Tic tac.


La casa vivía en los latidos del reloj de pared. Sus manecillas habían atrapado en su avance impasible arrebatos, sueños, risas, susurros, canciones, llantos y deseos. De su péndulo dorado colgaban aún los reflejos perdidos de las caras que fueron, de todas las vidas que pasaron, de sus voces y sus silencios. Tránsitos con olor a trapo y jabón, rastros perfumados de gala, frufrús de encajes, suspiros de esperas, ecos de pasos perdidos por el salón

¿El polvo agorero? Aires de negro. Y después sombras. Telarañas. Quietud y olvido. Tiempos sin medida. Tiempos raídos por el tiempo.

Silencio.

Hasta que ¡llaves! Y de repente ¿un tic anómalo?, ¿un tac sin compás? Péndulo preso. Engranajes temblorosos. Vacío en la pared.

Y silencio.

Manos callosas de dedos finos que arreglan, manos diestras que componen y ajustan, y que orgullosas paren de nuevo el vaivén.

Renace la vida tras el escaparate, en un lugar donde todo es viejo, y de tan viejo, todo sueña con volver a ser nuevo.

Tics de vida, ¡si!, tacs de esperanza recorren las calles envueltos en papel marrón.

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