El Punto de Apoyo.


Es una verdad universalmente reconocida que cualquier escrito con pretensiones de popularidad necesita arrancar con una frase grandilocuente para no acabar condenado a la oscuridad y el olvido entre las listas del lector de wordpress.

Gracias, Jane.

Al pronto Hermann creyó que era solo una mancha. Rascó la pantalla con una uña pero la mota de polvo no desapareció. Tal vez se había jodido un pixel, o como quiera que se llamasen esos puntitos. Movió el texto con su ratón y la mancha negra viajó arriba y abajo al compás de la “A” donde estaba pegada. Cerró la ventana y desaparecieron la mancha, su relato y sus ganas de continuarlo.

Por la tarde volvió al texto. Tenía que terminar ese relato. El punto negro seguía allí, dispuesto a robarle otra vez la inspiración. Hermann se acercó para mirarlo. Se acercó tanto que casi tocaba la pantalla con la nariz. Puso el cursor sobre la “A” manchada y la borró sin contemplaciones. El puntito desapareció para siempre. Pero a veces la eternidad es solo un instante. El punto negro volvió a aparecer, esta vez sobre una “t” minúscula. No tuvo piedad con él.

Lo borró también cuando se posó sobre una “e”, sobre una “n” y sobre unas cuantas letras más hasta que se dio cuenta de que podía tratarse de uno de esos virus. Cerró el texto sin pensarlo dos veces y apagó el ordenador: No podía permitirse el lujo de perder todo lo que le había confiado a esa máquina. Tantas ideas, tantas horas de trabajo. No volvió a escribir en el resto del día.

Se fue a la cama soñando con sus lectores. No le echarían mucho de menos. Sus lectores, esa quimera. Su blog, ese desperdicio de tiempo. Sus textos, que nunca sabría si eran buenos. Tampoco se perdería mucho si era un virus.

A las cuatro de la madrugada pulsó de nuevo el botón de encendido. Un firme pensamiento lo había sacado de la cama: “A la mierda”. La cucharilla giraba sin cesar en la taza mientras terminaba de arrancar el procesador de textos. Y allí estba otra vez la jodida mancha, descansando sobre una de las patas de una “H”. Siguió burlándose de él mientras eludía cualquier intento de eliminarla, saltando de una letra a otra, primero una “e”, luego una “r”, después una “m”.

Algo hizo click, y no fué el ratón.

¿Serás hija de puta? —pensó mientras sorbía un poco más de café. —¿No serás capaz de irte ahora a una “a”?.

Borró la “m” y el odioso punto negro reapareció obediente, o desafiante, sobre la curva perfecta estilo Arial de diez puntos de una “a”. Una “a” que, aunque en el texto era una “a” de “agua”, para el que le seguía los pasos era una “a” de “Hermann”.

El cigarrillo no aclaró mucho sus ideas. Estaba refrescando y no le importaba. Volvió a su despacho, pero solo porque tenía que volver. Había renunciado a luchar contra el deseo de saber qué o quién estaba apostando contra su sentido común.

El relato iba desapareciendo, convertido en un jeroglífico apenas legible, a medida que Hermann borraba letras, una tras otra, y anotaba en un papel la secuencia que le iba deletreando aquella inquietante anomalía.

Ahora lo veía con toda claridad. Durante el día aquel jodido punto negro había ido manchando las letras “A-t-e-n”. Aten. Atento. Atención. Estaba llamando su atención, sí, pero no supo verlo. Solo cuando el punto empezó a deletrear su nombre había caído Hermann en la cuenta de que allí había algo más.

Si aquello era un virus, estaba endiabladamente bien diseñado.

Un mensaje inquietante iba tomando forma sobre el papel mientras él no paraba de azuzar a aquella pulga para que saltase de una letra a otra, una y otra vez, hasta que el pixel rebelde se colocó sobre un punto al final de una frase y, al borrar este último, ya no volvió a aparecer.

Decididamente no era un virus.

Tras leer el mensaje, Hermann guardó el papel en el bolsillo de su batín, apagó el ordenador y se volvió a la cama.

Al cabo de una semana su blog empezó a tener muchas más visitas. Cientos de visitas diarias, que fueron miles al cabo de solo un mes. Una editorial indie se puso en contacto con él, pero Hermann solo tuvo que borrar veinte o treinta letras para saber cual era la decisión correcta y rechazar esa oferta. Pronto llegarían más, y entonces se podría permitir el lujo de escoger.

Ahora Hermann es famoso, aunque se le conoce con otro nombre. La gente hace cola para comprar sus libros. No es por casualidad. Ahora pienso que es una suerte que no terminara formateando el ordenador; se habrían perdido unas cuantas obras maestras. O tal vez habrían surgido otras. ¿Quien puede saberlo?

En realidad todo ese talento ya estaba ahí y solo hacía falta un pequeño empujoncito para hacer que aflorara. Ahora ha madurado tanto que ya no me necesita. En realidad nunca me necesitó, pero de vez en cuando me gusta aparecer. Es como una especie de hobby, no sabría explicarlo bien pero, desde luego, tiene su punto…

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5 Comentarios

    1. No es la primera vez que le doy protagonismo al ordenador en mis historias. No es extraño, me paso muchas horas rodeado por ellos y aparte de darme compañía me sugieren ideas de lo más inquietante…

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      1. Y por qué no? Dentro de un ordenador se encierran grandes misterios y desde que la AI (inteligencia artificial) está asomando poco a poco detrás del Analytics/análisis de datos…y otras aplicaciones…los misterios y las potenciales historias se multiplican por la misma cantidad de bits por segundo que los datos que son capaces de analizar…interpretar…y hasta aprender… 🙄
        A mi me empieza a dar miedito…No te digo más…!! 🙈

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