De política.


El interés general. El bienestar social. El sentir mayoritario. La voluntad popular.

Es curioso como el discurso político se articula sobre conceptos abstractos aplicados a una pluralidad de personas. Hasta el sentido común, tan poco corriente hoy en día, se aviene a este uso.

El político, o al menos su cara pública, se expresa en esos términos grandilocuentes basados en aplicar hermosas palabras a una colectividad. Que está muy bien, porque esas palabras -bienestar, interés, sentir, voluntad- tienen gran contenido y hasta se les puede conceder cierta… ¿armonia?

Peeeeeero, el problema es la definición real de la colectividad a la que son aplicadas.

Pooooooorque, los políticos en apariencia contradicen con sus actos ese sentido de universalidad de sus propias palabras, y así, basta observar cómo viven, que hacen, las cosas que deciden y las intenciones que ocultan, para comprobar que en realidad solo les mueve:

-Su interés particular.

-Su propio bienestar.

-Su sentir, cosa personal donde las haya.

-En definitiva, su propia voluntad.

Ya veis, esas palabras de su discurso en realidad sí que son correctas, y no contradicen sus actos más que en apariencia porque el político, orador prudente donde los haya, nunca, jamas, dijo a quien se refería en realidad cuando hablaba del “común”.

(Y si muchos llegamos a pensar que se trataba de nosotros, es solo porque somos así de gilipollas.)

Porque el político, cuando dice algo que termina en común, en realidad se refiere a sí mismo y a los suyos, sean familia, palmeros, acreedores de favores, rentistas del poder o mediopensionistas con ínfulas.

Y al común de los mortales, esos millones que votamos y contribuimos, ya nos pueden ir dando por el culo, cosa que, afortunadamente, en los tiempos que vivimos no es ilegal y ni tan siquiera está mal vista.

Por eso me reafirmo en mi convicción de que este país funcionaría infinitamente mejor si estuviera gobernado por funcionarios de carrera. Que no es que estén exentos de redefinir a su conveniencia el término “común”, pero al menos han estudiado para el puesto que ocupan.

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3 Comments

  1. La política es una farsa, un gran teatro. Lo maravilloso es que no importa cuánto se contradigan, o cómo en ciertos casos la justicia caiga sobre ellos con todo su peso. Siempre van a instrumentalizar el lenguaje con giros acrobáticos; van a hacer gala de una demagogia asquerosamente cínica para exponer sus planteamientos. No importa que tú o treinta millones de personas sepan que esas palabras esconden una burda mentira; lo que no es más que un mero sofisma, una excusa barata. Y así, día tras día, roban y se burlan delante de nuestras caras.

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