El castillo Werstaldt


En capítulos anteriores: Una joven se fuga antes de ser sacrificada y es rescatada por un personaje extraño, el renegado, que la acoge en su morada. El jerarca pone en interdicto a la familia de la joven, a quien cree muerta, y poco después es asesinado por Axel, que toma su puesto a pesar de que él no era el elegido.

1.

El castillo Werstaldt se alzaba en un saliente de las escarpadas laderas de la montaña sagrada, allí donde la pendiente se volvía impracticable y los árboles no se atrevían a crecer. Desde su atalaya se podía divisar gran parte de la región, de los bosques a los páramos y de los valles al lejano mar. En días despejados la vista podía alcanzar hasta los escollos y la isla oscura, pero lo más común era que las nubes, desgarradas por la distante cima de la montaña, bajaran en jirones a encapotar el paisaje, cuando no acudían en procesión los vahos sulfurosos que la ira de Prometeo exudaba por incontables grietas en las escarpas.

El castillo parecía haber sido construido por algún gigante enloquecido. Los adarves imitaban el tortuoso contorno del saliente, las murallas se alzaban cimentadas a duras penas sobre su relieve imposible y erguidas sobre profundos taludes cortados a pico que hacían inútil la protección de un foso. El patio de armas era un intrincado laberinto en pendiente al que se abrían a distinto nivel las puertas de los establos, las cocinas, los hornos y las viviendas de los castellanos, dependencias que se superponían unas sobre las otras para salvar la dificultad del terreno. En la parte más alta del patio un estrecho arco guardaba el paso a la torre del homenaje, donde estaban las suntuosas estancias del barón y su familia.

Un único camino daba acceso al recinto a través del puente. Un sendero estrecho y escabroso vigilado en cada una de sus revueltas por infinidad de saeteras que hacían de aquel castillo una fortaleza inexpugnable. Se decía que una veintena de guerreros bien apostados sería capaz de rechazar al más poderoso de los ejércitos.

Más no era tan temible el se acercaba en aquel momento, ni desde luego requería defensa alguna. Eric, el hijo mayor del barón, entraba por la barbacana seguido por una larga columna de guerreros polvorientos. Frenaron el paso al pasar bajo el rastrillo e irguieron sus cabezas con dignidad frente a la espontánea algarabía que ya les recibía presintiendo nuevas de victoria.

Los mozos libraron a los exhaustos guerreros de sus cabalgaduras.  Las mujeres llenaron sus cascos de cerveza y les dedicaron sus mejores elogios, tal vez con la peor de sus intenciones. Eric, aún a caballo, rompió filas y consintió con magnanimidad que sus soldados se entregaran a la celebración. Tras descabalgar vació con tanta ansiedad una enorme jarra que terminó empapando su polvorienta armadura.

—Padre, ¿acaso no oye ese alboroto? ¡Eric ha vuelto!

—Al fin —suspiró— Esperemos que al menos sea portador de buenas noticias.

El barón se acercó a la tronera junto a su hija.

—Así parece, a juzgar por el recibimiento. ¿Puedo bajar a buscarle?

—Espera un poco, ruiseñor. Aún no he terminado de contarte.

—Por favor, padre, permitidme que baje. ¡He temido tanto por él!

—Hija mía, es una lástima que entre las muchas virtudes que heredaste de tu madre no se encontrara la paciencia. Deja que su hermano se sacie de victoria con su tropa. Pronto subirá a contarnos la batalla.

El barón volvió a su asiento. Rosemund se quedó contemplando el bullicio hasta que notó que su padre la esperaba con el gesto contrariado. Regresó en cuatro obedientes saltos para sentarse en el suelo junto a él.

—Quiero que pienses bien en todo lo que hemos hablado. Solo de tí depende esa alianza que puede darnos la seguridad que nunca hemos tenido en el Oeste.

—Pero entonces tendría que dejar el castillo.

—Para vivir en otro que no es muy distinto de este. Tal vez mejor, porque allí serás la señora y en cambio aquí —la miró con ternura— en el mejor de los casos solo formarías parte del séquito de tu hermano.

Rosemund bajó la cabeza resignada, tratando de pergeñar algún otro impedimento.

—Yo solo quiero lo mejor para ti, ruiseñor. Tu madre y yo terminamos conociéndonos y amándonos. Puede que no con esa pasión que derrochan los simples, ese fuego que arrasa sus vidas y los vuelve tan débiles. Pero nosotros logramos con el tiempo algo superior, esa comunión de dos almas que unen sus destinos para forjar un propósito más grande.

Las palabras de su padre se estrellaron impotentes contra el recuerdo abrasador de unos brazos musculosos y el roce de unos labios. No podía resignarse a perderlos.

—Padre, yo…

El barón alzó su mano con gesto firme y, a la vez, llenó su boca de dulzura.

—Se que lo harás, mi ruiseñor. Y ahora es tiempo ya de que acudas acude en busca de tu hermano. Dale recado de personarse ante mí, antes de que se pierda entre las faldas de alguna estúpida sirvienta.

Una ultima mirada. Un último intento.

—Puedes retirarte, Rosemund.

Su nombre restalló como una orden, de esas que no se atrevía a desobedecer.

Rosemund vagó escaleras abajo tratando de retener unas cuantas lágrimas que tal vez le podrían ser útiles en otra ocasión. Se plantó bajo la arcada con su mejor sonrisa, tratando de atraer la atención de su hermano Eric sin tener que mezclarse entre toda aquella gente. Unos cuantos saltitos lograron su propósito.

—¡Hermana! ¡Mírame bien! ¡Hoy te traigo una hermosa victoria! -le dijo mientras la alzaba sin apenas esfuerzo.

—Para, Eric, ¡para por favor! -protestaba entre risas.

De nuevo en tierra, se recompuso y su semblante perdió de repente toda su luz. Miró a su hermano buscándole algún daño, alguna herida, y le encontró más alto, robusto, con el rostro curtido por el sol y piel manchada de batalla. Grabó aquel recuerdo junto a los otros que le servían para comparar a los hombres que se le acercaban.

— Padre lleva tiempo esperándote. Debes subir cuanto antes, Eric. Creo que hay problemas.

—¿Problemas? ¿Acaso tienen que ver con esa columna de humo que hemos visto en el valle? Yo haré que padre olvide sus pesares. Hemos aniquilado a esos bastardos. ¡Y sin perder un solo hombre! Les hemos barrido, Rose. ¡Ha sido tan fácil como cortar mazorcas!

2.

Eric estuvo tentado de hablar antes que el barón, pero la fuerza de la costumbre embridó de alguna manera su entusiasmo.

—Veo que tienes más apego a la soldadesca que a tus deberes con tu barón.

—Excúsame, padre, los hombres han sido unos valientes y merecen saborear las mieles de la victoria.

—No les queda otra salida. Los simples se labran la fama con su heroísmo, a los nobles nos basta con no parecer cobardes.

—Pareciera que te disgusta mi triunfo.

—Lo que me disgusta es tu ausencia. Permíteme que te felicite, hijo mío: Tienes el don de no estar nunca donde se te necesita.

—Pero, padre, ¿Cómo puede…? ¡Hemos vencido! Los Freicklen ya no volverán a ser un problema.

—Nunca lo habían sido en realidad, y dudo mucho que alguna vez llegaran a serlo. Esas pobres bestias solo tenían un destino posible: Si no los mataba alguien más, se habrían matado entre ellos.

—Créeme que no ha sido fácil, padre. Pero mis guerreros y yo…

El barón alzó su mano.

—Ya está bien. Tu incontinencia con la espada nos traerá serios problemas algún día, si no lo ha hecho ya.

—Padre, yo todo lo hago por ti, por nosotros.

Eric desenvainó, hincó la rodilla ante el barón y dejó la espada a sus pies, todavía manchada de sangre seca.

—Levántate, ¡no seas ridículo! Lo pasado ya no tiene arreglo.

Eric se alzó sobre sus pies y no pudo evitar que la rabia y la desolación brillaran en sus pupilas.

—Supongo que no sabrás nada aún. Mientras tú estabas persiguiendo a esos don nadie, el jerarca ha muerto y ha elegido como sustituto a ese bastardo malnacido de Axel.

—¡Eso no es posible!

—Lo es. Una desgraciada se tiró al mar antes de ser sacrificada y, según afirma el nuevo jerarca, el propio Leidan le llamó mientras buscaban el cuerpo. Le pidió que le sacrificara para lavar el sacrilegio que se había cometido, nombrándole su sucesor.

— Pero, ¿Y Ludwig? ¿Acaso no estaba allí?

—Tu hermano llegó cuando ya no había remedio. Encontró el cuerpo de Leidan degollado dentro del torreón. Ese maldito Axel portaba el anillo y mostraba en alto la daga de sacrificio.

—¿No pudo impedirlo?

—Tu hermano comparte contigo el don de la inoportunidad. A veces pienso que el destino me tenía reservadas virtudes para un solo hijo, y después la suerte las tuvo que repartir entre vosotros como pudo.

Eric notó como le palpitaba la sangre en su mano derecha, aferrada al puño de la espada.

—Así que ya ves, hijo mío, como los planes de toda una vida se pueden volatilizar en solo unas horas.

—Dame tu permiso, padre, y en otras pocas horas tendrás aquí la cabeza de ese bastardo.

El barón se incorporó de su silla.

—¿Y que nos declaren en interdicto?

—Si así ha de ser…

—¡Maldita sea! Te he dicho mil veces que las batallas se ganan con la espada, pero las guerras se ganan con el casco. ¡Usa tu maldita cabeza por una vez!

Eric enrojeció de furia.

—Los tiempos de Leidan han terminado. Ahora tenemos a un jerarca que se cree las palabras que él mimso dice. Y eso es terrible. No podremos matarle sin que sus fieles vuelvan a toda la chusma contra nosotros. No podremos controlarle. Y, sobre todo, no podremos hacer nada por tu hermano.

—¿Ludwig? Podrá vivir con ello.

—No lo creo. Como es bien sabido, cuando un jerarca escoge a sus sustituto el rito ordena que éste sacrifique a su maestro. Lo que no está escrito en ninguno de sus malditos libros es el destino de los demás acólitos.

El barón acercó su rostro al de Eric.

—Se que aún eras pequeño cuando Leidan se hizo jerarca, pero es posible que recuerdes a los otros acólitos. Lambart murió poco después, mientras dormía. Aldrus fue victima de unas extrañas fiebres, y de mi querido primo Sigmund jamás se volvió a saber nada.

—¡Ludwig! —exclamó Eric con los ojos fuera de las órbitas.

3 Comentarios

  1. Confieso que me he divertido escribiendo este capítulo. Como detalle, mientras tecleaba, se me pasa por la cabeza sugerir un incesto, y ahí está. Encajara bien en cierto sitio, y define a la chica mucho mejor que mil palabras hablando de su cutis y su cabello.
    Para el barón me he servido de un famoso epigramista de Asimov, a mi manera, claro. He pensado mucho en la forma de introducirlo en la historia y darle relevancia, aunque solo sea un peón que sacrificaré por un bien (o mal) mayor.
    Hay más intenciones, y no me importa mostrarlas. Una, por ejemplo, es sembrar la semilla del escepticismo: no podían ser todos tan insufriblemente idiotas como para tragarse el rollo ese de prometeo.
    Nada como un poco de penicilina contra los hechizos.
    Otra ha sido introducir elementos que más tarde sean reconocibles. Es la ventaja de ir tomando notas, tengo que seguir esa buena costumbre.
    Y por último, he metido las tijeras. Habia una tercera parte, ya escrita, pero al final he decidido que Ludwig (que es mi villano gay, que lo sepas) entre en escena con más despliegue de medios.
    Perdonad si estos comentarios suenan presuntuosos o si hago algún que otro spoiler. Me apetece compartir algo más que los textos en si, tal vez por si conociendo mis intenciones podéis aprender algo más de todos mis errores.
    Un abrazo!!

    Le gusta a 2 personas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s