Diez Cruces.


1.

La isla de Malpartida era un pequeño y olvidado atolón alejado de las rutas comerciales del pacifico. Situada algunos grados al norte del trópico de Capricornio, en tiempos fue enclave de aguada para aventureros europeos y piratas malayos, pero su escaso interés estratégico o comercial la terminó reduciendo a un punto sin nombre en las cartas náuticas.

Solo un par de construcciones de aquellos tiempos quedaba en pie, amenazadas por el empuje imparable de la maleza. Muros de adobe semiderruidos de la antigua misión, restos de algunas chozas derribadas por cualquier huracán y la verja oxidada del pequeño cementerio, casi engullida por las incontenibles trepadoras.

En su interior diez cruces, no más, se alzaban sobre la hierba. Diez vidas que quedaron sepultadas para siempre entre basalto y coral. Algunas, de madera, habían perdido ya todo rastro y señal bajo una pátina oscura de humedad y podredumbre, pero en las tres de piedra aún pervivían trazas de sus inscripciones para orgullo de sus ocupantes.

María Catalina Ostos de Parma, 1823, era una de ellos. Esposa de un afamado mercante, había sucumbido a las fiebres al llegar a aquella escala. Y allí mismo le habían dado tierra antes de proseguir la singladura. Lejos de maldecir su sino, a Catalina le consolaba pensar que sus restos bien podrían haber terminado atados a una bala de cañón y arrojados por la borda para exorcizar el pavor de la marinería por tan nefasta enfermedad.

Sir Archibald Burnston, 1810, también con cruz de piedra, compartía con ella la sombra de un cocotero, un azar que con el paso de los decenios había fomentado entre ambos una peculiar familiaridad cercana a la amistad.

Sir Archibald dio con sus huesos en Malpartida tras larga agonía por una fea herida. Sus compañeros de expedición no pudieron extraer la ponzoña de aquella flecha indígena, más en su honor desviaron su curso para poder darle sepultura en tierra firme. Tal fue su coraje ante la parca y tales las muestras de dolor de aquellos marineros que el misionero jesuita se jugó la vida eterna enterrando a un anglicano en su minúsculo camposanto papista. Mientras media Europa se batía por un quítame allá esas escrituras, en el Pacifico el cielo era tan abierto que había sitio para todos.

La tercera cruz de piedra, alejada de estas dos, pertenecía al hermano Faustino, el citado misionero, que no tuvo quien le rezara un responso, pero vive Dios que no lo necesitaba. Tan mundano como pulcro en sus creencias, hombre de Dios con los pies en la tierra, el fraile tuvo la precaución de tallarse su propia lápida cuando supo cercano su final, confiando a sus sencillos feligreses, un par de polinesios convertidos, que le dieran sepultura en aquel rincón junto al sauce que había sembrado al arribar a aquellas latitudes. El árbol que en vida cuidó con tanto esmero, y al que después alimentó con sus píos minerales, extendía ahora su copa para cubrir con su generosa sombra las cruces de madera.

Siete eran, todas ya sin nombre, las cruces que marcaban aquellos modestos reposos. Las de Martin Azcarate y Reinaldo Simoes, 1850, marineros que pagaron allí un absurdo motín. La de Markus Oesterbach, 1870, médico alemán que sucumbió al escorbuto poco antes de que el vigía de su mercante vislumbrara la isla. La de Sun Yaomeng, 1862, abatido por un certero disparo de John Sturges, 1862, quién también cayó en aquella refriega con los malayos. La de Sol de Medianoche, 1862, una belleza raptada que nunca pudo regresar a su Tahití natal. Y, por último, la más ajada de todas, la de Román Arguelles, 1818, prisionero de la Marina francesa que pagó su intento de fuga con una bala por la espalda.

Era Román hombre activo y de carácter vivaz, un alma inquieta que se alistó en la armada para conocer mundo, o tal vez para para huir del que conocía. Su cruz estaba a levante, pegada a la verja, y quizás por eso era siempre el primero que se despertaba por las mañanas.

2.

—Parrece que se ha quedado buena tarde.

—¿Has dicho algo, Archie? —respondió la voz chillona de Catalina desde ultratumba.

—Hablaba del tiempo, querrida.

Sir Archibald había llegado a dominar el castellano tras más de cien años de práctica, pero todavía arrastraba las erres. En aquel cementerio los españoles eran mayoría y, pese a sus reticencias iniciales, se había plegado a aprender aquella lengua para llegar a entenderse con sus congéneres. Pero no iba a renunciar a su distinguido acento.

—Se barrunta tifón a dos cuartas por estribor. —Interpeló Martín desde su alejado rincón.

Martín no dejaba pasar la menor oportunidad de mostrar sus conocimientos sobre la mar. Con los años su jerga se había llegado a convertir en pretenciosa, pero el caso es que solía atinar con sus predicciones.

—Imposible. No hay ni una nube. La mar esta encalmada y no se mueve una sola hoja. —dijo Reinaldo.

—Si Martín dice tifón, será tifón, grumete. Padre, ¿alguna vela en el horizonte?

A Faustino le divertía que Martín se nombrara a si mismo en una de cada dos frases. Una sana costumbre para no olvidar tu propio nombre cuando apenas queda nadie que lo pronuncie, y hasta tu cruz, cansada de él, ha permitido que el tiempo se lo lleve.

—Nada, hijo, todavía nada.

Hacia más de doce años que no pasaba algún barco por las cercanías, ni siquiera uno de aquellos extraños navíos de los últimos tiempos que por toda vela tenían espesas columnas de vapor. Pero al padre Faustino, situado en el punto más alto de aquella ladera, no le importaba seguir oteando cada cierto tiempo si con ello mantenía el rescoldo de las esperanzas de sus compañeros.

—Entonces seguimos en veintidós. —Repuso Martín contrariado.

—Veintitrés, si tenemos en cuenta la falúa de 1926. -Dijo Markus, siempre tan puntilloso.

—Marrkus, creo que ya hemos discutido bastante ese supuesto avistamiento. No está confirmado que fuera una falúa, y le recuerdo que decidimos por mayoría que se había tratado de un espejismo. Así que nos quedamos en veintidós. -dijo Sir Archibald con firmeza.

Faustino presentía una nueva discusión. Cada vez que salía a relucir aquel asunto, acaba en bronca. Decidió intervenir antes de que fuera demasiado tarde.

—Hermanos, hermanos. Apaciguaos, por amor de Dios. Todos somos conscientes de la importancia que tienen estos sencillos inventarios para nosotros, pero no podemos hacer de ellos un continuo objeto de discordia. Contamos las estaciones, contamos los barcos que pasan, contamos las aves que anidan cada año en el sauce y los ratoncillos que cruzan la verja. Contamos tantos otros pequeños cambios en nuestro eterno paisaje que yo ya he perdido la cuenta de cuantas cosas contamos. Pero si no nos ponemos de acuerdo en la forma de contar, entonces, puede que algún día no lo contemos.

—Padre, con todos los respetos, a nosotros ya nos llegó ese día, por eso estamos aquí. —repuso Catalina.

—¿Que día, hija?

—El día en que no lo contamos. —repusieron varias voces.

—Padrre, perrmitame que rreconduzca este asunto.—Esta vez Sir Archibald había adoptado un tono más severo, haciendo aún mayor énfasis en su acento de York— El doctorr Marrkus, aquí abajo prresente, ha puesto en cuestión el rrecuento de avistamientos marinos, y si nos dedicamos a socavar la autoridad establecida

—¡Protesto! ¡Sir Archibald está dando por sentado…!

—¡Al infierno con sus protestas…!

—Calma. Calma ¡Calma! —Martín pudo imponerse al fín — Vamos a resolver esta cuestión de una vez por todas. Si Martín dice falúa, es falúa. Pero Martín aquel día no estaba de guardia y cuando se dignaron avisarme la presunta falúa ya estaba por debajo del horizonte. Pero, ¿quién estaba de guardia aquella tarde, eh?

—Le tocaba al malayo, creo.—Contestó Reinaldo, que nunca había llegado a aprenderse el nombre de Yaomeng.

—Pues bien, es el malayo quien debe responder. Señor Yaomeng, ¿Que tiene que decir al respecto?

—Yo decir falúa. Yo veo. No junco, no prao, no beduang, no mayang, no plary. Y como no ser barco uno conoce, entonces yo decir falúa.

El cabo Sturges, que había permanecido callado todo el tiempo, atisbó una pequeña incoherencia en el razonamiento de Yaomeng. Movido por esta inquietud, y pese al resquemor que todavía le guardaba el malayo por haberle matado hacía más de ochenta años, se decidió a interpelarle.

—Así que falúa. Bien. ¿Podrías describirnos una falúa?

—Falúa.

—¿Le importaría ser algo más explicito? —intervino Markus.

—Falúa ser… Falúa.

—Pero, ¿Qué es una falúa para tí? Supongo que al menos será un barco, ¿no? —Inquirió de nuevo Sturges.

—¿Un barco? ¡No! Tu loco. Falúa no ser barco. —respondió el malayo divertido.

—Aquí es donde yo quería llegar, Markus. —intervino Sir Archibald— Este hombre acaba de reconocer que lo que quiera que fuese que vio aquella tarde desde luego no era un barco, y por tanto la cuenta se queda en veintidós. ¿No es así, señor Yaomeng? ¿Que vio usted aquel día?

—¡Falúa! ¡Ya dicho mil veces!

—Hermanos, creo que ya se lo que ocurre. Dejadme que trate de arrojar alguna luz sobre nuestras dudas. Sun Yaomeng, hijo de Yaomeng, quiero que me respondas a esta pregunta ¿tu sabes cuantos granos de arena hay en la playa?

—Falúa, padre.

—Ya. Lo que me temía. Y, a ver… ¿sabes donde termina el mar?

—Falúa.

—Creo que está bien claro. — Afirmó satisfecho.

—¡Desde luego que sí! —Repuso Sir Archibald— ¡Este muchacho ve falúas por todas partes! ¡Está obsesionado con ellas! Es seguro que aquel día no vio más que una gaviota pero su mente perturbada….

—Archie, no es eso. —Dijo Catalina— Mucho me temo que falúa significa “no lo sé” en Malayo, ¿No es así, Yaomeng?

—Falúa. —dijo Yaomeng—. ¿Que significar “nou-losé”?

—¡Callad! Hay algo en el horizonte. —Gritó Reinaldo Simoes —. A una cuarta por la amura de estribor.

Todos se volvieron casi de inmediato hacia el mismo lugar, excepto sol de medianoche que nunca se había molestado en aprender aquella jerga marinera, y alcanzaron a ver en el horizonte una lejana mancha blanca que crecía y se acercaba lentamente.

—Ahí tenéis el tifón. Cuanto Martín dice algo, es por algo.

Se quedaron en silencio observando la mancha que poco a poco iba tomando la forma de una columna que se elevaba hacia el cielo.

—Mucho me temo, amigo Martín, que eso no es una nube. A lo mejor hoy contamos el veintitrés.

Bajo la vaporosa columna blanca empezó a emerger sobre la linea del horizonte la silueta oscura, plana, alargada y rematada por torres y extraños salientes de un acorazado de la armada imperial japonesa.

Hola, amigo o amiga: muchas gracias por llegar hasta aquí. Me estoy acostumbrando a incluir mis comentarios y explicaciones al final de los textos, pues así llegan a quienes realmente están destinados y no a toda esa gente que se limita a pulsar el “me gusta” sin tomarse la molestia de leer las entradas siquiera. Que me parece muy bien, pero yo escribo para vosotros, los que leéis de verdad.

Esto que acabas de leer es un experimento que someto a tu juicio: quiero que me ayudes a decidir. La idea básica de esta historia es sencilla, a la par que radical: reinterpretar la idea de Diez Negritos, pero al reves: los protagonistas ya están muertos, y el misterio a resolver es quién los va reviviendo uno a uno, y porqué.

He escrito estas primeras lineas para fijar conceptos y ver las posibilidades de la historia. Me he divertido, como siempre, pero sé que esto tendrá que reescribirse, o directamente desaparecerá si quiero hacer algo decente. Pero tiene su valor: Me ayuda a visualizar la historia, a pensar como encajaría una trama o como sembrar el campo de minas con hechos que, en su momento, serán relevantes para la trama. Por ejemplo, en cuanto empecé a escribir ese dialogo absurdo sobre el recuento de barcos que avistaban, me vino la imagen del acorazado japonés que atracaba en la isla para dejar allí a un par de soldados manejando una estación de radio con el fin de guiar a los cazas hacía Pearl Harbor. Este es el tipo de ideas que busco haciendo este ejercicio de escritura a vuelapluma. Suele dar frutos. Hay algunos resortes más que han hecho click durante el transcurso, y sobre todo hay una parte muy endeble que debería desarrollar mucho mejor.

La idea en sí es muy surrealista. Diez muertos que se matan entre ellos, es decir, que se reviven. ¿Que significa matar, entonces, si en realidad se resucitan y por tanto se hacen un bien, o al menos así lo vemos los vivos? la paradoja es potente, y me encanta. Pero hay que saber materializarla. Puedo hacer que mis muertos sean entrañables como el fantasma de Canterville, o divertidos, o cargar mas sobre la componente de intriga con lo que tendría que caracterizar muy bien los conflictos entre ellos y por tanto recurrir a una mayor dosis de dramatismo, o dejarme arrastrar por la vena surrealista y construir un relato más sugerente pero seguramente con mucho menos recorrido.

Tengo que pensarlo bien y decidir. Me ayudaría tu opinión. Creo que esta idea daría para un relato de entre 10.000 y 15.000 palabras. ¿Qué te parece? ¿Merece la pena el esfuerzo?

Un comentario

  1. Ummmm
    La historia puede tener recorrido pero yo no desvelaria tan pronto que cada uno de los personajes esta enterrado allí….Ni siquiera diría que están muertos…hasta que cada uno se fuera encontrando con su propia tumva/cruz en algún momento determinado del relato….
    El barco que llega….podría ser un “dejavu”… y el nexo de unión de todos los personajes…🙄

    Le gusta a 1 persona

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