Traiciones.


Los ecos de las galerías traían demasiados sollozos y lamentaciones aquella mañana. Nadie se atrevía a comentar siquiera los registros de la noche anterior, ni las amenazas o los golpes.

Menlo había entrado de madrugada en las cabañas, rodeado de cuatro de sus más fieles esbirros, para ponerlo todo patas arriba. No dijeron lo que buscaban, ni preguntaron, ni trataron de sonsacar a los niños más asustados. Pasaron como un huracán que no deja nada en pié. Incluso hicieron levantarse a los enfermos para rebuscar de forma minuciosa y sistemática en sus cubiles. Juno sabía bien lo que buscaban.

Ella había tenido la precaución de esconder las medicinas fuera de la cabaña, pero siempre estaba el miedo a que alguien las encontrara o a que la hubieran visto con ellas y se fueran de la lengua.

La mañana siguiente no trajo paz. El trabajo se hizo más duro y más pesado que de ordinario. Las horas no pasaban. Las tenues luces no lograban penetrar las sombras. Las miradas parecían enturbiadas por el polvo y el miedo, cargadas de miedos, recelosas de sospechas.

Hacia mucho rato que no veía a Bel. La encontró agachada en un recodo, recogiendo puñados de escoria en una cesta. Recorrían su rostro dos surcos erosionados por las lágrimas. Era extraño. Hacía bastantes días que la pequeña había dejado de llorar a escondidas.

-¿Qué te pasa?

Por toda respuesta Bel bajó la cabeza y dejó escapar un gemido.

-¡Contesta! ¿Qué te pasa? ¿Te han hecho algo?

-No. No sé. No puedo… ¡me matarán!

Juno supo que no hablaría. Tendría que arrancárselo de alguna manera.

-¡Habla de una vez!

-Te buscan, Juno. Yo les mentí. Les dije que habías bajado al nivel treinta y dos. Si me descubren…

-¿Me buscan? ¿A mí? ¿Por qué?

El conflicto interior brotó en otro gemido.

-¡Dímelo!

-Harald.

-¿Harald? ¿Qué pasa con Harald? ¡Dímelo!

-Él me lo dijo. Esta mañana, antes de bajar. Lo cogieron, ¿sabes? Le hicieron daño. Le golpearon en la herida.

-¡Malditos…! Pero, ¿que más te dijo? ¿Les contó algo? ¡Las medicinas! ¡Les habló de mí!

La mirada culpable de Bel aclaró todas sus dudas: Harald la había vendido. Traicionada. Tenía que huir. Tenia que escapar y esconderse. Esta vez no sería mano o pié: Habían robado armas.

-Si vuelven no les digas que me has visto, ¿entiendes? Cuídate mucho, Bel. ¡Y deja de llorar de una vez!

Juno salió corriendo por aquellos túneles que conocía como la palma de su mano. Si se escondía bien nunca podrían atraparla. Tenía que bajar a los niveles más profundos. Pero alguna vez tendría que salir a comer y a beber. Y entonces la atraparían en los elevadores. Necesitaba tiempo. Tenía que pensar la forma de salir del pozo sin que la vieran.

Menlo no solía bajar a la mina. Era extraño verle en el interior. Pero hoy tenía que estar allí, en el centro de todo, donde podría dar órdenes a los capataces y controlar la búsqueda de esa mocosa escurridiza. No seria fácil atraparla en ese laberinto.

Apostó a sus hombres en la boca de las galerías para controlar todos los accesos al elevador; les hizo propagar el mensaje de que nadie saldría de allí hasta que apareciera Juno.

Él no podía parar la producción, pero podía impedir que nadie más que ellos usara las plataformas. Los propios niños la buscarían y se la traerían. Solo había que saber utilizar el miedo como estímulo para que fueran ellos mismos quienes encontraran a la ladrona.

Juno se deslizó por las galerías de los niveles inferiores utilizando túneles abandonados y pasajes olvidados. Pudo ver a los capataces haciendo guardia en las salidas de las galerías principales, y comprobar como amenazaban a los niños para que la buscaran. Tenía que aguantar unas horas allí hasta que se calmara todo. Esperar a que los soles se pusieran y solo entonces salir al exterior y buscar una escapatoria al amparo de las sombras. Se ocultó en un tunel estrecho y casi cegado por los derrumbamientos.

Pasó allí algunas horas hasta que algo cambió. Al principio no supo de qué se trataba; su mente echaba algo de menos, una presencia sutil que, de pronto, había desaparecido. Se concentró en los mensajes de sus sentidos y solo entonces fue consciente del silencio, un silencio ominoso, absoluto y total. Un silencio imposible en aquel lugar. Ya no escuchaba el omnipresente murmullo de los extractores: Habían cortado la ventilación.

¿Acaso querían que muriera asfixiada? Desechó la idea al momento. Era una medida desproporcionada y, sin embargo, lo habían hecho por alguna razón. A no ser que… hubieran cortado el aire para amenazar a los otros niños, para inculcarles el más horrible de los temores y obligarlos así a buscarla con desesperación. Nada valdría su vida contra la de todos ellos, y mucho menos en ese lugar donde no había amigos. Cientos de niños recorrerían desesperados las galerías para encontrarla y salvar sus propias vidas… No, no tardarían mucho en dar con ella. Un par de horas como mucho. Pero antes de eso algunos, los más pequeños, los más débiles, privados de aire limpio, caerían sin remedio.

Y todo por su culpa. Por ser tan estúpida y jugársela robando esas medicinas para ayudar a ese malnacido de Harald, el mismo que acababa de traicionarla. Pensó en Bel. La imaginó con la boca abierta y el rostro amoratado buscando una bocanada de aire fresco. Pensó en todos esos pequeños que habían llegado hace poco de la granja atados a la cuerda. No tendrían la menor oportunidad. Menlo era implacable. Nunca se echaría atrás.

No podía consentirlo. Tenía que salir y tenía que hacerlo ya.

En aquel momento Menlo subía en una de las plataformas erguido sobre una montaña de mineral. Aquello no estaba funcionando. Tenía que pensar. Tenía que respirar. A medida que ascendía fue gritando órdenes a los capataces que controlaban las galerías. ¡Nadie podrá entrar o salir! ¡Nadie usará las plataformas! Alguno que se atrevió a protestar por la falta de aire se encontró con la mordedura de su látigo.

La producción no podía parar. Algunos niveles seguían sacando el mineral que habían excavado, pero excepto los cargadores y algunos capataces todos los demás estaban buscando a la ladrona.

Juno esperó su oportunidad en la estrecha boca del túnel de registro. Las plataformas de su lado bajaban vacías pero sabía que muy pronto el elevador invertiría el sentido de giro y esas mismas plataformas ascenderían para que las fueran cargando. Era su única salida. Se deshizo de sus ropas y se dedicó a embadurnarse todo el cuerpo con aquel polvo oscuro mezclado con sudor.

El movimiento se detuvo. Pronto empezaría a ascender. Era el momento. Juno saltó sin pensarlo y se agarró a duras penas al grueso cable de acero. Al instante hizo presa con brazos y piernas y se puso a trepar hacia la plataforma. El elevador volvió a arrancar. Tenia que alcanzar la base de la plataforma antes de que llegara a la siguiente galería y los capataces la descubrieran agarrada al cable. Estarían pendientes del contenido de las plataformas pero tal vez no miraran lo que pudiera haber debajo de ellas, oculto entre las sombras.

Una luz tenue anunciaba la galería. Con un último esfuerzo llego al tope y se aferró como una lapa a los pernos que mantenían fija aquella estructura. Justo a tiempo. Ahora la cargarían. El cable nunca se detenía, salvo para invertir su movimiento. Las plataformas se cargaban poco a poco, al pasar por cada nivel, en frenéticas paladas que los cargadores arrojaban desde arriba. La sacudida era tan abrupta que en un par de ocasiones estuvo a punto de soltarse.

Pudo ver la galerías mirando hacia abajo mientras ascendía. Los capataces retenían a duras penas a los niños en su interior. En su largo ascenso pudo comprobar como tosían y jadeaban, como sus ojos imploraban un poco de aire mientras los látigos les hacían volver a la búsqueda.

Cuando Menlo salió a la boca del pozo no se permitió dar una bocanada de aire fresco. Gritó, con más fuerza aún, a los cuatro o cinco esbirros que controlaban los elevadores con sus armas en la mano. Un par de ellos más vigilaban a los niños que volcaban el mineral de las plataformas en la cinta transportadora. La producción no podía parar. La compañía no perdonaba errores ni retrasos, pero todos en la boca del pozo estaban mucho más pendientes de lo que subía en cada plataforma que de un trabajo que podían hacer con los ojos cerrados.

Tal vez por eso no pudieron ver sobre sus cabezas a una figura pequeña y oscura escurrirse con sigilo desde la base de una de las plataformas cargadas de mineral. La sombra saltó con agilidad y se agarró al borde de la tolva, negro sobre negro, completamente mimetizada. Casi sin tiempo en pensar en el siguiente paso, Juno se deslizó hacía abajo y se dejó caer sobre las vigas de hierro que soportaban la cinta transportadora buscando un escondrijo. El menor traspié la hubiera hecho caer dentro de la machacadora, cuyas gruesas cadenas deshacían las grandes piedras de mineral para transformarla esa arena gruesa y oscura que cargaban en las lanzaderas.

Trepó por las vigas y se fue descolgando por ellas, una tras otra, hasta llegar debajo de la cinta que nunca paraba y que dejaba caer tenues cortinas de polvo en cada intersección.

Menlo vio acercarse y aterrizar una de las lanzaderas. Había que cargarla. Dio algunas órdenes y se encaminó a la montaña de mineral para supervisar el proceso mientras hacia que todos los demás que estaban en el exterior reanudaran sus tareas habituales. Las lanzaderas tenían ojos de la compañía. No interesaba que los pilotos pudieran ver lo que estaba ocurriendo.

Juno lo vio acercarse y supo que la descubriría. Era sencillo descubrirla entre aquellas vigas. Tenía que ocultarse. Tenía que improvisar una vez más para proseguir con aquella carrera alocada, una fuga a la desesperada sin plan ni destino. Solo se trataba de escapar, de alejarse, de alargar su vida un minuto más.

La cinta transportadora era su única oportunidad. Poco a poco fue avanzando descolgada por debajo de ella usando los brazos para moverse de una viga a otra, siempre hacia arriba, esquivando los desprendimientos y resistiendo las sacudidas. Al fondo, junto a la montaña negra de mineral, estaban cargando ya la lanzadera. Si lograba llegar hasta la nave sin ser vista tal vez podría escabullirse de alguna manera hasta las bodegas de carga y escapar volando de aquel infierno. No podía ni imaginar que destino le esperaría en aquella nave pero, desde luego, siempre sería mejor que el que tenía asegurado en tierra.

Tras pensarlo unos minutos decidió que solo le quedaba una posibilidad: subirse a la cima de la montaña y deslizarse desde allí para saltar dentro de la pala justo después de que esta se clavara en su costado para cargar el mineral. Aquella pala de dientes gigantescos movidos por cables de acero era su pasaporte imposible hacia la libertad, o hacia la muerte. Poco le importaba ya. En realidad aquella locura no era más o menos arriesgada e impensable que todo lo que ya había hecho para llegar allí.

Mientras escalaba el mineral pudo oír algunos gritos. Los capataces de la boca del pozo se acercaban a toda prisa vociferando y llamando a Menlo. Algo iba mal. Se ocultó como pudo, medio enterrada en el tharsium. Esperó durante minutos eternos a que se alejaran de allí. Estaban tan cerca que casi podía oírlos. La pala continuaba cargando. Con dos o tres viajes más habría llenado la bodega. Era ahora o nunca.

-¡Haréis lo que os he dicho!

La voz de Menlo sobrepujaba al chirrido de los rodillos y el murmullo de las piedras rodando por la cinta. Las palabras temerosas de los capataces eran poco más que un susurro, pero sus gestos contenían protesta y frustración, remordimiento y miedo.

-¡Me importa una mierda si se ha asfixiado uno, o diez, o si lo hacen todos esos malditos andrajosos! Esa ladrona tiene que aparecer, ¿entendido? Porque si no hacemos un buen escarmiento con ella, entonces, ¿sabéis lo que pasará mañana? Pues que habrá otra, y otra, y luego muchos más. ¡Así que volved a vuestros puestos de una jodida vez y traedme como sea a esa malnacida!

Un escalofrío estremeció a Juno. Su mente tiraba de ella hacia la siniestra tumba en que se estaba convirtiendo aquel pozo sin aire, pero sus ojos se rebelaron y le mostraron la pala cargadora que se acercaba una vez más. Podría ser la última vez que cargara. Solo un salto la separaba ya de la libertad. Podría salvar su vida. Podría escurrirse dentro de aquella nave y escapar volando hacia ese mismo cielo que contemplaba cada noche. Y ya nada importaría. El sufrimiento, el trabajo, el dolor, el hambre, el frío, ¡todo eso quedaría atrás! Y también Menlo, y los capataces, y el cerdo, y Bel, y Harald, y todos los otros niños. Estaba tensa, preparada para saltar. No tenía miedo. ¿Qué la retenía? ¡Allí no había amigos! Jasper llevaba razón. Harald la había vendido. La propia Bel no quería contarle nada. Nadie la había querido. Nunca nadie la había cuidado. La pala se clavó con un sordo rugido en la montaña, a escasos metros por debajo de ella: era el momento de saltar.

Menlo se volvió para descubrir el origen de ese grito estremecedor en lo más alto de la montaña de tharsium. En ese preciso instante el estupor le arrancó la más extraña de las sonrisas a su rostro oscuro, curtido y poblado de cicatrices: La pequeña hija de puta estaba plantada de pié allí arriba, gritando su nombre, con el brazo extendido, el puño cerrado y el dedo medio apuntando al cielo.

Un comentario

  1. Jejeje….
    Me encanta el giro que le has dado a este final de “capítulo”….!! Bueno…siempre sueles dejar la historia en un punto álgido….y eso engancha para seguir leyendo porque nos deja con ganas de saber qué va a pasar a continuación…🤪
    Bravo!! 👏👏👏👏

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