El renegado.


(Digo yo que para qué necesito un diario cuando ya tengo un blog. Podría escribir aquí mis intimidades en la confianza de que no las va a leer nadie. Eso si, a veces llegan estrellitas que yo creo que se le caen a la gente, y como yo soy muy mío, entiendo que no son mías y las dejo en objetos perdidos. Con estas premisas, si por alguna casualidad has caído por aquí -se ve que hay algo suelto que os hace tropezar- espero que no te importe que yo vaya a lo mío).

Hace poco presenté a un personaje con la sutileza habitual, marca de la casa: no era más que una voz detrás de unas mosquiteras. En aquel momento pensé que, total, para lo que iba a durar, no merecía que me tomara más molestias.

Y ahora resulta que lo necesito. Vaya. ¡Levántate y anda!

El renegado. Ahora encaja en la historia, si, porque Sarah necesita una motivación y un cambio. Me gustan los personajes que cambian, que evolucionan, que descubren cosas y se transforman. Pero me gustan los personajes que cambian per se, no los que son meras victimas de los acontecimientos. Y Sarah necesita descubrir cosas. Ella tiene que ser el germen de la liberación de toda esa gente dominada por una superstición absurda, y para ello hay que sembrar conocimiento en su mente.

¿Quien mejor que un renegado, un apóstata de ese culto, que ha viajado, aprendido y desarrollado sus propias ideas? Pero, claro, ha de estar limitado pues, en otro caso, el mismo podría liderar el cambio. A ver que tenemos para el… ¿lo dejo ciego? ¿Impedido? ¿Agonizante? ¿Le rompo las piernas? O peor aun: ¿lo prejubilo?

Me da pena el hombre.

Mejor que eso. Voy a lastrarlo con dudas. Una buena lucha interior. ¡Eso tiene que funcionar!

Y además, rompemos con el maniqueísmo. No quiero Gandalfs ni Merlines en mi camino. ¡Vade retro! Las personas nunca somos esencialmente buenas o malas. Somos… eso, personas. Y si un personaje ha de ser creíble, no puede ser perfecto ni en su bondad ni en su maldad.

Pues ya creo que lo tengo. Tan solo me falta darme una vueltecita por algún centro comercial y robarle la estética a algún abuelete que tenga pinta de buena gente. Es fácil reconocerlos: llevan bolsas.

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