¡Vaya¡ ¡Se me había olvidado ponerle título¡


Esto lo escribí y publiqué en Noviembre. Me han llamado la atención las similitudes con lo que ha ocurrido en los últimos meses, salvando las distancias. Las diferencias son también notables. Puras coincidencias en cualquier caso pero, al margen de eso, ¿quien podría imaginar en ese momento como vivimos hoy? Inmersos en una realidad que ha sobrepasado cualquier ficción, y que ha condicionado nuestras vidas de tal manera que todo lo demás ha pasado a un segundo plano. Fue solo un sueño, una visión extraña que alargué en varios capítulos y, como tengo por costumbre, dejé sin terminar. Hoy la recordado y me ha parecido que merecia una segunda lectura. ¿oportunismo? Más bien oportunidad a secas. Pero… no se… si eliminamos todo el componente fantástico no deja de ser un inquietante deja vu.

1. No se sabe cuando aparecieron por primera vez, pero todo indica que se extendieron desde algún punto del desierto de Mojave y fueron arrastradas por el viento. En los dos días siguientes hubo cientos o miles de avistamientos en toda la costa oeste. Al cabo de una sola semana no había lugar en el mundo donde no se hablara de las temibles medusas.

Albert, de ocho años, fue uno de los primeros casos estudiados. Estaba jugando en el jardín de su casa en las afueras de San Francisco cuando vio algo que se acercaba volando. Se movía despacio, acercándose, y el niño extendió su mano inocente para que se posara en ella.

Después se supo que, igual que ocurre con los mosquitos, las atraía el dióxido de carbono que exhalamos al respirar. Albert acariciaba aquel círculo blanquecino cuando sintió la punzada de dolor. Ellen ya no fue capaz de despegárselo. Lo llevó en su propio coche a urgencias.

Los laboratorios de microbiología de hospitales de medio analizaron las muestras de sangre y tejidos contaminados en tiempo récord. El ADN de la medusa no se parecía a nada conocido. Las explicaciiones que daban a la prensa, matizadas para evitar el alarmismo, hablaban de una infección leve que cursaba con fiebre por unos días y remitía con calmantes. Se dictaron cuarentenas y se alertó del peligro de aquella criatura en apariencia inofensiva.

Pero la realidad era que no encontraban explicación a los procesos moleculares que estaban observando en las muestras. El Adn del parásito infectaba los glóbulos rojos, se propagaba por el sistema circulatorio del huésped y llegaba sus células. Mediante un proceso realmente insólito se recombinaba con el Adn humano y producía mutaciones que les hacían estremecerse de pavor: eran siempre las mismas. En teoría, solo en teoría, el ser humano conservaba su apariencia y fisiología, pero se convertía en una especie radicalmente distinta.

Sus teorías, en manos de los políticos, generaron primero incredulidad y después estupor: la humanidad estaba siendo atacada por un arma biológica desconocida.

Albert volvió a casa y siguió jugando en su jardín. Nada indicaba que hubiera cambiado, que no fuera el mismo niño alegre y travieso de hacia un mes. Nada aparte de cuatro pequeñas cicatrices concéntricas en la palma de su mano derecha. Otros niños tenían esas mismas cicatrices en el brazo, el cuello o la pantorrilla. Daba igual el lugar: las tenían, y eso les distinguía de quienes no habían entrado en contacto con las medusas.

En los centros de toxicología de todo el mundo se buscaba con ahínco algún alcaloide que pudiera matar a aquella nueva especie. Se sabía ya que las medusas sucumbían al fuego, que resistían varias horas sin oxígeno, que eran muy fáciles de capturar y que se movían batiendo el aire con su anillo exterior.

Pero no se detectaron en ellas los órganos presentes en la mayoría de seres vivos, incluidas las medusas terrestres. No tenían aparato digestivo, ni sistema nervioso, cerebro, corazón, ni órganos reproductores. Eran sólo un conglomerado de células especializadas que actuaban dirigidas por impulsos químicos.

Waine Entratch, doctor en biología, había teorizado tras sus análisis que se trataba de semillas de una nueva especie extraterrestre, causando un enorme revuelo y el escepticismo generalizado de la comunidad científica. Ahora, cuarenta días más tarde, mientras el planeta buscaba con desesperación la forma de exterminar millones de medusas, la presidenta Obama estaba a punto de recibirle.

2. Albert iba a clase con normalidad. Seguía sacando buenas notas y jugaba con algunos de sus antiguos amigos, los que estaban aislados junto a él en los módulos para infectados.

Waine ocupó una esquina en la enorme mesa. No se atrevía a hablar: la mayoría de los asistentes seguramente padecía dolor de espalda por el peso de las insignias que lucían en el pecho.

Tras una hora oyendo insensateces se levantó con sigilo y se dirigió al mapa del mundo que llenaba la pared. Nadie pareció echarle de menos.

Habían señalado con puntos de mayor o menor diámetro la cantidad de infecciones contabilizadas en cada lugar. Allí estaba la historia de la infección: trazó con el dedo recorridos desde los puntos más pequeños hasta los más grandes. Lo hizo una y otra vez, en distintos continentes, hasta que percibió que aquellas líneas seguían una pauta.

-¡Joder! ¡Eso es!

Los militares se volvieron a mirarle. La presidenta se dirigió a el.

-¿Tiene algo que decirnos, Waine?

Waine sintió como si hubiera hecho una travesura y le fueran a echar de clase.

-Creo… Si. Al principio pensaba que las medusas partían de un lugar concreto, o de varios lugares, pero… no era así.

Los militares se estaban impacientando. La presidenta intervino.

-Continue.

-Las primeras infecciones ocurrieron a la vez en lugares muy distantes. Analizamos los vientos reinantes en aquellos días, tuvimos en cuenta todas las variables e hicimos simulaciones, pero la dispersión de las medusas parecía casual. No había una pauta. Es como si las medusas hubieran estado en todas partes y se hubieran activado simultáneamente.

Uno de los generales afirmó que ya habían descartado esa idea hace tiempo. Otro llego a sugerir que no podían perder más tiempo con especulaciones. Volvieron a discutir mientras Waine sentía como su voz empequeñecía y su oportunidad se esfumaba.

-Pero existe una pauta. ¡Hay una pauta!

Su grito provocó el silencio total. Y Waine, en vez de hablar, cogió un rotulador de la mesa y empezó a dibujar sus líneas sobre el mapa. Todos le miraban atentamente, no todos los días se asiste a una tremenda metedura de pata delante de la presidenta.

-¿Ven estas líneas? Aquí, aqui y aquí. Desde estas líneas parten los vectores de propagación de las medusas. Pueden ver como se repiten en todos los continentes.

Una de las mayores virtudes de un buen militar es su capacidad de adaptación inmediata a los acontecimientos. De pronto empezaron a surgir ideas y opiniones. Uno de los generales, experto paracaidista, expresó en palabras sencillas lo que todos acababan de ver.

-Es como si las hubieran estado lanzando desde un avión.

-Pero… ¿quién? – afirmó la presidenta dejando a todos con un nuevo y estremecedor interrogante.

—-

Y hasta aquí hemos llegado de momento. Es un sueño que tuve anoche (Os prometo que no vi películas ni tomé sustancias). Me desperté sobresaltado y decidí que eso tenía que recordarlo para poder escribirlo. Llevo todo el día trabajando y no veía el momento de ponerme a escribir, así que, llegada la hora, me he puesto con el móvil a soltarlo todo de un tirón. Como siempre, sin corregir ni volver atrás.

El sueño no acaba así, hay bastante más, y tampoco era tan prolijo, pues mientras hacia informes y demás no paraba de darle al majín con nuevas ideas. Supongo que debería revisarlo, o continuarlo, o ambas cosas… ya se verá: todo depende de que esta noche no tenga otro de estos sueño, claro.

6 Comentarios

    1. Muchas gracias, primor. Supongo que ocurre algo durante el día que excita la imaginación y despues, por la noche, sale en forma de sueño. Solo hay que estar pendiente ¡y tener siempre un cazamariposas en la mesita de noche!

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