Imagino, no imagineo.


En un mundo que se explica en imágenes, uno es más de las mil palabras. Escribir es interpretar más que ver, y me ocurre que lo que creo no lo encuentro nunca en lo que veo.

Escribo. Si la imagen es decir, escribir es explicar. A veces, contar. Siempre, sentir y expresar.

Tal vez por eso no pongo casi nunca imágenes junto a mis textos. Siendo, como son, frágiles y dispersos, las fotos los devorarían sin remedio. Las palabras se esconderían por los rincones de la pantalla acojonadas por el inmenso poder de la imagen. Nadie las encontraria, ni las leería, teniendo tan cómodo y eficaz sustituto a su lado.

De hecho casi nadie las lee, pero ese es otro devenir.

Escribo, si. Insisto en mi idea a pesar de todo. Si la pluma es más fuerte que la espada, sea tambien el teclado más poderoso que la cámara.

Si crear una imagen está al alcance de cualquiera, aparato en mano, imaginar, que es algo bien distinto, queda para solo unos pocos. Y ponerlo por escrito adquiere tintes de proeza.

Cuestión distinta es que lo escrito merezca la pena. A lo mío, maldita sea mi estampa, cualquier imagen lo sobrepuja. Pero es solo el camino, que de horizontes no se alimentan los pasos. Y, en cualquier caso, nunca quise que lo importante fuera llegar.

Escribir. ¿Lo ves o te lo imaginas? Esa es la diferencia que mantiene este bendito oficio de locos.

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