Escena no tan bucólica.


Cuatro macetas sobre la mesa redonda de teca cuajada de manchas y huérfana de aceites.

Cuatro macetas en fila de a dos plantadas frente al cenicero, desafiantes, mientras la silenciosa multitud de geranios, plantas del dinero, pascueros y ficus las contemplan desde sus gradas colgantes y sus palcos encalados, atentas a cualquier movimiento, absortas, espectantes, pendientes del menor detalle que pueda decantar el combate.

El cactus permanece inmóvil, atenazado tal vez de pavor o quien sabe si reuniendo fuerzas para asestar el último golpe. Espera paralizado a una distancia suicida de la colilla que blande su enemigo. El más leve roce podría provocarle una deflagración mortal de necesidad.

Las otras tres fieras luchadoras esperan a su espalda el momento de entrar en acción. Una fiera escolta que se rinde a su jerarquía. Conocen bien la mordedura de sus pinchos. Han visto caer ya a decenas de incautos que, engañados por la paciente quietud del cactus, acometieron con suficiencia contra la pequeña planta para ver horrorizados cómo su propio ímpetu les hacía perecer traspasados por decenas de dolorosas agujas.

Pero el cenicero es aún más pequeño y más paciente. Mal enemigo. Nada perturba su traicionera quietud de cerámica, en la que despliega esa danza hipnótica de humo con la que seduce a sus rivales para atraerlos de forma irremediable al fuego mortal de sus apéndices.

Los segundos se hacen eternos. En cualquier momento, un simple gesto puede terminar con el mortal enroque. No se mueve ni una sola hoja en todo el recinto. Nadie quiere perderse ese instante mortal, el movimiento único y definitivo que ponga fin al combate. Ya no se habla, no se vitorea. Ya no se hacen apuestas. La suerte está echada: Será savia o será ceniza el fluido vital que se derrame hoy sobre la vieja teca manchada de otras mil contiendas.

En su palco privilegiado la Strelitzia contiene el aliento. No tardará en llegar su momento cuando, caído ya uno de los contendientes, todos se vuelvan, suplicantes o enfervorecidos, hacia ella y entonces, tras un imperial lapso de aquiescencia, con un leve movimiento de sus regios pétalos conceda, pues tal es su poder, el perdón o la muerte.

8 Comentarios

    1. Muchas gracias, primor. No es un regreso, solo un “sigo vivo”. Me queda un largo camino aún, al final estoy yo, esta también la dignidad y quizás la redención. Cuando llegue, entonces volveré.

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