A vueltas con el cambio de hora.


En los últimos días he oído opiniones de todo tipo sobre el cambio de hora. Razones en pro del cambio basadas en el ahorro que supone y sus derivadas, como la repercusión en el turismo, el menor impacto en el medio ambiente o los ingresos en las arcas de las empresas y los gobiernos. Razones también en contra alegando el perjuicio para la salud, para el estilo de vida o la mera incomodidad que supone este trastorno en la rutina diaria. Opiniones para todos los gustos que están basadas invariablemente en el hombre, en su vida, en su actividad, en su economía o en sus gustos y preferencias. El hombre, siempre el hombre como centro de todo.

Cuando resulta que la hora la determina el periodo de rotación de la Tierra.

Según una ley astronómica -una ley no es más que la conclusión que extrae el hombre de la observación de un hecho- la Tierra tiene un periodo de rotación fijo que los humanos dividimos en veinticuatro partes iguales, las horas. Parece que hace muchos siglos alguien en Mesopotamia utilizó un curioso sistema para contar de doce en doce: Con la punta del pulgar iba recorriendo las tres falanges de los restantes cuatro dedos. Así nace el sistema sexagesimal, en el que se utiliza el doce o múltiplos de doce como base aritmética, y gracias a él hay doce signos del zodiaco, la circunferencia se divide en trescientos sesenta grados, los años tienen doce meses (diga la luna lo que diga), las horas tienen sesenta minutos, los minutos sesenta segundos y los huevos se venden por docenas. No es mal invento. El doce es un buen número porque se puede dividir por dos, tres, cuatro y seis, y además es un número muy popular. Doce eran los apóstoles, doce los caballeros de la mesa redonda, doce los dioses principales del Olimpo o doce las tribus de Israel, cada una con doce mil miembros.

Pero esta división del día en veinticuatro horas -dos grupos de doce horas- no deja de ser una convención en la que el hombre, en este caso sus dedos, sigue siendo el centro de todo. Es una convención, sí, pero es nuestra convención, y si decimos que los días tienen veinticuatro horas, es porque las tienen.

Pero ocurre que el hombre es aún más imperfecto que sus propias leyes. Porque cuando al hombre le conviene se pasa sus leyes por el cubrecárter, con independencia de los hechos ciertos en que estas se basan.

Por ejemplo, dos veces al año, cuando al hombre le interesa, el día tiene veintitrés horas, o veinticinco, por la sencilla razón de que resulta mucho más cómodo alterar toda una ley universal que ponerse a ajustar los horarios con el cambio de estación. Oiga usted, pero, ¿qué hace? ¡no toque ese reloj! ¡levántese una hora más tarde, hombre!

O cuando le interesa el hombre hace desaparecer diez días del calendario, simplemente porque descubre que se había equivocado calculando y además le venía bien que la Pascua cayera en domingo. ¿Cómo? ¡Aquí se cambia lo que haya que cambiar! ¡Faltaría más! (Esto ocurrió en el año mil quinientos ochenta y dos cuando, tras el concilio de Nicea, se decidió pasar del calendario Juliano que se estaba adelantando a los equinoccios al nuevo calendario Gregoriano; para hacer el ajuste se pasó en un plisplás del Jueves cuatro de octubre al Viernes quince de octubre).

Y mientras ocurren todos estos cambios la tierra sigue girando ajena a las componendas de esas criaturillas de su superficie, girando sobre si misma con un periodo de veinticuatro horas, y girando alrededor del sol con un periodo de trescientos sesenta y cinco días, seis horas, nueve minutos, nueve segundos y seiscientas treinta y dos milésimas de segundo aproximadamente.

Criaturillas viles e indignas, porque, ¿cómo se podría uno fiar del hombre si no es capaz de ni de respetar sus propias leyes?

Pues esta es mi razón, y esta mi opinión: Yo estoy en contra del cambio de hora por la sencilla razón de que es deshonesto. Es jugar sucio. Es una falta de respeto al orden del Universo.

Es como hacer trampas en los solitarios. Es una muestra del orgullo y la prepotencia de una especie que se cree especial y única, el hombre, ese animalillo insignificante que piensa que es dueño y señor de todo y hasta se permite el lujo de juguetear con su propia medida del tiempo cuando él, en realidad, no es más que un momento infinitesimal e insignificante dentro de la historia del Universo.

Y seguramente esta opinión mía será una estupidez, porque de todas las razones que he oído a favor o en contra del cambio horario todas hablan de conveniencias y ninguna tiene en cuenta la integridad, esa admisión implícita de que el hombre, al igual que todos los otros seres, está sometido a la dinámica del universo, y por tanto debe ser honesto consigo mismo y respetuoso con sus propias leyes.

Si, seguro que es una tontería. Comprendo que penséis eso después de leer mi argumentación. Porque el hombre moderno supedita su coherencia y su integridad a sus propios e insignificantes propósitos; el mensaje que transmite con estas transgresiones es que las leyes, las normas, las convenciones y los principios están al servicio del hombre, por encima de su esencia y su verdadera razón de ser. Y si conviene cambiarlos, alterarlos o estrujarlos, aquí estamos todos dispuestos a sacrificarlos. 

Me apetece filosofar. Ir un paso más allá. Pienso que el hombre moderno tiene un nuevo señor, un poderoso dios del que todos somos esclavos y al que se conoce comúnmente como El Interés General. Como cualquier dios tiene su liturgia, más de atriles y ruedas de prensa que de púlpitos o iglesias, tiene su camada de acólitos, quienes se otorgan el privilegio de interpretar sus designios, y tiene, cómo no, su propio y particular estigma: Es tan válido como los actos que se cometen en su nombre.

Pero además El Interés General es tan poderoso que ni siquiera hace falta que creas en Él para que te ampare. Tal vez sea mejor así, ¿sabes?, porque este dios se queda también con lo del César.

3 Comentarios

  1. Concuerdo con todo lo que dices, Isra. ¡Detesto los cambios de hora!😒 Es faltarle el respeto a la naturaleza y a las personas. Y además, ¿de ahorro? ¡Nada! Mi país es muy largo y en las distintas zonas geográficas se producen grandes diferencias en relación con la luminosidad natural. Felizmente no existían durante mi niñez; estos cambios comenzaron en el año 1968.
    ¡Un gran abrazo, Isra!

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  2. Marearnos y cuando consigues adaptarte te la vuelven a cambiar.
    No es más fácil que cuando sea medio día porque el sol está en su cenit no lo sea también para nosotros en invierno o verano. En vez de coger la hora del vecino?

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