Los fugitivos


La herida no mejoraba. Juno miró la mancha oscura que calaba el vendaje. Harald apenas había dicho un par de frases en la última semana. Aturdido por la fiebre, le había preguntado quién había gritado más, si Jere o él. Algo iba mal.

Dejó a Bel cuidándole para ir a preguntarle a Jasper. Sabia que tenía que hacer algo, pero no sabía qué.

-La herida está infectada, hay que darle una medicina o no saldrá de esta.

Pero no había medicinas para ellos. Solo para los capataces. Pese a las advertencias del viejo, Juno hizo que le escribiera el nombre en su brazo para poder reconocerla.

Esperó a la noche. Bel la vio salir de su jergon y colocar un bulto de ropa vieja en su lugar. Juno le hizo señal de que callara y siguiera durmiendo.

Apenas quedaba nadie en las hogueras. Solo los viejos, a los que la edad les niega el consuelo del sueño. Juno las rodeó, moviéndose en la oscuridad, pasando en silencio de un escondrijo a otro. Pronto llegó a la cerca que rodeaba las estancias de los capataces.

Tal vez si hubiera saltado esa cerca con Harald ahora no estaría muriéndose. Fueron unos idiotas. Hay que saber moverse en la oscuridad, en silencio, esperar la ocasión. Se acercó a unos espesos matojos al lado de la cerca. Desde allí podía ver sin ser vista, y saltar en el momento adecuado.

Se acercaron un par de hombres, gritando y riendo entre ellos. Dejó que pasarán. Esperó un poco más, miro a ambos lados y saltó.

Poco a poco se fue acercando a las cabañas, ocultándose 0entre los manzanos. Cuando iba a cruzar el claro sintió que algo la agarraba por detrás. Se revolvió. Una mano firme le tapó la boca. Una fuerza irresistible la tumbó en el suelo.

Se volvió a mirar a su captor. El hombre se llevó un dedo a los labios. Juno asintió con la cabeza. No era un capataz.

-¿Qué demonios haces tú aquí? – Le susurró.

Juno no sabía que responder. No sabía quién podía ser aquel fulano, ni que intenciones tendría. Porque él tampoco debía estar allí. La ley y todo eso. Mano o pie. Se llevó una mano a la boca, para explicarse, haciendo el gesto de comer.

-¿Robar comida? No, para eso no habías llegado tan lejos. Hay manzanas mucho más cerca de la valla. Espera, ¿qué es eso?

El hombre levantó el brazo de Juno.

-Sulfamida. Has venido a robar medicinas, ¿no es así?

Juno asintió de nuevo.

-Entrar al botiquín. Vaya, tienes arrestos. ¿Son para ti? No, claro. Déjame que adivine… son para el pequeño ladrón del otro día, ¿verdad? Un alma pura entre tanta escoria

Ella se ruborizo y bajo la cabeza.

-No tienes que avergonzarte. Yo también necesito unas medicinas. Entre otras cosas. Pero no se si fiarme de ti, pequeña.

-Juno.

-Vaya, sabes hablar. Eso está bien. Si vigilas, yo podría traerte la sulfamida. Sigueme.

El desconocido la soltó y se movió con sigilo ocultándose en los troncos de los árboles. Juno lo siguió en completo silencio.

-Eres buena. No te he oído llegar.

-Se me da bien esconderme. Los túneles te enseñan a moverte en la oscuridad.

-Tenemos que pasar entre esas cabañas para llegar a aquella grande que está al fondo. Son los almacenes, allí está también el botiquín. ¡Vamos!

Juno le tiró del brazo y susurró ¡espera! Ambos se agacharon con rapidez detrás de un arbol. Uno de los capataces salió de la cabaña cercana para dirigirse hacia ellos. Era alto y corpulento.

-Es Menlo -le dijo Juno al oido-. Y viene hacia aquí.

El hombre la envolvió con sus brazos y se encogió aún más. Menlo caminaba lentamente. Se acercó tanto que Juno casi podía ver ya la empuñadura del temido machete. El tronco no era lo suficientemente grande para ocultarles. Unos cuantos pasos más y los descubriría sin remedio.

Juno sintió como el hombre aferraba algo de entre sus ropas, un cuchillo o quizás un arma. Tensó sus músculos. Tal vez tendría una oportunidad de escapar corriendo sin que la reconocieran.

-¡Jefe! ¡Espera! ¡Estaba aquí!

Menlo se giró y empezó a caminar de vuelta a la cabaña.

-¡Maldito inútil! Ya te dije que buscaras bien.

Entró de nuevo en la cabaña. Siguieron oyendo sus gritos por un tiempo. Fuera lo que fuese que habían perdido, era importante para él.

-Nos hemos librado por poco, Juno. ¿Cuantos años tienes?

-Creo que ocho.

-¿Seguro? En fin, vámonos de aquí.

Juno siguió sus pasos de tronco en tronco y de rincón en rincón, acechando en cada parada, asegurándose de que no los pudieran ver. Al cabo de unos minutos llegaron al almacén. Estaba sin vigilancia. El hombre se acercó a la puerta.

-Está cerrada. Esto complica las cosas.

-Si me ayudas puedo colarme por esa ventana y abrir desde dentro.

-¡Buena idea! Vamos, pequeña, sube a mis hombros.

Juno apenas alcanzaba al alto ventanuco, pero logró asirse. Salto con agilidad. Fue hacia la puerta y quitó el cerrojo. El hombre entró y cerró con rapidez.

-Vamos, no tenemos tiempo. Los he visto salir de nuevo.

Recorrieron el interior hasta dar con unos armarios blancos.

-Toma esto, y esto.

Juno comprobó que el nombre del medicamento correspondía con el que llevaba escrito en el brazo. No pudo reconocer las otras cosas. El hombre siguió recorriendo el almacén, cogiendo y desechando múltiples objetos. Llego a un armario metálico que estaba cerrado. Allí estaba lo que buscaba. Cogió del suelo una barra de hierro y haciendo palanca rompió el candado. Armas. Armas cortas y largas.

Sus ojos brillaban. Se colgó tres o cuatro rifles del cuello y echó en una bolsa un par de revólveres y toda la munición que pudo cargar.

-¡Vamonos!

Tras comprobar que no había nadie en el exterior salieron del almacén. Deshicieron el camino escondiéndose a cada paso. Al cabo de unos minutos estaban saltando de nuevo la valla.

Se ocultaron de nuevo entre los matorrales. El hombre la miro fijamente.

-Cuando descubran el robo se va a armar gorda. Lo pondrán todo patas arriba y os interrogarán. Esto de aqui no son manzanas, ¿sabes?

Juno era consciente de los problemas que aquello iba a acarrear para todos.

-Tienes que aguantar, pequeña. No digas nada. No le digas a nadie que me has visto, ni tan siquiera al viejo ciego que escribió eso en tu brazo.

Juno no pudo evitar responder.

-¿Como sabes que fue Jasper?

-Hace muchos años trabajamos juntos. Conozco bien su letra.

-¿En que trabajaba? ¡Es ciego!

-Fue piloto antes de perder la vista. Pero ya te he contado demasiado. Tu silencio es tu vida, ¿comprendes? Si hablas no pararán hasta sacarlo todo.

-No diré nada. Pero ¿qué son estas otras cosas?

-Medicinas. Para tu amigo. Le quitarán el dolor, y puede que la fiebre.

El hombre desapareció sin darle tiempo siquiera a preguntarle su nombre. Pero Juno ya sabía quién era: era uno de ellos.

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