Cien maneras de asesinar a tu vecino el del taladro.


Empecé por retirarle el saludo. Sin resultado. Después comprendí que esa estrategia no tenía ningún sentido: tras meses dejando las paredes de su casa como un gruyere, el muy desgraciado tenía que tener ya los tímpanos como dos balones de Nivea. ¿Que más daba saludarle o no, si no me oiría ni subiendo el volumen a nivel “su amigo el tapicero”?

Tenía que idear algo más fuerte.

Probé a combatirle con música heavy a todo trapo. Ya veríamos si con Brian Johnson subido a su chepa y gritándole al oido JaiGuédejé como un descosido, ese tipejo dejaba o no dejaba la maldita herramienta.

A mitad del back in black el muy cerdo se puso a taladrar al compás. Bueno, con la música al menos no le oía mucho. En realidad no oía nada. Pero al cabo de tres noches tomando la cena fría, porque no me enteraba cuando me avisaban de que estaba ya la mesa puesta, tuve que desistir de esa idea.

Entonces empezaron a poseer mi mente pensamientos bastante más macabros.

Cortarle la corriente. Meterle fuego a su coche. A su casa. A ambos. Pero cortándole el agua antes. Y aparcando en doble fila a la entrada de la calle para que no pudieran pasar los bomberos. Mejor tirarle un buen meteorito. O dos, por si fallaba el primero. O provocar un terremoto, aunque para lograrlo tuviera que estar dos semanas a base de comer coliflor. Estrellar un tráiler contra su terraza. Pero cargado a tope de sosa cáustica. Conectar los cables de alta tensión a la barandilla de su escalera. Y encerar antes los escalones para que después de chamuscarse como un torrezno fuera dando culazos hasta el sótano. Soltarle pirañas en la piscina. No, no, mejor en la bañera. ¡En el bidé, que demonios!

Me consolaba pensando en todas estas barbaridades mientras el continuo trrrrrrrrrr del jodido taladro seguía haciendo temblar los cristales en toda la casa. Pero todas ellas tenían un leve defecto: Cualquiera de esas soluciones hubiera terminado con mis huesos en la cárcel. Y aunque en los presidios no se permiten los taladros, mucho me temo que allí hay otros ruidos de condición aún más innoble.

Tenía que idear una forma de acabar con aquello sin que se supiera que había sido yo. Cerré los ojos con fuerza y traté de pensar. Pensar. Pensar…

Trrrrrrrrrrrr.

Maldita sea, no podía concentrarme con aquel estruendo. Decidí ir a un lugar más silencioso.

Estuve dando vueltas con el coche sin un destino concreto, hasta que recordé que tenía que hacerle un regalo de aniversario a mi santa. Veinte años ya. Eso merecía comprar algo muy especial. Y fue justo allí, en la sección de bricolaje del súper merca chino, donde el plan para acabar con la molestia de aquel malnacido se me reveló con toda claridad…

Dos días más tarde, mientras me afeitaba, pude oír cómo la banda sonora de mi vecino se paraba de repente. Al principio, cuando cesó el ruido, pensé que era mi vieja philishave la que había pasado a mejor vida, pero no, se escuchaba trrrrrr y sin embargo ya no se oía TRRRRR. La afeitadora funcionaba. Se le había jodido el taladro. Eso significaba que mi plan ya estaba en marcha.

Esa misma tarde volvieron a temblar las paredes. Con más fuerza esta vez, y el sonido era mucho más penetrante y desagradable. Los perros del barrio empezaron a aullar como si se acercara el fin del mundo. Las lámparas se movían tanto que mi salón parecía la pista central del circo del sol. Vimos salir del edificio de enfrente a una familia cargando con sus maletas… ¿Se habría comprado acaso mi vecino un nuevo taladro para torturarnos? ¿No sería por casualidad el modelo MegaPerforator 5000 con doble piñón percutor y cargador automático de tacos fischer del 15… el mismo que yo había estado manipulando en el almacén de bricolaje cuando nadie miraba?

Siiiiii. ¡Si! No podía ser otro. De hecho no había otro: compré todos los demás. Ahora nada podía fallar.

Pasé el resto de la tarde esperando acontecimientos mientras subía fotos de taladros al wallapop. Bueno, uno de ellos decidí quedarmelo como regalo de aniversario para mi señora, que seguro me lo agradecería cuando el vecino pasara a mejor vida y le viniera el síndrome de abstinencia de ruidos taladriles.

Al llegar la noche cesaron los ruidos por un instante. Era la habitual parada de taladroman para cambiarse de manos el sándwich y el taladro: el jodido bastardo no paraba ni para cenar. Y ese era el momento que yo habia estado esperando. Saqué de mi riñonera un extraño mando a distancia. Temblé de emoción al mirar la tecla roja que llevaba escrita en letras negras la palabra ‘ON’.

Y cuando el taladro empezó a sonar de nuevo, tomé un sorbo de mi vermú barato, me tapé la cabeza con el cojín del sofá y con toda la decisión de la que fui capaz pulse el fatídico botón.

Trrrrrrrrrrrr

¡No puede ser! Pulsé el botón una y otra vez, desesperado, como si de pronto hubiera salido en la tele el Salvame y no pudiera cambiar de canal. No pasó nada.

Trrrrrrrrrrr

Traté de calmarme. Tal vez el mando no tenía pilas. Pero el pilotito rojo se encendía. Entonces quizá es que no tenia alcance suficiente. Claro, la pared era bastante gruesa y por mucho que del otro lado tuviera más agujeros que un colador, no dejaba pasar la señal. Me acerqué a la pared y pulsé una y otra vez, moviendo el mando arriba y abajo, buscando cobertura como una adolescente en un Macdonalds, hasta que di con la solucion: la chimenea.

Lo único que compartíamos mi vecino y yo era el tubo de la chimenea. Se conoce que el constructor de las casas se quedó sin presupuesto y decidió que era una idiotez que cada casa tuviera su propio tubo para los humos: uno para cada dos, y arreando. Era la solución. Si metía el mando dentro de la chimenea seguro que conectaría. Así que mandé a la familia a la planta de arriba, que tampoco era cuestión de que me perdieran el poco respeto que ya me tenían, y me introduje como una anguila por la chimenea.

Hay algo que me extrañó en ese momento y desde entonces nadie ha sabido explicarme: ¿Como es posible que Papa Noel vaya siempre de rojo impoluto? Pero no quiero desviarme del curso de los acontecimientos (si alguien tiene alguna teoría al respecto puede dejarla como comentario). Una vez dentro, tiznado ya hasta las encías, me dispuse a pulsar el botón. Pero ¿qué botón? ¡No veía nada!

Así que tuve que hacer la anguila para salir de la chimenea, hacer el pingüino para ir a por una linterna sin manchar la alfombra, hacer el lince para rebuscar en los cajones sin que me oyeran los de arriba y hacer de nuevo la anguila para volver a mi posición de combate dentro de la chimenea. Estaba dispuesto a hacer lo que fuese para poder fastidiar a ese animal.

Ahora nada podía fallar. Enfoqué el mando con la linterna, pulse el botón y… ¡nada falló!

BOOOM

Lo siguiente que recuerdo es la cara de mi vecino ante mi, cubierta de negro, y en su mano derecha la empuñadura reventada de lo que alguna vez fue un taladro. Nos miramos sin decir palabra por unos instantes. Dos hombres completamente chamuscados, frente a frente, sin que entre ellos quedara el más pequeño resto del tabique que nos separaba hacia solo unos instantes.

Taladroman abrió la boca para preguntar qué había pasado, pero yo levanté con firmeza mi dedo índice para impedirlo. Me acerqué lentamente para susurrarle al oído y entonces, en la cúspide de mi triunfo, reuní todas mis energías para darle la respuesta que esperaba. Hinché los carrillos, puse los labios en modo pedorreta y le espeté boca a oreja un sonoro: ‘TRRRRRRRRRRRRRRRRRRR’.

Los vecinos regresaron del hotel a la mañana siguiente. Con algo de paciencia pude vender casi todos los taladros. Mi mujer usó a escondidas el que le regalé durante algunas semanas, hasta que Maluma sacó un nuevo disco y tuvo algo más divertido que escuchar. El seguro de la casa puso algunas pegas para reconstruir el tabique, pero tras mucho reclamar logramos que lo hicieran de hormigón armado, a prueba de agujeros.

En cuanto a mi vecino, dejo el taladro y se pasó a la filatelia, pero es bien consciente de que he conservado algo de aquel explosivo y como algún dia se le ocurra hacer ruido la pasar la lengua por un sello….

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