno, dos, tres intentos y la pudo arrancar sin miramientos, dejándola caer de cualquier manera. La chica estaba inmóvil en una postura imposible, desnuda y ensangrentada. Sus dedos pulgar y medio buscaron desesperadamente un atisbo de vida en la yugular. Lo había visto en alguna película. No sintió pulso alguno, pero si un frío demoledor de toda esperanza.

Llamó a emergencias con su propio móvil. Colgó. Se dejó caer en el suelo. Ojalá llegaran antes que el tal Luis.

2.

Cristine llegó empapada al lugar del crimen. Sus huellas pronto se confundieron entre las que ya habían convertido el mármol en un lodazal. El comisario le hizo señas desde el otro extremo de la sala. Ella le siguió obediente al interior de los aseos.

Los de la científica dejaron de tomar huellas y se apartaron para dejarlos pasar. El comisario se paró a contemplar el cuerpo. Sacó su bolígrafo y extrajo con cuidado unos cabellos del puño cerrado de la chica. Uno de la cientifica los introdujo con rapidez en una bolsa de plástico.

-¿Que tal la cena? -le pregunto sin dejar de examinar el cadáver con su mirada experta.

Cristine reprimio una arcada. Sabia que el jodido Gaston se burlaba de los principiantes poniendo a prueba su estómago.

-El carpaccio bastante decente, y en cuanto a los espaguetis, nada que no se pudiera arreglar con un poco de parmesano.

Al joven que custodiaba la entrada se le estaba poniendo la cara de color verde. El comisario cambió de objetivo y siguió hablando de las excelencias del tartar de aquel restaurante hasta que el muchacho se dio la vuelta y salió tambaleándose.

-Mira este corte, sargento.

Cristine se fijó en una de las heridas que partía del cuello y se prolongaba por el pecho de la joven.

-Zurdo.

-Correcto. Desde arriba. -Hizo el gesto con la mano.

-¿Una mujer?

-Puede ser. Desde luego ese corte lo hizo alguien que no sabe manejar un cuchillo. Buscad el arma, no tiene que estar lejos.

Cristine se esforzó por visualizar el crimen. No parecía obra de un profesional. Los cortes no eran profundos.

El comisario Gaston salió del aseo pero Cristine se quedó observando la escena mientras los sabuesos volvian al trabajo.

Había algo extraño. Algo que percibía pero no podía definir. El comisario se asomó a la puerta y la miró con fijeza. No seguirle como un perrillo a su amo constituia un pequeño acto de rebeldia.

-Sargento, vamos a interrogar a ese bibliotecario.

He aquí una demostración de lo que no se debe hacer para escribir una historia de misterio. Dicen los canones que lo primero es tener bien clara la trama del crimen, y ese paso me lo he saltado. Hay que crear un buen detective, y de Cristine solo sabeis el nombre. Hay que presentar pistas, y no os he dado ninguna. Hay que tener un móvil y una oportunidad, y de momento no hay nada de eso. Sospechosos… no hay, porque os he dejado bien claro que el bibliotecario no ha sido. En fin, que me he pasado por el forro todo lo que hay que hacer para escribir un buen relato del género negro. Aun así… ¿tiene arreglo? Bueno, al menos os dejo un misterio: ¿continuara esta historia?

9 Comentarios

  1. Jejeje, Israel, Israel…
    Dices lo que no hay que hacer para…
    Engayá!!!
    No te hablo como escritor porque me queda muchísimo por aprender, pero sí como lector. Además, las novelas de misterio, policíacas y similares fueron plato asiduo y casi exclusivo de mi hambre lectora durante muchos años. (todavía me encantan, pero ahora las intercalo entre otros géneros).
    Este relato, que me parecía extremadamente largo y no creía terminar, me ha enganchado y me lo he papeado de un tirón. Aún sabiendo que no lo ibas a terminar en esta entrada, he llegado al final queriendo saber.
    Últimamente, me cuesta engancharme a un libro. Estaré teniendo mala suerte al elegirlos o me estarán dando coba sus autores. ¡¡¡Este relato me ha absorbido!!!
    No sé decirte exactamente el por qué. Quizás todas esas cosas que dices que no se deben hacer. Salirse de los estereotipos y hacer lo que los demás no hacen puede ser muy bueno. En este caso, no me esperaba la trama. Será que tampoco entendía el título. XD Pero conforme he ido leyendo me has ido creando esa intriga necesaria en las historias de misterio. Me ha sonado distinta y original. También es que las bibliotecas me encantan. 😉
    Ojalá te lances y lo termines, porque tiene muy buenas vibraciones.
    Un abrazo.

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    1. Ay, mi cabesita, que lo tenía apuntao para comentarlo y se me ha pasao.
      Esta frase:
      «empezó a recorrer los pasillos con esa prisa parsimoniosa que empuja a los divorciados en los supermercados»
      Me ha dejao con la boca abierta. No estoy en esa situación y no recuerdo haber acompañado a ninguno de mis amigos divorciaos. Me ha hecho mucha gracias. XDD
      ¿Algún mensaje oculto?

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      1. Tampoco es mi caso, pero creo haber percibido esa sensación de despiste mezclada con disimulo de quien tiene que buscar por si mismo lo que durante años se ha encontrado sobre la mesa a la hora de comer. No todos son cocinillas, eso te lo garantizo, jejejeee

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    2. Soy muy inconstante y ese es un grave defecto. O será que viene una idea y atropella todas las anteriores.
      Esta historia me motiva. La he revisado, un par de veces, y solo eso supone ya una enorme diferencia. El caso es que todo ese trabajo hay que hacerlo si quiero darle un buen fin. Pero creo que merece la pena, y me has dado una dosis de ánimo importante, que siempre se necesita.
      No tengo demasiado trabajo este finde, creo que puedo ponerme con esto…

      Muchas gracias. Ah, si la termino, que no lo se, en pago a tus desvelos, seria un honor que tú le pusieras titulo. Pero solo cuando la termine, porque el final en realidad si lo tengo y le da un vuelco importante al asunto…

      Un abrazo!!

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