Un pacto, una fuga, una traición.


1

Las ruinas del bastión se erguían en la parte más alta de los acantilados, allí donde las estribaciones de la montaña sagrada perdieron su batalla contra el mar. Los restos de un pasado ignoto que habían resistido seísmos y tempestades, eran testigos aquella tarde fría y ventosa de un nuevo ritual sangriento.

Dos hileras de largas túnicas blancas se encaminaban con parsimonia hacia el interior del bastión. Entre ellas caminaba una joven alta de rostro lívido y largos cabellos castaños; llevaba las manos atadas a la espalda y un blanco sayo por toda vestimenta. La multitud que rodeaba el torreón se abrió a su llegada formando un estrecho pasillo hasta la piedra ceremonial. Un reverencial silencio los dominó, tan frágil que apenas sostenía los cantos que partían como ecos perdidos del interior de las capuchas de las sibilas.

La sombra alargada de un anciano nervudo y encorvado las esperaba inmóvil, trazada por el sol del atardecer sobre aquel granito raído de moho y moteado de cuarzo y sangre seca. Leidan, el jerarca, ocupaba su puesto en el lugar especial que le estaba reservado, enhiesto sobre la muralla derruida, con la piedra ante él y el mar a su espalda. Acariciaba la daga ritual que colgaba de su cintura mientras se acercaba la comitiva. Su pulso, todavía firme y certero, había causado gran parte de aquellas manchas oscuras, sin fallar una sola vez.

A su lado se encontraban sus tres acólitos, los mas aventajados de entre los iniciados al rito. El viejo jerarca pronto escogería a uno de ellos como sucesor. Sven era el mayor de ellos; sus más de treinta años los había pasado en el panteón, donde fue abandonado al nacer. No conocía por tanto ni tenía más vida que el rito del fuego, al que servia con absoluta devoción. Ludwig, segundo hijo del barón, era sin duda el más aplicado, y las generosas aportaciones de su padre lo convertían en el más firme candidato. Axel, el más joven, no era por ello menos fervoroso o capaz que los otros dos y, pese a no proceder de familia noble, había sabido medrar con astucia para ganarse la confianza del jerarca.

El jerarca y sus acólitos presidían el circulo que todos habían formado alrededor de la piedra ceremonial, siguiendo un estricto orden donde se podía medir la importancia de cada personaje por su proximidad al jerarca. Junto a él estaban, de un lado, el propio barón Werstaldt, siempre acompañado de Bjorn, capitán de su guardia, y tras ellos algunos de sus soldados, mientras que del otro lado estaban el alcalde Mainstroff, el alguacil Klinsman y los intendentes de varias aldeas vecinas. Tras ellos y a todo su alrededor hasta las murallas, se agolpaban las gentes que habían acudido a presenciar el sacrificio.

Las sibilas se postraron de rodillas alrededor de la piedra, formando el circulo más intimo del ritual, de secreto simbolismo. La joven dio unos pasos titubeantes y cayó de rodillas sobre la piedra. Su mirada estaba vacía. Su cuerpo, extenuado.

El jerarca alzó sus brazos con decisión y las sibilas dejaron de cantar. Solo rompían el silencio los jadeos nerviosos de la joven mártir. Las gentes se agolpaban para mirar al interior del circulo.

Las palabras oscuras del jerarca Leidan despertaron ecos malignos en las ruinas. Estaba invocando a Prometeo. Ofrecía aquella victima inocente, aquella joven pura, para aplacar su furia, la ira del morador de la montaña que se manifestaba en toda suerte de dramáticos cataclismos, arrojando enfurecido inmensas rocas ardientes, o cubriendo los valles con densos vapores asfixiantes o haciendo estremecerse la tierra para sembrar la muerte y la destrucción.

Y las gentes escuchaban amedrentadas, asintiendo resignados a cada invocación, acompañando con gestos las palabras del jerarca, pues todos temían a Prometeo, desterrado en la montaña sagrada por revelar a los mortales los secretos del fuego, Prometeo, caprichoso e implacable, capaz de provocar la más terrible devastación cuando aquellos por quienes había traicionado su condición divina no satisfacían sus deseos y exigencias.

La joven podía sentir en su nuca todas aquellas miradas. Algunas eran compasivas, otras despiadadas. La mirarían con alivio quienes habían podido pagar el canon para librar del sacrificio a sus propias hijas o hermanas. Con temor, aquellos cuya hermana o hija podría ser la siguiente. Con recelo los más fervorosos, dudando de que la campesina fuera pura y digna del sacrificio. Pero el jerarca, como pudo descubrir alzando un poco la cabeza, la miraba con ansiedad extática, con una fría crueldad ajena a toda piedad y compasión, rescoldo de largas décadas segando vidas para su dios.

Leidan les exhortó una y otra vez a someterse. Porque solo él era la voz de Prometeo, el más fiel de sus súbitos y también el más cercano de sus confidentes. A través de él manifestaba el dios su voluntad, mediante una liturgia extraña para los no iniciados en el rito del fuego que nadie más sabía interpretar. Y el jerarca les decía que Prometeo estaba furioso. El dios reclamaba su derecho. Tenían que entregarle a aquella doncella para mitigar su cólera. 

La joven sintió que los recuerdos afloraban poco a poco en su mente adormecida. Recordó que alguna vez había recorrido los campos de cereales. Que había subido a los arboles y jugado con sus hermanos. Que había tenido un nombre, Sarah, que se abrió paso también a través de las tinieblas que había creado aquel bebedizo. Sarah rasgó la oscuridad y recordó que había crecido, trabajado, llorado amado y sufrido. Que había vivido y había soñado. Y todo aquello iba a terminar cuando el jerarca empuñara su daga.

El jerarca abrió sus brazos para realizar las últimas invocaciones. Sarah no quería morir, o al menos no quería morir así. Se obligó a recordar el ritual. El jerarca levantaría ahora los brazos, miraría a la montaña y todos se postrarían para reverenciar a Prometeo antes de culminar el sacrificio. Era la ocasión para intentar salvarse. Solo tendría ese momento. Pero ¿Cómo escapar de allí? Demasiada gente alrededor. La retendrían. No consentirían que huyera. No había escapatoria. 

Pasados unos instantes, Leidan hizo una pausa, miro a su alrededor y alzó los brazos. Todos se arrodillaron como Sarah había previsto. Levantó entonces la cabeza y miró a su alrededor. Era su única oportunidad. Tenía solo un momento, mientras todos estaban postrados. Pero no sabía qué hacer. Estaba paralizada.

El jerarca empezó a bajar sus brazos y en ese momento Sarah vio el sol detrás de él. cayendo sobre el mar en el horizonte. El mar.

Se incorporó, dio unos pasos con energía sorteando al viejo asesino y saltó al encuentro del mar.

2

Ajeno a todo el alboroto, el jerarca había quedado sumido en negros pensamientos. No alcanzaba a comprender la razón que había impulsado a aquella estúpida a arrojarse al vacío. Tal vez el bebedizo administrado por sus acólitos no había surtido su efecto adormecedor. Puede que las sibilas no la hubieran preparado a fondo. Y desde luego los guardianes no habían estado atentos para evitar su fuga. Todos aquellos ineptos acababan de ofender a Prometeo de la manera más horrible, y pronto pagarían por su ineptitud. Lo pagarían muy caro.

Porque Leidan era consciente de su propio poder. Un poder inmenso, en una región dominada por el miedo y la superstición, donde el poder civil estaba sometido a sus designios y el pequeño ejército del barón era, de facto, su brazo armado. Un poder que se perpetuaba en una singular dinastía. Cada jerarca elegía a un sucesor de entre sus acólitos, revelándole con posterioridad al elegido los misterios del rito del fuego y preparándole para su ejercicio, cuyo primer acto como nuevo jerarca era el sacrificio de su propio mentor. Así lo exigía Prometeo, y así se había hecho siempre. 

-¡Sacrilegio!

El grito había partido de alguno de los hombres del barón. Le siguieron murmullos, gemidos y lamentos entre el populacho, a duras penas acallados por el cántico ritual que empezaron a entonar las sibilas. La muchedumbre se agitaba inquieta. Algunos se unieron al canto de las sibilas. Muchos otros gritaban con desesperación, temiendo la ira del dios.

El jerarca levantó entonces los dos brazos y alzó su mirada hacia lo más alto de la montaña. Aquel gesto fue suficiente para que un silencio reverencial se apoderara de cuantos le rodeaban. Pasados unos instantes que recordaron a todos su inmenso poder, el jerarca comenzó una oscura salmodia.

Tras pronunciar palabras prohibidas para invocar viejos ritos y formar la más oscura de las maldiciones, bajó su mirada a los fieles que le miraban aterrados y entonces se dirigió a ellos alzando el tono de voz.

-El alma de esa mujer insensata y sacrílega vagará eternamente por los eriales de la eternidad. Todos los de su sangre serán desterrados. Sus posesiones, quemadas. Sus campos, arrasados. Sus animales, sacrificados. La memoria de su existencia se perderá por siempre. Nadie volverá a pronunciar su nombre ni osará invocar su recuerdo. Su cuerpo se pudrirá entre los escollos para ser pasto de los más inmundos carroñeros.

El sacerdote mantuvo sus brazos en alto y la mirada perdida durante largos instantes, mientras el eco de sus palabras resonaba en las conciencias cuantos estaban en el acantilado. Los bajó con lentitud a la vez que volvía las palmas de las manos hacia ellos, en un gesto lento, una orden en realidad para todas aquellas mentes, indicándoles que debían abandonar el lugar.

Las sibilas emprendieron su camino en sumisa fila, ladera arriba hasta las quebradas donde tenían su residencia, mientras los demás asistentes se volvían cabizbajos a sus lugares de origen. El jerarca se dirigió al torreón seguido de sus tres acólitos y se perdió en la oscuridad de su interior.

3.

-Dejadme solo ahora. Tengo que reflexionar.

Los acólitos se quedaron fuera, junto a la puerta, consternados por lo acontecido. Comentaban indignados el comportamiento de la joven y las nefastas consecuencias que podría acarrear aquel sacrilegio, cuando Axel les señaló que no tenían seguridad de que la joven hubiera muerto. Nadie se había asomado al acantilado, dando todos por hecho que la caída había sido mortal. Pero si por alguna extraña razón la joven había sobrevivido a la caída, entonces existía la posibilidad de realizar de nuevo el sacrificio y satisfacer plenamente la ira de Prometeo.

Ante esta nueva posibilidad decidieron repartirse por distintos puntos del acantilado para buscar algún rastro de la mujer. El jerarca sabría premiar a quien capturara a la sacrílega. Partieron en distintas direcciones.

Cuando estuvo bien seguro de que los otros dos no le veían, Axel volvió sobre sus pasos y entró en el torreón.

Encontró al jerarca arrodillado frente al muro de piedra, perdido en sus invocaciones, o quizás inmerso en una especie de trance. A pesar de ello el viejo Leidan percibió una presencia y, sin volverse siquiera, habló como para si mismo.

-¡He dicho que me dejéis solo!

Axel se quedó paralizado, pero ya no tenía más camino que el que se había marcado. Se acercó en sigilo. El jerarca podría volverse en cualquier momento. Tenía que actuar con rapidez.

En dos pasos llegó hasta él y le rodeó el pecho con el brazo izquierdo para taparle la boca. El viejo forcejeó y trató de resistirse. Axel mantuvo su presa y con la mano derecha logró hacerse con la daga ceremonial que colgaba del cinto del jerarca. Vio la sorpresa en sus ojos. Y el odio, un odio irrefrenable.

Ya no había vuelta atrás. Solo podía continuar con su plan. Axel hundió la punta de la daga en el cuello del jerarca hasta que brotó un hilo rojo, y entonces le habló sin dejar de mirarle a los ojos.

—Nos has perdido a todos con tu torpeza. Ha llegado tu hora, viejo estúpido. Tu sacrificio calmará la furia de Prometeo. ¡Disponte a morir!

El jerarca miró al joven con ojos desorbitados y, tras mover a un lado y a otro la cabeza, consiguió articular algunas palabras.

-¡No debes! ¡No puedes! ¡Yo te conmino! ¡Tu no eres el elegido! ¿Entiendes? ¡Solo el elegido podría…!

Axel volvió a taparle la boca y apretó aún más fuerte la daga, haciendo que el jerarca se estremeciera de dolor.

-¡Si que lo soy! ¿Entiendes, viejo? ¡Yo soy el elegido! Llevo años aprendiendo en secreto, espiándote a cada paso mientras instruías a ese inútil de Sven. ¡Te espié, sí! Leí los libros prohibidos a escondidas, descifré los signos y desvelé tus secretos. ¡Yo soy el más digno del cargo, mucho más que esos dos idiotas! 

Leidan escuchaba impotente las palabras de Axel. Ya apenas forcejeaba.

—Pero cuando ayer supe que ibas a declararle tu seguidor la próxima luna, ya no me quedaba otra opción. No lo había planeado así, pero esta tarde, con tu torpeza, me has brindado la ocasión perfecta. ¡Viejo miserable! ¡Bien sabes que este sacrilegio solo se puede reparar con tu propio sacrificio!

El horror se asomaba a los ojos del jerarca.

—Si, maldito imbécil, cuando vean tu cuerpo degollado y les muestre tu anillo en mi dedo y la daga en mis manos, todos pensarán que me has pedido a mi, tu sucesor, que te sacrifique a Prometeo. Así se ha hecho siempre, y así conviene ahora por el horrible sacrilegio que has cometido. 

Axel miro a los ojos al jerarca y descubrió que más allá del horror, se formaba en ellos una súplica. La misma que el jerarca había visto en tantas victimas. La misma que había ignorado en tantos sacrificios.

—Prepárate a morir. Y deja ya de moverte. Mi primer sacrificio tiene que asombrar a todos. Voy a hacerle a tu viejo gaznate un tajo perfecto. 

3 Comentarios

  1. Este finde he estado liada, así que me había dejado reservada la lectura. Dicho esto: no defraudas. Has metido más tensión e intriga, así que el Código del lector-escritor, te obliga a continuar. En cuanto al villano, no sé si será Axel… (Apuesto por el tío de la cueva)
    Besacos!

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    1. Si te digo la verdad, todavía no lo he decidido. El de la cueva no es, seguro, al renegado le reservo una buena dosis de introspección. Axel apunta maneras con ese nombre de desodorante, pero no se, no se, tengo que soñar mucho con esta historia para ir atando cabos.
      Creo que la voy a continuar, al menos mientras me divierta… y me queden Bocklins, jeje je
      Un abrazo!!

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  2. Nota del autor:
    El título puede parecer engañoso, pero no lo es. La fuga y la traición están en el texto, pero el pacto… también.
    Es mi pacto contigo, el lector. En este capítulo se define el contexto de la historia, introduciendo el marco en el que se desarrollaran los acontecimientos. Tenemos una sociedad sometida al poder de un culto/rito/secta que rige sus destinos. Hay poca magia, y la poca que hay (o que parece haber) ya se presentó en el primer capítulo. Un capítulo que de alguna forma se justifica con este, como era mi obligación al iniciarlo in media res.
    Creo haber cumplido además otros propósitos. Se presentan algunos conflictos, se sugiere ya una de las tramas, y se genera cierta tensión que queda inconclusa para crear espectativas: la familia de la chica está en interdicto, la sucesión del jerarca será fuente de conflicto entre los acólitos, y ya asoman otros elementos del plano civil y religioso que tendrán su papel más adelante.
    Pero… ¿dónde está mi villano gay?
    Solo puedo decir que está, pero aún es pronto para mostrar su condición. ¿Será Axel, ladino y despiadado? ¿Será otro de los acólitos, el segundón frustrado del barón o el huérfano criado entre hombres?¿será el barón, o su capitán, al que se supone guapetón porque he dicho que es capitán pero no que sea feo o este embrutecido?
    Ya se verá. El próximo capítulo tendrá otro protagonista, el renegado, y también otro punto de vista. Pero eso será el proximo fin de semana. Mañana es lunes y toca aquello del primum vivere.
    Muchas gracias a todos.

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