Héroe o Villano.


Hidden era víctima de intenciones nada edificantes. Todos las tenemos. Son parte de nuestra naturaleza pero nadie las muestra: El precio a pagar es muy alto. Demasiado alto para alguien como Hidden, obligado a seguir siendo parte de una sociedad que juzga por la imagen.

Ocurre con ese tipo de inclinaciones que, de no consumirse, se terminan enquistando. Él era muy consciente de su lucha interior, de lo amargo de sus victorias pero, por mucho que procurara siempre cargar el platillo de lo correcto, su balanza iba dejando un poso tumefacto de malas ideas abortadas que poco a poco corroía su elevado sentido de la moral.

Tenía que reunir mucho valor para asomarse a su lado oscuro, para enfrentar los motivos últimos, para asumir su propia naturaleza o tratar de comprender todas esas otras aristas de su propio ser. Era un camino de dolor que Hidden se obligaba a recorrer cada vez que se sentía tentado de ceder a un mal impulso.

Su existencia era un verdadero infierno. Era muy duro convivir con la culpa de todo aquello que nunca había hecho aunque algún rincón perverso de su mente le hubiera sugerido. Más duro aún cuando, al no haberse consentido jamás pasar al acto, nunca hubo víctimas, ni remordimientos, ni necesidad alguna de reparación, pero la culpa acumulada de todos sus pequeños crímenes en potencia, limpia en su imperfección, definitiva pese a lo imprevisible de su resultado, pesaba sobre su conciencia como si los hubiera cometido.

O tal vez era que le frustraba que todos le consideraran una buena persona. Su imagen, vaya, esa quimera construida sobre una montaña de frustraciones. Sobre todas las otras cosas, esa bonhomía era el mayor exponente de su fracaso como persona; porque Hidden sabía que el mal no reside en una región de nuestro interior, no es ese “otro yo” del que hablan a veces, sino una parte intrínseca e inseparable de nuestras existencias. El mal no se puede aislar, ni desde luego extirpar. Está ahí, en ocasiones dormido, otras abandonado, las más de las veces controlado a duras penas, pero pervive a pesar de todo, por mucho que lo ignoremos o lo rechacemos, porque sin el mal, por si mismo o como contrapartida del bien, no existiría equilibrio posible.

No, la perfección no es un atributo humano; el mero hecho de aspirar a ella constituye un verdadero arrebato de ambición desmedida, o puede que un tremendo ejercicio de vanidad, o tal vez un imperdonable exceso de orgullo. En cualquier caso, el mero deseo de ser perfectos nos convertiría de facto en seres imperfectos.

Pero Hidden no entendía de grados. En el fondo él se creía un ser malvado, por mucho que jamás hubiera roto un plato. Instalado en su eterna contradicción, nunca llegó a saber si lo mejor hubiera sido ejercer de sí mismo, actuar, hacer y dejarse llevar en vez de escribir su biografía como una secuencia impoluta de actos correctos. Pues, al fin y al cabo, ¿qué es lo correcto?

Yo no lo sé. No creo que nadie lo sepa. Tan solo hacemos lo mejor que podemos con lo que sabemos en cada momento, y ni tan siquiera eso nos exonera. No nos queda más que apostar por el lado Jekyll de la vida pues, de asomarnos al lado Hyde, corremos el riesgo de reconocer nuestros rasgos difuminados en ese horrible espejo. Y eso es algo que no nos podemos permitir.

Me quedo con esta última frase para rematar la historia de Hidden pues, si algo lo define en realidad, es todo lo que no se pudo permitir. Ahora te corresponde a ti decidir si era un héroe o un villano. Yo sigo sin tenerlo claro.

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