Despertares


1.

El sol mortecino de la ciudad le sorprendió mirando al techo. Es curioso como un pensamiento inquietante, cocinado tras unas horas de insomnio, puede llegar a convertirse en obsesivo. Estela le había hecho el comentario entre copas la noche anterior: Hablando por hablar —obligado preludio— surgió el nombre de Rosa. ¿Sería aquella su Rosa? Había cientos, miles, en la ciudad. En aquel momento Rosa siguió siendo poco más que un nombre dormido, algo menos que un recuerdo bien amortizado.

Más tarde, durante esos minutos lánguidos que son la resaca que deja la marea de la pasión, Alejandro le supo arrancar a su amante más detalles. No necesito mucho para confirma que era Rosa, su Rosa, sin duda alguna. Y ya no dejó de pensar en ella.

Devuelta a su vida como un resto del predecible naufragio que dormía a su lado esa noche. Rosa, una más de sus Incontables pasiones fugaces, pero distinta, y por alguna razón que nunca llegó a comprender, especial. ¿Por qué ahora? ¿A qué se debía esta inquietud? Alejandro, el que nunca tuvo problemas para llenar el vacío de su cama, acababa de descubrir una oquedad ancestral en su interior, una sima profunda a la que nunca se había atrevido a asomarse.

No halló respuestas en el cielo de yeso de su apartamento. Solo tenía recuerdos. Rosa era lo más cerca que él había estado nunca de enamorarse. Por suerte, lo descubrió demasiado tarde. O tal vez fue que ella entró y salió de su vida sin darle tiempo a nada, ni tan siquiera a un triste desayuno: A diferencia de todas las demás, Rosa se fue antes de que él deseara que se fuera.

Puede que su orgullo herido tendiera entonces un velo que le impidiera apreciarla, o puede que el amargo sabor de ese desdén, el mismo que Alejandro tanto prodigaba a sus conquistas, le ocultara por un tiempo la emoción frustrante de haber conocido y perdido en solo una noche a la horma de su zapato.

El amago de una caricia tan previsible como inútil le hizo saltar como un resorte hacia la ducha. No estaba para segundas partes.

2.

Alejandro tenía ciertos códigos. Uno de ellos determinaba el final de cualquiera de sus amoríos: Llegaba cuando la chica ya sabía donde estaban las tazas, las cucharillas y el café. Sin embargo Estela aún podía serle provechosa. Estela, graciosa pero anodina, entregada pero cargada de remilgos, resultona, sí, pero del montón. Podría soportarlo un poco más, era un magro precio por unas cuantas respuestas.

-Rosa por aquí, Rosa por allá, ¿A qué viene tanto interés?

La sutileza y el tacto fueron herencia de su padre, junto a las rentas, el apartamento, un par de coches y todos esos malditos años de internado. De su madre apenas conservaba algo de sentido común. Pero sabía como sonsacar a una pobre chica enamorada.

—Vaya, vaya, ¿no te estarás poniendo celosa?

—¿Yo? —rió despechada— ¿Qué tendría que temer yo de esa? No es tu tipo, Alex. Además, tiene mochila: Un crío de unos ocho o nueve años —volvió a reir—, ¡no te veo a tí llevándole el bocadillo!

Llamarle Alex era una afrenta aún más seria que apoderarse de su escasa vajilla de soltero. Estuvo tentado de darle la partada en ese mismo instante, sin dejar siquera que se terminara la tostada, pero todavía la necesitaba. Se levantó y fue a cambiarse para aislarse de su cháchara insoportable.

El espejo le devolvió algo de su padre, justo cuando se ajustaba la corbata haciendo un windsor casi perfecto. ¿Así que Rosa tenía un hijo? Eso lo cambiaba todo. Tal vez había un marido, o una pareja, o algo. Eso lo hacía todo más complejo, desde luego más inútil, y posiblemente más… interesante.

Lo decidiría de camino al trabajo. Ahora tenía unas ilusiones que destruir.

Me ha costado. Y mucho. Por eso he parado estos días. Tenía que pensar y replantearme la historia.

Podría haberla continuado desde el punto en que la dejé, y desarrollar los acontecimientos que surgirán de ese encuentro. Pero sabía que faltaba algo: El antagonista, Alejandro, no era más que una sombra, un personaje al que solo me había referido de forma indirecta. Y yo soy muy de villanos. ¿Me había olvidado de construir al malo? No, estaba ahí, pero el caso es que no os lo había contado.

El riesgo era asumir este paso atrás. Reiniciar el tiempo narrativo para recorrer un camino paralelo al de Rosa. Un camino que por una parte desvela incógnitas que tenía reservadas para más adelante, pero ese es el precio a pagar por introducir otras nuevas, y sobre todo por ofreceros a un buen villano, o al menos alguien que lo parezca.

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