Interior.


El amanecer tiñó de sangre las nubes del horizonte. Rojo sobre rojo. Era un mal presagio. Juno trató de no pensar en ello mientras seguía caminando hacia la entrada de la mina.

Arriba, en lo más alto de la colina desolada, ya se formaban las filas para bajar a los túneles. Los primeros equipos esperaban su turno para bajar. Tal vez hoy tendría suerte y la escogería Hauser, o Jere o tal vez Valentine. No eran tan duros. Los buscó en la distancia para procurar situarse donde la vieran bien.

-Que, ¿te lo has pensado? -la voz de Harald le llegó desde atrás, por sorpresa.

-Al carajo tus manzanas. ¿Has visto el cielo? Mal día para todo.

-Tú y tus cuentos de viejos. Piérdete, cobarde.

Juno no tuvo tiempo de contestar. Llegaba un capataz abriéndose paso a gritos seguido de una hilera de niños atados a una cuerda.

-Uf, ¡otra cuerda! Espero que no me toque ninguno. No los soporto. -susurro Harald.

Juno no se molestó en contestarle. Aún no había olvidado su primer día, cuando la trajeron desde las granjas atada a una cuerda como aquella. Sabia que jamás lo olvidaría.

-Tú, tú y tú conmigo, al nivel tres.

Humbert el cerdo. ¡Que jodida mala suerte! Hoy nada la libraría de unos cuantos latigazos. Se puso rápidamente a su lado. Con el cerdo no quedaba otra que obedecer y callar si no querías acabar el día cubierto de moratones. Oyó como trataba de protestarle al capataz.

-Esos inútiles son un lastre, señor. ¡Me tendrán todo el día buscándolos cuando se pierdan por las galerías!

-Pues átalos a los otros, joder, o diles que lloren con ganas para que puedas encontrarlos. He dicho que te llevas a esos dos, y más te vale que empiecen a rendir pronto.

Humbert separó a los dos pequeños de la cuerda, una niña de pelo negro ensortijado que no pasaría de los seis inviernos y un pequeño que no paraba de gimotear. Los colocó junto a los otros seis que formaban su equipo y se puso frente a ellos con el látigo en la mano

-Vamos al nivel 32. Hoy no se sube hasta que no hayamos sacado los 600 kilos. Tú y tú vais con la pica, los demás acarrean, y a estos dos inútiles no quiero ni verlos, ni escucharlos, son cosa vuestra: o salen hoy del agujero sabiendo trabajar o los dejo para siempre en el pozo de los huesos, ¿entendido?

Por algo le llamaban el cerdo. Juno miró a aquellos pequeños asustados, agarrados de la mano, y supo que lo primero que había que hacer era separarlos, como hicieron con ella.

-Harald, coge tú al niño que yo me hago cargo de ella.

-¿Yo? ¡Ni en sueños!

-¿Y si a cambio yo te acompañara a por esas manzanas?

Juno tomó a la niña de la mano y se encaminó hasta la boca del pozo. Los equipos esperaban su turno para bajar. Mientras les llegaba el momento, decidió tranquilizar a la niña.

-¿Cómo te llamas?

-Bel.

-Bien Bel. No te separes de mí. Yo te enseñaré todo lo que tienes que saber.

La niña la miró con los ojos enrojecidos. Estaba aterrada.

-Mira, Bel, en esa torre hay un gran cilindro donde se enrollan los cables del elevador. Hay dos cables. Cuando uno sube, el otro baja. Fíjate como funciona, ¿ves? Por un lado suben las plataformas cargadas de mineral, y por el otro bajan las que nos llevan a nosotros. ¿Ves como se mueven?

-Sí.

-Tienes que fijarte muy bien. Es muy importante. Las plataformas están siempre moviéndose y tienes que saber cuando se puede subir a ellas y cuando hay que saltar. Mira como lo hacen los que van delante.

-¿Que pasará si me caigo?

-Haz lo que yo haga y no te pasará nada.

El equipo que les precedía saltó a la plataforma como si llevaran meses ensayándolo. Con esa habilidad que da la práctica los niños cayeron con precisión sobre la plataforma mientras esta bajaba y se agarraron a la barandilla. Era su turno. Bel se aferró a su mano. Juno pensó en soltarla; si en el último momento la niña no saltaba podía hacerla perder el equilibrio y arrastrarla al vacío. La miró de nuevo, buscando una respuesta en su mirada, y supo que no iba a saltar. El miedo la había paralizado.

-Bel, colócate delante mía y cierra los ojos. Cuando notes que te empujo, salta hacia adelante con todas tus fuerzas.

-¡No me sueltes!

-Confía en mí, Bel. Haz lo que te digo.

La plataforma bajaba vacía hacia ella. El cerdo los miró con desprecio y saltó antes de que la plataforma estuviera a su nivel. No podía permitir que se cayera alguien de su equipo ante la mirada de los capataces.

-Saltad. ¡Ahora!

Juno esperó un instante más y entonces empujó a Bel. La niña ahogó un grito e hizo un movimiento instintivo intentando agacharse. Juno lo esperaba de alguna manera, y de forma casi instantánea le pasó sus brazos bajo las axilas y saltó adelante, cargando con ella. El peso de la niña acortó su salto.

Cayó demasiado cerca del borde, tanto que casi pierde el equilibrio. Humbert el cerdo había agarrado a Bel para que no cayera por el otro lado.

-Enséñala a saltar o acabará matándonos a todos.

Bel corrió a abrazar sus piernas, y Juno le tapó la mano con la boca para reprimir sus gemidos. Harald había saltado junto a su pupilo sin ningún problema. Le dedicó una mueca burlona antes de que la oscuridad los fuera envolviendo.

La plataforma continuó bajando sin cesar. Cada pocos metros experimentaba una sacudida provocada por alguna de las plataformas superiores sobre las que iban saltando otros equipos. El cable de acero que atravesaba el centro de la plataforma era su único sostén. Juno se arrastró con Bel al centro, donde la plataforma se movía menos.

Trató de explicarle a Bel que por el otro lado del pozo ascendían las plataformas cargadas de mineral; ambas líneas actuaban como contrapeso una de la otra, y cuando el cable que bajaba llegaba a su final, se invertía el giro del motor y entonces bajaban personas y materiales por la otra línea y subía mineral por la que ocupaban ahora.

La oscuridad se hacía cada vez más densa y el calor más intenso. No se oía más que el eterno susurro de los filtros. El aire viciado olía a polvo, a sudor, y de pronto también a orina. Bel se aferraba a su mano y lloriqueaba, pero supo que no había sido ella.

-Bel, tienes que estar preparada. Este salto es mucho más fácil. Pronto verás las luces de las galerías, son grandes túneles que empiezan en este pozo. Cuando te empuje tienes que saltar, pero no dudes esta vez. ¿Has entendido?

-Si.

Al cabo de un par de minutos Humbert les avisó de que se fueran prepararan para saltar. Se estaban acercando al nivel 32.

Juno sabía que esta vez el instinto de Bel jugaba a su favor. La niña saltaría con decisión desde aquella plataforma amenazadora a la seguridad del suelo del túnel; la oscuridad le impedía sentir vértigo, y ya era la segunda vez que saltaba. A casi todos habían tenido que empujarles la primera vez.

Las luces de las galerías rompían la oscuridad creando un tenue juego de penumbras. De nuevo podían ver sus siluetas e incluso las plataformas de la otra línea. Juno las miró distraída y de pronto sus ojos observaron algo inquietante.

-Humbert, es la segunda plataforma que sube vacía.

-¿Estas segura?

Todos se quedaron mirando al otro cable hasta que vieron ascender otra plataforma, vacía como las anteriores.

-¡Joder! ¡Agarraos bien!

Bel la miró asustada. Juno la agarró como pudo y la acogió en su seno, agachándose contra la plataforma mientras aferraba el cable con la otra manos. No tenía tiempo de explicarle que ese sucio mineral era muy importante, más importante incluso que todos ellos. No le daba tiempo a contarle que los cables no paraban nunca, que el trabajo no paraba nunca, y que los capataces no toleraban que se perdiera ni una sola piedra, y por esa razón dejaban de cargar el precioso Tharsium en las plataformas justo antes de hacer una voladura.

Un comentario

  1. Ummmm
    Me gusta como vas “tejiendo” la historia y manteniendo la tensión…
    Estoy más intrigada todavía por saber que va a pasar… Espero la siguiente entrega mordiendo las uñas…🤪🙃

    (Por cierto…si no me equivoco, tienes una errata en esta frase …🤪
    “Al cabo de un par de minutos Humbert les avisó de que se fueran prepararan para saltar…..”)

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