Un mundo infeliz.


Piensas, existes. Así de sencillo. O al menos lo era hasta hace unos años. Porque hoy en día existe un nuevo plano de realidad que desconocían los filósofos clásicos: el mundo virtual.

En esta nueva realidad paralela construida sobre internet y las redes sociales, para Ser, basta con Estar. No es requisito pensar (y se nota). Solo hay que estar, tener presencia de cualquier manera, ya sea aireando tu vida personal (y si no la tienes te la inventas), o copiando la vida y milagros de alguien o sencillamente retransmitiendo la basura que te llega.

Es un mundo lleno de sombras donde, a diferencia de la cueva de Platón, no son los cuerpos en movimiento los que las proyectan, sino que las sombras constituyen la realidad por sí mismas, y los cuerpos, en caso de existir, no tienen nada que ver con ellas.

Un mundo de mentiras, de impostura e irrealidad, plagado de contenidos que tienen mucho más que ver con los instintos del hombre que con su propia inteligencia.

El mundo virtual es una completa alienación de la realidad y, sin embargo, cada vez penetra más y más en el mundo físico, generando dependencias y hábitos de consumo, creando opiniones, elevando a la cumbre desde la nada a ídolos de barro e influyendo en las decisiones de las personas y en sus propias vidas.

Y no es tan libre o caótico como parece a primera vista. Hay muchos intereses en la trastienda. Porque las redes son un instrumento de poder, una forma de dominación, y como tal, hay quien maneja los hilos para conseguir sus propósitos, que nada tienen que ver con la apariencia.

Como resultado, la sociedad ve como poco a poco caen los pilares sobre los que sustentaba su progreso.

Por ejemplo, hasta hace unos años el conocimiento nos llegaba de mano de profesionales, debidamente estructurado, contrastado, con niveles aceptables de objetividad. Leíamos libros escritos por escritores, y periódicos elaborados por periodistas, los informativos tenían su equipo de redacción, la información se generaba con cierta calidad y los profesionales encargados de ello tenían una cualificación mínima y se debían a códigos deontológicos.

Hoy leemos y nos creemos cualquier cosa, escrita por cualquier cazurro con ínfulas, cuando no con pérfidas intenciones ocultas. Damos por bueno lo que nos llega, porque los mensajes nos llueven atomizados, simples, ramplones; les prestamos atención porque nos tocan directamente la fibra, el estómago o los genitales. Les damos credibilidad porque nos llegan por multitud de sitios distintos, y ya se sabe que millones de moscas no pueden estar equivocadas.

Hoy, cualquier idiota tiene millones de seguidores, porque no se aprecia el talento, sino la estética, la popularidad, el influjo mediático… Valores que deberían ser consecuencia de algún mérito, y no un mérito por si mismos. El talento, el verdadero talento, queda oculto, ignorado e incluso es despreciado (prueba a escribir mas de trescientas palabras en cualquier red). La gente solo quiere, y aprecia, lo fácil, lo ramplón, lo que no le obliga a pensar.

La gente está rodeada de máquinas y dispositivos de los que no sabe -ni quiere saber- como funcionan en realidad, ni quien los inventó, ni en que principios se basan. Y es, por tanto, esclava de quienes se los suministran, porque están perdiendo progresivamente la capacidad de hacer cosas por sí mismos. La gente consume, duerme, come, folla, trabaja y se divierte, que es lo que se espera de ella, y las redes les ayudan con todo esto, les explican como/qué comer/follar/trabajar/disfrutar para que no tengan que molestarse en hacer, en pensar. En ser.

Vivimos pues en un mundo mas opresivo e irreal que los creados por Orwell, Bradbury o Huxley. Y lo sabemos. Y nos creemos felices, instalados en esta cultura de lo inmediato, de lo fácil, de lo simple.

Pensar ya no está de moda. Al contrario, si lo haces te conviertes en un paria, un ser insoportable, una persona tóxica que se empeña en ir contra corriente, por el mero hecho de tener ideas propias y huir de las que nos sirven precocinadas.

Nos han robado la curiosidad, la autentica curiosidad que nada tiene que ver con el despreciable cotilleo en el que hay que estar al día si o si. Esa bendita virtud que nos hace preguntarnos ¿por qué?

Esa pregunta nos la han proscrito. Al contrario, si intentas algún empeño absurdo como saber, construir por ti mismo, descubrir, invertir tu tiempo en crear o imaginar, la gente solo te preguntará ¿para qué?

Porque, hoy, todo tiene que tener un objeto, todo tiene que encajar en lo que merece la pena, todo está bañado de utilidad e impregnado de novedad. Lo que no sirve, es una perdida de tiempo. El conocimiento que no te ayuda a estar integrado es inútil.

La absurda devastadora democracia de los clicks está destruyendo los canones éticos y estéticos que se ha dado durante milenios la civilización humana. La vanguardia se ha convertido en un producto de consumo más.

El hombre vive alienado por la máquina que lleva en su mano. La civilización está amenazada por la dictadura de la ramploneria universal. La cultura se ha convertido en una colección de citas celebres. El arte se ha quedado en copiar y pegar con estilo.

La humanidad está sucumbiendo a su propia mediocridad.

Volvamos a las catacumbas. Al menos allí no hay cobertura.

9 Comentarios

  1. De vez en cuando es muy bueno hacer “desconexión” digital parcial…o total para darse cuenta que sí es posible vivir sin móvil, sin internet, sin tele basura, sin la des-información de la prensa…etc
    La mente se despeja y te das cuenta que todavía puedes pensar por ti mismo y que aún es posible escapar de la manipulación mediática. El problema es que nos cuesta desconectarnos….pero yo lo recomiendo…Es muy saludable.

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  2. Cuánta razón en tus palabras Isra, es terrible lo que las redes sociales están adormeciendo y atontando a las personas, sobre todo y por lo que observo a los milenial.
    Quizás sea por esto que cada día estoy más asqueada y me quede con mi pequeño blog.

    Besos amigo.

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    1. Así estoy yo, volviéndome un fósil por voluntad propia.
      Solo conservo este mundillo, que me resulta acogedor y hace un poco de valvula de escape, que también es necesario.
      Si miras con atención, un abrazo mío ya sobrevuela el puerto ‘la Mora, para tí, primor.

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  3. Me he leído las ¿300 palabras? No las he contado, la verdad, porque no me importa la cantidad si el contenido merece la pena. Y lo merece, porque se puede decir más alto pero no más claro. Solo hay que ver el telediario, incluso ellos añaden imágenes o videos que se han vuelto virales, aunque no aporten nada.
    Besacos!

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