Doble personalidad.


Hans el carnicero se tomaba muy en serio su tarea. Tras secuestrar a sus victimas en callejones oscuros o lugares abandonados, amparado en las sombras, las trasladaba a una nave abandonada. Alli, con destreza y oficio, las sometía a toda clase de torturas y vejaciones. Las insultaba con bastante atino, abusaba de ellas con meticulosidad, las maltrataba y mutilaba con sutil destreza y, haciendo gala de su gran creatividad, las hacia sufrir de mil formas distintas antes de asesinarlas y descuartizarlas.

El carnicero de Boston, como pronto le bautizaron los medios más sensacionalistas, escogía a sus víctimas en lo más profundo de la noche, sin seguir un patrón determinado. Mujeres, hombres, niños a veces. Rara era la mañana en que los periódicos no traían otra de sus atrocidades en primera página.

La policía redobló la vigilancia; poco a poco el miedo se extendió entre la población, rozando cotas de psicosis colectiva. Los crímenes se sucedían, noche tras noche, sin que nada ni nadie pudiera impedirlo. La fama del carnicero de Boston se extendió por toda la nación. En pocas semanas la repercusión de sus actos alcanzó tal extremo que llegaron a organizarse visitas guiadas por los lugares donde habían aparecido sus víctimas. Boston tenía una nueva estrella.

Pero nadie en la ciudad pudo sospechar que tras Hans el carnicero, el popular criminal, se pudiera esconder una personalidad oculta tan cargada de odio, maldad y depravación.

Tras su detención, cuando la policía desveló los detalles de su doble vida, la población horrorizada formó un gran tumulto ante la comisaria donde le tenían preso. Faltó muy poco para que la turba asaltara las celdas y lo ajusticiara allí mismo, encolerizada al conocer que Hans, su afamado asesino en serie, se transformaba durante el día en una persona radicalmente distinta, un perturbado de conducta execrable e increíblemente abyecta que, bajo el nombre de Eric Dermann, vivía oculto entre ellos, integrado en la sociedad y protegido por el anonimato.

Los medios se comunicación se cebaron con los detalles de tan escabrosa doble personalidad. Eric Derman, de aspecto insulso y ademán exquisito, un sujeto de apariencia anodina e inofensiva, se dedicaba en realidad a pergeñar los actos más atroces, recreándose en el dolor y el sufrimiento de cuantos desgraciados caían entre sus garras. El ministerio fiscal no dudó en pedir para él la pena capital.

De nada sirvió el profundo arrepentimiento de Hans al conocer las atrocidades que cometía su otro yo, el depravado Eric, ni el sincero horror que demostró cuando los jueces le enfrentaron ante la magnitud de todos los actos terroríficos y los bárbaros crímenes que llevaba a cabo a la luz del día, cuando se transformaba en Eric Dermann, inspector de hacienda.

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