Reflejos.


El tío ese se asoma a mi espejo todas las mañanas. Me mira raro. A veces me enseña los dientes, otras me saca la lengua y algún día se ha atrevido a enseñarme los fósiles de unos bíceps que nunca conocieron gimnasio.

Cuando se afeita la cosa tiene su emoción. Deja que te cuente: es de los de antes, de los de brocha y jabón, pero como se tiene que quitar las gafas para no mancharlas, hay días que me hace un payaso, días que me hace un Hemingway, y días que me hace una tarta nupcial. Pero después viene lo mejor: la cuchilla. ¡Me tiene en vilo hasta que termina! Cada pasada es como un lance de aquel José Tomás que parecía que cada corrida iba a ser la última.

Nunca se peina. Le conozco ese remolino en todo el centro de la frente desde que viene por aquí. Si es verdad que a los niños traviesos les salen esos remolinos, a este seguro que lo criaron en un reformatorio. Hace años luchaba por domarlo, pero la brega era de tal envergadura que los peines se le daban de baja o pedían una excedencia. Yo creo que al final lo dejó por imposible, que harto de tratar de poner orden en esos matojos decidió un día que melena al viento y cada pelo a su bola.

¡Si supierais lo torpe que es haciendo el nudo de la corbata! Yo creo que cambió de trabajo solo por no tener que ponersela. Recuerdo un día que intentó un medio Windsor. Yo creo que fue entonces cuando la reina se dió a la ginebra: le dio tantas vueltas a la corbata que no se ahorcó de puro milagro.

Y para qué contarte cómo me deja el lavabo. El tío está en la edad esa en que ya te crecen los pelos donde ellos quieren, no donde hacen falta. De vez en cuando coge la maquinilla esa y empieza a podarse las orejas, las cejas, la nariz… pero, ojo, ¡sin las gafas, que le estorban para maniobrar! Imagínate el descalabro. Cualquier día se tiene que pintar las cejas con un Rotring del cero dos.

Menos mal que aquí detrás del espejo está uno a salvo. Por mucho que me escupa cuando se lava los dientes, del cristal no va a pasar. Y después le cae una tremenda, que la que me limpia no le pasa ni una.

En fin, no se que especie de desastre será su vida cuando se va por las mañanas pero yo, por si acaso, creo que es mejor no moverme de aquí. Tampoco esta tan mal esto: el trabajo es sencillo, solo tengo que imitarle unos minutos al día y, total, si me equivoco no soy yo quien se hace un corte en la cara.

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