El Día que se Extinguieron Los Cuentos.


Erase una vez una generación que vino al mundo con un smartphone en la mano. Ese aparato les otorgaba un gran poder. Podían comunicarse con cualquier persona en cualquier parte del mundo. Podían jugar sin necesidad de amigos. Cualquier cosa con la que soñaran aparecía al día siguiente en casa, portada por un extraño paje con furgoneta y mucha prisa. Su smartphone les construía coloridos mundos exóticos y reinos de fantasía de lo más realista, para que ellos no tuvieran que tomarse la molestia de imaginarlos. Controlaba su peso, contaba sus pasos, les recordaba los cumpleaños y encontraba para ellos cualquier cosa que quisieran encontrar, en cualquier lugar, en cualquier momento.

Pero nadie les contaba cuentos.

Nadie les leyó nunca para ayudarles a dormir, ni les contó alguna de esas hermosas historias entonando, repitiendo, gesticulando, adornándolas con floridas onomatopeyas o decorándolas con los más ingeniosos y tiernos efectos especiales.

Ellos leían, sí, porque lo habían aprendido en el colegio y porque lo necesitaban para usar sus aparatos, para hacer sus trabajos y para aprobar sus exámenes, pero leían de forma mecánica, como leen las máquinas, como se lee para entender pero no para sentir.

Nadie les explicó que había otra forma de leer, una manera distinta y singular donde es todo el cuerpo el que lee, donde la voz hace surgir emociones de las palabras, donde la cara expresa eso que contienen los espacios en blanco entre las palabras y las líneas. Nadie les mostró que las historias tienen vida más allá del papel. Que solo tienen verdadero sentido cuando quien las oye, o las lee, reconstruye en su interior lo que imaginó quien las escribió.

Nadie les enseñó que leer, leer de verdad, requiere de confianza y esfuerzo. Confianza para dejarse llevar por el autor, para creerle a ciegas por un tiempo y sentir que aquello que nos narra, aún siendo de lo más fantástico e inverosímil, solo tiene valor si estamos dispuestos a respetar sus reglas y adentrarnos en sus ideas. Esfuerzo porque el lector tiene que trabajar para completar la historia con su propia imaginación, convertir los personajes en personas, y las descripciones en paisajes, y las tramas en vivencias.

Y esto que hace de la lectura un arte solo se aprende de niño, cuando alguien querido te cuenta cuentos y te muestra el camino con su ejemplo. Cuando una madre o un abuelo te transmite esa confianza, creyendo en la historia para que tu la creas, y hace para ti todo ese esfuerzo de crear personas y lugares y acontecimientos usando su propia imaginación.

Pero esta generación dio niños tan suficientes que no necesitaban que le contaran cuentos. ¿Para qué? Ya tenían su poderoso aparato que los hizo más inteligentes, más eficaces e infinitamente más cómodos. Y por esta razón estos niños, de mayores, no sufrieron el día en que se extinguieron los cuentos.

De hecho no se dieron ni cuenta: Sus aparatos conservaban una infinidad de tristes copias escritas de todos los cuentos y ellos, pobres nativos digitales que nunca oyeron un buen cuento, no fueron capaces de notar la diferencia.

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