El impostor.


-No vamos a quedar con ese de la esquina, el de las gafas de concha y el de los pantalones rojos.

Los tres elegidos siguieron a la secretaria hasta el vestuario mientras los demás candidatos desfilaban hacia la salida en busca de alguna otra oportunidad.

-Imagino que ya habrán hecho este trabajo otras temporadas. Aquí tienen todo lo necesario. Pueden probárselos mientras voy a por los rellenos de foam.

Dos de los hombres se probaron las ropas con desparpajo. Las casacas rojas colgaban fláccidas de sus delgados torsos y los pantalones bailaban en sus cinturas. Nicolás los observaba divertido.

-Vaya, parece usted no va a necesitar relleno. Debería cuidarse, a su edad no es conveniente el sobrepeso.

Por toda respuesta, Nicolás introdujo los pulgares en su cinturón y exclamó un solemne ho-ho-ho.

-Eso está bien, pero guarde sus energías para mañana. Las va a necesitar.

A las ocho de la mañana Nicolás estaba esperando en la puerta trasera de Macy’s , vestido ya para trabajar. El guarda de seguridad le miró con interés mientras levantaba el cierre metálico.

-En el almacén hay vestuarios, ¿sabe? Puede cambiarse allí si quiere.

Nicolás miró sus ropas con extrañeza. Musitó un suave ho-ho-ho, se sacudió unas motas de polvo de una de las mangas y se encogió de hombros.

-Usted verá, pero como manche el uniforme se lo descontarán del sueldo.

Poco más tarde la eficiente secretaria le acompañaba a su puesto de trabajo, un lujoso trono hecho de mentiras y terciopelo rojo que presidía la sección de juguetes.

-Ya conoce las normas. Usted está aquí para aumentar las ventas. Si se forma cola los niños estarán más tiempo viendo los juguetes y eso hará que los padres terminen comprando. Pero si hay demasiada cola el efecto es el contrario. Se entorpece el tránsito por los pasillos y eso hace que los clientes vayan a otras secciones. La medida perfecta es diez niños esperando, recuérdelo. Lo tenemos bien estudiado: Si hay menos de diez en la cola, entreténgalos, y si hay más, despáchelos rápido. Descansos a las diez, y a las dos para almorzar. Si toma muchos líquidos tendrá que ir al baño y eso destruye la ilusión de los niños. Recuerde que esa es su mercancía: la ilusión. Es lo que llena la caja en estas fechas.

Después del intenso speech, ella le miró con intensidad para asegurarse de que lo había entendido todo. Nicolás contestó con un monótono y aséptico ho-ho-ho.

La mañana no le fue nada mal. No era complicado conseguir que hubiera siempre diez niños en la cola. Se hizo cientos de fotos y escuchó las peticiones de otros tantos niños, a las que contestaba con cálidos arrullos, miradas cómplices y algún que otro cariñoso ho-ho-ho.

Los días fueron pasando sin mayor novedad. La cola de Nicolás siempre tenía la longitud dictada por las verdades del marketing. Dejó su acostumbrado ponche para la hora de la cena y se obligó a ir al baño en los descansos para evitar que fueran a malograr algunas de aquellas ilusiones tan rentables. Cuidó con esmero su traje que, pese a lo estrafalario, en aquellas fechas le ayudaba a pasar desapercibido cuando iba en el metro. Y lo mejor de todo es que hizo subir las ventas en su sección. Mucho. El responsable estaba tan contento que no pudo contenerse cuando, en la víspera de nochebuena, Nicolás le presentó su renuncia.

-¡No puede irse ahora! En los días veintitrés y veinticuatro se hacen más ventas que en todo el resto de la campaña. Es el peor momento para dejarlo. Además, tiene usted un contrato, ¿recuerda?

Nicolás le miró por encima de sus viejas lentes. Se encogió de hombros y le tendió su mano en señal de despedida.

-No haga una estupidez, hombre. Podemos pagarle más, si es eso lo que quiere. De hecho lo merece, ¿sabe? Hay que reconocer que tiene usted buena mano con esos pequeños diablillos. Le adoran. Y como resultado después los padres vuelven o hacen sus pedidos por la web.

Nicolás negó con la cabeza, sacudiéndose ese dudoso mérito. Sin perder la sonrisa, se encogió de nuevo de hombros y hasta se le escapó una pequeña carcajada maliciosa, ho, que completó después con otros dos ho-ho.

-No sé como lo hace, pero todos esos niños consiguen lo que piden en sus cartas. Hacemos encuestas, ¿sabe? y a los casos más significativos les hacemos seguimiento. Mire este, por ejemplo: Marian Dors, ocho años, pide el modelo más caro de nuestra casa de muñecas y su padre, aunque está sin trabajo, solicita un minicrédito y se la lleva.

Nicolás asintió con mirada culpable.

-O este otro. Joseph Rutherford, seis años, viene con sus padres de visita desde Alabama. Ya tenían todos los regalos preparados allí, pero el niño le pide una playstation y su padre ¡zas! saca su master card y ahora mismo lleva la consola escondida en su maleta. O este otro, mire, ¿recuerda a Sarah Annimole?

Nicolás la recordaba, bastante bien, pero se encogió de hombros.

-Nueve años, viene con su abuela solo para hacerse la foto. Se sienta en sus rodillas y no sabemos que es lo que le llegó a pedir, pero al día siguiente su padre apareció por aquí con su billetera bien calentita y se dejó novecientos pavos en juguetes.

Se levantó y saludo de nuevo, sin perder su sonrisa, antes de cruzar la puerta.

-¡No se vaya, Nicolás! Usted ha nacido para esto, hombre. Le podemos ofrecer un puesto fijo en la sección, sin necesidad de llevar ese ridículo disfraz. Con su habilidad para convencer, solo en comisiones se puede poner en treinta mil anuales.

Se puso las manos en la nuca mientras caminaba alejándose de aquel hombre, regalando un alegre ho-ho-ho a todos cuantos se cruzaban a su paso.

-¡Está cometiendo un gran error! ¡Piense en todos esos niños que han conseguido realizar sus sueños gracias a usted! ¿Es que no le motiva hacerlos felices?

Los argumentos del responsable de sección se perdieron en la distancia mientras Nicolás recorría el pasillo camino de la salida. Le motivaba, ¡claro que le motivaba hacer felices a los niños! Pero había algo más importante que todo ese mercadeo, algo que nunca sabrían los de marketing, algo que jamás podrían contabilizar ni tal vez comprender siquiera.

Nicolás recordaba perfectamente a Sarah, a Marian o a Joseph, pero ahora llenaban su mente otros recuerdos, como el de Susan, que le había pedido que su mamá volviera del cielo, o el de Alfie, que quería que sus padres dejaran de pelear, o el de Lissy, que de sus seis años había pasado cuatro en la unidad de rehabilitación y soñaba con poder ir al cole como los demás niños, o el de Manuel, que no veía a sus abuelos desde que salió de Guatemala, o los de todos y cada uno de esos otros niños que le habían pedido cosas tan extraordinariamente valiosas para ellos que nunca nadie las podría comprar con dinero.

Ho-ho-ho -se dijo a sí mismo con tristeza- Anímate Nicolás. Ha sido divertido, pero te has dejado mucho por hacer. Es hora ya de ponerse a trabajar duro.

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