Sacrificio


1.

El contacto con el agua helada tras la caída hizo que volviera en sí, solo para descubrir que se había salvado de una muerte segura para verse en un nuevo peligro. Se hundía más y más en el mar. No le quedaba apenas aire. Con un supremo esfuerzo se desembarazó de sus ataduras y luchó contra la irresistible atracción de las oscuras aguas para emerger. Tras aspirar una bocanada agónica comenzó a dar brazadas por instinto, luchando contra el incesante embate de las olas.

Era apenas consciente de su desesperada situación. Su mente estaba aún embotada por los bebedizos con que la habían adormecido para el sacrificio. El frío era estremecedor. Apenas sentía las extremidades, y las necesitaba más que nunca. Tenía que alejarse como fuera del acantilado. Cualquiera de aquellas olas podría arrastrarla contra los rompientes.

Nadó a ciegas, sumergiéndose bajo las crestas de las olas y braceando acto seguido para luchar contra la resaca. Pero apenas avanzaba. Algo la retenía, como una mano implacable que tirara hacia atrás de su cuerpo. Con una furiosa sacudida se deshizo de los restos del vestido ceremonial que estaban haciendo de lastre. Pudo nadar entonces con más provecho, exprimiendo sus agotadas fuerzas para alejarse de los escollos.

Nadó y nadó hasta quedar extenuada. Las piernas no le respondían. Los brazos, ateridos, se negaban a obedecerle. No podía más. Pensó que todo estaba perdido, que por mucho que luchara el mar la acabaría sepultando sin remedio. Todo había terminado. Ya solo tenía que dejarse llevar. Todo acabaría en unos instantes.

Dejó de nadar. Su cuerpo se volvió más pesado. Se estaba hundiendo y ya no podía, no quería evitarlo. No temía a la muerte, en cambio le aterraba el sufrimiento de morir ahogada, esa sensación horrible de quedarse sin aire, de abrir la boca para inspirar y sentir como los pulmones se llenaban de agua. Ella no quería morir así. En un último esfuerzo mantuvo a duras penas la cabeza fuera del agua, como la proa de un barco que se niega inútilmente a naufragar, mientras dejaba que su cuerpo se hundiera sin remedio en las aguas oscuras.

En ese momento final de desesperación y agonía sus pies sintieron el contacto salvador de las arenas de los bajíos. Recordó aquellas arenas. Solo tenía que seguirlos y buscar su punto más alto, allí donde la marea baja encontraba una barrera y creaba las charcas donde tantas veces había buscado conchas y moluscos.

Cuando salió por fin del agua estaba desnuda, extenuada y transida de frío. Pero no podía quedarse a descansar tumbada en esa playa. Vació entre estertores el agua de sus pulmones y se arrastró por la arena para guarecerse entre las rocas. Tenía que ocultarse de los augures. Si descubrían que el sacrificio no se había completado, enviarían tras ella a las sibilas. Las temibles sacerdotisas de Prometeo, armadas con sus afiladas lanzas de doce pies, la seguirían sin descanso con su jauría de licaones y le harían pagar muy caro el sacrilegio.

Encontró una abertura entre las rocas y se arrojó a su oscuridad para estar a salvo de miradas asesinas. Era mejor dejarles creer a todos que había muerto.

La grieta era más profunda de lo que parecía. No podía ver nada del interior y no se atrevía a introducirse más, consciente de que aquellos escondrijos solían estar habitados. Se acomodó entre las algas acumuladas en la entrada para entrar en calor y así, vestida con jirones de mar, sucumbió por fin al cansancio.

2.

Dos ojos amarillos con enormes pupilas la miraban con fijeza. Un rugido amenazador le confirmó que no estaba soñando. Se quedó paralizada, temiendo de nuevo por su vida. Pero no sabía a qué se enfrentaba. ¿De cuantas muertes más tendría que salvarse ya? El sacrificio. La caída por el acantilado. Las olas. El frío. Y ahora aquellos ojos temibles que no se apartaban de ella.

Sus propios ojos se fueron adaptando a la oscuridad y la imponente figura de que aquel ser se fue formando de entre las tinieblas. De súbito, dos nuevos ojos, felinos también, se volvieron a mirarla, tan cercanos que casi podía tocarlos. Sintió el aliento de la criatura, y notó también su calor. Se dio cuenta de que lo había estado sintiendo todo el tiempo. Miró a su alrededor. El enorme gato estaba tumbado junto a ella, calentándola con su propio cuerpo, mientras el otro felino permanecía en guardia, atento a cualquier movimiento en el exterior de la cueva. Parecía que aquellos leones, pues ahora los reconocía, la habían salvado de morir de frío. Más, ¿cómo era posible que siendo una presa fácil no la hubieran devorado? ¿Qué extraña condición les había hecho obrar en contra de su fiera naturaleza?

No tuvo tiempo de pensarlo mucho más. Los leones se alzaron frente a ella e hicieron gestos que parecían indicar que los siguiera al interior de la cueva. Estaba asustada aún, pero de alguna forma aquellos animales le inspiraban confianza y se decidió a seguirlos.

La cueva era lóbrega y húmeda, mucho más extensa de lo que pudiera sugerir su pequeña entrada. Fue tras los dos leones por un estrecho laberinto rocoso, siguiendo un camino con pasajes en los que apenas podía pasar agachada, seguidos de grandes aberturas cuyo techo se perdía en la penumbra. Sus ojos se iban adaptando a la oscuridad. La fosforescencia natural de las rocas le permitía atisbar formas y aberturas, pero no se arriesgaba a salirse de la senda que iban marcando aquellos felinos, acostumbrados a ver en la oscuridad. Pronto llegaron a una gran cueva. La atravesaba un estrecho río de agua límpida y helada. Penetraba algo de claridad por alguna lejana abertura en el techo que permitía ver las extrañas formaciones de tono anacarado que colgaban del techo. Los dos leones se pusieron a beber aquel agua dulce y ella los imitó de buen grado.

Poco después los felinos siguieron el cauce aguas arriba hasta llegar a un muro de rocas anfractuosas del que manaba su caudal. Treparon con habilidad por los salientes hasta llegar a una especie de túnel, mucho más oscuro, y la esperaron en la entrada.

Subió con dificultad, pero no se atrevía a introducirse en aquel negro agujero. Uno de los leones se acercó a ella y la empujó suavemente con su hocico. Ella sintió que algo oscuro y amenazador la esperaba en aquel túnel. El león no paraba de incitarla, ronroneando y restregándose contra ella. El otro felino se tumbó boca abajo ante ella con mansedumbre. Entonces creyó comprender. Con mucho cuidado se subió a su lomo y entonces el león, tras emitir un leve gruñido, se incorporó y entró decidido en el túnel.

3.

Caminaron sin descanso por varias horas, siempre ascendiendo por aquel lóbrego agujero que se adentraba más y más en el corazón de la montaña. Tumbada sobre el lomo de la fiera, aferrada de cualquier manera a su cuello para no caerse, pudo sentir el esfuerzo que le costaba al animal seguir aquel largo trayecto. Una y otra vez tomaba curvas, doblaba recodos, a veces saltaba obstáculos, otras se detenía para que su olfato le guiara en las encrucijadas. Se dio cuenta de que jamás podría salir de aquel complejo laberinto de túneles por sus propios medios. Confió en aquellos seres que le habían salvado la vida y que parecían animados por una voluntad casi humana. No entendía por qué ni con qué propósito. Pero ya no se hizo más preguntas. Tan solo confió en ellos.

Después de algunas hora vislumbró por fin algo de luz. Primero una ligera claridad. Después, cuando salieron del túnel y llegaron a la cueva, la clara luz del día hiriendo sus ojos con tal intensidad que tuvo que tapárselos con la mano. La cueva era grande, de techo bajo, y estaba excavada en la roca viva con tal pericia que la mano que la hizo se había permitido excavar aberturas para iluminarla, a modo de ventanas. Cuando se adaptó de nuevo a la luz vio como en aquella sala había algunos muebles, sillas y unas cuantas mesas sobre las que había gran cantidad de extraños objetos repartidos sin ningún orden: redomas, matraces, vasijas, multitud de pequeños frascos de vidrio o barro, viejos códices y un sinfín de otros instrumentos que ella no podía reconocer.

Los leones se dirigieron mansamente al fondo de la sala, donde había un camastro tras una extraña mosquitera. Una voz antigua y rota sonó desde detrás de aquellas telas.

-¡Amigos míos, ya estáis aquí! ¿La habéis traído?

4 Comentarios

  1. ¡Vaya! Por lo que veo, el señor Arnold te sigue inspirando. Me alegro. Te ha quedado un relato muy chulo, misterioso y emocionante. Y ahora tendrás que explicarnos quién es el misterioso compañero de los leones😉

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    1. Me lleva inspirando desde hace tiempo, pero esa es una historia muy personal que no me atrevo a compartir.
      El compañero de los leones es, de momento, una voz que sale de un camastro. A la chica no le he puesto ni nombre siquiera, y me pasará como siempre que dejo las historias a la mitad.
      Es mi cruz. Arrancadas de caballo, y paradas de burro.

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      1. Bueno, sin presión. Si te apetece se continúa y si no, pues no. Fíjate si me ha resultado interesante, que ni siquiera me había dado cuenta de que la chica no tenía nombre. Muchas veces hasta eso es secundario si lo que se cuenta tiene chicha.
        Besacos!

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        1. Más que eso, es que para escribir hace falta continuidad y dedicación, y yo no las tengo. Pero bueno, es lo que hay.
          Vamos a lo positivo: igual voy mejorando, en este texto pasan cosas, y eso ya es una diferencia. Empieza in media res (era un reto), y creo que tiene algo de continuidad… si pudiera seguirla, sería momento de ir desarrollando la trama a la vez que se revela la circunstancia que lleva a la chica a caer desde el acantilado.
          Al hombre del camastro le quedan dos telediarios; es un accesorio, el instrumento para que la chica encuentre su motivación a través de lo poco que pueda revelarle, y lo mucho que pueda aprender ella.
          Pero el siguiente capítulo debería ser para el villano/a, porque me apetece un villano gay en una historia de fantasía, y debería empezar en el mismo punto en que la chica cae al abismo, para desarrollar en paralelo su historia y darle la misma trascendencia en el relato.
          Ay, si tuviera tiempo y ganas de seguir con esto….

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