El efecto 2000 + 20.


A finales de 1999 se generó bastante alarma en todo el mundo a causa del efecto 2000. Se temía que muchos sistemas informáticos tuvieran problemas con el cambio de milenio. La causa era bien sencilla: había programas que almacenaban solo los dos últimos dígitos del año, y en consecuencia pasarían del año 99 al año 00.

Esto, que en principio puede parecer anecdótico, podría haber tenido consecuencias desastrosas. Imaginaos que un sistema crítico controlado por ordenadores de pronto deja de funcionar, o se descontrola, o reacciona de forma anómala.

En todo el mundo se tomaron medidas, se actualizaron sistemas y se realizaron simulaciones. El temido efecto 2000 quedó controlado y superado. No ocurrió nada especial. Cuando el tercer milenio cumplió sus primeros días apenas quedaba el recuerdo de aquella psicosis colectiva. Caso cerrado.

O no.

Imaginaos que sobre nuestras cabezas siguiera orbitando un satélite lanzado en tiempos de la guerra fría. Uno de tantos satélites militares sobre los que no sabemos nada. Imaginaos que este artefacto portara varias cabezas nucleares. Pensad que con la caída de la Unión Soviética el control de esta poderosa arma pasara de mano en mano, que sus programadores hubieran desaparecido, que sus sistemas no se hubieran llegado a actualizar, que al cabo de pocos años lo hubieran declarado obsoleto y quedara condenado a girar en su órbita hasta que la atracción de la tierra lo hiciera desintegrarse en las capas más altas de la atmósfera.

Imaginad por último que este descontrolado armamento de destrucción masiva, diseñado en los setenta, cuando todavía nadie pensaba en el efecto 2000, como respuesta final a un ataque de proporciones globales, incorporara entre sus automatismos un mecanismo de disparo automático denominado выжженная земля (tierra quemada), ideado para reducir a cenizas las bases de misiles norteamericanas en el supuesto de que la URSS perdiera una guerra nuclear. Y que el método de detección de la aniquilación de sus bases de control y centros de comunicación fuera un periodo de silencio en las comunicaciones de veinte años.

Si se dieran todas estas circunstancias, dentro de tres días se produciría un ataque simultáneo con armas estratégicas al todavía inconmensurable arsenal de cabezas nucleares de los Estados Unidos, cuya respuesta inevitable no podría ser otra que el lanzamiento de sus misiles, a los que responderían todos los países con capacidad nuclear, de uno u otro lado, provocando la destrucción de nuestro planeta.

He leído novelas construidas sobre argumentos mucho más pobres. Solo habría que añadir unos cuantos personajes, tales como el friqui que detecta al diabólico satélite en un seguimiento rutinario de la basura espacial, el héroe que se monta en un cohete con la desesperada misión de derribar este satélite, acompañado del militar encorsetado y escéptico y la inevitable y por supuesto atractiva ingeniera de sistemas que da pie a una sub trama sentimental, con o sin coito en gravedad cero, y también algunos secundarios como el presidente, la abuela del citado friqui y las familias de los astronautas que siempre vienen bien para robarle una lagrimita al lector.

Pero a mi me atrae otro personaje, mucho más oscuro y desde luego prescindible: el verdadero causante de todo este enredo. Y como no podía ser de otra forma, es un informático (creo sinceramente que el infierno tiene que estar plagado de informáticos, siempre nos echan la culpa de todo). Hablo de ese pobre ruso que en 1974 no tuvo en cuenta el detalle de que los años se almacenaban con solo dos dígitos.

Si tuviera que escribir esta historia (y va a ser que no), lo haría desde la perspectiva de este personaje. Le rescataria del olvido para que, ya en su vejez, lograra tras muchos esfuerzos que creyeran su historia y decidieran destruir el satélite, misión en la que tendria un papel decisivo al conocer como nadie un sistema que el mismo había programado. Prescindiria de casi todo el componente de acción y profundizaria, a través de sus ideas y recuerdos, en los fundamentos de la condición humana, desde el odio al remordimiento, desde la decisión hasta la más desoladora desesperanza, para hablaros de una especie que dedica inmensos esfuerzos a destruirse a sí misma.

Tantos, que solo lo impide su propia estupidez.

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