Desolación.


Al contemplar la desolación supo que había llegado a su destino. Bajó del caballo para beber unos sorbos de su cantimplora; el paraje desértico se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Tierras lunares, sin recuerdo siquiera de alguna vegetación, páramos grises, monteras oxidadas, arena, escoria y polvo. No muy distinto de las áridas tierras de Las Cruces que le vieron nacer y, sin embargo, aquella espesa humareda que oscurecía la comarca le sustrajo cualquier atisbo de nostalgia. Montó de nuevo y prosiguió ladera abajo para volver a los caminos en busca de algún rastro de civilización.

En todo aquel tiempo no dejaría de extrañar los cielos abiertos y limpios de Nuevo México. El destino había querido que sus correrías por el río Grande le arrastraran a aquella tierra tan inhóspita y lejana: Las órdenes de busca y captura fueron ampliando sus horizontes con tal impudicia que llegó una mañana en la que se vio a sí mismo escondido en una oscura bodega con rumbo a la vieja Europa.

El camino le trajo poco después un pequeño grupo de casas medio derruidas en lo alto de una colina. Había humo en la chimenea y el camino estaba despejado de matojos. Invitaba a hacer parada y sacudirse el polvo. Se aseguró de que la muerte seguía colgando de sus caderas y le ordenó con sus rodillas un breve trote a la montura. Cuando llevas años temiendo una bala traicionera la precaución se convierte en hábito. Si llegas rápido no das tiempo a que se preparen. Incluso cuando no te esperan. Estaba ya junto al cercado de piedras cuando un campesino salió de la casa y se acercó confiado.

─¿Quién va?

Por mucho que hablara un español fronterizo más que correcto, todos le habrían de conocer en aquella región como “el americano”. Le granjearon tan singular sobrenombre sus botas, sus ropas y su polvoriento sombrero de ala ancha, pero sobre todo los dos Colt que le habían empujado a ponerle un océano de por medio a la justicia. Aquella gente sencilla llegó a sentir por él miedo, desprecio y respeto a partes iguales; hubo quien le amó, otros quisieron matarle, pero muy pocos supieron su verdadero nombre. Era El Americano, y con eso bastaba.

Al entrar en la casa decidió que aquello se parecía a México, y no solo en la lengua. Cada vez que huía más allá de El Paso se regalaba con esa misma especie de recibimiento tosco y receloso en cualquier aldea perdida: Los hombres mandaban a los niños a cuidar del caballo, escondían bien a sus mujeres y le plantaban una botella de tequila sobre la mesa. Escogían vivir. Aquí no fue mi distinto, salvo que aquel aguardiente sabía como los mismos arroyos del infierno, pero no era mal sustituto.

Compartió la bebida con su temeroso anfitrión para tratar de sacarle algo de información. Hasta aquel momento solo sabía de las minas lo poco que había visto en el folleto al desembarcar. Lo suficiente para el caso: donde hay minas, hay dinero. Pero más allá de los motivos de aquella impulsiva decisión, ahora empezaban a importar los detalles.

─ Viene gente de toas partes. Los ingleses están contratando a cualquiera que pueda cogé un pico o acarreá un saco. Hombres, mujeres, niños, ¡da igual! En las minas siempre hay tajo.

Ingleses. Esos estirados petimetres. No sería muy complicado quitarle algo de peso a unas cuantas bolsas, pero tampoco he recorrido tantas millas para convertirme en un vulgar ladronzuelo. Donde hay tanta gente trabajando ─ ¿Y dice usted que son miles? se pagan nóminas. Me parece que el problema en este país no va a ser tanto el dinero, sino encontrar en qué gastarlo.

─ Antes de irme, hay una última cosa. ¿De dónde viene todo ese humo?

─ Las Teleras. ─ El visitante le miró perplejo ─ Queman el minerá pa sacarle el cobre. Hacen montañas con leña que están ardiendo días y días. Cuando se levanta el viento aquí no hay quien respire. Pagan bien por la leña, ¿sabe?

Poco más pudo sacar de aquel hombre. En realidad no necesitaba muchas indicaciones para llegar: las columnas de humo sobre la montaña eran como un faro que le atraía al mismo corazón de la prosperidad.

Esto es solo una prueba, nada más que un pequeño experimento. No tengo ningún propósito de continuar esta historia. Tan solo he querido hacer una pequeña maqueta sobre una de las muchas ideas que tengo abandonadas: una especie de western en la España de finales del XIX, en un contexto muy específico que se supone que conozco bien: mi propio pueblo.

Entiendo que la mezcla os parezca bastante extraña, pero si Mark Twain se llevó a un yankee a la corte del rey Arturo, ¿qué me impide a mi (aparte del sentido común, el buen gusto, la razón, la coherencia…) traerme a un forajido a casa y dejarlo suelto a ver la que lía ?

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