Oscuridad Primordial.


Señoras y señores miembros de la real academia de física aplicada.

Me presento ante ustedes con el relato de unos hechos extraordinarios de los que, para mi desgracia, carezco de toda prueba. Cuento tan solo con el recuerdo de los extraños acontecimientos que me llevaron a vivir una experiencia que altera de forma radical cuanto conocemos hoy del espacio-tiempo. No puedo aportar más evidencia que mi palabra, ni más argumento que mi propia memoria.

Pero la relevancia de estos hechos y, por encima de ellos, las conclusiones que se derivan del conocimiento que llegué a rozar con mis dedos en esas pocas horas, son base suficiente para asumir esta exposición con las manos vacías. Soy consciente de que al hacerlo pongo en entredicho mi prestigio y toda mi trayectoria de años estudiando, analizando y experimentando con la teoría especial de la relatividad. La historia que van a conocer más que científica es humana, su urdimbre más que matemática es poética y sus manifestaciones, que aún hoy, meses mas tarde, no dejan de causarme el más profundo estupor, más que físicas pertenecen al terreno de la metafísica.

Señoras y señores, no espero que me crean. Tan solo les ruego que me escuchen.

De común asociamos el despertar con la luz. Pasamos del sueño a la vigilia cuando nuestros sentidos nos reconectan con el mundo real, y es la vista, quizás el más evolucionado de todos ellos, la que suele culminar el proceso. Despertar en la más completa oscuridad se convierte, por tanto, en una experiencia anómala y desconcertante. Si a ello añadimos la ausencia total de mensajes de los demás sentidos en la que me encontré, pueden comprender que mi despertar en aquel momento se limitó a recuperar progresivamente la actividad intelectual.

En ese momento cero del que arrancan todos mis recuerdos, la primera sensación fue volver a pensar. Mi cerebro, consciente poco a poco de si mismo, buscó con desesperación el más insignificante mensaje de cualquiera de los sentidos. Solo así podría reubicarme, saber dónde y cómo estaba, hacerme cargo de la situación. Pero mis sentidos seguían embotados y yo no lograba entender por qué. Me sentí perdido y extraño, sumido en un oscuro vacío de sensaciones que me abrumaba y me impedía tomar consciencia de cuestiones aún más trascendentales.

Pues, como terminé descubriendo con horror, tampoco era consciente de mi cuerpo. Carecía también de ese otra conexión con lo físico que nos permite sentir nuestro propio cuerpo, ese sentido engañoso que hace que las personas que han sufrido una amputación siguen percibiendo el miembro perdido. Aún peor, abrumado por estas tribulaciones, ni tan siquiera me había dado cuenta de que no estaba respirando.

Este descubrimiento devastador llegó a mí sin la más mínima sensación de asfixia, sin espasmos, sin ahogos, sin esa angustia que parece sentir los que mueren ahogados. Sencillamente no respiraba y a mi cuerpo, si es que lo tenía, parecía no importarle lo más mínimo. Pero mi mente, tremendamente condicionada por toda una existencia dependiendo del aire para vivir, se rebelaba contra esa carencia fundamental. No podía respirar, no podía enviarle órdenes a los pulmones o a los músculos, y no podía hacer nada para procurarme el oxígeno que nos insufla la vida. Entré en pánico.

Si realmente existe eso que los filósofos y los poetas llaman alma, en aquellos primeros momentos yo no era más que un alma, un alma desconcertada, desorientada e irremediablemente perdida.

Mi propia supervivencia fue la prueba definitiva de que no iba a desaparecer. Ajeno aún al mundo exterior, poco a poco fui recuperando la calma y empecé a buscar información en la única conexión que mantenía con el mundo: mi memoria. Traté de recordar. ¿Qué me había conducido a ese estado? ¿Qué había podido forzar una transformación tan radical? ¿Qué podía causar tal estado de desconexión de una mente con el mundo físico?

Mi mente se fue calmando y los recuerdos empezaron a aflorar. Dispersos e inconexos, tremendamente difusos, se abrieron paso a mi consciencia. Puede que el la desconexión no fuera más que un embotamiento del sistema nervioso. Puede que eso se debiera a alguna disfunción, o a cierto tipo de… intoxicación. Si, recordé haber bebibo hacía poco tiempo.

Pero no tenía dolor de cabeza, ni sentía la boca reseca. Más, ¿Como iba a experimentar estos síntomas si en realidad no podía sentir nada?

Tal vez los estragos de la bebida eran más fuertes de lo que creía. Tal vez estaba en una especie de coma etílico, por mucho que yo jamás había sido dado a abusar del alcohol.

Dedos.

El mensaje se abrió paso en mi mente como un rayo de luz entre las nubes. Sentía algo parecido a… dedos. Me aferré a ese contacto con la realidad, y probé a enviarles mensajes, a tratar de mover mis recién recuperados dedos. Y respondieron. De forma muy tosca, como si tuviera que cortocircuitar el nervio apropiado para enviar la orden al músculo, logré flexionar un pulgar. Y después el otro. Al poco tiempo ya había recuperado parte de la movilidad, y los dedos empezaron a enviarme más mensajes.

Calor.

Las yemas de mis dedos me devolvieron el calor de lo que no podía ser más que la palma de mi mano. Suavidad. Piel. Los mensajes empezaron a llegar en cascada.

Sentí las manos, y los brazos. Traté de moverlos y poco a poco fueron respondiendo. El proceso volvió a ser casi inconsciente. Mi cuerpo se estaba despertando. Y yo seguía sin respirar.

Mientras volvía a percibir mi cuerpo poco a poco los recuerdos aparecían con más claridad. Había bebido bastante. Luces. Música. Colores, colores en movimiento. Sensaciones extrañas, atípicas, que no encajaban en… ¿un laboratorio? ¡Mi laboratorio! Era una especie de fiesta. Había una mujer, cerca, muy cerca. Aquella cara, tantas veces vista, tan cotidiana, y sin embargo los ojos eran diferentes. No era por el rimmel. ¿Que los hacía distintos? Tal vez… deseo. Si. Había deseo en aquellos ojos brillantes.

Piernas.

Piernas leves, torpes y encogidas. Ya me las podía tocar con mis manos, aunque aún no las podía mover con destreza. Por más que lo intentaba, los movimientos eran lentos, como si algo los frenara. Era una extraña sensación que no lograba recordar.

Mis sentidos se iban recuperando a la par que mi memoria, y en este punto fui capaz de deducir que si hubiera bebido tanto los síntomas de la resaca deberían estar apareciendo. Recordaba haber tomado una copa o dos, no más. La segunda con aquella mujer, ¡Ellen!, ahora podía recordarla. Ellen, compañera de tantos años y sin embargo nunca me había fijado en ella como mujer, no como la pasada noche.

Cálido. Suave.

Mis dedos habían rozado algo. Algo que no era mío, o que al menos no podía sentir. Algo que no era piel, pero lo parecía. Algo que absorbió el leve empuje de mi mano con cierta elasticidad. Tenía que volver a tocarlo, pero mis brazos todavía estaban como dormidos, no podía hacerme con ellos.

Mis brazos, los mismos que había colocado alrededor del cuello de Ellen. Sentí de nuevo sus labios en los míos, esa sensación arrebatadora y fugaz de un largo y cálido beso culpable. Su risa volvió a mis oídos, y sus manos a mi piel. ¿Realmente había hecho el amor con ella en el laboratorio? Jamás podría creerlo, aunque llegara a recordarlo. Tal vez solo había sido un juego. Su imagen sonriente, bailando, con una copa en la mano, volvía una y otra vez. Me veía a mi mismo siguiéndola hasta el laboratorio, atrapado por el inusual contoneo de aquellas académicas caderas que nunca antes se habían revelado ante la esclavitud de su perenne bata blanca.

La seguí al laboratorio, mi sancta santorum, dispuesto a demoler cualquier principio y saltarme cualquier norma con tal de apresar con mis manos aquellas caderas.

Latidos.

¿Habría podido ese tórrido recuerdo reactivar mi aletargado corazón? Podía sentir mis latidos. No sabía si los oía, o si sencillamente se transmitían por todo mi cuerpo como una vibración. La cuestión es que latía, lento y cadencioso, y aquellos sístoles y diástoles terminaron de atarme a la realidad, por mucho que la inexplicable quietud de mis pulmones me recordara a cada paso que podía estar inmerso en una lóbrega pesadilla.

No sabía que podía estar ocurriendo en mi pecho, pero tenía una forma de averiguarlo. Si lograba controlar el movimiento de mis brazos y mis manos tal vez pudiera comprobar si mi pecho se expandía. Era tan extraño no poder respirar como no poder saber si estaba respirando. Y esas manos tan torpes, tan solo una sombra de los que hasta no hace mucho manipulaban teclados, y mecanismos, y construían maquetas y manipulaban dispositivos.

Ellen en la silla. En mi silla. Abrumada y sorprendida. Nunca antes había estado allí, y yo jamás había hablado tanto de mi trabajo. Sus ojos me miraban sonrientes, y su cuerpo seguía bailando sobre mi silla giratoria que de vez en cuando describía alguna orbita alocada. Había logrado impresionarla, pero su curiosidad parecía no tener límite. Tampoco lo tenía mi pasión.

Mis manos iban respondiendo cada vez mejor, pero seguían siendo torpes y lentas. No lograba tocarme el pecho, se enredaban o tropezaban o golpeaban mi barriga y mis piernas. Me sentía ingrávido y leve, pero torpe, y muy perdido en la oscuridad. El temor me envolvía una y otra vez. Tal vez había alguien más, alguien que pudiera ayudarme, pero no podía gritar: para eso hace falta aire.

Estaba dispuesto a cualquier cosa por Ellen, incluso a enseñarle la caja de traslación temporal, el ultimo experimento de física relativista que desarrollábamos en el mayor de los secretos. Era un placer poder hablar para alguien que podía entenderme, alguien que conocía las ecuaciones casi tan bien como yo, alguien que no protestaba por mi jerga ni me decía que era un pelmazo insufrible.

Logré agarrarme a aquella cosa en la que se enredaban mis manos. Cálida y suave, alargada, estrecha, me puse a palparla.

Ellen. ¿Por qué no me había fijado nunca en ella? La risa casi me hizo caer mientras me metía dentro de la caja y una vez dentro, en cuclillas, gritamos y reímos juntos como niños jugando al escondite.

El extraño tubo se extendía hasta un lugar que no podía alcanzar. Decidí averiguar donde terminaba el otro extremo.

Recuerdo que le dije entre carcajadas que a los señores no se les pregunta la edad mientras manipulaba los controles, pero no podía negarle nada. Terminé diciéndole hasta mi fecha de nacimiento.

El tubo terminaba en el centro de mi barriga.

Ellen se desvaneció, junto con el laboratorio, en un poderoso vórtice oscuro.

Esta es mi participación en el reto VadeReto de JascNet del mes de febrero. En este caso nos propone:

“El protagonista de vuestra historia se despierta y se da cuenta que está en un lugar oscuro, desconocido y, aparentemente, encerrado. Muchas preguntas le explotan en el cerebro sin compasión:

¿Dónde está? ¿Cómo ha llegado allí? ¿Quién lo ha encerrado? ¿Por qué? …

Cread vuestra historia de forma que deis respuestas a todos las preguntas o solo a las que creáis oportunas. Tenéis plena libertad de creación: personaje, género, ambientación…”.

Como veis, yo me he tomado bastantes libertades, y creo que me ha dado algo de pereza eso de dar todas las respuestas: esta historia pedía a gritos un final abierto.

Por cierto: voy a tomar por costumbre contar la música que uso de fondo mientras escribo cada texto. En este caso han sido los conciertos de piano números 2 y 4 de Rachmaninov.

3 Comentarios

  1. Enhorabuena, Isra. Hablabas de no sé qué listón. Para mí es un relato maravilloso. Muy bueno.
    Me has hecho sentir lo mismo que el protagonista y, ya sabes, no soy claustrofóbico o tal vez sí, pero eso de la caja… No lo he pasado muy bien. Lo has hecho tremendamente real.
    Comentarte dos cosas muy curiosas.
    En la redacción me has recordado dos imágenes. Una, la que precede a la aventura en “El Mundo Perdido” de Conan Doyle, dónde el científico intenta explicarle al congreso lo que ha descubierto. La otra, “El Vagabundo de las Estrellas” de Jack London. Aquí, el protagonista tiene sensaciones como las que cuentas y, mientras está maniatado en una camisa de fuerza, se evade de su cuerpo para viajar por el espacio y el tiempo. Ni que decir tiene, que me han encantado tus referencias. Aunque no las hayas hecho intencionadamente.
    La segunda cosa, es que la idea que primero me surgió para mi relato no distaba mucho de la tuya. Una persona que se encuentra en la caja y empieza a sentir su cuerpo, con la grandísima diferencia de que, al final, descubre que está enterrado vivo. Por supuesto, descarté esta opción. Era demasiado para mi cordura.
    Lo dicho, Isra. Cada vez te superas más y ya no me encuentro capacitado para hacerte ninguna crítica. Simplemente disfrutar de tus historias.
    Muchísimas gracias por tu nueva participación en el VadeReto.
    Un abrazo.

    Le gusta a 2 personas

    1. Muchas gracias de nuevo. Mi respuesta está en tu blog, donde debe estar, pues es ahí donde todos participamos y donde gracias a ti encontramos el espacio para exponer nuestras propuestas y comentarlas.
      De paso, como la mayoría de quienes leen esto son escritores, les ánimo a visitar tu blog y tomar parte en este reto tan estimulante.
      Un abrazo!!

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