Hazaña bélico-deportiva.


Arnold se arrastró unos metros más colina arriba mientras las balas silbaban sobre su cabeza. Agazapado tras unos matorrales cambió el cargador de su automática, pero no hizo más disparos para no delatar su posición.

Los casquillos rebotaban ardientes delante de él. Algún recluta bisoño estaba disparando sin sentido, sin apuntar, solo para descargar un poco de adrenalina, poniendo con ello en riesgo a todo el pelotón. Se arrastró hacia él por la espalda y le inmovilizó con una férrea llave sobre el suelo.

─¡Deja ya de disparar, gilipollas, nos vas a matar a todos!

Pudo ver el miedo dibujado en su rostro. Tez pálida, ojos desorbitados, mentón tembloroso. Un rostro desfigurado que había visto demasiadas veces durante la guerra: Carne de cañón directa desde la academia al matadero.

─Guarda tus balas para el enemigo. Ya han caído dos idiotas como tú bajo el fuego amigo.

Las duras palabras tardaron una eternidad en penetrar su sesera.

─Si, señor.

─Y ahora sígueme, chico, vamos a por esos hijos de puta.

Continuó su ascenso reptando por la ladera hacia el nido de ametralladoras. El recluta le seguía, confiando su vida a la experiencia del viejo sargento.

Se estaban acercando. Los bastardos habían despejado la maleza del último tramo, cercano ya a la cumbre. Estaban aún demasiado lejos para lanzar una granada, y desde aquel lugar no había línea de tiro. Arnold levantó un brazo e hizo señas a los que seguían moviendo el dedo en círculos para que se dispersaran entre los matorrales, cerrando el cerco alrededor de la cima.

Las continuas ráfagas barrían la colina sin descanso. Llovían esquirlas por todas partes. El ruido era ensordecedor. Pete se arrastró sigilosamente hasta Arnold y el novato.

─El teniente ha caído, sargento.

Eso significaba que ahora estaba al mando. Arnold lo asumió como un automatismo más de los que había desarrollado en sus años de servicio.

─Haz que se dispersen en círculo alrededor de esos cabrones, Pete. Ahí delante somos un blanco demasiado fácil.

Tenía que pensar, y rápido. Las ametralladoras escupían fuego sin parar repartiendo una lotería macabra que a cada minuto iba premiando a alguno de sus hombres. Cogió los prismáticos y estudió el terreno con detenimiento.

─Chico, ¿no querías vaciar unos cuantos cargadores?

─¡Si, señor!

─Pues arrástrate como un puto lagarto hacia esa roca y cuando llegues dame unos buenos fuegos artificiales.

─A mi señal, cubridme -le dijo a Pete.

Mientras los soldados se preparaban para ejecutar las órdenes, el sargento empezó a desatarse una bota con parsimonia. Cuando terminó, ató con el cordón las tres granadas que llevaba en el cinturón. Les dio un cariñoso beso de buena suerte y les quitó las anillas como si estuviera destapando tres latas de cerveza.

─Amigas mías, ahora tenéis que hacer vuestro trabajo.

Los segundos pasaban como un tren de mercancías mientras Arnold, con paciencia suicida, los contaba mentalmente, hasta que juzgó con frialdad que era el momento exacto e hizo la señal convenida. Un círculo de fuego rodeó la cima de la colina. Las balas, concentradas en las troneras del nido, arrancaban trozos de roca y se empotraban en los sacos de arena levantando una nube de polvo.

Arnold se puso entonces en pie y arrojó su paquete de granadas atadas, dirigidas al lugar que había escogido a medio camino entre su posición y la cima. Entonces saltó como un resorte y empezó a correr hacia el lugar donde, un instante más tarde, la detonación devastaba el suelo rocoso y expulsaba metralla por doquier.

Mientras corría notó como le empujaba hacia atrás la fuerza irresistible de la onda expansiva y en ese instante, de haber tenido tiempo para pensar, habría apostado por la cantidad de esquirlas que le atravesarían el uniforme. Pero se rehizo y siguió corriendo hacia el agujero que él sabía que habrían abierto las granadas en la ladera.

Apenas lo vio, entre el polvo, un salto imposible le ayudó a caer dentro, con el tiempo justo para guarecerse de los saludos que ya le enviaban las ametralladoras que acababan de despertar de nuevo.

─¡Vaya! ¡Esto sí es hacer una puta trinchera en diez segundos! Deberían enseñarlo en los manuales ─pensó.

Y ahora el nido estaba al alcance de sus granadas, pero las había gastado todas. Todos los planes tienen fallos. Necesitaba granadas, y las necesitaba ya. Cogió el walkie-talkie.

─¿Tenemos algún jodido alero en el pelotón? ¡Necesito que encestéis unas cuantas granadas en esta jodida canasta que me acabo de fabricar!

─Jhonson es bueno, sargento, muy bueno, de no ser por esta mierda habría acabado en los Lakers, señor.

─Pues hacedle un buen bloqueo a ese chico vaciando cargadores y que empiece a lanzar.

Al cabo de un par de minutos el círculo infernal volvió a activarse y Arnold, desde su trinchera, vio como volaban granadas hacia él. Tres, cuatro, pudo contar, ¡cinco! todas en el aire al mismo tiempo, y todas cayeron dentro del cráter.

Aprovechando la cobertura empezó a arrancarle las anillas y lanzarlas a su vez, convirtiendo en pocos segundos el nido de ametralladoras en un amasijo humeante y sangriento.

La colina era suya.

El pelotón subió corriendo y gritando a tomar la posición. No hubo ningún disparo más aquel día, excepto la salva que dedicaron a sus compañeros caídos, entre ellos el soldado Jhonson, quién recibió una medalla a título póstumo por aquel maravilloso lanzamiento de larga distancia.

En estos tiempos en que se ha aparcado el belicismo e historias de este tipo han quedado olvidadas en estanterías polvorientas, por políticamente incorrectas o por éticamente reprobables, en tiempos en que las guerras nos quedan tan lejos en la distancia y el tiempo, no podemos olvidar que todo esto sucedió alguna vez.

La historia no es solo lo que ocurrió hace siglos, sino también lo que pasó hace poco, y tal vez no queremos recordar.

Pensamos, a veces, que lo transgresor, lo vanguardista, se proyecta hacia adelante, y tiene que ver con avanzar en el tiempo, pero puede ser que también tenga que ver con recuperar lo que ya no se lleva, ni está bien visto.

En fin, que me apetecía hacer esto. Las guerras fueron, y no las podemos olvidar, entre otras cosas para que nunca más sucedan.

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