Cuento: De Armonías, simetrías y otros misterios.


Nada hay seguro sobre las propiedades de la yema de huevo sumergida en vodka, pero Wilhelm no conocía un remedio mejor para aliviarse la resaca. La niebla, el frío, la oscuridad y el olvido arreciaban en el interior de su cabeza, mientras un inesperado sol de invierno le amenazaba tras las cortinas. Se refugió de nuevo bajo las mantas, confiando en el milagro cotidiano de la vieja receta.

No logró dormirse otra vez. Los recuerdos de la noche anterior volvían en forma de relámpagos, añadiendo así la tormenta a su ya inhóspito clima mental. Un bar olvidado y casi vacío, las palabras pretenciosas y absurdas de aquel pianista mediocre, una mirada interesante en la cola del cuarto de baño, y esa melodía extraña que se colaba por entre los huecos de su memoria.

Durante el camino al conservatorio fue deshaciéndose de todas esas visiones inútiles. Le esperaban unas cuantas horas ante aquellos jóvenes de vocación equivocada, aprendices con más sueños que talento que terminarían, como mucho, enseñando música en un colegio a otros jóvenes mediocres como ellos. Abrió la ventanilla para tratar de despejarse con el aire gélido de la mañana, y la mantuvo abierta pese a las protestas de los demás pasajeros. La melodía volvía cada vez que la brisa le cerraba los párpados.

Siguió volviendo todo el día. Durante las clases, en la hora del almuerzo, en el despacho. En el baño. En el camino de vuelta. Cuando estaba solo o cuando no lo estaba. Las notas se le acercaban tímidas y atrevidas una y otra vez, pero al cabo se escondían asustadas si hacía ademán de querer atraparlas. Y con ello solo se acrecentaba su curiosidad.

No lograba recordar donde las había oído, si fue en el bar, o quizás antes en el café, si eran alguna grabación, un disco, o si alguno de aquellos artistas noveles del club de jazz la había introducido a hurtadillas en sus oídos. Estaba obsesionado. Había reconocido algo importante en aquella melodía, un mensaje, una intención, una idea. Un misterio. No en vano la música era su lenguaje, pero no conseguía descubrir de qué se trataba. No sin recordar exactamente aquellas notas.

De nuevo en su viejo ático, solo, en silencio, a solas con el piano, trató de interpretarlas. Las notas estaban dispersas entre las imágenes difusas de la noche anterior. Tal vez si recordaba la imagen del músico, o del lugar, acudirían por sí solas.

Un par de vasos de vodka más tarde las notas surgieron de sus dedos. Y con ellas vino la imagen del músico callejero, un viejo violinista desafiando al frío de la noche mientras desparramaba sobre la acera las notas de aquel singular canon. Lo interpretó una y otra vez, luchando por retenerlo, hasta convertirlo en una letanía mágica. Trató de capturar la esencia de su armonía, de desentrañar la misteriosa relación de frecuencias y duraciones que formaban el armazón de su estructura, esa matemática íntima de la música que la hace tan increíblemente rica y compleja. Y entonces pensó en Bach.

Iluminado por una intuición estúpida escribió las notas en un pentagrama y las interpretó al revés, leyendo la partitura de derecha a izquierda. Había algo. Hizo entonces una copia de las notas en otro pentagrama y trató de interpretarla en sentidos opuestos con una y otra mano. Encajaba. Las melodías se entrelazaban a la perfección como los dientes de dos engranajes, y entre ambas componían un sonido maravilloso e inquietante. Era como el Canon Cangrejo. Otra vez Bach. Simetría. Moëbius. Matemática. Era una verdadera locura.

¿De dónde habría sacado esa melodía aquel viejo? ¿En que lugar la habría aprendido? No podía ser un clásico, pues de seguro lo conocería. Aunque el propio Bach dejó mucha obra sin publicar, doscientos años después aún sigue apareciendo alguna partitura perdida. Si, esa melodía era digna de Bach. No podía imaginar lo rica y compleja que podría llegar a ser la original, si tan solo experimentando con un fragmento el resultado era estremecedor.

Tal vez debía ir allí, tal vez el hombre tocaba siempre en el mismo lugar. Suelen hacerlo. Era pronto aún, tenía tiempo para otra copa. Al volver de la cocina vio que la partitura estaba en el suelo; la colocó en el atril y se dispuso a tocar de nuevo. Vaya, había puesto el papel al revés. Cuando ya iba a darle la vuelta se detuvo, sonrió, bufó con escepticismo y empezó a leerla y tocarla tal cual estaba. Primero, a una mano. Después, a dos manos, una interpretando la misma partitura en sentido contrario a la otra.

Aquello era increíble. Y maravilloso a la vez. Aquellas notas encajaban, ya se interpretaran en un sentido u otro, al derecho o al revés. ¿Encajaban? Cogió la grabadora que llevaba a clase y se grabó a dos manos tocando con la partitura al derecho, y después lo reprodujo mientras interpretaba la partitura del revés y a dos manos.

Wilhelm no pudo contener la emoción. No había llorado desde que perdió a Sasha.

Las frías calles le vieron pasar, mirando casi en cada portal, en cada esquina y estación de metro, tratando de recordar el recorrido de la noche anterior, pendiente de todos los sonidos por si aparecía como un faro salvador el dulce tañido de un violín. Caminó durante horas, volvió una y otra vez a los sitios donde recordaba haber estado, o donde pensaba que podría haber estado. Preguntó y buscó. Siguió incansable el rastro de sus recuerdos porque tenía la necesidad desesperada de encontrar a aquel hombre y, a través de él, a la maravillosa partitura que interpretaba.

Pasó varias noches buscando sin resultado. En casa, ante el piano, seguía encontrando más y más combinaciones de aquella secuencia de notas cuyas posibilidades geométricas no parecían acabar nunca: ya fuera a mitades, a tercios o compás a compás las notas se reproducían y multiplicaban como la estructura más íntima de los copos de nieve o los cristales de los minerales, y siempre aparecían nuevas armonías, siempre encajaban, y siempre invitaban a introducirse en mayores complejidades.

Pasó todas esas noches perdido en las calles tratando de encontrar, hasta que decidió que tal vez era él quien debía ser encontrado. Y esa noche fue de nuevo a los lugares en que creía más probable que estuviera el viejo y, armado con un violín que tomó prestado del conservatorio, se puso a interpretar la extraña melodía cual si se tratara de un cebo, tratando de pescar al viejo. Tal vez si el hombre escuchaba aquella música, su música, saldría de algún escondite y se mostraría a quién con tanta desesperación le había estado buscando.

No sirvió de nada. Lo intentó alguna vez más, pero aquellas noches perdidas tocando una y otra vez la extraña melodía solo sirvieron para provocarle el fuerte constipado que le tuvo encerrado en casa todo el fin de semana.

Y ese mismo sábado ocurrió algo interesante en otro punto de Leipzig. Albert, un joven y prometedor director de orquesta, se levantó tarareando una extraña melodía que había oído en algún lugar durante la noche anterior. Trató de recordarla mientras se preparaba el café, pero no lograba ponerla en pié, ni tampoco recordar dónde o cómo la había oído. Albert sentía que aquellas notas tenían algo especial, y estuvieron volviendo a él durante todo el día.

Amigo lector, si eres como yo de escuchar buena música mientras lees, nada mejor para acompañar este cuento que:

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