14 de febrero, San Vital.


Como yo descreo del amor de calendario, ese que marca algunos días en rojo en detrimento de la inmensa mayoría que se quedan en negro, para mi San Valentin es uno más de los santos del día.

De todo lo que trae hoy el santoral me atrae mucho más San Vital, sobre todo porque ese nombre tan peculiar concuerda con mi filosofía personal: amo la vida, un don primordial que deberíamos agradecer a cada instante. Soy un vitalista acérrimo.

Soy de regalos sin motivo, y de motivos sin regalo. De hecho, es raro que regale algo que se pueda comprar. Regalo otro tipo de cosas. Alegría, por ejemplo, con la que ocurre algo curioso: cuanta más das, más tienes. Regalo tiempo, mi bien más preciado, a quien veo que lo necesita. Afecto, sin medida, y no porque después me venga de vuelta, sino porque me sobra y seria una pena que se desperdiciase. Regalo palabras, y no me refiero a estas, sino a un buenos días, un por favor, un que guapa estás hoy o un como me alegro de verte. Si, soy un charlatán. Y me encanta serlo.

¿Hace falta que sea un día concreto para tener un detalle? Yo creo que no. Hay un día de los enamorados, a mayor gloria de los centros comerciales, pero no existe un día de la vida, siendo el principio y causa de todo cuanto sentimos, hacemos o pensamos. Para mi, todos los días son el día de la Vida, sea San Vital o no, y en todos ellos encuentro motivos para hacer ese tipo de regalos.

Eso sí, en cuanto a lo material tengo menos detalles que un Seat Panda. Lo siento, yo no compro afectos: no seria lo mismo.

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