La eterna travesía


En capítulos anteriores: El jerarca ha muerto asesinado por Axel, quien se ha proclamado su sustituto a pesar de que había dos candidatos más: Sven, abandonado al nacer al cuidado de los fieles a Prometeo, y Ludwig, segundo hijo del Barón, quienes a su vez aspiraban a la sucesión.

1.

Las sibilas desfilaban con parsimonia formando dos prietas hileras entre las que portaban, sin aparente esfuerzo, el cuerpo amortajado del jerarca. Siguiendo un antiguo ritual, los restos de Leidan, tapados por un lienzo blanco, recorrían por última vez el camino hasta la orilla. El nuevo jerarca, también de blanco, aguardaba en pie junto a una barca para conducir a su antecesor a la que sería su última morada, una sombría tumba en la isla de los muertos.

A una señal de Axel las sibilas depositaron el cuerpo con entrenada precisión sobre unas parihuelas de madera y tela dispuestas a tal fin en la proa de la barca. Ludwig y Sven, los dos acólitos, embarcaron tras él y tras acomodarse en los baos, comenzaron a bogar.

El mar estaba encalmado aquella tarde. En su superficie especular se reflejaban oscuros nimbos que presagiaban tormenta. No corría la más leve brisa. Los acompañaba en su singladura un silencio ominoso, quebrado tan solo por el cadencioso chapoteo de los remos.

Axel permanecía en pie junto al cuerpo mascullando oscuras invocaciones que enturbiaban el aire. Los acólitos remaban de espaldas al jerarca, ajenos a su letanía.

La isla se iba acercando, poco a poco. Cuando Axel ya casi podía distinguir las tumbas en la distancia entonó una salmodia a los dioses para implorar su protección, pues aquella isla maldita estaba fuera de los dominios de Prometeo. Los acólitos se volvieron entonces y pudieron vislumbrar los pórticos de mármol que se abrían a sombrías cavidades y recónditos pasadizos de los que nadie pudo regresar jamás. Un temor reverencial los invadió a todos.

—¡Remad con más brío!

Las palabras restallaron como un látigo en los oídos de Ludwig. Aún no podía asimilar que ese miserable asesino le estuviera dando órdenes. Miró a Sven. Este le miró a su vez. ¿No era rabia contenida lo que brotaba de aquellos ojos? Sin cruzar palabra, aumentaron la cadencia sin perder el compás. Axel continuó su letanía. Ludwig supo que tenía que actuar.

—Eras tú. — le susurró a Sven.

Los remos entraban y salían del agua sin apenas levantar espuma. Sven miró intrigado a Ludwig, sin atreverse a quebrar el silencio. Ludwig esperó su respuesta, pero sus labios siguieron sellados. Tenía que seguir vertiendo veneno en sus oídos, y tenía muy poco tiempo para que hiciera efecto.

—El elegido. Eras tú. —volvió a murmurar Ludwig.

Sven no contestó. Sus manos se crisparon sobre la maneta del remo con tal intensidad que Ludwig tuvo que aplicarse a fondo con su remo para evitar que viraran a estribor. No necesitaba más respuesta. La costa se perdía ya en la lejanía. Una bandada de cuervos cruzó ante los acantilados portando malignos presagios.

—Conocías al jerarca. Sabes bien lo que pasó en el bastión.

Sven no quiso ni mirarle esta vez. Bajó la cabeza. Algo en su interior pugnaba por salir a flote, pero largos años de sumisión habían erosionado su voluntad. Se empleó con el remo con más intensidad aún. Ludwig sabía que la isla se acercaba sin remedio, y solo tenía esta oportunidad.

—Sabes que él jamás se habría entregado al sacrificio sin cumplir los ritos. Lo sabes bien, Sven.  

Axel volvió su cabeza de repente, y Ludwig de alguna forma percibió su mirada clavada en su espalda. Tal vez no le habría oído. Debía tener más cuidado. Pero no tendría otra oportunidad. Casi podía sentir el rumor del aire entre las ramas de los cipreses. Tenía que derribar aquel muro antes de embarrancar en la playa. Después ya no habría ocasión.

—Tenemos que vengarle. Hoy. En la isla. —Susurró.

Esta vez se arriesgó a girar la cabeza y mirarle. Axel seguía de espaldas a ellos, absorto en su salmodia. Sven cerró con fuerza los ojos. Movió la cabeza pausadamente, de un lado a otro. Sus brazos se empeñaron con tanto ahínco que faltó poco para que sacara el remo del escálamo.

—Allí no alcanza el poder de Prometeo.

Sven seguía negando y remando con fiera intensidad. Ludwig tenía que emplearse con igual fuerza y eso hacía que no pudiera controlar bien el volumen de su voz.

—Axel es anatema, Sven. Mató a nuestro maestro.

El mar se notaba algo más agitado. Ludwig presintió la cercanía de la playa. El tiempo se agotaba.

—Mató a tu padre.

En ese preciso momento Ludwig sintió en su espalda un fuerte tirón que le hizo soltar el remo y caer hacia atrás. Sus ojos miraban a las nubes. Sentía un fuerte dolor en el costado. Por un momento pensó que todo había terminado para él.

Giró la cabeza y vio a Sven tumbado boca arriba. La barca apenas se movía. Axel estaba tumbado boca abajo sobre el cadáver, que por poco no se había caído al mar.

Habían embarrancado.

2.

—¡Estúpidos! ¿Por qué no habéis dejado de remar? ¿Es que ni tan siquiera sois capaces de manejar una triste barca?

Ludwig y Sven bajaron la cabeza y soportaron la dura reprimenda con estoicismo. Desembarcaron en silencio y se aprestaron a trasladar el cuerpo del jerarca, portando las parihuelas por sus extremos. Axel les precedía, indicando el camino. Sven le seguía, tirando de las parihuelas. Ludwig cerraba la comitiva, sin dejar de mirar a la espalda de Sven por un instante.

—Espero que seáis capaces de llevar a este viejo estúpido a su tumba sin tropezar.

Dejaron la playa pedregosa para tomar un camino estrecho y sinuoso que bordeaba los cipreses y ascendía por las laderas del empinado montículo que formaba la isla. El ritual les imponía el silencio más completo. Solo el jerarca debía recitar las invocaciones prescritas. Sin embargo, caminaba en silencio durante todo el trayecto. Sven giró despacio su cabeza para mirar hacía atrás. Ludwig percibió un matiz extraño en su mirada.

—Maldita sea, no estoy dispuesto a seguir trepando como una cabra. Acabemos ya con esto. Lo dejaremos aquí mismo, en este osario.

Sven miró de nuevo a Ludwig. Algo se había partido en su interior.

—El jerarca merece reposar en su tumba, como todos antes que él.

—¡Silencio! ¡No vuelvas a abrir tu sucia boca! Este desgraciado era un sacrílego y no merece otro final que pudrirse en ese agujero, junto a los sin nombre y los infieles.

Sven miró de nuevo a Ludwig y comenzó a agacharse. Ludwig comprendió y entre los dos bajaron las parihuelas sobre el camino.

—Jamás, impostor. Abjuro de ti, y reniego de tus actos criminales.

Sven estaba desatado. En dos rápidos pasos se colocó frente a Axel y le agarró con fuerza por sus ropas, a la altura del pecho, de forma que sus caras quedaron a un palmo de distancia.

—Tú asesinaste al jerarca. Tú cometiste el peor de los sacrilegios, y por ello ahora debes morir.

Axel miraba a Sven sorprendido y aterrado, mientras Ludwig se quedaba inmóvil a solo un paso de distancia.

—Mi figura es sagrada para ti. ¡Yo te exhorto! ¡No puedes tocarme! ¡Prometeo! ¡Tu Voz está siendo ultrajada! ¡Acude en mi ayuda!

Pero Sven redobló su empeño y reuniendo todas sus fuerzas logró levantar en peso a Axel. Con solo girar su cuerpo podría arrojarle por el talud.

—Nada puede Prometeo aquí. Esta isla le está vedada por los dioses. Y aunque así fuera, la indignidad de tu sacrilegio sería suficiente para…

Sven no pudo terminar la frase. Sus fuerzas flaquearon de repente. Exhalo un gemido ronco. Su rostro se pudo lívido. Dejó a Axel sobre sus pies y siguió cayendo, desmadejado, inerme, hasta quedar tendido en el camino sobre un charco de sangre que brotaba de una mortal herida en su costado izquierdo.

—Prometeo no tiene poder aquí, pero su daga sí. —gruñó satisfecho el jerarca, mostrándole su arma al agonizante Sven.

Ludwig se acercó al desvalido Sven solo para comprobar como la vida se le escapaba de forma irremediable por la herida. El jerarca los miró con desprecio.

—Lo dejarás ahí para que sea pasto de los buitres.

Ludwig respondió a su mirada con una intensa frustración. Sus planes se acababan de desbaratar. Tal vez si reunía sus fuerzas y cargaba contra él podría hacerle caer por el talud como había intentado Sven…

Pero nada podría contra la daga ritual. El bastardo sabía cubrirse las espaldas. Había hecho bien en no intervenir. Volvería a tener una oportunidad, y esa vez no la desaprovecharía. Miró de nuevo al jerarca, asintió y bajó la cabeza.

—Tendrás que arrojar al osario los restos de ese otro bastardo.

Ludwig se dispuso a hacerlo con resignación.

—Y ahora escúchame bien. No pienses que ser hijo del barón te protege. Si hubieras movido un solo dedo contra mí, habrías terminado como este desgraciado.

Ludwig ocultó a duras penas la rabía que le consumía.

—Pero si me eres fiel, Prometeo y yo haremos que conserves tu vida.

7 Comentarios

  1. Mas vale tarde que nunca: aquí estoy😆
    Bien, este capítulo me ha encantado. Ya podemos intuir qué tipo de calaña es Ludving y su forma de actuar, un tipo inteligente.
    Espero la siguiente entrega😉👏

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    1. Ya te echaba de menos! Me alegro, ya ves que mi villano ha hecho su aparición mostrando que es un gran manipulador, a la vez que un despreciable pragmatismo… nadar y guardar la ropa. Creo que los buenos villanos (y eso es decir los peores villanos) actúan a través de otros.
      En la próxima entrega recuperamos a Sarah y a su protector. Lo siento por ella, pero tengo que darle más caña para forjar su carácter. Espero que nadie que me lea me acuse de maltratar a mis propios personajes, y no solo por mi pésimo estilo.
      Abrazo y muchas gracias, te supongo ocupada en mil asuntos y eso le da más valor a la ayuda y el tiempo que me dedicas.

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      1. Estoy deseando saber qué tienes preparado para Sarah. Y sí, ando bastante liada, con lo que me gusta divagar… Y tengo que conformarme con aparecer en cuatro frases por las redes😂😂
        Incluso tu relato, que me dejé para mi momento zen, se quedó a medias por leer y lo he terminado hoy. 😊 Besacos!

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  2. Hola, Israel: las imágenes que utilizas para ilustrar los textos me encantan.
    Por cierto, por un momento consideré que Ludwig, tras envenenar a Sven y volverlo contra Axel, salvaría la vida de este último a costa de asesinar él mismo a aquél. Así se habría congraciado con Axel.

    Ya comenté que me agradó descubrir a Axel como villano, pero entiendo que el verdadero malhechor es Ludwig, alguien que en base al capítulo anterior parecía advertirse como un tipo frágil o cuya vida corría peligro.

    En definitiva, gran labor
    casualmente, he leido los textos con la banda sonora de GAME OF THRONES de fondo jeje… (Toque medieval)
    ¡Feliz semana!

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    1. Muchas gracias, esas imágenes son más que la inspiración: son el motivo. Se trata se cuadros de Arnold Bocklin, un pintor suizo del siglo XVIII, afincado en Florencia y que quedó muy marcado por la muerte de su hija. La mitología, y sobre todo la muerte, son omnipresentes en su obra, cargada de simbolismo. Como anécdota, del cuadro que he incluido en esta entrada, la isla de los muertos, hizo varias versiones; una de ellas cayó un manos de Hitler y presidió su despacho. Al margen de esta casualidad, este cuadro significa mucho para mi: me hizo llorar en una situación en la que realmente lo necesitaba.
      El malhechor es Ludwig, así es. Y es frágil, tiene inseguridades y debilidades. Es distinto. Los malvados siempre tienen un plan, el no: improvisa, duda, tiene su lucha interior y sentimientos contradictorios. La jugada que propones habría sido muy astuta, pero el es débil, no quiso, o supo, o pudo intervenir. O tal vez no quiso mojarse, por ese adagio de los estrategas militares del control de daños.

      Prueba con Rachmaninov: he tratado de seguir la cadencia de su música en los párrafos del texto. Con poco éxito, la verdad, pero esa era la intención.
      Un abrazo y muchas gracias, Carlos!

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  3. Esta vez no voy a extenderme mucho en mi comentario. Esta entrega tan oscura esta muy marcada por la imagen que la acompaña, “La isla de los muertos” de Bocklin, pero también por la composición “La isla de los muertos” de Sergei Rachmaninov. Esta genial combinación ha estado presente en todo momento mientras lo escribía, y sinceramente me atrevo a recomendaros que hagáis lo mismo al leerla.

    Es más, os recomiendo que escuchéis a Rachmaninov mientras miráis a Bocklin, muy por encima de que leáis este relato o no. Porque son dos genialidades que por separado merecen la pena, y juntas además se enriquecen la una a la otra.

    Por aligerar el ambiente: ¿Hace un pequeño acertijo? Minipunto para quien encuentre la tumba de Arnold Bocklin.

    Un abrazo.

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