Una historia apocalíptica.


Eran las tres de la madrugada cuando llegó la primera noticia a la redacción de la CNN. En solo unos minutos la tenebrosa imagen del meteorito ya aparecía en millones de receptores de todo el mundo. Conexiones con los observatorios astronómicos, entrevistas, debates y un sinfín de imágenes de archivo y recreaciones artísticas trataban de aclarar a los profanos algo que resultaba difícil de explicar incluso para los expertos.

Pronto empezó la cuenta atrás.

Pocos sabían explicar cómo había aparecido de la nada aquel enorme pedrusco, ni desde luego por que razón su trayectoria errática lo dirigía ahora irremisiblemente hacia la tierra. Solo había una realidad patente, inamovible y trágica. Sólo una cuenta atrás, números luminosos en algún rincón de cualquier pantalla de televisión, números gigantescos en Times Square, amenazadores en Paris, siniestros en Sidney, implacables en Kuala Lumpur.

Al planeta Tierra se le escapaba la vida por momentos al compás de aquellos números y nadie sabía qué hacer.

Muchos pensaron en los misiles nucleares, armas diseñadas para el suicidio de la humanidad que ahora podrían ser utilizadas en un último intento para salvarla. Pero de nada servirían, argumentaron otros, pues solo lograrían fragmentar el coloso y provocar una mortífera lluvia de meteoritos que arrasaría la faz de la tierra. Tan grande era el cuerpo celeste y tan inmenso su poder destructivo que ni con todo el arsenal mundial de cabezas nucleares se podría desviar su curso.

Otros quisieron recurrir a los cohetes, a las naves en órbita, a la estación espacial, a misteriosos proyectos secretos o a cualquier tecnología que pudieran interponer en su camino destructivo para desviarlo de algún modo, pero la idea era inútil y alocada, nada de lo que disponía el hombre podría lograr jamás desviarlo, mucho menos detenerlo.

Tal vez si se hubiera pensado antes, dijeron, tal vez si se hubieran previsto medidas, pero la cuenta atrás les recordaba a todos que ya era demasiado tarde.

De todos lados surgieron voces aportando ideas, clamando por una respuesta, buscando una solución, luchando desesperadamente por la supervivencia. Hubo suicidios colectivos, y ocurrieron bastantes saqueos y disturbios. Pero la mayoría de las personas se resistieron a dejarse llevar por desesperación y trataron de sacar lo mejor de si mismas mientras los números descendían de forma inexorable para recordarles lo inútil de sus empeños.

Los pueblos se unieron ante el desastre. Los gobiernos aparcaron sus diferencias y pusieron todos sus medios a disposición de la ciencia. Gentes de todo el mundo vivieron sus últimas horas con un único afán, con un único pensamiento, buscando una solución, tratando de idear alguna manera de evitar aquella catástrofe. Personas de todas las confesiones rezaban unidas por un único anhelo. Gentes de todas las razas salían juntas a las calles para manifestar su deseo de vivir, o su voluntad de proteger todo cuanto el hombre había creado, o su esperanza de encontrar la manera de que la vida perdurara sobre la Tierra.

Todo adquirió un nuevo valor, el arte, la historia, la naturaleza, la vida, el hombre. Todo lo que estaba a punto de desaparecer, justo ahora, mientras la cuenta atrás anunciaba el final inminente, parecía digno de perdurar más allá de aquella inminente catársis.

Los últimos número de la cuenta atrás, los mas crueles, fueron testigos del momento más brillante de la humanidad, una civilización que solo cuando todo estaba perdido supo sacar lo mejor de si misma.

Y fue entonces cuando aquellos seres decidieron que la Tierra merecía una nueva oportunidad. Al destruir el inmenso cuerpo celeste con un simple gesto de su voluntad, justo cuando ya se agotaba la cuenta atrás, convirtieron el cero en un nuevo principio para el hombre.

Esta es la historia. Una historia increíble, de la que por desgracia lo más increíble de todo es que pudieran existir unos seres capaces de destruir un gigantesco meteorito.

O que, de existir, quisieran hacerlo.

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