Engracia, portera espacial.


—Comandante, estamos a “T” menos siete para el aterrizaje, acuda por favor al centro de mando.

—Esto… me va a ser imposible. ¡Abortad!

—Pero, mi comandante, ¡está todo listo ya en la terminal! Tenemos la radiobaliza y el plan de vuelo…

—Me da igual. Abortad.

—Pero, señor… es que hay más de cuatro naves esperando detrás nuestra y…

—¡Por mi como si hay cuarenta! La escalerilla está recién fregada y acabo de ver a esa fiera fregona en mano haciendo guardia justo delante del nivel 4. ¿Qué quieres, que me ponga el traje espacial, salga ahí afuera y te pase las órdenes por señas a través de la escotilla?

—Comprendo, señor. Daremos unas cuantas órbitas más mientras se seca eso.

El carguero espacial Wisconsin continuó su singladura alrededor del planeta Kepler VII. Era un retraso menor si se consideraba que llevaba dieciséis meses de viaje desde que partió de Nueva Tierra con su carga de estiércol. La terraformación de Kepler VII demandaba una ingente cantidad de materia orgánica. Cada día desembarcaban en sus terminales decenas de naves portando toda clase de excrementos para abonar las estériles llanuras del planeta; sus tripulaciones, en su mayoría rufianes de poca monta, soldados de fortuna venidos a menos, descartes de las lineas espaciales comerciales o prófugos de alguna justicia planetaria aprovechaban la parada para aprovisionar sus naves y desquitarse del tedio de meses o años de viaje interestelar. Allí malgastaban su tiempo y sus pagas en los incontables tugurios de ínfima reputación, prostíbulos y salones de juego que rodeaban los puertos espaciales y que tan mala reputación daban al planeta. No en vano se decía que aquellos cargueros hacían que en Kepler VII se reuniera toda la mierda de la República Imperial Galáctica.

La Wisconsin era, sin embargo, una rara excepción. El consorcio de transportes, consciente de los estragos de la vida transhumante en todas estas tripulaciones, había promovido un nuevo modelo. En naves de singular diseño las tripulaciones viajaban con sus familias con el objetivo de reducir el alto indice de divorcios entre sus empleados, y para ello se dotaban con camarotes más amplios organizados en plantas donde contaban, además, con una serie de equipamientos y servicios que les ayudarían a sentirse como en casa durante las largas travesías. O al menos eso esperaban.

Este nuevo concepto de nave interestelar de carga incorporando corrala de vecinos dio paso a la creación de nuevos puestos y ocupaciones para la tripulación. Así, no había nave de la serie ST404 que no estuviera dotada de su butanero, su portero, su cartero, su lechero, su vecino chismoso, su cartero o su aparcacoches, por mucho que en la nave ni se utilizara butano, ni hubiera más que leche deshidratada, ni existieran cartas que repartir ni desde luego coches que aparcar.

Pero resultaba esencial para el proyecto que los viajeros espaciales se sintieran como en casa, rodeados de en un entorno que en todo momento les fuera familiar, por mucho que la mayoría de ellos se hubiera criado en realidad en la bodega de una nave de carga, en un reformatorio o en un satélite-orfanato. Pero los del consorcio, como suele ocurrir con quienes ostentan algún poder, aplicaban a los demás sus propios parámetros vitales, excepción hecha de los económicos, claro.

Así, personas de todo la república imperial se presentaron a las oposiciones a los distintos puestos ofertados para las nuevas naves. Engracia Lopérez, del planeta Agostini, sacó su plaza de portera para el carguero espacial Wisconsin en un duro examen compitiendo con otras cuatrocientas noventa y seis candidatas. La pugna fue bastante reñida en las pruebas psicotécnicas y no menos ardua en el examen teórico, cribas que resultaron en un selecto grupo de catorce candidatas para el examen práctico. Y aquí fue donde la Engracia hizo valer su maestría con la fregona, noqueando con el mango a ocho de las competidoras y ganando de largo en velocidad de escurrido y en estrujamiento de mocho a las otras cuatro restantes: El puesto era suyo.

En aquel tiempo la Engracia llegó a batir la marca de dieciocho coma seis baldosas por pasada, lo que le valió un premio en metálico, concretamente un platillo para el pan, además de un regalo especial del patrocinador consistente en una cena romántica con el famoso personaje publicitario Don Limpio, anteriormente conocido como Mister Proper, quien desde aquella cena con la Engracia viene teniendo tal pinta de enclenque y desmejorado que sus anuncios, en vez de incitar a comprar el detergente, le dan a uno ganas de apadrinarlo.

—Comandante, parece que esto ya está seco.

-¡Ni se t’ocurra, esgraciao! – Le espetó Engracia, brazos en jarra, desde su puesto de vigía junto a la escalera.

-Pero, señora, tenemos que iniciar la secuencia de aterrizaje y…

-¡Ni aterrizaje ni aterrizajo! ¡Al primero que pise lo empalo con la fregona! Tol día hecha una esclava pa que vengan estos a ponérmelo to embarrao…

Media hora más tarde la tripulacion pudo entrar en la cabina de mando. El monitor central mostraba varias alarmas.

-¡Diantre! ¡perdemos el control! ¡que alguien me diga lo que está pasando!

-¡Caemos en barrena! Joder, parece que tenemos fuera el tren de aterrizaje.

En ese momento todos se volvieron a la palanca de que accionada el tren de aterrizaje, de la que colgaba una bolsa llena de trapos.

-¡Me cago en todo lo que…! – empezó a maldecir el comandante en el preciso momento que Engracia asomaba la cabeza por la puerta.

-Que no encuentro los trapos. ¿Me los habré dejao por aquí?

-¡La mato! ¡Soltadme que la mato!

-Vaya como se pone el señorito por ná. Como si el no se dejara na olvidao. No hay día que no se deje los calzoncillos tiraos por el suelo…

-La matoooo!!!

-Hala, ahí sus quedáis. Y a ver si conducimos con más cuidao, que con tanto traqueteo me vais a tirá las macetas.

Mientras el comandante echaba espumarajos por la boca, el segundo y el piloto se esforzaban desesperadamente por contener la risa y, de paso, tratar de recuperar el control de la nave.

(No continuará…)