La insospechada satisfacción de fracasar como escritor.


Se puede vivir instalado en la quimera de que el talento aflora por si solo. Puede que convenga alimentar ese sueño. Puede que genere algo de combustible para seguir en la brecha. Pero no deja de ser un imposible.

Porque sabes que hace falta otro componente: Hoy no basta con servir, además hay que pregonarlo. Hay que consumirse haciendo ruido con lo tuyo en las redes. Hay que dar para que te den, seguir para que te sigan, comentar para que te comenten. Hay que dedicarle a eso un tiempo y un esfuerzo seguramente mayor que el que se reserva para crear.

Si no estas en ese quid pro quo, no estás. Así funciona esto. No basta con el talento, hay que convertirse en un attention whore para que se sepa que tienes talento.

Por cierto que todo ese esfuerzo promocional a quien beneficia en realidad es a los lugares donde uno escribe y se promociona, verdaderas trituradoras de ilusiones que se aprovechan del esfuerzo, la ilusión y el tiempo de tantas personas para hacer caja. Lo hacen de manera inmisericorde, con un descarado afán de lucro que sus usuarios, tristes engranajes de la máquina, para colmo les agradecen porque, oh dioses, les dejar estar ahi sin tener que pagar. Pero esta es otra cuestión, y no quiero desviarme del asunto.

Decía que el talento no es suficiente, y por desgracia ni siquiera necesario, lo que uno comprueba al leer las primeras tres o cuatro frases de cualquiera de esas mierdas con miles de fans.

¿Que es todo esto entonces? ¿palurdos que escriben para palurdos? ¿y si el palurdo eres tu, que te quedaste anclado en la buena literatura de toda la vida y no te diste cuenta de que todo ha cambiado, que ahora la gente se expresa de otra forma, que hace años que derrocaron la tiranía de la ortografía y tu ni te enteraste, que el próximo nobel de literatura se lo darán a cualquier influencer por su obra completa en tweets y whatsapps, que los canones ya apestan y hay que quemar las bibliotecas, que cualquier cosa con más de 500 palabras es una ofensa a la capacidad lectora de toda una sociedad y debe ser expropiada por sucumbir a la peor de las discriminaciones, la analfabetofobia, y que todo esto ha sucedido mientras tu te emborrachabas de Flaubert, Nabokov o Carver y lo único que te queda ya es rehabilitarte en un centro de desintoxicación para pedantes redomados?

Así están las cosas.

Aun así se puede sobrevivir en ese mundo ilusorio que te has creado, esperando que algún día ocurra el milagro y tu valía alcance algo de reconocimiento. Y se puede subir la apuesta aun más, estupido cabezota, renunciando a toda forma de promoción, limitándote a escribir tus cositas y arrojarlas a estos cenagales como un naufrago del milenio que lanza sus mensajes dentro de botellas.

El fracaso está asegurado.

Y entonces acuden las dudas: ¿Se debe tu debacle a que eres un verdadero estúpido social o sencillamemte se trata de que, en realidad, no tienes talento?

Ah, este es un momento duro.

Sin un atisbo de autoestima que venga al rescate, optas por la segunda opción. Por mucho que despotriques del sistema, detu eres un fracasado por méritos propios.

Es más, te dices que si no has querido hacer nada de promoción ha sido solo para mantener esa variable en la ecuación y no tener que asumir tus propias limitaciones.

Y te lo crees. Pim, plam, cataplum. Te has metido una ostia del quince. Ya no se puede caer más bajo.

Lo dejas. Lo dejas por un tiempo.

Y un día vuelve el gusanillo. Te dices: vamos a ver de que va todo esto ahora. Tengo que adaptarme. Y vuelves a cualquiera de esos sitios, y escoges algo de lo eso que lee tanta gente, y empiezas a leer.

Y es justo en ese momento, después de la carcajada histerica que te ha dejado al borde del ictus, cuando lo mandas todo al carajo y sigues escribiendo, pero ya solo para ti, solo porque te gusta, solo por el placer de parir una idea, llenarla de palabras en tu mente y fumigar con ella la pantalla del ordenador, y solo para la satisfacción de volver a leerlo y decirte a ti mismo ¡ole mis cojones!

Dios, ¡que gustazo!

Y desde ese momento ya no tienes que lamerle el culo a nadie para que te lea, porque te sobra y te basta con esa íntima satisfacción que sentimos los escritores fracasados al saber que los equivocados son todos los demás.

Incluso, en tu locura, puedes ser capaz de autoconvencerte de que esa satisfacción vale mucho más que toda una montaña de halagos absurdos, interesados o inmerecidos.

Y si encuentras a algún Freud de guardia te dirá que ese onanismo intelectual tuyo, siendo una pequeña perversion, siempre será preferible al sexo de pago.

4 Comentarios

  1. Hola Isra,
    cuánta verdad expresan tus palabras.
    Es la época que nos ha tocado vivir y esas son las reglas.
    Sin embargo, yo tampoco estoy dispuesto a gastar más tiempo en las RRSS que en leer y/o escribir. Son parte de mi disfrute y de los pocos momentos que me permiten aislarme de la realidad y vivir en mis sueños.
    Es verdad que cuando a uno le gusta mucho algo desea compartirlo, pero en la actualidad, “se hace obligado” exponerlo al mundo a través de las redes y eso, no solo te ocasiona una pérdida de tiempo, también te exhibe ante un público que no te interesa y que, a veces, incluso te perjudica.
    Yo, al menos de momento, he decidido también escribir solo para mí. Ya veremos si lo saco a la luz. Creo que esta es la parte más importante de la escritura. Nunca pretendí, ni lo pretendo ahora, ganarme la vida con ella, por eso prefiero hacerla íntima.
    Ya tampoco me enfado cuando veo que cierta “literatura” es más fácil de publicar y, lo peor, de vender. Youtubers, famosetes y provocadores son el sustento de muchas editoriales que inundan los estantes de las librerías, siendo devorados por ávidos lectores de esa “literatura”. Aunque la mayoría luego no los lea. Son artículos de coleccionismo, moda y pertenencia al grupo. No deja de ser una de estas reglas que imperan en todo. Lo que importa es el dinero. Si la gente lo consume ellos lo venden. Qué más da que no sea “cultura”.
    Como bien dices, nos queda estos rincones dónde intercambiar nuestros escritos, nuestros pensamientos y nuestros comentarios. Mucho más íntimo que las RRSS y creo que más sano y amable.
    Un abrazo, Isra, y no dejes de escribir.

    Le gusta a 2 personas

    1. Amen, amigo mio.
      No lo dejo, y espero que tu tampoco. Esto tiene también algo de terapéutico: es sano ponerle retos a las neuronas no sea que aparezca el jodido alemán ese que nos roba los recuerdos.
      Un abrazo!!

      Le gusta a 1 persona

  2. Estoy de acuerdo contigo en parte. La promoción en redes es útil porque somos muchos los que escribimos y es una forma de asomar la cabeza y que alguien te vea por encima del resto de 500.000 cabezas. Solo unos pocos escritores consagrados pueden permitirse el lujo, hoy en día, de no estar en redes sociales sabiendo que los van a leer de todas formas (y aún así, algunos escriben en twitter a diario).
    Personalmente, creo que el quid pro quo puede ser algo muy positivo si se hace con sinceridad y honestidad. Gracias a ello leo a escritores y blogueros que me han aportado mucho. Los leo porque me gusta leerlos, más allá de que ellos me correspodan o no. Este quid pro quo, en realidad, ha existido siempre. He leído epistolarios de algunos escritores de otras épocas (de la Generación del 27, por ejemplo) y siempre aparecen cartas en las que unos hablan de la obra de otros y se dedican sus libros. El quid pro quo es la semilla sobre la que iniciar una relación literaria, quizás incluso una relación de amistad.
    En todo caso, entiendo tu queja. La promoción desgasta y a veces uno no sabe qué decir sin ser pesado. Como siempre digo, lo mejor es la seducción indirecta.
    Saludos y ánimo.

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    1. Gracias Mayte. Esa relación epistolar, como por ejemplo este comentario tuyo al que estoy contestando, pertenece a otro nivel. No hay otro interés por tu parte, ni por la mía. Blogueros que compartimos conocimientos o experiencias, que de alguna forma nos ayudamos unos a otros. Hay mucho de esto por aquí, y es quizás la razón por la que sigo con mi blog: De vez en cuando aparece alguien que me aporta algo, y yo trato también de hacerlo.
      Pero mi queja, en realidad, es un grito en el desierto, y tiene más que ver conmigo, con mi forma de ver las cosas, con mi lucha interior, que con realidades que ni quiero asumir ni desde luego podria cambiar.
      A veces necesita uno gritar para sentirse vivo.
      Un abrazo.

      Le gusta a 1 persona

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