La creación.


Estas todo el tiempo pensando. Mil ideas. No puedes evitarlo, es así como funciona. A veces observas con tanta intensidad que respirar se vuelve un acto consciente. Algo ocurre, algo que te cabrea, o te conmueve, o piensas que te deja indiferente pero después vuelves a pensarlo, una y otra vez, hasta que te obsesiona y dejas que ocupe tu mente por completo. Tratas de asociarlo, buscas referencias, lo anclas de alguna manera a algo de todo eso que ya sabias y entonces… se esfuma. No sirve. O ya estaba escrito, o no merece estar escrito. Vuelta a empezar. A mirar aqui y allá, a revolver esto o aquello otro. Lees. Buscas. Sigues. Nada.

Pobre idiota. El proceso creativo no es encontrar una aguja en un pajar, es sentarte sobre la paja y clavártela en el culo.

Porque la idea llega sin avisar, cuando no lo esperas, como un pensamiento fugaz y a veces absurdo sobre un acontecimiento que pasa casi desapercibido. No deja señales, no crea ondas en el lago. Pero esta ahí y te despierta a mitad de la jodida noche.

Y ya no puedes dormir, ni pensar, ni descansar hasta que la atrapas, la dominas, y es entonces cuando como un dios desterrado y patético vuelves a cometer ese acto abominable de la creación.

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