Fahrenheit 280.


Querido amigo o amiga. Antes de que te aventures a leer esto he de avisarte que aquí a continuación te esperan más de 6.000 palabras, no muy bien escogidas, que forman un relato mediocre lleno de inconsistencias y que seguramente no merezca la pena leerlo. Lo habitual en mi. Pero en esta ocasión he alcanzado un logro: la historia no se ha quedado a medias. ¡Tiene un final! Solo por eso ya me siento contento, después de haberos traicionado tantas veces empezando historias por entregas que jamás llegaron a concluir.

Decirte además que esto es solo un borrador, y que te lo presento sin corregir ni revisar, porque antes de dedicarle el tiempo que requeriría ese trabajo quiero saber si realmente merecería la pena. Me importa tu opinión. De hecho, había pensado en enviarle este ladrillo a una sola persona, hasta que me dí cuenta de que eso significaba ponerla en un compromiso. No esta bien hacer eso con los amigos. Publicándolo así, y teniendo en cuenta la alergia masiva que producen los textos largos en internet (casualmente este relato trata sobre algo parecido), no comprometo a nadie, y si tengo la suerte de que algún alma desinteresada se lea el relato y me deje su crítica, pues mejor que mejor.

Por último, hablando ya del relato en si, se trata entre otras cosas de un sencillo reconocimiento a Ray Bradbury, de quien no solo he tomado prestado el titulo. Ni que decir tiene que este texto no está en absoluto a la altura de tan gran autor, pero quien da lo que tiene, da mucho. El relato está plagado de inconsistencias. La trama tiene carencias importantes, y supuestos que no se sostienen, incluso en la más intima estructura de la historia. Si normalmente se dice “espero que lo disfrutes”, yo te deseo que no sufras mucho con esta lectura; no tengas ningún reparo en dejar de leerlo cuando ya no puedas mas (házmelo saber en este caso, indicando en que punto concreto pude contigo, pues tengo cierto interés en pulir mis relaciones literato-sociales). Sin más, te dejo con esta historia. Si has resistido este prólogo, te digo que ya apuntas maneras: puede incluso que la termines.

Fahrenheit 280.

Dedicado a mi amiga Sadire, con mi compromiso de escribir algún día algo digno, para poder dedicárselo.

1. Mark nunca tomaba café después del mediodía. Recurría a todo tipo de ardides para concentrarse en el trabajo tras el almuerzo. Se levantaba de su silla giratoria, hacia un poco de ejercicio, miraba por la ventana y volvía a sentarse. Manipular los truncadores resultaba muy tedioso. Funcionaban casi solos, pero tenían sus complicaciones. Había que guiarlos. Las redes eran demasiado extensas y complejas, engañosas en ocasiones. Siempre existía el riesgo de que se quedaran atrapados en un bucle o se vieran afectados por algún virus.

Era algo que no ocurría casi nunca. Desde luego no aquella tarde. Mark notó que estaba dando cabezadas. Se puso en pié y volvió a la ventana. La semana anterior había tenido la suerte de ver un rayo de sol atravesando La Nube. Demasiado fugaz: No tuvo tiempo de alcanzar su móvil para hacerle un video. Pero lo recordaba con toda claridad. Pasarían semanas, tal vez meses, antes de que el viento consiguiera abrirle otro agujero a la espesa manta gris que cubría la ciudad de forma permanente. Un sonido familiar atrajo de pronto su atención. Miró su terminal de forma mecánica. Resultados de la evaluación mensual. Seis, tres, uno. No era mucho, pero tampoco como para despedirle. Aunque llevaba demasiado tiempo haciendo la cuota por los pelos. Tal vez si le asignaran otra zona… Ese jodido imbécil de Dreyfus pescaba transgresiones cada pocos minutos. Ni tan siquiera tenía que reprogramar los truncadores: en el west end estaba lo peor de lo peor de lo poco que quedaba del underground, la vanguardia y la bohemia de la ciudad. ¡Así cualquiera! Sin embargo en Manhattan era como buscar agujas en un pajar. Y aunque Mark sabía bien cómo encontrar una aguja en un pajar (¡solo había que prenderle fuego!), no sabía donde encontrar transgresiones al Orden Cultural Mundial en la zona donde solo vivían los mas acomodados, los que no tenían ninguna razón para incumplir la ley. Al menos esa ley.

Era absurdo seguir buscando allí. Decidió que pediría que le asignaran otra zona. Esa misma tarde, o quizás al día siguiente. Contempló de nuevo La Nube aunque no había dejado de mirarla todo el tiempo. Ese día no daba señales de volver a agujerearse, pero él tampoco tenía nada mejor que hacer…

¿Cómo?¿Cinco truncadores perdidos? ¡No podía ser! ¿Cómo no se había dado cuenta?¿Por que demonios se había distraído de esa manera? La había cagado a base de bien. Joder, otro aviso. Otro más que caía. Joder, joder. ¡Joder! Si esto llegaba arriba estaba bien jodido.

2. Los hechos se fueron sucediendo sin que Mark tuviera ningún control sobre ellos ni pudiera hacer nada para evitarlos. Los amigos desaparecieron al mismo tiempo que sus escasos ahorros. El alquiler solo aguantó un par de semanas más. Las malditas redes se encargaron de que todo el universo conociera su pifia con los truncadores: Nadie en su sano juicio volvería a contratarle, y Mark no sabía hacer otra cosa. Lo intentó, pero con solo introducir su identificación en los sistemas de búsqueda de empleo aparecía aquella mancha imborrable que le excluía de cualquier puesto decente. La Compañía era inflexible y sus tentáculos llegaban a todas partes. Tuvo que trabajar en cualquier cosa que le ofrecieran aquí y allá, peleando por cada dólar con gente de la peor clase. Y así, consumiendo día tras día los últimos restos de su dignidad, terminó durmiendo en un banco del metro para no caer aún más bajo.

La noche era especialmente fría. La botella le mantendría en calor al menos por tres o cuatro horas, que al final fueron solo dos. Vomitó el alcohol barato sobre las vías y comenzó a deambular sin rumbo por la estación vacía. Eludía a la gente, aunque a esa hora ya no hubiera nadie. A las dos de la madrugada se apagaron las luces. Aquel tinglado no abriría ya hasta el amanecer. La oscuridad aumentaba la sensación de frío, y el silencio hacía aún más negra la oscuridad. Si al menos hubiera conservado su jodido móvil podría usar la linterna. Y podría llamar o enviar un mensaje, pero ¿A quién? Maldijo por enésima vez su mala suerte por haber perdido aquellos truncadores mientras buscaba a tientas algún rincón seguro, alejado de las vías.

No sabía cuando había empezado a escucharlos hasta que los tuvo casi encima. Traían velas, o linternas, o algo que daba luz. Esos hijos de puta estaban preparados para el asunto. Ratas de los túneles. ¡Cómo no le robaran la botella!

3. Hablaban mucho. Caminaban formando una extraña procesión y hablaban sin parar. Decían cosas extrañas. Más que decir, recitaban. Pero… no, no hablaban todos, era uno solo el que hablaba. Un viejo. Charlatán, feo y viejo. Y los otros… ¿Qué hacían? ¿No estaban escribiendo? ¿De qué iba todo esto? Todos llevaban su terminal en la mano. Parecían fantasmas en aquella espesa penumbra con sus caras iluminadas por el resplandor de sus móviles. Mark vio ahora con más claridad que escribían en sus aparatos sin parar, como si el viejo tarado estuviera haciendo un dictado a su clase de tarados.

Dulce es la muerte para siempre.
Ni elevadas esperanzas, ni antiguos disgustos,
Ni odios mortales, pueden entrar
.”

Aquello era… ¿poesía? Mark decidió seguirles para averiguar algo más. De pronto el viejo calló y otro de los caminantes empezó a hablar. El viejo se puso a escribir en su terminal como los demás.

La noche y el día, año tras año,
Altas y bajas, cerca y lejos
Estos son nuestros propios aspectos,
Estos son nuestros propios remordimientos
.”

Si, eso tenía que ser poesía. Frases cortas terminadas en palabras que sonaban parecido. Solían burlar los truncadores. Las interpretaban como fragmentos de conversaciones, pero había podido atrapar algunas en todo aquel tiempo. Mark se acercó un poco más al viejo, que se había quedado algo rezagado. Al momento, el viejo levantó la vista de su móvil y se dirigió a él.

-Veo que nos vienes siguiendo. ¿Acaso te gusta la poesía?

-No sabría decirte, viejo. Suena raro, son como canciones sin música.

-Algo así. La poesía es un arte perdido, y esas canciones que conoces no son más que una sombra de lo que una vez fue la poesía. Pero la poesía es mucho más. Es ritmo, emoción, expresión, sentimiento… las palabras no necesitan música para crear belleza.

-Creo que comprendo. Son como haikus, pero más largos.

-Los haikus también son poesía, claro. Poesía permitida, si me permites la expresión. A nosotros nos atrae mucho más la poesía prohibida. Y ahora, si me disculpas, tengo que continuar.

4. El viejo volvió a la fila y siguió escribiendo en su aparato las frases recitadas por otro de los caminantes. El eco de las palabras se confundía con el de los pasos. El túnel las devolvía ampliadas, multiplicadas en sonoridad, causando un efecto que dejó perplejo a Mark. Volvió a caminar, y se dirigió de nuevo al viejo.

-¿Por qué hacéis esto?

-Te dije que la poesía es un arte perdido, pero no olvidado. Cada uno de nosotros memorizamos poesías y las transmitimos a los demás. Las difundimos porque el mundo merece oírlas. Las propagamos por las redes. Las copiamos y enviamos una y otra vez, tratando de burlar a los truncadores para que lleguen a la gente.

-No tiene sentido. Conozco bien los truncadores. En cuanto paséis de las 280 palabras os localizarán y vendrán a por vosotros.

-No aquí. Estamos bajo tierra, y a esta hora no hay electricidad. No hay wifi. No hay cobertura. No pueden encontrarnos. Aquí cargamos nuestros móviles con los textos, normalmente poesía pero también novelas y textos de todo tipo.

-¿Venís todas las noches?

-Siempre que podemos. Después, durante el día, buscamos la ocasión para infiltrar los textos en las redes sin ser detectados.

-Pero, ¿a quién le puede interesar eso? La gente no lee más allá de diez o doce palabras. Es una pérdida de tiempo.

-No para nosotros. Yo tengo memorizada la obra de Ralph Waldo Emerson. Mi compañero, el que recita ahora, se encarga de Henry David Thoureau, y así todos y cada uno de nosotros. Cambiamos los grupos cada cierto tiempo para conocer a otros autores, memorizados por otras personas. Somos muchos, cientos de miles, millones en todo el mundo.

5. El viejo Bill le daba un par de pavos por limpiar el suelo y sacar la basura de su pescadería. No era lo más asqueroso que se veía obligado a hacer, ni tampoco el trabajo peor pagado. Pero le repugnaba tanto como el primer día. Mientras arrastraba los cubos siguió maquinando la idea que le había estado rondando todo el día. Si delataba a aquellos idiotas del metro tal vez podría sacar algo de pasta, e incluso, ¿quien sabe?, tal vez le reincorporarían a su puesto. Los truncadores podrían estar semanas pescando solo con lo que llevaba cualquiera de aquellos tipos en su móvil. Pero el viejo había dicho que ellos eran milllones… ¡Si averiguaba como detectarlos en las redes podría lograr lo que quisiera de la compañía!

Aquella noche volvió al metro. Tumbado en el banco, tratando de no dormirse, esperó en silencio la reaparición de la procesión de aquellos pirados. Las horas pasaron con lentitud en la oscuridad. Tuvo la idea de ir a buscarlos, pero no se atrevía a introducirse en los túneles en aquella oscuridad total. Tendría que procurarse una lámpara o una linterna para la próxima noche. Estaba decidido a encontrarlos.

La búsqueda se prolongó durante algunas noches más, en las que recorrió túneles oscuros y estaciones vacías sin resultado. Los poetas, como había empezado a llamarlos, debían ser gente escurridiza. Tal vez se citaban usando las redes en lugares discretos y cambiaban continuamente de sitio para no ser descubiertos. Tal vez estaban mejor organizados de lo que había supuesto. Supo que no debía confiar su búsqueda a la casualidad. Ellos seguían algún plan, tenían una estrategia, y Mark debía averiguar cómo lo hacían si quería descubrirlos. Pero no tenía nada. Solo los había visto una vez. Tan solo había hablado un poco con aquel viejo extraño. Un tipo tan loco como para aprenderse de memoria la obra de un poeta… ¡Claro! ¡Eso había dicho! Un tal Emerson o algo así. Seguro que los truncadores se habían topado alguna vez con ese Emerson. ¡Si tuviera acceso al terminal de su despacho lo podría encontrar en menos de diez minutos! Y a través del historial de transgresiones, filtrando zonas, textos… seguramente podría llegar al viejo y su grupo. Pero, ¿cómo podría colarse en el edificio de la Compañía?

6. No le resultó difícil encontrar a Dreyfus. Sabía donde vivía. Solo tuvo que esconderse en el aparcamiento de su edificio, junto al ascensor, y esperar a que volviera del trabajo en su sedán azul. Cuando su antiguo compañero se acercó al ascensor, Mark surgió de las sombras y se enfrentó a él. Dreyfus dio un paso atrás y le miró sorprendido, pero al reconocerle el desprecio vistió su rostro.

-Mírate, Mark, estás hecho una basura.

-Tu tampoco tienes mal aspecto. Pero no he venido a charlar contigo. Necesito que hagas algo por mí.

-¿Por tí? ¿Y por qué se supone que debería hacerlo?

Por todo argumento, Mark sacó de su bolsillo un largo cuchillo que le había tomado prestado al viejo Bill y dejó que su hoja reflejara la luz de los fluorescentes del techo.

Dreyfus rompió a reir mientras le decía -Guarda eso, Mark, no vayas a lastimarte.

Pero Mark habría anticipado esta respuesta. Le miró fijamente sin dejar de mover el largo cuchillo.

-Todos los días tu hijo Donny sale a las cinco y diez del colegio Hickmanns High, toma por la quince, sigue andando por Bravers, Rainwood y Scala hasta llegar a Rothmans, donde gira frente al Starbucks y sube un trecho por Flamingo Road para llegar hasta aqui, sobre las cinco treinta y cinco, si no se para con sus amigos en la esquina de Flamingo a espiar bajo las faldas de alguna quinceañera.

-¡Maldito bastardo! ¿No serías capaz…?

-Nunca apuestes sobre lo que puede o no puede hacer un hombre desesperado.

-Dime lo que quieres y lárgate de una puta vez. Pero como le toques un pelo a mi hijo me encargaré de que sufras cada minuto de lo que te quede de vida.

-Es fácil. Necesito tu tarjeta de acceso.

-¿Mi tarjeta? ¡Serás hijo de puta!

-Solo eso, tu tarjeta, y mañana pon cualquier excusa para no ir a trabajar. Por cierto, ya que estamos, dame toda la pasta que lleves encima.

7. La tarjeta identificativa y sus ropas nuevas de ejecutivo mediocre le abrieron las puertas del edificio. Subió por las escaleras para evitar toparse en los concurridos ascensores con alguien que le pudiera reconocer. Tras recorrer con sigilo algunos pasillos se encerró en la seguridad del despacho de Dreyfus. Nadie le molestaría durante unas cuantas horas. Abrió sesión en el terminal de Dreyfus y comenzó a indagar.

Había bastantes transgresiones con poesías de Ralph Waldo Emerson. El jodido poeta había estado de moda a principios de siglo. No podía ser otro. Tras filtrar los historiales y delimitar las zonas, pudo dar con tres posibles candidatos en la zona de Manhattan. Solo uno de ellos tenía mas de cincuenta años. Wesley Briant. Profesor de literatura hasta 2030, cuando la OCM implantó la prohibición y fue purgado de la Universidad. Trabajos sueltos aquí y allá durante varios años, actualmente era corrector de estilo en una web de artículos importados. Vaya con el viejo, traducía manuales de instrucciones de batidoras. Lo importante: tenía una dirección, un código de identificación personal y un número de teléfono móvil.

Los truncadores de Dreyfus estaban trabajando en segundo plano. Mark comprobó con envidia como detectaban transgresiones cada cinco o diez minutos. Tal vez si los manipulaba un poco podría fastidiarle la cosecha a ese engreído por unos cuantos días. Probó a abrir uno de los generadores y el terminal se apagó de inmediato. ¿Qué era eso? ¡Maldita sea! ¡Dreyfus los tenía protegidos! Seguramente habría activado una alarma de seguridad anti intrusión. Tenia que salir de allí a escape. Recogió sus notas y la tarjeta, y salió del despacho.

Por el otro extremo del pasillo venían corriendo dos tipos de seguridad. Le reconocieron. Alguien les había avisado. ¡Dreyfus! ¡Le había delatado! Lo pagaría caro el muy cabrón, pero ahora tenía que salir de allí. Salió corriendo hacia el bloque de escaleras.

Los guardias estaban cada vez más cerca. Al volver uno de los pasillos se detuvo un instante ante un armario de mantenimiento e introdujo su tarjeta para abrir la puerta. Eso los entretendría un momento. Siguió corriendo hasta las escaleras. Los guardias le seguían, gritando su nombre y ordenándole que se detuviera. Bajó una planta tras otra dando largas zancadas para saltar los escalones de tres en tres para ganar algo de distancia con sus perseguidores. Seguramente habrían avisado ya para que bloquearan todas las salidas. La planta baja no era opción. Tenía que pensar algo, y rápido.

8. Uno no se pasa cientos de tardes enteras mirando por las ventanas sin descubrir como se abre la cerradura que las bloquea. Ese conocimiento volvió a su mente como una idea salvadora. Tal vez si lograba acceder a uno de los despachos de la primera planta podría abrir una ventana y saltar a la calle. Todavía tenía la tarjeta de Dreyfus, pero no sabía a qué recintos podría tener acceso. ¡Los aseos! ¡Claro! Todo el mundo tenía acceso a los aseos. Las ventanas eran más pequeñas, pero el mecanismo tenía que ser el mismo.

El salto era mucho más arriesgado de lo que había previsto. La planta baja tenía al menos cuatro metros de altura hasta el techo y eso, sumado a la altura de las ventanas de los aseos, suponía una caída importante. No tenía tiempo para pensarlo. Los guardias ya estaban tratando de abrir la puerta. Era ahora o nunca.

El frondoso seto amortiguó un poco el golpe, pero un fuerte dolor en la pierna derecha le anunció que algo se había roto. Sin tiempo de lamentarse, corrió por la acera arrastrando la pierna tratando de perderse entre el gentío y despistar a los guardias. Pero su cojera le delataba. Los sabuesos no dejaban de seguirle a cierta distancia. Tenía que buscar un buen escondite. El dolor le aturdía y el oxígeno apenas llegaba a su cerebro. No podía seguir corriendo. Adaptó su paso al de los transeúntes para camuflarse entre ellos mientras buscaba una salida. Los guardias seguían tras él. Se acercaban cada vez más. Mark estaba a punto de pasar junto a una boca del metro. Si bajaba por la escalera los guardias le seguirían y le atraparían. Decidió seguir caminando entre la gente y pasar de largo para ganar distancia. Sentía ya los gritos de los guardias tras él. Estaba perdido. Cuando ya iba a dejar atrás la boca del metro, tomo impulso y saltó sobre la barandilla para caer de cualquier forma en las escaleras que bajaban a la estación. Rodó por ellas. Al llegar al final se recompuso y siguió corriendo hasta la entrada a los andenes. Los guardias le vieron caer y dieron rápidamente la vuelta para bajar tras él.

Pero el metro era su hábitat natural. Allí había pasado las noches durante las últimas semanas. Conocía a la perfección todos los rincones de las estaciones que había estado recorriendo a oscuras. Y más allá de algunos cambios en la distribución, todas eran iguales. Podría recorrerlas con los ojos cerrados. Aquel era su territorio; solo necesitaba ganar unos metros más de ventaja para despistar a sus perseguidores.

Les oyó pasar varias veces ante la puerta del recinto de instalaciones donde se escondió para lamerse sus heridas. Tal vez no se había roto la pierna, pero el chasquido que había notado al caer había descompuesto algo. No podía apoyarla sin sentir un fuerte dolor. Decidió permanecer allí hasta la noche. Sabía donde estaban los dispensarios de emergencia y allí podría curarse todas las magulladuras.

Sabía que a partir de ese momento tendría que ser mucho más precavido: Dreyfus les contaría toda la historia. La Compañía era muy estricta con la seguridad. Era un proscrito. Ya no dejarían de buscarle.

9. A la mañana siguiente se decidió a volver a las calles. Se puso de nuevo las ropas que le habían dado en el ejercito de salvación y recorrió los lugares oscuros donde le daban cualquier miseria a cambio de hacer algún trabajito. Solo lo necesario para subsistir. Ahora tenía un objetivo. Nada de alcohol, aunque una botella en una bolsa de papel le ayudó a volver a ser invisible para la gente.

El piso de Wesley Briant estaba a seis paradas de la estación donde solía pasar las noches. Mediada la tarde, llegó al edificio de apartamentos donde vivía el viejo, una triste reliquia de los ochenta donde solo vivían divorciados y fulanas, a veces juntos. Se apostó junto a la entrada, sentado en la acera y fingiendo la perpetua borrachera asintomática de los adictos sin remedio. Pasó horas allí, escrutando cada rostro en busca de los rasgos difusos de aquel poeta que solo había contemplado en la penumbra de un túnel. La Nube estaba más oscura de lo normal, o tal vez era que anochecía y Mark había perdido el sentido del tiempo. Cada vez pasaba menos gente por la calle, y eran ya pocos los que entraban al edificio, algunos buscando paz, otros huyendo de ella.

Cuando el frío iba a hacerle desistir vio salir a una figura encorvada, vestida con abrigo y una camisa blanca que seguramente era la única en todo aquel edificio que había conocido a una plancha. Debía ser él. Decidió seguir sus pasos, oculto entre las sombras, sin concederle demasiada ventaja. Siguió tras él por un par de calles hasta que al doblar una esquina vio que bajaba a la estación del metro. ¿Acaso iba de procesión aquella noche? Mark bajó tras él por la escalera y, tras burlar el torno con soltura, le siguió hasta el andén y se ocultó en una esquina mientras el viejo esperaba su tren. La tenue luz del andén le confirmó que se trataba de Briant.

Mark no se atrevió a subir al mismo vagón. Tal vez le reconocería y no confiaba mucho en la reacción del viejo. Desde su asiento apenas podía verle a través de la puerta de cristal que separaba los vagones. Bajó y volvió a subir en un par de estaciones tras comprobar que no estaba entre los que se habían apeado. Al fin le vio bajar y siguió tras él. Apenas había gente ya en los andenes; tuvo que seguirle a mayor distancia para que no le descubriera.

Esperaba que hiciera un trasbordo, o tal vez que le condujera por oscuros túneles hasta su sanctasanctorum, el lugar acordado donde se reuniría con los otros pirados para ponerse a desfilar y recitar sus gilipolleces. Pero Briant dirigió sus pasos a la salida, subió la escalera y volvió a las calles. Mark no tenía nada más que hacer: le siguió.

10. Tras recorrer unos cientos de metros el viejo volvió al metro, bajó de nuevo al andén y se puso a esperar. Mark no comprendía por qué no había tomado un trasbordo hasta esa otra estación, salvo que… quisiera despistar a cualquiera que le siguiera. Tal vez le había visto, o quizás solo se trataba de una especie de rutina que seguían aquellos pirados para evitar que les cogieran. Mark decidió tomar aún más precauciones, pero encontró aquel comportamiento de lo más alentador: El viejo no se tomaría tantas molestias si no fuera a hacer algo inconfesable. Estaba en el buen camino.

El plano del metro le confirmó a Mark que estaban en el West End. Y allí, en aquel oscuro andén, el viejo se sentó a esperar un tren que ya nunca iba a llegar. Mark permaneció oculto tras una taquilla durante casi una hora. Justo a las dos, se apagaron las luces y Briant comenzó a caminar hacía uno de los túneles. No llevaba ninguna luz, ni parecía necesitarla. Mark fue tras él con mayor sigilo: ahora el peligro no era que le viera, sino que le oyera.

Tras recorrer varios túneles llegaron a una especie de cruce entre las vías donde una sucia bombilla incandescente peleaba sin éxito contra la oscuridad. Mark se ocultó en un recodo de la pared. Allí se encontraban dos de aquellos pirados, y un par más se acercaban por otro de los túneles. Se saludaron y empezaron a hablar entre ellos mientras seguían llegando algunos rezagados. Pronto formarían su procesión. Mark trató de pegar el oído para averiguar como se organizaban, quien señalaba el lugar donde quedaban y, sobre todo, cuando iban a volver a reunirse. Porque esa información le valdría la restitución de su puesto, y de su vida.

Los poetas formaron un circulo y siguieron hablando entre ellos. La voz del viejo se alzó sobre las demás y todos guardaron un respetuoso silencio.

-Acérquese, Mark.

Mark se quedó petrificado. El jodido viejo le había descubierto.

-Acérquese, hombre, no tenga miedo. No vamos a hacerle nada.

11. Mark salió de su escondite y comenzó a caminar, temeroso, hacía ellos. Todos le miraban. Solo el viejo Briant le hablaba.

-Supongo que le sorprenderá que le hayamos reconocido.

Mark permaneció en silencio.

-Se ha vuelto usted muy popular últimamente, ¿sabe? La compañía le busca. Y cuando la compañía busca a alguien no repara en gastos. Su nombre y su foto aparecen en las redes a todas horas.

-Yo… ¡yo no he hecho nada! – Mark dió un paso atrás.

-Ellos no dicen eso. Al parecer ha intentado asesinar a uno de los suyos. Circula un video en el que se le ve ante un tipo con un cuchillo en la mano. Un tal Dreyfus.

-¡Ese maldito bastardo!

-Tranquilícese, Mark. Ya le he dicho que no vamos a hacerle nada.

-Yo no he hecho eso. No he intentado matar a nadie. ¡Tienen que creerme!

Briant se acercó unos pasos a Mark, extendiendo los brazos y mostrando las palmas de las manos.

-Yo estoy dispuesto a creerle, Mark, si usted me cuenta la verdad.

-Ya se lo he dicho ¡Yo no intenté matarle! Tan solo quería que me ayudara, solo eso. Estaba desesperado, necesitaba dinero y acudí a él para… ¡solo eso!

-No es esa verdad la que queremos, Mark. Queremos saber por qué me ha seguido hasta aquí. Cómo me ha encontrado. Para qué ha venido. Y no me diga que la otra noche descubrió de repente que adoraba la poesía.

Mark le miró por un instante, camino unos pasos hacia el lateral del túnel y se sentó en el suelo.

-Eso… no importa. Ahora ya nada importa. Me han colgado un cargo por intento de asesinato y ahora ya no pararán hasta que me encierren. ¡Ese malnacido me la ha jugado a base de bien!

Briant se acercó y se agachó frente a él. Los demás se fueron acercando, manteniendo una distancia más prudente.

-Se la han jugado, eso está claro. No tiene usted pinta de asesino. Pero piense que siempre hay algo que se puede hacer…

-¿Y usted que demonios sabe? ¡Déjeme en paz joder! ¡Lárguense con su jodida poesía de mierda y déjenme todos en paz!

Briant se incorporó y se dirigió a sus compañeros – Ya le habéis oído. – Empezó a volver hacía el cruce y todos le siguieron.

12. Faltaba ya poco para amanecer y Mark aún no estaba cansado de caminar. Repetía, casi balbuceando, las últimas palabras de algunos de los versos que le llegaban. Era como un mantra, una letanía que le impedía pensar en todo lo que le había pasado y en todo lo que sabía que le iba a suceder. No sabía qué significaban, no sabía que extraña magia hacía que esas palabras, cada pocos pasos, volvieran a sonar como las anteriores. No sabía qué hacía él allí, siguiendo a aquellos idiotas que ni tan siquiera se volvían para mirarle. No sabía por qué se había levantado y se había puesto a seguirlos. No sabía cómo ni cuando los había alcanzado, ni sabía cuanto tiempo llevaba caminando detrás de ellos. Solo sabía que no quería saber nada más.

Cuando todos se pararon, Briant dejó la cabeza de la fila y se acercó a Mark, que estaba a unos diez pasos del grupo.

-Imagino que no va a tener problemas para permanecer oculto. Conoce bien estos túneles.

-Sé cuidarme solo.

-No lo dudo. Mañana estaremos entre la parada once y la doce de la linea seis, cerca de Madison. Por si necesita algo de nosotros, aunque sea un poco de poesía.

Mark se quedó mirando como se alejaban. Tardó unos minutos en darse cuenta de que le acababan de dar la información que buscaba. Ahora los tenía en sus manos. Solo tenía que denunciarlos y se rehabilitaría ante la compañía. Lo haría esa misma mañana. O tal vez más tarde. No podía presentarse así.

Las luces se encendieron. Pronto abrirían las puertas y entrarían en los andenes los trabajadores más madrugadores. Tenía que salir de aquel túnel antes de que los trenes se pusieran en marcha.

13. Mark estuvo toda la mañana rondando por el edificio de la compañía. Era consciente de que si se acercaba al control de accesos le reconocerían al instante. La identificación de Dreyfus no le serviría de nada: ya la habrían anulado. No veía la forma de cobrar su recompensa sin verse obligado a pagar antes su delito. Vio algunas caras conocidas entrar y salir, pero sabía que nadie iba a ayudarle.

Tal vez si se dejaba atrapar podría convencerlos. No, le interrogarían y alguno de los oficiales usaría la información en provecho propio. Tenía que pensar la forma de cobrar su presa antes de que le cogieran. Solo así tendría una jugada ganadora. Y para lograrlo necesitaba sus truncadores. Con ellos pescaría a todos esos poetas que cometían cientos, tal vez miles de transgresiones. Pero no tenía forma de acceder a su terminal. Era un callejón sin salida.

Tenía que pensar, y tenía que hacerlo rápido. La cita era esa misma noche. Si no daba con una solución, la oportunidad se esfumaría y ya nunca tendría otra igual. Era como un hueco en la nube, algo que solo ocurría una vez cada mucho tiempo, y su rayo de sol solo duraría unas horas más.

Desde su escondite vio salir a Dreyfus. Podría ir de nuevo a por él y amenazarlo de nuevo o llegar a algún acuerdo. Y si se negaba, siempre podría hacerle pagar por todo lo que había hecho. Comenzó a seguirle a cierta distancia.

Recorrió un par de calles hasta que vio a Dreyfus entrar en una tienda de ropa. No se atrevió a entrar. Desde el escaparate observo con sigilo como escogía un par de camisas y se dirigía con ellas a los probadores. Era su oportunidad.

Entró de improviso y le sorprendió de espaldas, con su camisa quitada. Le cogió por la muñeca derecha, le dobló el brazo hacia atrás y empujó con todas sus fuerzas hasta que le aplastó literalmente contra el espejo.

-¡Maldito bastardo! ¡Como abras la boca te rompo el brazo!

Dreyfus forcejeó impotente y Mark apretó su brazo hacia arriba hasta que el dolor nubló su mirada.

-Me has jodido, pero esta vas a pagármela. Tu me has metido en esto, y tu me vas a sacar, ¿entiendes?

Dreyfus aflojó su resistencia.

-¡Sueltáme! ¡Déjame hablar! Seguro que podemos encontrar… una solución.

Mark vio por un instante en el espejo como el rostro de Dreyfus se contraía en una sonrisa forzada. Le empujó con más fuerza contra el espejo.

-¡Debería matarte ahora mismo, hijo de puta!

-No conseguirías nada con eso. Yo puedo conseguir que retiren los cargos…

La fugaz sonrisa de aquel tipo le hizo desconfiar. Estaba tratando de ganar tiempo. Guiado por un súbito impulso Mark apretó de nuevo su brazo hasta que se contrajo de dolor y cayó al suelo, y sin pensarlo un instante salió pitando de aquel probador.

Justo a tiempo. Los dos sabuesos ya entraban por la puerta de la tienda. Mark corrió hacia la parte de atrás de la tienda. La puerta del almacén cedió al primer empujón. Escuchó como Dreyfus gritaba cogédle, ha salido por allí mientras salía por la puerta trasera y se mezclaba entre el gentío.

Minutos más tarde pudo recuperar la respiración bajo las escaleras mecánicas de una estación de metro. El dolor le atravesaba la pierna. Había escapado a una trampa, y Dreyfus era el cebo. Supo que no podría entrar jamás en el edificio, ni acercarse de nuevo a aquel tipo. Todo estaba perdido.

14. Los poetas llegaron puntuales a su cita. Briant se acercó, le miró con interés y se sentó a su lado.

-Parece que viniera de perder una batalla.

Mark le miró a su vez y bajó la cabeza. No tenía muchas ganas de hablar. No sabía por qué estaba allí, tal vez porque no podía estar en ninguna otra parte. Puede que para descargar su conciencia por algo que no había podido hacer.

-¿Como va esa pierna? Esta noche vamos a hacer algunos kilómetros. ¿Servirá?

Mark se levantó trabajosamente y dio algunos pasos en dirección al grupo para recuperar su dignidad.

-Servirá.

Briant permaneció sentado.

-No tan deprisa. Ya es hora de que hablemos usted y yo.

-¿Sobre qué?

-¿Qué tal la poesía?

Briant hizo señas a los del grupo para que comenzaran la procesión sin él.

-Hoy tenía dos opciones, Mark. Entiendo que si está aquí es porque ha escogido la correcta.

-¿Opciones? ¿De qué me está hablando?

-De truncadores. De un despacho en la planta catorce del edificio de la compañía. De un individuo que comete un error y pierde su trabajo, y con él la vida que llevaba hasta entonces. De cómo se ve convertido en un paria de la noche a la mañana. Y cuando ya lo ve todo perdido, encuentra lo que había estado buscando durante años. Lo tiene en sus manos. Solo tiene que delatar a un grupo de locos para lavar su expediente y recuperar su vida y su trabajo. Y sin embargo ese individuo descarta esa opción y se presenta de nuevo aquí… ¿Para qué? ¿Para inspirarnos lástima? ¿Para que le demos las gracias?

-En realidad no sé qué hago aquí.

-Muy pocas personas saben lo qué hacen en cada momento o lugar. Solo estamos, ¿sabe?, y la mayoría de las veces nos vale.

-Usted al menos tiene un motivo para estar aquí.

-¿Eso cree? ¿Y cual diría que es ese motivo?

-Pues, ya sabe, la poesía, los libros, todo eso.

-Es un bueno motivo, si. Pero no es el único. Ni el más importante.

-Entonces, ¿Cual es? ¿Qué es lo que hace que se pasen las noches recorriendo túneles en la oscuridad mientras se recitan unos a otros esas cosas que se escribieron hace siglos?

-Pronto lo sabrá. Pero primero tiene que contestarme. Confianza por confianza. ¿Escogió la opción correcta?

15. Mark reflexionó su respuesta durante toda una eternidad. Ya nada importaba. No tenia nada, salvo aquello. Quizás estaba allí porque en aquellos túneles oscuros y fríos era el único lugar donde encontraba algo de calor humano. O tal vez ocurría que aquellas caminatas siguiendo a unos cuantos locos que recitaban todas esas palabras incomprensibles constituían la única relación que había tenido desde hacía muchos años en la que no primaba el interés.

En el trabajo todo el mundo iba a lo suyo, y si podían, como Dreyfus, a aprovechar lo de los demás. Estaban sus amigos, aquellos que le abandonaron en el mismo instante en que empezó a bajar peldaños en el escalafón de la sociedad establecida. O todos esos que le daban ropa, o comida, o un par de pavos, siempre que les limpiara la mierda. Nunca, nadie, se había acercado a él de alguna forma sin esperar nada a cambio.

Empezó a vislumbrar la razón que había arrastrado sus pasos hasta aquel túnel. De alguna forma necesitaba la compañía de aquellos tipos extraños, sentir que no estaba solo en el estrato más sórdido de aquella sociedad, que había alguien que se interesaba por él, o que al menos consentía su presencia.

Y si ahora confesaba sus intenciones, si le decía a aquel viejo cual había sido en realidad su opción y que solo estaba allí porque no había encontrado la forma de llevarla a cabo, entonces perdería también esta última amarra con el puerto de la realidad.

-No.

Briant le miró con intensidad, invitándole a explicarse.

-En realidad no he podido encontrar la forma de delatarles. Lo tenía al alcance de mi mano, pero se me escapó. Me habrían apresado. Lo siento, ya ve que no soy la persona que usted pensaba.

Mark se volvió y comenzó a alejarse por el túnel.

16. El eco de sus pasos reflejado en la paredes cavernosas volvía a sus oídos como los golpes de un martillo. A medida que se alejaba empezaba a añorar cada vez más los sonidos rítmicos que en la noche anterior dieron consuelo a su alma atormentada. Deseó volver a la poesía, al menos a captar retazos de aquel viejo arte para remendar con ellos los destrozos que le había ido haciendo la vida.

Siembra un pensamiento, y cosecharás una acción.

Pero sabía que no podría volver con esos locos. Ese era el precio de la verdad. Si hubiera mentido seguramente le habrían aceptado, pero esa mentira habría estado siempre ahí, contaminándolo todo, pervirtiendo lo único limpio que quedaba en su vida, y a una mentira la sigue otra, y otra, y después otra más.

Siembra una acción, y cosecharás un hábito.

Tal vez pudiera llegar a la poesía por sí solo, pero, ¿De qué serviría? ¿Donde la encontraría? ¿Cómo la comprendería? No, no era la poesía. No solo la poesía. Allí había algo más. Esa gente se conocía. Hablaba. Quedaba. Compartía riesgos e inquietudes. Tenían una misión. Algo daba sentido a sus vidas. Jamás hallaría eso por sí mismo.

Siembra un hábito, y cosecharás un carácter.

Nada podría hacer ya. Tan solo recuperar los ecos de aquella noche, hacer que algunas de esas palabras volvieran a reconfontarle. Solo tenía que intentarlo. Recordar. Aunque solo fueran aquellos balbuceos con que contestaba cuando trataba de imitarles. Recordar. Concentrarse. Buscar el eco de aquellas palabras….

Siembra un carácter, y cosecharás un destino.

“Cosecharás un destino”. Algo así. Ya tenía algo con qué empezar. Se obligó a pronunciarlas en voz alta, como en la noche anterior, para tenerlas bien atadas en su frágil memoria.

-Cosecharás un destino. -exclamó

-Siembra un pensamiento, y cosecharás una acción.

Mark se volvió al oír esa voz conocida, y se dió cuenta de que la había estado oyendo todo el tiempo.

-Siembra un pensamiento, y cosecharás una acción. – repitió.

-Empieza con esta, es una de mis favoritas. Memorízala. Hazla tuya. Repítela hasta que cada palabra encuentre sola su lugar. Haz que resuene en tu interior. Y cuando ya la tengas, entonces trata de comprenderla.

Mark miró a Briant y esté le tendió su mano. Caminó tras él, de vuelta por el túnel, hasta que alcanzaron a los demás locos.

4 Comentarios

  1. Cuando empecé a leer la entrada pensé en cuál sería el motivo por el que invitabas a leerla casi por compasión, pero luego me di cuenta que la compasión se vuelve en nuestra contra como lectores: Nadie quiere “truncar” la buena literatura y convertirse en uno del montón, un lastimero lector de no más de 200 palabras jejeje… Pues estaremos esperando la segunda parte con ansias!!! Abrazos

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias; te prometo que ese prólogo no era una estratagema para vender el producto. Tiene más que ver con inseguridades, miedos y vergüenzas varias.
      Estoy con la segunda parte, y después habrá que rehacer la primera para que todo se integre y tenga más sentido, además de corregir a diestro y siniestro.
      Tu comentario suma ánimos al empeño, y para corresponderte le voy a dar tu nombre a un personaje; el tuyo es un nombre contundente y a la vez hermoso, firme a la par que frágil (¿acaso la maravillosa Katherine Hepburn está dando vueltas por mi inconsciente?).
      Ya ves, estos son los riesgos de comentar…
      ¡Un abrazo!

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  2. Por alguna razón no estaban activos los comentarios en esta entrada; acabo de resolverlo, mis disculpas a todos: os pedía opiniones pero no había medio para expresarlas… ¡Abrazos a todos!

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