La extraña puerta mágica.


Son muy comunes en la literatura y el cine las situaciones donde los personajes se ven transportados a una realidad distinta, ya sea una dimensión paralela, un mundo oculto bajo/en/tras el nuestro o un extraño universo de fantasía. Hay mil y una variaciones sobre el tema que forman parte de nuestro imaginario colectivo: Todavía quedan bastantes personas que leen. Hollywood se ocupa del resto.

Para armar estas tramas los autores necesitan de dos elementos. Por un lado, anclar su historia a la realidad: Ofrecernos personajes comunes con los que nos podemos identificar y que, sacados de su contexto, podrán vivir aventuras y ser objeto de sucesos extraordinarios. Sin eso no habría historia.

Por otro lado, necesitan pergeñar un medio para extraerlos de la realidad y trasladarlos a ese lugar fantástico. El medio escogido materializa entonces la conexión entre ambos mundos y debe ser por tanto un elemento común y conocido, algo que cualquiera puede tener en su casa, pero que por alguna rara circunstancia (que a veces tienen el detalle de intentar explicarnos) se convierte en la frontera entre lo mágico y lo real, una puerta a otro mundo, un billete de ida a la fantasía.

Este simpar objeto puede ser, por ejemplo, un armario, pero puede ser también un espejo, o una ventana, o un DeLorean, o una biblioteca, o una estación de tren o la madriguera de un conejo. Puede ser tan evidente como una máquina del tiempo con sus enormes rodamientos y sus resplandecientes indicadores o puede ser tan insospechado como un pedazo de ámbar con un mosquito dentro.

Siendo tan grande la aceptación de este tipo de historias y tan variopinto el gusto de sus autores a la hora de escoger transporte para los mundos que imagina, bien pareciera que ya no queda objeto de uso cotidiano que no haya sido convertido alguna vez en puerta mágica.

Vaya. ¿Qué ocurre entonces con los inodoros?

Después de apurar el café en rápidos sorbos, Thomas Spitford desfiló por la raída alfombra del pasillo con el periódico apresado como un tesoro bajo el brazo. Tommy acudía a su cita matinal con el excusado. Tan puntual como el cambio de guardia en Buckingham, y no menos ceremonioso.

Tras asegurarse de que el pestillo estaba bien cerrado, colocó el diario en cuidado equilibrio sobre el borde del lavabo y se asomó al espejo para asegurarse de seguir allí desde la ultima vez que se vio. Una vez cumplida esta inútil manera de pasar lista, se bajó los pantalones hasta los tobillos —en ocasiones la costumbre puede más que el invierno— y consintió que sus posaderas descansaran sobre la helada superficie de la porcelana.

Como quiera que su vientre le anunciaba ese día una descarga rápida, suave y sin demasiado artificio, Tommy abrió el Times por las páginas de sucesos y se dispuso a comprobar, una vez más, que asomarse a lo peor del ser humano le hacía valorar aún más lo poco que poseía.

comprobaron que el cuerpo de la anciana señora Mayers presentaba varias heridas de arma blanca en la espalda que, según fuentes consultadas de Scotland Yard, fueron sin duda la causa del suicidio. Se especula, sin embargo, con...

“Pobre vieja, verse así, tan sola que ella lo tuvo que hacer todo” — pensó Tommy. Mientras tanto, un oscuro rincón de su conciencia victoriana se preguntaba, como cada mañana, si las placenteras contracciones que le llegaban desde su hemisferio sur no le acabarían granjeando un pasaporte al infierno. Mas descartó esa idea y volvió a su obra, tantas veces representada, que se acercaba ya al tercer acto.

Dejó reposar el diario sobre sus piernas, clavó los codos sobre las rodillas, prensando la prensa, y se concentró en terminar su actuación, olvidado ya de aquellas divagaciones. Conocía bien su guión y se aprestó a seguirlo. Tomó aire, cerró los ojos y se puso en situación. Esto merece explicación: Tommy tenía sus propios recursos para todo; en el caso concreto de esta actuación matutina solía recurrir, como los actores del método, a pensamientos que le ayudaban a ponerse en situación y potenciar sus dotes interpretativas.

—¡Esta, por los whigs!

Sublime, pensó mientras se acercaba al clímax, pero el esfuerzo, cada vez menos gratificante, se vio truncado de repente por una extraña sensación. La porcelana se clavó en su muslos. Sus pies se alzaron por sí solos, pese a llevar aquellos grilletes de algodón y percal. Sintió un fuerte tirón en las antípodas. Se aferró al periódico. Sus blancas nalgas se estaban hundiendo sin remedio en aquel pozo indigno. ¡El inodoro quería tragarle!

Tenía que hacer algo. Buscó, desesperado, hasta que su mano izquierda dio con la escobilla. Armado con tal instrumento, golpeó sin cesar a la malvada taza mientras le gritaba “suéltame, suéltame”. Pero su trasero era absorbido sin remedio por aquel vórtice poderoso y maldito: Se hundía.

Fue desapareciendo poco a poco, engullido sin remedio por el voraz inodoro. De nada sirvieron patadas, golpes, protestas o súplicas. Al contrario: La letrina apoyó su irrefrenable succión con continuas descargas de su cisterna para poder tragarse mejor a su presa. Cuando ya solo asomaban del pobre Tommy sus piernas desnudas y sus manos, este gritó un postrer “me cago en…” que atronó toda la casa. Soltó por fin el periódico y desapareció.

Ni tan siquiera había podido limpiarse.

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