El último gran baobab.


Quedaban ya pocos, muy pocos baobab. Morían sin motivo. Sin causa alguna que los sabios alcanzaran a comprender. Se iban en silencio, sin estrépito, sin molestar. Los pájaros mudaron sus nidos. La lluvia del trópico se llevó sus raíces. La sabana se fue convirtiendo en un cementerio de sombras derrumbadas.

El último rompedor de horizontes languidecía sin remedio en el corazón de Africa. Desde hacia varias estaciones no caían semillas de sus ramas. Sus grandes flores blancas solo existían ya en la memoria. Su tronco, testigo de tantos de amaneceres, apenas resistía el peso de los siglos.

El leopardo, tendido sobre su rama preferida, le clavaba a veces las garras para intentar sacarlo del letargo. Pero ya apenas brotaba savia de la piel de su viejo amigo. Tal vez era el signo de los tiempos. Tal vez ya no quedaba lugar para ellos en el mundo de los hombres. Tal vez era momento de partir.

Una mañana llegaron aquellos hombres. Huyó obedeciendo a su instinto. Desde la distancia el felino los vio medir, cortar, podar, inyectar y abonar. Trajeron máquinas, cámaras y toda suerte de extraños aparatos. No podía comprender lo que hacían, pero sabía que era tarde para eso. Demasiado tarde.

Volvió al baobab al ponerse el sol. Olfateó el viento buscando el rastro de los humanos. Estaban lejos ya. Miró las señales que habían dejado en el tronco, el suelo y las ramas. Cortes. Hendiduras. Instrumentos. Muestras. Subió de nuevo a su rama e hincó sus garras en el tronco, con tal fuerza esta vez que se desprendió un trozo de corteza. El tronco, desnudo ante él, estaba seco. Sin savia. Sin agua. Sin vida.

Saltó entonces sobre las ramas una, y otra, y otra vez más, tratando con desesperación de obtener una respuesta, de buscar un atisbo de vida en el viejo árbol. Solo logró arrancarle al baobab un crujido de madera podrida. Todo estaba perdido ya. Se dejó caer sobre el que había sido su lecho durante tanto tiempo y dejó que la noche le venciera.

Soñó con el viento, con la lluvia torrencial chorreando por las hojas, con la sombra que le cobijaba en los ardientes días del estío, con las presas que había devorado a los pies del baobab y las largas digestiones que había dormitado despues, encaramado en aquella rama que había sido su hogar.

Le despertó el estampido. Cayó sin poder evitarlo. La rama, quebrada en el suelo bajo su cuerpo, había amortiguado el golpe. Miró asustado hacia arriba y pudo ver el tronco del baobab desgarrado allí donde se había roto la rama, su rama. Vio las hojas resecas cayendo aún con levedad sobre su cabeza. Escuchó entonces el segundo disparo y salió huyendo, corriendo con todas sus energías.

Corrió por su vida. Corrió como alma que lleva el viento sin concederse siquiera un instante para poder despedirse de su viejo amigo, el viejo baobab moribundo que acababa de quebrarse para salvarle de ese certero fusil.

Dedicado a todos esos grandes momentos que he podido disfrutar leyendo a Rudyard Kipling.

3 Comentarios

  1. Ah, pues sí, que es un leopardo, jaja. Gracias a ti por tu cuento; y gracias también por las relecturas, entre tanto por leer. Por cierto, he quedado dándole vueltas a las tres islas que me llevaría, (tantas que no te comenté), pero ya me doy el salto por allá.

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  2. Un relato entrañable, Isra! El drama de la muerte de un baobab, del último… Muy ingenioso cómo logras hacer actuar al protagonista del relato, mediante la oblicuidad de sus acciones con el tigre, tal un personaje reflejo, digamos. Es interesante también cómo tigre y, al menos los primeros hombres ajenos al disparo, revierten sus lugares comunes de antagonistas en los cuentos sobre la naturaleza. Antes bien, se hace más interesante cómo la antagonista es ella misma, con su irremediable “peso de los siglos”. Árbol y naturaleza, o la naturalidad de la muerte, son protagonista y, dicho mal, antagonista, respectivamente; porque en realidad, salvo los responsables del disparo innatural, el conflicto del relato es el drama irremediable de la muerte, algo que el tigre ya sabe mucho antes que los abonos. Muy bien contado! Gracias! Abrazo.

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    1. Los textos tienen distintas lecturas, incluso para quien lo ha escrito, que a veces no percibe una visión hasta que se la hacen ver! La historia nace de un asunto real, los grandes baobab están desapareciendo, sin causa aparente. Quise contar una historia de amistad, y de entrega. Hice, creo que sin darme cuenta, más humanos al leopardo, o tigre que eso da igual, y al baobab que a los humanos que aparecen en la historia, los que curan y los que matan (la suprema contradicción de nuestra especie). El conflicto es la muerte, sin duda, y veo ahora este juego de antagonismos gracias a ti, y ese intercambio de roles que no era intencionado, sino espontaneo: salió así, sin más. Aprendo más de tus comentarios que de mis propios análisis, no sabes cómo te agradezco que me enseñes! Ah, todavía estoy dándole vueltas a tu escrito sobre José Marti, necesito leerlo más a fondo, perdona que no lo comente, pero lo estoy leyendo y leyendo para sacarle todo el jugo. Enhorabuena, enseñas, y eso vale oro.

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