El Ultimo Descubrimiento de Anton Aberdalt


  1. La crónica.

Entre los diversos prodigios que la politécnica de Viena donaba a la ciencia contemporánea con cada nueva promoción destacó aquel año de 1880 el biólogo Anton Aberdalt.

Aberdalt, tras una carrera brillante, se especializó en botánica y emprendió una serie de largos viajes de investigación tras la estela de los Cook y Malaspina, singladuras que le llevaron a los más diversos confines del mundo. Los numerosos descubrimientos realizados de raras especies vegetales y sobre todo su arduo trabajo de catalogación le otorgaron una merecida fama en los círculos académicos de la época. Son de aquella época sus escasos pero muy valorados documentos científicos en los que con una minuciosidad enciclopédica asombró a sus coetáneos por el rigor y la calidad de sus apreciaciones. Pero el prometedor Aberdalt desaparece de la escena científica de forma inesperada a finales del XIX, tras su retiro al interior de Grecia, y nunca más vuelve a saberse de él durante más de un siglo, hasta que recientemente se encontraron e identificaron sus restos.

Los trabajos de desbroce en un remoto olivar dejaron al descubierto junto a sus huesos tres cuadernos de valor incalculable, libretas plagadas de citas, esquemas y anotaciones que recogen las que con seguridad fueron sus últimas investigaciones. Estos cuadernos, considerados hoy de alto interés científico, serán publicados próximamente en Nature junto al análisis y los comentarios de reputados botánicos sobre las revelaciones que Aberdalt dejó en ellos acerca de una nueva rama de la ciencia que él mismo se atrevió a llamar la memoria de los árboles.

Si estás investigaciones de hace más de cien años han revolucionado los cimientos de la botánica, abriendo un nuevo y controvertido campo de estudio repleto de incógnitas, más ardua aún se presenta la tarea de desentrañar las extrañas circunstancias de su desaparición y muerte, una investigación que trae de cabeza a las autoridades locales, dada la falta de indicios y el enorme tiempo transcurrido. Pero no cabe la menor duda de que su muerte fue violenta, como así demuestra la cantidad de fracturas que presentan sus restos óseos, hallados formando un intrincado entramado con las raíces semienterradas de un olivo milenario.

2. La epifanía.

Alice no esperaba gran cosa de aquella visita. Era cita obligada en su trabajo de campo plantarse ante el olivo donde encontraron a Aberdalt. Si eran ciertas sus teorías, aquel viejo árbol, testigo de primera mano de su muerte, podría conservar en su discutible memoria alguna percepción de aquel suceso. La mera posibilidad de que esto fuera así habría sido considerada una auténtica locura hacía solo unos meses, pero la botánica acababa de experimentar un salto vertiginoso de consecuencias impredecibles. Pensar que un árbol pudiera convertirse en testigo de cargo de un crimen era algo que la abrumaba.

Por suerte para Alice, ellas no era más que una bióloga. Prefería dejar todas esas especulaciones para la policía científica. Todavía andaban por allí, recogiendo muestras, removiendo el suelo, señalizando zonas en las que por alguna extraña razón esperaban encontrar alguna prueba o -y esto era lo que más le fastidiaba- pidiéndole su credencial cada vez que quería dar un paso. Alguien debería explicarle de una vez a todos esos tarados que llevar vaqueros, camiseta y rastas no está reñido con tener un cociente intelectual con muchos ceros.

Alice se saltó un cordón, uno más, para poder acercarse al viejo olivo. El viejo árbol había pagado los platos rotos. La savia brotaba espesa y dócil de las raices que habían cortado para sacar de allí a Aberdalt. Habían excavado tanto bajo el olivo que éste apenas se sostenía sobre la escasa tierra que rodeaba sus contadas raíces intactas. Ese árbol inocente, única víctima colateral de todo este asunto, acabaría sucumbiendo a tanta investigación. Notó como alguien la cogía con suavidad y firmeza por el codo, y sin volverse siquiera fue sacando una vez más su identificación del bolsillo. Odiaba llevarla colgando del cuello.

La tienda no era muy acogedora, pero al menos allí no había tanto entrometido. Hubiera sido sencillo, y mucho más cómodo para todos, montar la sede del equipo en el pueblo cercano. Alguien en las altas esferas tenía un concepto bastante novelesco de lo que era un trabajo de campo. Encendió su ordenador y volvió a sumergirse en las series de números en los que un algortimo había convertido los anillos de crecimiento de unos cuantos arboles, para que otros algoritmos buscaran similitudes entre ellos y poder establecer así las correlaciones que Aberdalt afirmaba haber descubierto.

Habia algo de pretencioso en haberle llamado a esas correlaciones memoria de los arboles. Tal vez le influyó el lenguaje de la época, o quizás la esperanza de encontrar un buen mecenazgo, o puede que fuera mero romanticismo. La secuencia temporal de los anillos de crecimiento, estudiada por la dendrocronologia, como tambien la disposicion de los estratos en geología, eran hechos bien conocidos y de los que a duras penas se podía inducir el clima que hizo en algunas épocas o algunos otros fenómenos a gran escala que afectaban al crecimiento de los árboles o al depósito de los sedimentos. De ahí a creer, como elucubraba Aberdalt, que los anillos de los árboles funcionaban como una especie de disco donde se registraban sensaciones, iba un abismo, ese que separa la ciencia de la superchería. Las afirmaciones de Aberdalt implicaban que un árbol, un vegetal, poseía de una parte algún órgano sensorial avanzado que actuaba como nuestros sentidos, y de otra algún órgano como nuestro cerebro que procesaba y registraba los mensajes de los sentidos.

La prensa ya hablaba del alma de los arboles, del espíritu vegetal y hasta de materia verde cuando la ciencia aún estaba por encontrarle el primer nervio al mas evolucionado de los vegetales. Y, sin embargo, había hechos concluyentes en las teorías de Aberdalt que convenía no pasar por alto.

Dos días más tarde recibieron los nuevos procesadores. No se trataba de ningún superordenador, sino de un conjunto de veinte placas gráficas, de las diseñadas para los videojuegos, que llegaron acompañadas de un tipo bajito y enclenque que al cabo de dos horas las tenía montadas en un rack y funcionando a toda pastilla. El tipo se ponía de puntillas para igualar su altura cada vez que volvía a explicarle, como si a ella le interesara, que cada una de aquellas placas gráficas tenía quinientos procesadores que funcionaban en paralelo y que cada uno de esos procesadores tenía más capacidad de proceso que el ordenador que llevó al Apolo XI a la luna. Alice no se explicaba como aquel tipo que se creoa tan listo no conocía entonces el uso del ladrillo, un alzador de primera necesidad que le habría evitado tan ridícula pose.

Y aquella misma noche las veinte placas gráficas empezaron a hacer su magia. Las correlaciones, que hasta entonces habían aparecido cada diez o doce horas, empezaron a brotar como una marea incontenible. Los algoritmos, que contaban ahora con una masa creciente de datos fiables para contrastar las hipótesis, aumentaron exponencialmente su eficiencia. Una hora después la mesa central estaba llena de conjeturas. Faltaban manos para clasificarlas. Los científicos empezaron a deducir, y en ese mismo momento fue cuando los arboles empezaron a hablar.

3. El descubrimiento.

La policía decidió archivar el asunto casi al mismo tiempo que los científicos decidieron dar publicidad a sus primeras conclusiones. La tienda se quedó pequeña y el trabajo se distribuyó por los centros de proceso más potentes de universidades e instituciones de todo el mundo, donde les usurparon el tiempo asignado incluso a los simuladores meteorológicos.

Alice comprobó como la desplazaban, y su participación en los primeros análisis, los que redemostraron las teorías de Aberdalt, fue ninguneada cuando los de las altas esferas reclamaron su trozo de tarta en el reparto de méritos. La relegaron a conseguir muestras. El estudio necesitaba más material; las muestras originales de Aberdalt se habían perdido, pero por alguna razón todos decidieron centrarse en aquellos olivos, para seguir profundizando en ese ecosistema milenario y no introducir más variables recurriendo a material de otras zonas. Eso demandaba más muestras.

Las tarjetas gráficas, que ya eran más de doscientas, eran muy agradecidas. Los conceptos que devolvían a cambio de las muestras eran cada vez mas concretos y significativos. Así, los estudiosos pudieron saber bastante acerca de las inundaciones de 1640, un hecho en el que todas las muestras, todos esos olivos que recordaban, coincidían que fue devastador. Los olivos recordaban de alguna manera cómo habían desaparecido muchos de ellos. Y poco a poco fueron recordando, y contando, hechos mucho más concretos.

Uno de los olivos había registrado en su memoria, en sus anillos, el daño que le causó un rayo. Pero lo sorprendente del caso es que dos de sus olivos vecinos también había registrado el suceso, aún no siendo afectados por él. Esto establecía una relación insólita, algo dificil de catalogar que iba desde la mera observación a eso que los humanos llamamos empatía.

Alice solo recogía muestras. Seguía los avances del estudio desde la segunda fila. Más por curiosidad que por despecho, observaba los análisis a escondidas mientras los demás descansaban o estaban en otros asuntos. Más por despecho que por lógica, inició su particular investigación dejando de lado la linea oficial, que se limitaba a contrastar las conjeturas con hechos conocidos, como la inundación o el rayo. Alice decidió confiar en su intuición, como pensó que había hecho en su día el gran Aberdalt.

Tras unas cuantas jornadas de robar información y leerla a escondidas, allí donde nadíe la podría ver, a la sombra de alguno de aquellos olivos, Alice sentía que caminaba sobre arenas movedizas. Percibía que en el fondo había algo más, algo que Aberdalt había descubierto y que le daba consistencia a sus teorías. Decidió que estaba siguiendo un camino equivocado, que se estaba dejando arrastrar por las evidencias y que tenía que volver a recorrer los pasos de Aberdalt si quería alcanzar sus mismos resultados. Allí todos estaban obsesionados con la capacidad de las máquinas, y todos trabajaban al albur de los datos que las máquinas iban ofreciendo. Demasiados datos ya. Creaban confusión. Impedían ver el bosque.

Pero Alice recordó que Aberdalt no tenía máquinas.

Alice se hizo con una copia de los cuadernos de Aberdalt y en los días siguientes siguió los pasos de sus investigaciones. Sus días se convirtieron en rutinarios bloomsdays, paseos sin fin por los mismos lugares, en largas caminatas que terminaban siempre en la vaguada y el viejo olivo. Alice comprobaba cada tarde como se desangraba por las raíces cortadas, pero la vida, en forma de pequeños brotes, se resistía a abandonarle. Aquel olivo sabía demasiado, y tal vez por eso la existencia se le escapaba por las ramas rotas y las raices cortadas. La mente de Alice dió un vuelco. ¿Es que a nadie se le había ocurrido tomar una muestra de aquel olivo?

4. La Sospecha.

Había cortado el delgado disco de madera con la mayor delicadeza, le limpió los restos de resina y savia, le asignó un código falso para que nadie pudiera relacionar la muestra con ese olivo y lo puso en la cola del analizador. Horas más tarde pudo descargarse la información de los algoritmos. Al tratarse de una raíz, y no de un tronco, los anillos estaban más juntos, la información, si la había, sería seguramente más confusa o dispersa. Alice se debatía entre la esperanza de descubrir algo insólito de aquél árbol y la sensación de sentirse de lo más estúpida por creer en ese tipo de milagros. Tan solo era una muestra más, y las máquinas la tratarían como a otra cualquiera. La ciencia se alimentaba de errores, no de milagros.

Pero pudo más la fe que el escepticismo. Alice sabía bien lo que buscaba. Recorriendo los anillos desde la periferia al centro se podía viajar al pasado, y contando con cuidado los anillos se podía estimar una fecha. Alice localizó con exactitud el anillo concreto y obtuvo los datos que le correspondían filtrando la información que habían arrojado los algoritmos.

No había indicios de fenómenos climáticos en aquel tiempo, ni de accidentes, ni de cualquiera de las otras incidencias que el equipo ya había conseguido descifrar. Pero había un patrón diferente. Una anomalía. Allí había, por así decirlo. recuerdos extraños. Una fuerza había actuado sobre el árbol, o tal vez era el propio olivo el que, de alguna manera, la había ejercido, produciendo una serie de perturbaciones en la forma del anillo. Y en el centro de aquellas perturbaciones había una notable fisura negra, algo que la dendrocronología había identificado mucho tiempo atrás con una quemadura.

Era muy extraño. El fuego es un fenómeno que actúa con rapidez, no habría dejado esas señales posteriores ni, desde luego, las previas. Pareciera que el propio árbol hubiera querido destruir esa pequeña parte de su memoria.

Alice consiguió muestras de otras raíces del olivo y obtuvo siempre el mismo resultado. Pero además los olivos de las cercanías tenían también esa misma marca, con la única diferencia de que las perturbaciones junto a la marca cambiaban según la forma y edad del árbol. De alguna forma Alice tuvo la certeza de que había ocurrido algo extraordinario en el momento en que se estimaba que había muerto Aberdalt, pero no sabía de qué se podía tratar, ni desde luego sabía como descubrirlo. No, al menos, sin compartir esa información con el resto del equipo. Y ella no necesitaba que la tomaran por loca.

5. La Decisión.

Volvió a repasar una y otra vez sus notas, los pasos, la distribución de las muestras y todo cuando sabía sobre Aberdalt. Y desde luego trató de conseguir más muestras, todas las que fuera posible de los arboles cercanos a aquel olivo. Las necesitaba porque las que había conseguido hasta ahora eran cortes de ramas rotas o raíces, con los anillos muy reducidos. Si hubiera dispuesto de cortes de troncos, como Aberdalt, tal vez habría podido avanzar mucho más. Las muestras del viejo biólogo se habían perdido, como casi todo lo que le perteneció, pero por sus cuadernos se sabía que habían sido muchas y de muy buena calidad. En su mayoría secciones completas de troncos, en algunos casos de arboles milenarios, como describía el propio Aderbalt con satisfacción.

Sin esos medios, y con la prohibición de tala que habían impuesto los propietarios de la finca, a la que después se sumaron todos los ecologistas que seguían con interés los trabajos, era muy complejo replicar los trabajos de Aberdalt. Alice solo pudo obtener cortes de algunos troncos de una zona muy alejada, en su mayoría dañados porque los habían expuesto al sol para que secaran y poder usarlos como leña.

Pero el enigma era de tal importancia para ella que Alice estaba dispuesta a todo. Tal vez merecía la pena sacrificar alguno de los olivos más cercanos para obtener una buena cantidad de muestras del tronco. Con ellas, con datos mucho mas prolijos, con esos anillos cargados de información, seguramente podría recorrer por sí misma los últimos pasos de los estudios de Aderbalt. Alice se armó de valor y se dirigió a los propietarios de la finca para comprarles un olivo.

No quería que el hecho tuviera repercusión, ni tampoco enfrentarse a alguna protesta. Decidió hacerlo de noche, cuando todos abandonaban la zona y nadie podría verlos. Solos ella y el leñador. Al día siguiente verían el tocón, pero esa ya sería otra historia.

La ciencia a veces exige ciertos sacrificios.

6. La Tala.

Cuando el sol se puso, montó en el todo terreno con uno de los trabajadores de la finca y se dirigieron al lugar. Alice escogió un olivo pequeño, relativamente maduro y muy cercano al viejo olivo. Por su forma y tamaño no podía tener más de doscientos años. Era perfecto para sus propósitos. Le señaló al hombre el lugar exacto por donde quería que talara el tronco y se retiró unos pasos hacia atrás para dejarle espacio. El hombre arrancó la motosierra y la aproximó al árbol con decisión.

Alice sintió una leve presión en el pié. Miró hacía abajo y vio como una de las raíces del viejo olivo envolvía su bota, enredándose en ella y subiendo poco a poco por la pantorrilla. Gritó horrorizada pero el estruendo de la motosierra impedía que el hombre pudiera oírla. Tiró con fuerza pero el pie estaba atrapado sin remisión.

La raíz crecia, se estiraba y se dividía en raíces cada vez más pequeñas a medida que ascendía. Iban envolviendo su la pierna y a la vez ejerciendo una presión cada vez mayor que impedía ya la circulación de la sangre. Sus gritos desgarradores no podían competir con la motosierra.

Alice experimentó la inmensa fuerza que la oprimía en múltiples ligaduras, enredándola de tal forma que, pese al pánico, no pudo evitar recordar las imágenes que había visto del cuerpo de Aberdalt, la cantidad de huesos fracturados, la urdimbre de raíces que se entrelazaba con el esqueleto, la calavera girada en aquella postura imposible.

Cuando ya se sabía perdida sin remedio, el silencio invadió el valle. La motosierra dejó de sonar. Alice gritó al límite de sus fuerzas y sus gritos fueron silenciados esta vez por los del leñador, cuyos pies estaban atrapados sin remedio por una maraña de raíces que brotaban del suelo del olivo que pretendía talar.

Viendo cómo el joven sucumbia entre alaridos al abrazo asfixiante de aquellas raíces más jóvenes, más rápidas y no menos temibles que las que la aprosionaban como un pitón, Alice supo la verdad. Supo que los arboles se defendían de ellos, o tal vez se vengaban. Supo que aquella fisura en los anillos de los arboles era el resultado de la conmoción que experimentaban cuando hacían uso de aquella fuerza imparable y ancestral, la que utilizaban para destruir a sus mortales enemigos.

Supo entonces con absoluta certeza la causa del fin de Aberdalt, culpable de haber talado incontables congéneres del viejo olivo que finalmente se había cobrado su vida.

Y con su postrer aliento Alice supo, como antes había llegado a saber Aberdalt, que ya no podría revelar jamás lo que había descubierto.

8 Comentarios

  1. Como siempre, una narración con gusto. Es descriptiva sin ser tediosa y un uso excelente de vocabulario técnico. En cuanto a la historia, me parece muy acertada la forma de ponernos en situación y de introducir a los personajes. Está tan bien escrito y tan realista, que la próxima vez que me apoye en un árbol lo haré con recelo.
    Besacos!

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  2. Es un post largo que mantiene la intriga hasta el final. Buen relato!!

    Ahora, muchos biólogos somos también ecologistas y hemos aprendido a muestrear los anillos de los árboles sin talarlos enteros. Muchos botánicos habrán sucumbido hasta llegar a semejante técnica! 😉 Un saludo y buen sábado!

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    1. Muchas gracias por leerlo entero, que tiene su mérito. supongo que me he tomado bastantes licencias, imaginaba que las técnicas de muestreo eran menos invasivas, pero necesitaba darle un motivo a ese olivo para hacer sus travesuras….
      Un abrazo!

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  3. No me voy a resistir a comentar mi propia entrada. Si has notado que los nombres de los personajes empiezan todos por A, ¿será que los del próximo texto empezarán por B?
    No importa. Cumple otros propósitos.
    El primero, que nunca había terminado las historias largas que empezaba. He resistido la tentación cuando iba más o menos por la mitad, y después, cuando la he terminado (de corrido, como siempre, estoy corrigiendo ahora) me he dicho a mi mismo que era una estupidez trocearla: quien guste de ella y tenga aguante, que la lea entera… tengo tan pocos lectores que no es cosa de ir los fastidiando.
    La idea. Hoy he tropezado con una raíz, poco más que contar. El nombre Aberdalt me pareció, y sobre esa base he construido lo demas.
    Quería hacerle algo de justicia a Malaspina, por eso lo pongo al nivel de Cook aunque, para mi, sea mucho más importante: Cook robaba mapas, Malaspina los creaba.
    De Alice no me interesaba el aspecto, ni he querido darle mucha forma porque el verdadero personaje es un viejo olivo.
    Y por último, espero que os guste, y muchas gracias si habéis tenido la paciencia de leerla. Yo la he tenido para escribirla.

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