Bradbury, Orwell, Huxley. Tres distopías, y pico.


 

Ray Bradbury propone en Fahrenheit 451 una realidad donde el gobierno pretende destruir todos los libros para dominar a la población. Privada de la fuente de conocimiento, de la capacidad de pensar por uno mismo, la sociedad sería así más fácilmente controlable, enjaulada en el pensamiento único.

Muchos prefieren las tesis de Orwell en su novela 1984. El omnipresente gran hermano o la policía del pensamiento controlan hasta tal punto la sociedad que es imposible tener ideas propias.

Hay quién está más por Huxley quién, en Brave New World nos habla de una Arcadia con los pies de barro donde a través de la eugenesia más radical se le amputan componentes fundamentales a la humanidad para convertirla en un mundo ideal.

Estas son las tres grandes distopías de mediados del siglo XX que, aún proponiendo escenarios diferentes, coinciden en un aspecto fundamental: dominar al ser humano extirpándole la capacidad de pensar.

Bradbury.

Hoy en día no hace falta quemar libros: las redes sociales los están desplazando y condenando al olvido. Si hasta hace pocos años la mayoría de la información escrita que nos llegaba la elaboraban profesionales (escritores, periodistas…), hoy, gracias a las redes, vivimos saturados de mensajes escritos por cualquiera, sobre cualquier asunto, sin ninguna traza de objetividad, con una calidad informativa bajísima y con tal dejadez en las formas que esta creando una generación de analfabetos.

Creo que está muy sobrevalorado el concepto de generación digital. Sí, puede que los niños del siglo veintiuno nazcan sabiendo manejar cualquier aparato que tenga botones. Pero eso es solo el medio. Poco más que la herramienta. Porque lo importante es la información que transmiten esos aparatos, y en mi opinión es un 50% de ruido blanco y otro 50% de basura. Mensajes breves, directos y superficiales que generan directamente respuesta los músculos faciales como un acto reflejo, casi sin pasar por el cerebro.

Era mucho pedir que Bradbury pudiera anticipar que, en vez del cuerpo de bomberos, quien finalmente destruyera los libros fuera un ejército de teléfonos con superpoderes.

Orwell.

Tampoco parece que se vea pasear por las calles a los chicos de ingsoc con su estética totalitaria y su dosis de mala leche. Hombre, cámaras hay por todos sitios, y todas tienen un por qué bastante bienintencionado (aunque cuentan que en China hay más pixeles vigilando que átomos de hidrógeno existen en el universo conocido).

Pero Orwell no iba por mal camino. Se puede controlar el pensamiento por negación, pero también por saturación. ¿Para qué molestarte en aprender, cuando está todo en la wikipedia? ¿Qué sentido tiene molestarte en formarte opiniones, cuando te llegan ya precocinadas por las redes? ¿A quien le puede interesar algo que no tiene miles o millones de likes, o alguien que no se ha vuelto viral? ¿Quienes serán esos Shakespeare, Mozart, Cervantes o Einstein, unos donnadie que ni tuitean ni tienen seguidores?

En definitiva, ¿qué sentido tiene pensar, cuando ya te lo dan todo pensado?

Porque hoy día pensamos directamente con los dedos. De hecho, no pensamos: buscamos.

Y luego están todas esas cámaras, que en realidad importan poco porque nos controlan por medios mucho más eficaces. Sabed que todo, ¡todo!, lo que hacemos con los dedos deja rastro. La gente se escandaliza por lo que ha pasado con facebook, cuando eso es solo la punta del iceberg. Lo creáis o no, estamos controlados por una infinidad de robots.

Ya es hora de que la gente deje de tener miedo a los robots de hollywood, esa horda de descendientes mecánicos del Golem dotados de cables, mecanismos, armas y capacidades tecnológicas para controlar y destruir. Pura farsa. Los robots a los que hay que temer no tiene cuerpo. No existen como entes materiales. Solo son un puñado de lineas de código que se ejecutan continuamente en millones de ordenadores. El tuyo es posible que esté ejecutando alguno en este mismo momento.

Gracias a ellos, los que tienen el verdadero poder saben todo sobre nosotros. Y utilizan esa información sin ningún complejo. Su ideología no es supremacista o totalitarista, no les mueve crear un mundo mejor (a pesar de este), sino una sola cosa: dinero.

“It’s all economics, stupid”, que le dijeron a Clinton.

Esa marabunta de robots tiene la capacidad de dictar leyes, crear o destruir imperios comerciales, poner o quitar gobiernos. Porque tienen el increíble poder de manipular nuestro pensamiento. No es muy distinto a IngSoc, ¿verdad?

Huxley.

He dejado a Huxley para el último lugar, aunque su libro fuera el primero en publicarse de los tres, en 1932, justo antes de que aquel desgraciado con bigote mosca se dedicara a aplicar la eugenesia a manos llenas.

Como en casos anteriores, la evolución de la tecnología ha venido a crear los medios que anticipó este autor. Ya se puede clonar, se ha secuenciado el ADN humano, hay técnicas reproductivas avanzadas y… en fin, hoy día se podría llegar a hacer lo de Hitler sin tener que pasarse por el forro la carta de los derechos humanos: hoy se puede seleccionar en vez de matar.

En este caso la tecnología va por delante de la ley. De hecho, hay serios conflictos legales en cuanto a lo que se permite y lo que no en manipulación genética. Pero la tecnología sigue yendo muy por detrás de la filosofía. Porque una cosa es el derecho, y otra la verdad.

Huxley anticipaba un escenario posible de la selección artificial de nuestra especie. No solo decía que la gente era tan perfecta que daba asco, sino también que muchos de los elementos básicos de la sociedad se convertían en meros accesorios. Por ejemplo, la familia.

Bien, echemos un nuevo vistazo a las redes. ¿Cuáles son los tipos humanos de éxito? ¿Qué nos proponen las redes por doquier? Pues chicos mazaos, guaperas, tias perfectas, bien operaditas, cánones estéticos nivel pasarela, cuerpazos de gimnasio… Y todo ello apoyado por una horda de influencers que promueve estos cánones, imponen normas estéticas y también una perspectiva sobre el ser humano donde se impone la forma sobre el fondo.

Eso es lo que hay. Analizad el éxito. ¿Quien es famoso hoy en día? Pues normalmente se trata de un cuerpo estupendo, a veces con alguna capacidad importante como correr, darle patadas a un balón o follar mucho (con otros famosos), y en rarísimas ocasiones con algún talento especial, como cantar o hacer reír. Bien, así estamos. Pero…

¿Alguien me puede citar a algún famoso contemporáneo que sea filósofo, matemático, físico, químico, historiador, poeta o escultor? Pocos, ¿verdad? Además, esos tipos o tipas suelen ser feos, gordos, las cámaras no los quieren, algunos tienen defectos o minusvalías… Vamos, que estos cerebritos tiene precisamente el tipo de adn que descartaría cualquier pareja de progenitores en cualquier proceso de selección reproductiva de medio pelo: Todos querríamos bebes de anuncio; nadie se gastaría una pasta en hacerse revisar todo el material que carga en los testículos en busca de un horrible bebé endeble, pedante, enfermizo, gafapasta y casposo, por muy genio en lo suyo que pudiera llegar ser.

Porque eso es la eugenesia: remar en contra de la evolución de la especie.

Pero yo creo que Huxley nos deja otra cuestión, la más importante quizás: ¿es un mundo perfecto en realidad un mundo feliz?

…y pico.

No sabría decirlo, pero si todo midiéramos un metro noventa, fuéramos rubios con los ojos azules, atléticos, guapos y con una salud de hierro… ¡ay de quién se rompiera una uña! Porque eso lo convertiría automáticamente en el tío más feo y desagradable del barrio. Un paria. Alguien a exterminar.

¿Un mundo perfecto? Si no tuviéramos preocupaciones, nos las inventaríamos. Si no tuviéramos problemas, entonces tendríamos un grave problema. Si tuviéramos de todo, nosotros nos crearíamos nuevas necesidades.

Si todo fuera perfecto, entonces no tendríamos nada que mejorar, nos sentiríamos inútiles, no encontraríamos sentido a nuestras existencias. Seríamos un completo fracaso como especie.

Y entonces es cuando los gatos se volverían salvajes, y las ratas inteligentes. Nos dominarían. Triunfaría la evolución y el planeta seguiría vivo por mucho, mucho tiempo…

…hasta que algún día una rata aprendiera a usar su teléfono móvil.

 

 

 

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