Planta Baja.


Juan Padiernez atravesó el hall con paso decidido. Cuatro ascensores a la derecha, cuatro a la izquierda. No pudo distinguir cual de ellos le llevaría a la planta cincuenta y dos. Una mirada furtiva desde el mostrador le esquivó y se ocultó de nuevo en su crucigrama. Tal vez aquel hombre de gris podría ayudarle.

—Buenos días. ¿Me podría indicar que ascensor tengo que coger para subir a la azotea?

El recepcionista le dedicó una mirada expeditiva por encima de las gafas y se concentró de nuevo en encontrar el nombre del mamífero de seis letras que le estaba fastidiando desde hacía un rato.

—Los suicidas, por las escaleras. Son las normas.

Juan le quitó la revista de un tirón y se apoyó sobre el mostrador.

—¿Qué demonios le hace pensar que yo…?

El hombre se quitó las gafas.

—Obvio. No trae cámara.

Juan reconoció que aquello tenía su lógica. Las vistas desde allí arriba tenían que ser impresionantes. En fin, no eran más que cincuenta y dos plantas. Desde el principio supo que aquello no iba a ser fácil pero, a pesar de todo, la idea seguía siendo buena. Le devolvió la revista.

—Tenga. Y gracias de todas formas.

El hombre se quitó las gafas.

—Espere, espere. Una vez arriba tiene usted que respetarme todas las indicaciones. Y ahora me va a dar sus datos.

—Mis datos. ¿Se puede saber de que…?

—Cálmese. Es solo un formulismo. Su filiación y poco más. Para la policía nacional, ¿sabe? Hay desmañados que se tiran sin documentación, y otros quedan tan espachurrados que cuesta horrores encontrar a alguien que se haga cargo de los restos.

Juan se tocó instintivamente el bolsillo trasero de sus vaqueros para asegurarse de que llevaba la cartera.

—Siendo así… usted dirá.

El recepcionista sacó un formulario y se armó con su lápiz bicolor.

—Nombre.

—Juan Padiérnez.

—Profesión.

—Pasante.

—¿Paseante? ¿Ahora pagan por eso? Cuando uno cree que ya lo ha visto todo… —Lo miró de arriba a abajo— No se ve que le paguen mal, no. ¿Y quiere usted matarse? Esto no hay quien lo entienda.

—Pasante. He dicho pasante. Trabajo en una notaría.

—Ah, eso es otra cosa. ¿Me dice el motivo?

—Pues… me enteré de que había un puesto vacante, me hicieron una entrevista y como tenía un par de cursos de derecho la cosa no fue mal. Llevo alli mas de once años y…

—Me refiero al motivo del suicidio…

—Ah, eso. Perdone. Pues no sabría decirle, en realidad.

El recepcionista sacó otro papel de su casillero y se puso a recitar.

—Dígame cual de estos motivos se acerca más…

A. Motivos económicos.

B. Motivos sentimentales.

C. Frustraciones en general.

D. Crisis existencial.

E. Otros motivos, especificar.

—Pues… yo diría que la C, aunque…. No, mejor me quedo con la D.

El hombre marcó con una “X” en la casilla correspondiente y volvió a mirarle.

—Bueno. Esto ya está ¿Trae usted alguna nota?

—Eh…. no. ¿Qué nota?

—Pues una nota, lo corriente en estos casos. Algo así como “este mundo es una mierda…”, “espero que te vaya bien con esa fulana…”, “me echarás de menos cuando ronques y no tengas quien te de un codazo…”, ese tipo de cosas. Usted me la da, yo la grapo a este formulario y listo.

Juan se quedó bloqueado. No había preparado aquello tan bien como creía. Tal vez debería dejarlo y volver otro día mejor preparado con su cámara y su nota. Pero le había costado mucho decidirse y no era cuestión de volverse atrás. El recepcionista se quitó su gorra y se rascó la cabeza.

—Sin nota no va a poder ser. ¿Cómo se le ocurre venir sin ella? Todo el mundo la trae.

—Es que no sabría muy bien que poner…

—Eso es cosa suya. Mire, tome este papel y este lápiz, se me sienta en aquel sillón del fondo y me vuelve cuando tenga escrita una nota de suicidio en condiciones. Porque si yo no grapo una nota en este formulario me va a meter usted en muchos problemas ¿sabe? Ande, ande, vaya y escriba algo.

Juan Padiernez se sentó donde le habían indicado. Se quedó mirando a la gente que pasaba buscando inspiración. Hombres de negocios en su mayoría, el trasiego de corbatas habitual en un edificio de oficinas. También pasaron algunos tipos vestidos de forma más casual. Algunos afortunados llevaban cámara.

Pero no se le ocurría nada. Se sintió tentado de escribir “adiós mundo cruel” y firmar, pero eso era indigno de un escritor. Era extraño. Tanto tiempo madurando la decisión, tantas horas dedicadas a planeado todo y ahora no era capaz ni de escribir cuatro frases explicando por qué se quitaba la vida.

Un hombre, sentado junto a él, no paraba de escribir. Llevaba un traje azul pasado de moda, con chaleco a juego y una corbata a rayas. Juan se fijó en el agujero en el ojal de la solaba, secuela de algún clavel. Seguro que todavía llevaba granos de arroz en los bolsillos. Ahora va a resultar —pensó— que también hay que venir de etiqueta.

—Perdone, ¿no estará usted también con lo de la nota?

El hombre frunció el ceño para reprocharle que le hubiera distraído. Al cabo de unos instantes reconoció en Juan a otro compañero suicida y decidió que merecía la pena soltar un momento el lápiz.

—Pues sí, aquí estamos. ¡No quiera usted saber lo que me cuesta esto!

—¿Suicidarse?

—¡No! Eso no tiene ningún misterio. Es esta jodida nota lo que me trae a mal traer.

—Le comprendo. Pero, ¿dice usted que es sencillo lo de tirarse?

—Vaya que sí. Solo hay que saltar, ¿sabe? Yo llevo toda la vida en lo alto de un andamio. Créame que sé de lo que hablo. ¡He visto cada caso! Solo hay que dar un mal paso y ¡zas! allá va otra albóndiga. Más de una vez lo he pensado, durante el trabajo, ¿sabe? Pero matarse en una obra es un suicidio de tercera. En cambio esto… esto es irse con clase. Cincuenta y dos plantas ¡ya le digo!

—No sabe como le envidio. Saber manejarse en las alturas es una gran ventaja. Yo no se si en el último momento me echaré atrás.

—Descuide, que si estoy por allí le daré un empujoncito.

—No sabe como se lo agradezco. Es que tengo algo de vértigo. Yo sería incapaz de subir a un andamio como hace usted. No puedo con las alturas.

—Pues le espera un mal rato, amigo. Debería plantearse lo del veneno o cortarse las venas. ¿A qué se dedica entonces?

Juan Padiernez estuvo a punto de decirle que era pasante de una notaria. Pero decidió que ya estaba bien de avergonzarse. Era su último día en este mundo. ¿No tendría valor de proclamar lo que era en realidad?

—Yo soy… escritor.

—Vaya, ¡eso esta bien!— Al suicida se le iluminó la mirada— Oiga, ya que estamos, ¿le importaría echarme una mano con esta nota?

Juan dedicó la siguiente media hora a corregir faltas de ortografía, redactar y empaparse de los problemas de aquel albañil que en realidad se resumían a un sueldo dilapidado en las máquinas tragaperras y un diagnóstico del que no se había atrevido a pedir segunda opinión: le acababa de salir un molesto par de cuernos.

Cuando el sufrido albañil se dio por satisfecho con la redacción, se despidió agradecido y dirigió sus pasos a las escaleras.

Juan volvió entonces al problema de su propia nota. Era escritor, sí, y escribir una jodida despedida no suponerle mayor problema. Dedicó algo más de tiempo a inspirarse, a darle cuerpo y estructura al texto antes de escribirlo. Tenía que reunir todo su oficio para sintetizarlo en la que sería la expresión póstuma de su talento y finalmente escribirlo con su cuidada caligrafía de pasante.

El recepcionista leyó la nota con absoluto desparpajo.

—“Adiós mundo cruel. Firmado Juan Padiernez”. Vaya, vaya, vaya. Últimamente nos presentamos aquí con lo justito, ¿eh?

—¿Es que no es correcto así?

—Si, claro, pero podría haberse tomado usted más molestias, digo yo. Como ese hombre que acaba de irse, por ejemplo, que ha escrito una nota preciosa. Se le caían a uno las lágrimas como puños. Pero, en fin, es su vida. Usted verá. Yo grapo esto con esto otro y ¡hala! ¡Ya puede usted ir tirando pa’rriba!

Contento de librarse de una vez de aquel endiablado conserje, Juan Padiernez, escritor, emprendió por fin el terrible camino que se había marcado. Ahora solo le separaban de su último acto en este mundo cincuenta y dos plantas, con sus catorce escalones cada una.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s