Día de reunión.


1.

Rosa nunca llevaba bolso. Dejó las llaves del coche sobre la mesa, junto a su móvil, y cogió con desparpajo la circular que su compañera de pupitre tenía ante ella para echarle un rápido vistazo. Lo mismo de siempre. Subida de la cuota del ampa, falta de presupuesto para algunas extraescolares, y el eterno turno de ruegos y preguntas. No tenia tiempo para eso.

Las seis y cuarto, y esa extraña sensación de volver a la infancia: las mesas, las sillas, las perchas con las fotos de los críos, la pizarra, y también todos esos niños calvos y cuarentones, que más parecían abuelos que padres, y que venían con sus chistes sin gracia a destruir el encanto del momento. ¿Es que no iba a empezar nunca?

La siguiente media hora fue, en efecto, lo de siempre. Pero al final había algo más.

-Antes de concluir querría poneros en aviso de una situación que hemos observado. Desde hace alguna semanas hay un hombre rondando por el exterior del colegio a la hora del recreo.

Maria Antonia, tutora de tercero de primaria, tuvo que subir el tono de voz para sobreponerse a los murmullos.

-Perdonad. ¡Calmaos! No queremos generar alarma. Ya hemos dado aviso a la policía local que le está haciendo seguimiento a ese extraño. Precisamente ellos nos han pedido vuestra colaboración. Queremos que extreméis las precauciones con los niños. Insistidles en que no confíen en extraños. Tratad de ser puntuales a la hora de recogerlos. Vamos a controlar las entradas y salidas; si enviáis a alguien a recogerlos ya sabéis que tenéis que comunicarlo a secretaría o hacerle una autorización.

Las preguntas se sucedían, unas sobre otras, pero Maria Antonia no tenía respuestas, o no se atrevía a darlas.

Las siete y media, y un whatsapp de su hermana, “Le hago cena a alvarito? t queda muxo?“, vino a avisarla de que iba a perderse su momento favorito del día. Malditas reuniones, malditas madres histéricas, malditos padres envalentonados y malditos profesores paranoicos. Seguro que solo se trataba de algún vagabundo aburrido. Pero no podía irse, no en medio de aquel alboroto. Al menos, no debía.

Pocos instantes más tarde cogió las llaves del coche. Lo bueno de no llevar bolso era que no perdía tiempo buscándolas.

2.

Le preguntó a Álvaro cómo había cenado. Al no recibir respuesta desde el asiento trasero supo que ya se había dormido. No fallaba: Había noches en que no aguantaba despierto ni tres semáforos. Vaya. Ahora tocaba llevarlo en brazos y después bajar a por la compra. Pronto ya no podría cargar con él. Crecía a días vista. Era de los más altos de clase. Verle crecer sano, despierto y alegre hacia que todo tuviera sentido. Su Álvaro. Inteligente y a la vez travieso. ¿Nadie había estudiado nunca la relación entre esas dos cualidades? Daría para varias tesis.

La puerta del garaje se abrió para que el sótano engullera otro utilitario más. Aparcó con destreza y después de hacer varios trayectos en ascensor, colocar la compra, quitarse las bailarinas pisando talón con punta y hacerlas volar a su dormitorio, contar un viejo cuento casi sin público, colarse dentro de un pijama de aspecto más desalentador que el escaparate de una ortopedia y dejarse caer en el sofá fingiendo un elaborado desmayo que nadie podría admirar, Rosa se permitió saborear un vaso de leche recién salida del microondas mientras disfrutaba de la agotadora felicidad por la que tanto había luchado.

Pensó en el vagabundo, un pobre diablo desahuciado de afectos que tal vez se paseaba por el colegio solo para meterse un buen chute de humanidad escuchando los gritos y las risas de los niños. Y pensó también en aquellos padres temerosos y escandalizados, el tipo de gente que juzgaba a los demás según sus propias taras, gente que veía siempre lo peor en los otros, gente con la que tenía que vivir, rozarse y socializar porque Alvaro iba a los cumpleaños de sus hijos, gente que la trataba con condescendencia, que de perfil la miraban con compasión y por detrás murmuraban porque, a pesar de todo lo que había cambiado la sociedad, ella siempre sería una madre soltera.

Se dijo, como tantas otras veces, ¡a la mierda!, y se enterró en un buen libro mientras llegaba el momento de disponer de su ración cotidiana de horas de sueño, que aunque eran solo seis en invierno, después subían a seis en verano. Así era Rosa, haciendo siempre de la necesidad virtud, y tan ligera de artificio que ni siquiera necesitaba bolso.

(Compañera, ¡esta vez sé como termina!)

3 Comentarios

    1. Muchas gracias. Podría ser el principio de una historia, si consigo encajar las piezas en un argumento más extenso. Falta introducir algunos personajes más e iniciar una segunda trama, espero tener tiempo después del lavar al perrete, que ya va pareciendo una mopa vieja…🤣

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