Garras, cenizas y barro.


En anteriores entregas: Sarah, salvada de la muerte por el renegado, se recupera en su cueva. Los leones la protegen en todo momento. El jerarca ordenó la muerte de toda su familia a causa de su sacrilegio, pero ella no sabe aún cual puede haber sido su destino.

1.

Uyan está tumbado junto al camastro. Permanece allí toda la noche atento a cualquier movimiento. Madre le ha ordenado cuidar de la mujer. Vigila. Mujer. Cuida. Son muchas las palabras que Madre les ha enseñado del lenguaje de los humanos. Madre es bueno con ellos.

Mientras duerme su sueño leve, la brisa le trae el olor de Dina. Uyan se revuelve inquieto porque Madre salió con Dina hace tiempo, al caer la noche, pero aún no hay rastro de su olor. Tan solo huele a Dina, y a comida. Uyan se incorpora y gruñe. Dina entra en la cueva con una liebre entre sus fauces. La comparten, como siempre.

Pasan las horas sin que aparezca un rastro de Madre. Dina está nerviosa. Sale varias veces de la cueva buscando su aroma en el viento. El sol pronto va a salir. Dina vuelve a la linde del bosque, allí donde comienzan los páramos. Prohibido. No. Peligro. Sabe que Madre no quiere que pasen de ese lugar. Dina no teme a los humanos, pero Madre no quiere que vayan a los páramos.

El sol está alto en el cielo. La mujer despierta; ya no huele a miedo. Uyan se acerca y ella le premia con una caricia detrás de las orejas. Le gusta que le rasquen justo ahí. Y también en el lomo, donde no llega con sus garras. La mujer llora. Uyan se extraña porque Madre apenas lo hace. No conoce bien esa emoción de los humanos. Piensa que tal vez está herida, pero no ve ni huele su sangre. Cuida. Mujer. Buena. Madre dice que ella es de la manada. Tal vez tiene hambre.

La mujer ha encontrado el agua que Madre bebe caliente. Cuida. Mujer. Ahora juega con las cosas de Madre. ¿Qué es eso que hace? ¡Coser! Uyan ha visto como Madre se hace así su ropa. De alguna forma sabe que la piel de los humanos es lisa y no les protege. Frío. Ahora el viento trae un aroma familiar. Madre está cerca.

Madre aparece por fin con Dina y Uyan los recibe con alegría. Pero Madre está muy cansado. Jadea. Es como si cargara con un peso que no se ve. Algo le preocupa. Madre se sienta junto a la mujer. Dina y Uyan se tumban juntos a su lado.

Aunque no comprende su conversación, Uyan es capaz de reconocer algunas palabras y sobre todo comprende la mayoría de sus emociones. Madre le está contando a la mujer algo que le causa mucho dolor. La mujer llora. Algo va mal con su herida que no sangra.

Algo que Ulan ya barruntaba. Madre habla de fuego. Habla de muerte y destrucción. Uyan y Dina saben que la brisa trajo olor a humo la pasada tarde. Por la noche trajo cenizas. La mujer se tumba de nuevo en el catre. Mujer. Cuida. Vigila. Madre quiere que no se separe de ella. La noche es cerrada y sin luna, pero Dina puede salir a cazar.

Madre les ha enseñado todo lo que saben. Con él aprendieron a cazar de noche. A buscar guaridas y madrigueras. A seguir los rastros en sigilo durante horas, sin delatar su presencia, con paciencia, sin mostrarse en ningún momento. Calla. Quieto. ¡Quieto! Aprendieron a espiar a sus presas con el viento en contra para que su propio olor no les delatara. A esperar ocultos el mejor momento para actuar, a veces durante horas, y después, a atacar con decisión, por sorpresa, de forma rápida y letal. Ahora. Ataca.¡Ahora!  En la oscura noche del bosque hay animales que no ven. Presas fáciles. Liebres. Nutrias junto al río. Muflones. Ciervos, a veces. Ovejas que se pierden de su manada. Ataca. ¡Ahora!  Madre les ha enseñado muchas cosas.

Madre se pasa toda la noche jugando con telas y mirando sus extraños papeles. Se queda dormido antes del amanecer. Dina se tumba junto a él. Uyan tiene que cuidar a la mujer. Pasa largas horas tumbado junto a su camastro.

El sol no aparece hoy en el cielo. Hay nubes y huele a lluvia.  Madre tiene hierros para desollar las nutrias y los conejos. La mujer coge uno y se va a un rincón. Uyan la nota distinta. Hoy no llora, aunque sigue herida. Cuando vuelve del rincón ya no tiene melena. Pero Uyan percibe que ahora es más fuerte. Madre le da algunas pieles, y él mismo se quita las que lleva para ponerse otras mucho más gastadas y sucias. Ahora los dos se parecen a esos humanos que conducen los rebaños. Cogen algo de comida, los hierros, y salen de la cueva. Vamos. Uyan. Dina. ¡Vamos! 

Uyan camina delante de todos. La mujer es joven y se adapta bien al camino escarpado, pero Madre baja con más dificultad. Dina le espera en cada recodo y cada paso estrecho. El fino oído de Uyan le anuncia que se acercan al arroyo. La mujer y Madre hablan de nuevo. Son palabras de dolor y muerte. Madre protesta, pero la mujer quiere seguir adelante. Dina se queda parado junto a Madre. Uyan se planta frente a la mujer. Uyan tiene que mantener unida a la manada. Es su obligación. Lo dicta su instinto. Al fin, Madre cede, se pone en pié y reanudan la marcha en silencio.

Al cruzar el arroyo Dina no puede evitar que Madre resbale y caiga al agua. La mujer le ayuda a salir del agua y, por alguna razón que solo los humanos entienden, los dos empiezan a reír. Por un momento parece como si Madre no estuviera tan cansado ni la mujer tuviera esa extraña herida que no sangra.

Dina y Uyan se han criado con Madre y han aprendido a comprender sus emociones. Notan ahora como Madre ha dejado atrás ese peso que arrastraba e incluso camina más ligero, y por su parte la mujer no está tan encerrada en su dolor, aunque su mirada tiene fieros destellos de rabia. La mujer hace preguntas y Madre no para de hablar. Mientras lo hace, los leones notan como no para de mirarles a ellos. Por su expresión y sus gestos Uyan entiende que le está hablando a la mujer de ellos, de su vida y su historia.

Uyan y Dina nunca podrán olvidar el olor de Madre, ese aroma peculiar y diferente que un lejano día llenó la pequeña cueva y que les ha acompañado durante todas sus vidas. Si pudieran hablar, nos contarían el temor que experimentaron en ese momento en que los invadió ese olor extraño, tan distinto a ese otro aroma felino que les era tan familiar, un olor que asociaban con calor y leche. Les dirían a la mujer que entonces tenían hambre, mucha hambre, y aquel nuevo olor trajo poco después agua a sus bocas. Aquel olor a ser humano, a compasión, a ternura y a protección impregnó sus cuerpos cuando Madre los pegó a su cuerpo, los envolvió entre sus ropajes y se los llevó de aquel oscuro lugar. Poco después, mientras se alejaban de aquella cueva en una montaña remota, Uyan creyó reconocer una leve traza de aquel olor conocido y familiar, aprisionado entre efluvios de podredumbre y descomposición. Fue la última vez. Dina y él jamás han vuelto a percibir ese otro aroma.

Solo eran unos cachorros. Poco después abrieron los ojos y vieron por fin a Madre, cerrando ese vínculo único y especial que solo existe entre madre e hijo en toda la naturaleza. Madre. Ese fue el primer nombre que Madre les enseñó. El les alimentó, les cuidó, les enseñó a cazar y a evitar las trampas y a ocultarse de los hombres. Jugó con ellos y lamió sus heridas. De Madre aprendieron el significado de muchas palabras, esos sonidos que tal vez no eran tan ricos y expresivos como sus ronroneos y sus gruñidos, pero que querían decir cosas sencillas y así era como Madre se entendía con ellos.

Llevan hora caminando. Ya se acercan al páramo. Madre les ordena a Dina y a él que vuelvan a la cueva. Ambos presienten el peligro más adelante y no quieren abandonarlos, pero las palabras de Madre son más firmes que nunca. Atrás, ¡Volved! ¡Volved!.  

Dina y Uyan no pueden hacer otra cosa que obedecer las órdenes de madre, por mucho que su instinto se rebele contra ellas. Gruñen y protestan, pero al cabo se miran y deciden dar la vuelta para desaparecer por el mismo camino.

2.

—Pensaba que había algo mágico, algún hechizo con el que conseguías que te obedecieran.

—Ya ves que no, Sarah. Para ellos soy su madre. En realidad no han conocido a otra.

—¿Cuánto tiempo llevan contigo?

El renegado permaneció en silencio. Se resistía a hablar de su pasado con ella, pero el mero hecho de que Sarah se interesara por algo, más allá de todas las tragedias que la envolvían, estaba trenzando un fino hilo que no podía consentir que se rompiera.

—Unas… diez primaveras.

El cielo se cerraba cada vez más. La lluvia no tardaría en caer.

—Debes haberlos traído desde muy lejos. Nadie ha visto nunca animales como estos en toda la región.

—Mis cansados huesos han conocido muchos lugares, Sarah. Partí de aquí más o menos con tu edad y por largos años recorrí el mundo en busca de algo. — Una pausa, un suave bufido.— Algo que al final descubrí que no eran más que quimeras y sueños absurdos.

Empezaron a caer las primeras gotas. El renegado conminó a Sarah para que agilizaran el paso. Sarah sabía que el no podría seguirla si lo hacía.

—No tienes por qué venir conmigo. Ya has hecho bastante por mí.

—Deberíamos regresar los dos a la cueva, hija. Lo que pretendes hacer es una verdadera locura. Si te reconocen los soldados estás perdida.

—Lo he perdido todo. Ya nada me importa. Pero no pienso dejar que los restos de mis padres y mi hermano se pudran sin honrarlos dándoles tierra.

El renegado no quiso insistir de nuevo. La lluvia arreció. Corrieron a refugiarse bajo un roble solitario. Decidieron descansar hasta que cesara la lluvia y se recostaron entre las raíces del árbol envueltos en sus pieles.

Cuando el renegado despertó de su corto sueño agitado descubrió que la lluvia había cesado. Se había quedado solo. Sarah se había marchado sin hacer ruido. Recogió sus pieles sobrecogido y partió en pos de ella. No le podía haber sacado mucha ventaja, pero tardaría en alcanzarla. Y tenía que hacerlo. A cualquier coste.

La noche seguía sus pasos por el camino, pero el viejo no necesitaba luz para seguir el rastro. Sabía a la perfección hacia donde iba la chica. Caminó sin descanso durante un par de horas tras ella. No estaba resentido. Sabía que la chica le había dejado atrás para no arrastrarle en su insensato propósito, pero al hacerlo renunciaba a la única ayuda que podría haber tenido.

Pasada la medianoche llegó a la aldea. Aceleró aún más el paso. No la había salvado de una muerte segura para permitir que cayera ahora si la descubrían en aquella casa. Solo esperaba no llegar demasiado tarde.

La aldea estaba desierta y a oscuras, pero no le resultó difícil encontrar la casa; mientras cruzaba la aldea ya se distinguían al final del camino los restos carbonizados y los negros esqueletos de los árboles.

Allí encontró a Sarah arrodillada en el barro, manchada de holín, con las manos ensangrentadas de cavar y el rostro arrasado por el dolor. Lloraba en silencio frente a un triste montón de tierra envuelta en cenizas.

—Ya esta hecho, hija mía. Vámonos. Tenemos que salir de aquí cuanto antes.

Sarah no respondió. Ni tan siquiera se volvió a mirarle. El renegado decidió concederle unos minutos más para que se despidiera de los suyos. La lluvia había cesado. Permanecieron los dos en silencio, un silencio pesado y gris que solo rompía el rumor del viento entre los arbustos, hasta que surgió en él un eco lejano de cascos de caballo.

3.

—¡Alguien se acerca! ¡Tenemos que ocultarnos, Sarah!

La arrancó del suelo a duras penas. Trató de arrastrarla hasta los arbustos. El trote sonaba cada vez más cercano y amenazador. ¿Quién si no la soldadesca del barón podría llegar cabalgando a aquellas horas?

Apenas se habían ocultado en la maleza cuando un tenue resplandor asomó por un recodo del camino de la aldea. La luz manaba de un farol que portaba un hombre a pié. Le seguían varios hombres a caballo.

Uno de los jinetes se adelantó y empezó a husmear por los restos de la casa.

—¿Estás seguro de haber visto a alguien?

—Sin duda, mi señor. Había un tipo merodeando entre los restos de la casa.

—¡Seas quien seas! ¡Muéstrate! ¡Este lugar está en interdicto! ¡Nadie puede estar aquí!

Sarah miró con temor al renegado. Este le tapó la boca con una mano mientras con la otra le hacía gestos para que permaneciera en silencio.

—¡Muéstrate de una vez, desgraciado! ¡No nos hagas ir a buscar los perros!

Los ojos de Sarah delataban su ansiedad. No iba a permitir que atraparan al renegado por su culpa. Forcejeó con él para salir y entregarse, pero el viejo pudo contenerla. Le habló entre susurros.

—Es solo una bravuconada, Sarah. No han traído los perros y no creo que vayan a cabalgar unas cuantas leguas en plena noche para ir a buscarlos por un motivo tan insustancial. ¡Guarda silencio y no te muevas!

Los soldados miraban por todas partes sin bajarse del caballo. El hombre del farol, que con toda seguridad era quien les había avisado, se dedicó a buscar huellas en el suelo embarrado. El renegado supo entonces que pronto les descubrirían. Sus pisadas sobre el barro no serían difíciles de encontrar. Aquel condenado farol sería su perdición. Pero no podían hacer otra cosa que permanecer inmóviles y esperar.

—¡Aquí! Venid aquí, señor.

Los soldados se acercaron al hombre, que estaba alumbrando el suelo con su luz de mano. El que parecía mandar sobre ellos ordenó a uno de los otros dos que desmontara y comprobara lo que había encontrado el aldeano.

—Parece una tumba. La tierra está removida y húmeda todavía. Esto lo han hecho hace muy poco. Hay muchas huellas alrededor, capitán.

—¡Pues síguelas, pardiez!

Las pisadas conducían con claridad a su escondite. Sabiéndose perdida sin remedio, Sarah tomó impulso, se liberó del abrazo del renegado y se escurrió por entre los matorrales. Al cabo de unos instantes salió a la vista de los soldados en un punto distante, para no delatar el escondite de su benefactor.

—¡Aquí me tenéis!

—¡Prendedle! — Ordenó al instante el capitán. Los soldados la cogieron de inmediato por los brazos. Desmontó para ver de cerca a su prisionero.

Pese a la oscuridad, el renegado reconoció al capitán Bjorn de la guardia del barón. No podía explicarse qué podía hacer allí alguien de su ralea a estas horas de la noche. Tal vez habían tenido la mala suerte de que el maldito depravado anduviera tras los pasos de alguna de las jóvenes de aquella aldea. Si descubría que su prisionero era en realidad una mujer nada frenaría sus instintos ¡Tenía que evitarlo a toda costa!

—¿Quién eres tú, maldito sacrílego? ¿Has hecho tú ese montón de tierra?

Mientras los soldados le ataban a Sarah las manos a la espalda, el renegado sacó de entre las pieles su cuchillo y se fue acercando con sigilo al capitán, sin abandonar la protección de los matorrales.

—¡Habla! ¡Habla de una vez o te hago azotar aquí mismo! ¿No habrás enterrado aquí a esos sacrílegos?

Sarah permanecía con la cabeza baja para no delatar la rabia que brotaba de su mirada. A duras penas se contenía para no contestar, para no lanzarse contra aquel bastardo y destrozarle el rostro con las uñas, o los dientes, o como fuera. Pero eso podría poner en peligro al renegado. Tal vez si se contenía y no hablaba se la llevarían de allí y no descubrirían al viejo.

—Seguro que sí, tus manos hablan por ti. Si, tú has cavado esa tumba. —La miró con desprecio. —¡Fijaos bien en este pobre diablo! ¿Pues no me quería estropear el trabajo?

El fornido capitán hizo ademán de volverle la espalda. No fue más que una estudiada finta para poder asestarle un revés con el dorso de la mano, un golpe brutal que estalló con toda su fuerza en la cara de Sarah. Desprevenida, trastabilló y no cayó al suelo solo porque la retenían los otros dos soldados.

—¡Has de saber que yo mismo pasé por la espada a esos cobardes, uno tras otro! —Señaló a la tumba. Su expresión sardónica revelaba cuanto estaba disfrutando con la escena. — Murieron degollados, chillando como cerdos. Después hice que prendieran fuego a todo esto para que no quedara el menor rastro de toda esta estirpe de sacrílegos. Así lo había ordenado el jerarca, ¿lo entiendes, miserable? ¡Nadie debía tocar esos despojos, aparte de los cuervos y los buitres!

Sarah le escupió con desprecio, manchándole de sangre la armadura.

—¡Vas a pagar muy caro lo que acabas de hacer! —Se acercó a su caballo y cogió el látigo que llevaba colgado en la silla —¡Soldados, desnudadlo y atadlo a esa valla!

El renegado aguardaba su oportunidad agazapado en el lugar más cercano de los matorrales, pero ya no podía esperar más. Era ahora o nunca. Si le arrancaban la ropa y descubrían que aquel sucio pastor en realidad era una mujer, tardarían muy poco en averiguar quién era en realidad. Tenía que evitarlo a toda costa. ¡Si tan solo se acercara un poco!

Los soldados soltaron los brazos de su presa para poder quitarle la camisa y Sarah aprovechó ese momento para forcejear y tratar de escapar. El capitán dio un rápido paso al lado y armó su brazo para soltar un tremendo latigazo. En ese mismo instante sintió un doloroso pinchazo en su garganta y un brazo que le rodeaba la cintura. Se quedó petrificado con el brazo en alto.

—¡Soltadlo! ¡Soltad al chico o le abro la garganta en canal! —gritó el renegado.

El hombre del farol echó a correr como alma que lleva el diablo. Su luz delatora cayó en el barro y se apagó en un breve chisporroteo. Los soldados miraron a su jefe sin saber qué hacer.

El capitán Bjorn sopesó la situación por un instante. Trató de soltarse. Solo logró que la punta del cuchillo se hundiera un poco más en su garganta. No vio más opción que claudicar.

—Soltad a ese miserable.

Los soldados dejaron a Sarah y empuñaron sus armas. Ella se acercó al capitán para quitarle su espada. Según se acercaba, Bjorn percibió su inquietud, y a través de ella calibró las fuerzas del compinche que le amenazaba, mucho menores de lo que suponía en un principio. Cuando Sarah estaba a un paso de él, hincó con fuerza un codo en el estómago del renegado a la vez que agarraba con la otra mano el brazo que sostenía aquel cuchillo amenazador.

Por un instante sus fuerzas estuvieron equilibradas, pero Bjorn giró sobre si mismo y de un brusco empujón arrojó al renegado contra el suelo. Los soldados rodearon a Sarah. El capitán supo que tenía completamente dominada la situación. Sacó la espada de su vaina con fría lentitud, haciendo ostentación de su poder.

—Maldito traidor. ¡Si no es más que un viejo desgraciado! Ahora, prepárate a morir.

Alzó su espada para asestarle un mandoble fatal al viejo, indefenso sobre el barro. Sonrió una vez más. Disfrutaba de estos momentos. Sarah, retenida de nuevo por los soldados, contemplaba impotente como el renegado, el hombre que la había devuelto a la vida, iba a morir ante sus ojos y ella no podía hacer nada para evitarlo. Sintió que el peso de la culpa la traspasaba.

Bjorn mantuvo su espada en alto unos instantes, mientras miraba a su victima con fría intensidad. El renegado sabía que no existía un atisbo de piedad en la conciencia de aquel hombre. No temía tanto por él, pues el capitán solo iba a adelantar una muerte que ya presentía cercana, como por Sarah, que sería descubierta y sometida a todo tipo de torturas antes del sacrificio. Y ya no quedaba nada que pudiera hacer para impedirlo.

¡Ahora!.

De súbito el capitán Bjorn se vio arrastrado contra el suelo, aplastado por una fuerza irresistible que había saltado sobre él desde las sombras. Cuatro afilados puñales abrieron profundos surcos en su costado mientras su brazo derecho quedaba aprisionado entre las fauces de una bestia enorme y terrible. Otro animal de similares proporciones había tumbado a uno de sus soldados y acaba de hacer presa con sus colmillos en la garganta del otro, que gritaba con horror. Bjorn estaba aterrado. Había soltado la espada al caer. A pesar de las heridas buscaba en su cinto algo con que defenderse.

El otro león había acabado ya con el soldado, que yacía boca arriba con la garganta destrozada, y rugía mientras perseguía al otro hombre que se había incorporado a duras penas y estaba tratando de huir hacia la espesura. ¡Ahora! ¡Ataca!. Un horrible grito tras los matorrales anunció su final. Pero a este lamento siguió un aullido mucho más cercano, y no menos horrible por no ser humano.

Dina regresó alarmada a toda prisa y encontró a Madre y a la mujer alrededor de Uyan. Quiso perseguir al hombre que avanzaba renqueante hasta su caballo para huir, pero Madre lo impidió. Quieta. ¡Quieta!  Uyan olía a sangre y dolor. Sus rugidos eran estremecedores. Dina trató de lamer la profunda herida.

3 Comentarios

  1. Al principio me ha costado entender el punto de vista leonil, pero frase a frase has conseguido lo que pretendias: desvelas la suerte de la familia de la chica sin dramas, su evolución, su dolor y la relación que se está iniciando con el renegado. La parte final, la acción, está narrada a la perfección.
    Besacos!

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  2. Un capítulo largo y que me ha exigido mucho esfuerzo. Concederle el punto de vista a un León (que no la voz, hubiera sido demasiado Disney) me ha costado sobremanera, pero me parece una buena eleccion: el ritmo cambia, frases cortas, la voz de un narrador que parece sacado de un documental de la 2, y esas palabras en italica que dan la clave, que anclan el texto a una mente que maneja conceptos simples, aunque experimente emociones complejas.

    Después venía la acción, y nada mejor para cambiar la perspectiva que un diálogo, corto, muy medido, donde me interesaba hacer más humana a Sarah y más complejo al renegado.

    Y al final, la acción, como en las películas americanas. Creo que la historia, y el lector, después de un capitulo largo merecía que moviera la cámara e hiciera que pasaran cosas. Insidias, violencia, sorpresas… hacen la lectura más atractiva y la historia más interesante.

    Bueno, al menos estas han sido las intenciones, no se si las habré logrado, ahora tengo que dejarlo reposar antes de volver a leerlo y revisarlo. Y tengo que hacer todo lo que he dejado de hacer para escribir esto… pero ese es el precio a pagar, y de momento merece la pena.
    Muchas gracias por venir y llegar hasta aquí. Los comentarios y en especial las críticas son siempre bienvenidos. Un abrazo!!

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    1. Por cierto, esta vez no he encontrado un Bocklin que se adecuara al relato, pero pensé que nada mejor que cederle la imagen al verdadero protagonista del capítulo: el extinto León de las cavernas.

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